A finales del año pasado se descubrió la estafa en torno a Nadia Nerea, basada en la recogida de fondos para, supuestamente, ayudar a pagar los tratamientos médicos de esa niña, cuya vida peligraba por culpa de la enfermedad. Pero el caso de Nadia es algo más que una presunta estafa porque, para que dos personas puedan llegar a montar semejante trama y obtener, a costa de la buena fe de la gente, importantes cantidades de dinero (150.000 € en cuatro días, en la última aparición), tiene que haber muchas complicidades, aunque no necesariamente conscientes. Pero el hecho de que no haber sido conscientes no exculpa a determinadas personas de responsabilidad en todo lo ocurrido, de igual forma que no se puede alegar desconocimiento para justificar el incumplimiento de la ley.

Y, sobre todo y ante todo, tiene que haber complicidades decisivas en los medios de comunicación amarillos, esos mismos medios que, para atontar a la gente, programan basura todo el día o difunden medias verdades (cuando no directamente falsedades) y que llevan desde 2009 dándole publicidad y credibilidad a la estafa, es decir colaborando en ella.

El principio de esos medios de comunicación reaccionarios es bien conocido: “No dejes que la verdad te estropee una buena historia”. Y la historia de Nadia, la verdad, era muy buena: una niña pequeña con una rara enfermedad que amenazaba con llevársela de este mundo y un padre coraje dispuesto a todo por salvar a su hija.

Pero la cosa, claro, necesitaba más emoción. ¿Dónde podía correr grave peligro ese padre ejemplar? ¿En un barrio marginal de una ciudad española? No, ¡mejor en Afganistán! Y allá viaja con su hija, afrontando el peligro de las bombas y de los talibanes, para ir en busca de un médico especialista en la rara enfermedad de la niña. Hacer correr tanto riesgo a una niña necesitaba una buena justificación. Dicho y hecho: ¡el especialista era uno de los mejores del mundo! ¿Que vivía escondido de los talibanes en una remota cueva? No importaba. El padre coraje removería cielo y tierra hasta dar con su recóndito paradero para que pudiera ayudar a salvar a su hija. Pero no a salvarla de cualquier manera, sino gracias a una técnica genética que incluye el abrir tres orificios en la nuca para “resetear el cerebro”, técnica inventada por la CIA y desconocida en Occidente, pero se ve que conocida en las cuevas de Afganistán, no se sabe si gracias a la magia de Oriente o a un agente de la CIA que se perdió en las montañas afganas durante la invasión del país. Por supuesto, en la historia no podían faltar dosis abundantes de homeopatía y remedios milagreros, que vender esperanza es muy bonito, aunque sea pura charlatanería. Y por si no había emoción suficiente, en el último capítulo de la estafa se añadió un nuevo ingrediente: el padre coraje sufría un cáncer con metástasis, pero se negaba a tratarlo, para que nada lo apartase del elevado objetivo de la curación de su hija.

Como en el cuento de Andersen El traje nuevo del emperador, cuanto más increíble era el relato, cuantas más barrabasadas decía el estafador, más atención captaba por parte de las reinas y reyes de la salsa rosa y la telebasura, seguidos por personajes del mundo de la farándula —“Os ruego que difundáis esto con el hashtag #unagranhistoriadeamor”, dijo el cantamañanas Alejandro Sanz, que se ve que cree que no hizo el suficiente ridículo con sus opiniones sobre la revolución bolivariana—. Volcándose en tan noble causa, todos ellos no sólo aumentaban sus audiencias (y, por tanto, su caché), sino que también se daban un barniz de respetabilidad. No sólo chismorreos, no sólo despellejes, no sólo escenificaciones de trifulcas de verduleras, no sólo personajes de tres al cuarto que lo más productivo que hicieron en sus vidas fue echar un pedo..., allí estaban ellos para contribuir a una buena causa, para salvar a una niña frágil e inocente; no eran telebasura, no eran faranduleros, eran útiles, cumplían una función social.

Y es verdad que son útiles. Por ejemplo, sirven para demostrar que algunas personas que por alguna extraña razón son consideradas figuras de la sociedad son en realidad unos completos ignorantes. Pero sobre todo son útiles para la política de recortes de la derecha.

Recortes y caridad

El fomento por parte de los medios de comunicación de este tipo de campañas caritativas responde a unos determinados intereses, a un determinado discurso ideológico. En concreto, al discurso ideológico neoliberal.

Los neoliberales no sólo recortan los servicios sociales porque, según ellos, el Estado no debe cubrir las necesidades de los miembros más débiles de la sociedad, sino también porque, en su opinión, esas necesidades debe cubrirlas la propia sociedad. De hecho, Margaret Thatcher, iniciadora en la década de los años 80 del siglo pasado de los recortes en el Estado del bienestar, fue también una propagandista de la caridad privada como sustituta de los servicios públicos que recortaba.

La izquierda debe tener una visión diametralmente opuesta. Los problemas de salud, sea cuál sea su rareza, no deben ser resueltos gracias a una sanidad privada sufragada por la caridad. En este sentido, estas campañas caritativas contribuyen a instalar la aceptación de que el Estado no asuma determinados tratamientos médicos. Pero, además, y en contra de lo que pueda parecer, son profundamente insolidarias porque, si el sistema público de salud se desentiende de determinadas enfermedades..., ¿qué pasa con los niños cuyos padres no tengan la iniciativa suficiente, o no tengan unas circunstancias personales adecuadas o simplemente no “den bien” en la televisión?

Porque eso de que las empresas hacen algo por altruismo no se lo puede creer nadie (excepto algunos periodistas y figuras del famoseo, que, visto lo visto, son capaces de creerse cualquier cosa por inverosímil que parezca). El lema de cualquier empresa (que es lo que son los grandes medios de comunicación) es “todo por la pasta”. De hecho, muchas reconocen que sus iniciativas en el terreno de la llamada “responsabilidad social corporativa” o el comercio justo se deben a un frío e interesado cálculo económico, se deben a que consideran que mejorarán su imagen, lo que a su vez redundará en una mejora de su cuenta de resultados, amén de otros efectos colaterales, como el fomento de los vínculos personales entre jefes y subordinados propiciado por la involucración conjunta en actividades altruistas (limpiar una playa o un río, etc., una de las últimas tendencias en la responsabilidad social corporativa) porque esos vínculos influirán después en las relaciones laborales, y no precisamente a favor de los trabajadores. Por eso no es extraño que de cuando en cuando salgan a la luz actuaciones empresariales que contradicen radicalmente los supuestos valores éticos que dicen aplicar: desde productos de comercio justo obtenidos mediante trabajo infantil o en tierras robadas a campesinos pobres, a la explotación despiadada de los trabajadores. Todo es publicidad engañosa y, además, muy hipócrita.

Los problemas de salud deben ser cubiertos por la sanidad pública, incluyendo, en caso de ser necesario, el traslado al extranjero. Y esto exige que, en vez de campañas caritativas, lo que hay que hacer son campañas reivindicativas para exigir que el sistema público de salud se haga cargo de toda la atención médica necesaria. Es decir, exige primeramente luchar por una sanidad pública de calidad, gratuita y universal. Y, en segundo, luchar a favor de la nacionalización de toda la industria farmacéutica, para así poder acabar con el control capitalista sobre la investigación, control que implica que la investigación dependa del “nicho de mercado” de los nuevos medicamentos, o sea, que implica la desatención a las enfermedades raras, cuya escasa incidencia entre la población dificulta, desde una óptica empresarial, la recuperación de la inversión. En definitiva, hay que pasar de una investigación médica y farmacéutica orientada al beneficio privado a otra cuya rentabilidad se mida por su utilidad para mejorar y salvar la vida de seres humanos, ya sean muchos o muy pocos.


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