El pasado 5 de septiembre, Cuarto Poder publicaba un artículo firmado por Héctor Illueca, Manuel Monereo y Julio Anguita, titulado, ¿Fascismo en Italia? Decreto Dignidad. A los pocos días los mismos autores, ante las numerosas críticas que había recibido su primer escrito, se sintieron en la obligación de escribir otro, titulado ¿Todos los gatos son pardos?
Algunas medidas limitadas* que no cambian en lo sustancial el mercado laboral italiano, la prohibición de la publicidad de los juegos de azar, ambas cuestiones recogidas en el Decreto Dignidad y el enfrentamiento entre el Gobierno italiano y la Comisión Europea (CE) en torno al proyecto de presupuestos del país alpino para 2019 (unos presupuestos que no cambian realmente nada y una pugna con la CE que no es más que fuegos de artificio), sirven de argumento para que Anguita, Monereo e Illueca brinden todo tipo de elogios al Gobierno italiano.
En los artículos a los que nos referimos encontramos estas afirmaciones: “el Decreto Dignidad constituye un notable esfuerzo por defender al pueblo italiano contra los señores de las finanzas y de las deslocalizaciones”, “no puede negarse que constituye un punto de inflexión en las políticas sociales aplicadas en Italia desde la irrupción del neoliberalismo” o “el Gobierno italiano está asumiendo la defensa de las clases populares frente a grupos de presión poderosos e influyentes que controlan los principales medios de comunicación a través de gigantescas inversiones publicitarias”.
¿Cuál es la naturaleza de este Gobierno?
Anguita y compañía no responden directamente a esta elemental cuestión, pero en uno de sus escritos nos topamos con esta increíble afirmación: “La clave, se quiera o no, es la contradicción cada vez más fuerte entre los partidarios de la globalización neoliberal y aquellos que, con más o menos conciencia, defienden la soberanía popular y la independencia nacional y apuestan por la protección, la seguridad y el futuro de las clases trabajadoras”, entendiendo que colocan al Gobierno Di Maio-Salvini en este segundo grupo.
Para cualquier activista de la izquierda, no hay ninguna duda de que, por su programa, por su mensaje, por su discurso y por sus acciones, el actual Gobierno italiano es de extrema derecha, seguramente el más reaccionario desde la caída de Mussolini.
Que el punto estrella de su programa sea la expulsión de los 500.000 inmigrantes sin papeles, o que Salvini haya amenazado al más puro estilo fascista, con crear un censo de gitanos para cuantificar los que están en situación irregular y expulsarlos, a la vez que ha afirmado que “a los gitanos italianos, desafortunadamente, habrá que quedárselos”, algo a lo que nuestros ilustres articulistas no les merece ni una pequeña mención, no es ningún detalle. Es una característica de las formaciones de extrema derecha buscar chivos expiatorios que desvíen la atención de las masas de los auténticos responsables de la crisis, de los recortes sociales, de la explotación y la extensión de la pobreza, que no son otros que los capitalistas nacionales y extranjeros y el sistema que representan.
Las estridentes declaraciones de Salvini van orientadas a seguir extendiendo el veneno racista y xenófobo, para trasladar la idea de que son los inmigrantes y los refugiados los que esquilman los escasos recursos que dispone el país, para así poder camuflar que toda la demagogia populista de supuesto contenido “social” propugnada en la campaña electoral, se está evaporando rápidamente.
Valgan algunos ejemplos. La promesa de implantar una “renta ciudadana” contra la pobreza, se ha transformado en un subsidio de 780 euros para parados de larga duración, exclusivamente italianos, por un periodo máximo de dos años, y siempre y cuando no se rechace ninguna oferta de trabajo. También las anunciadas rebajas fiscales para la población más pobre se han convertido en una reforma fiscal en beneficio de los más ricos. Se introducirá un impuesto único (flat tax) para familias y empresas —del 15% para rentas hasta 80.000 euros y del 20% para el resto— eliminando el actual 43% a aquellos sectores con ingresos más altos.
Un programa revolucionario para combatir a la ultraderecha
La ultraderecha, como ocurría en los años treinta con las formaciones fascistas, recurre a la demagogia para disfrazarse de una oposición “antisistema” e intentar conectar así con la rabia, la frustración y la desesperación de amplias capas de la población, para dotarse de una base que les permita defender de forma más efectiva el sistema capitalista.
La labor elemental de todo militante de la izquierda es denunciar implacablemente esta demagogia. Lejos de hacer esto, nuestros “analistas” nos presentan a estos populistas reaccionarios como los paladines de “la protección, la seguridad y el futuro de las clases trabajadoras”.
El gran descrédito del sistema político, que se reflejó en un desplome histórico de los partidos tradicionales, se expresó en una contundente victoria del populismo de derechas del Movimiento 5 Estrellas (M5S) y un reforzamiento de la extrema derecha (la Liga), en las elecciones de marzo. Los factores que explican que su demagogia reaccionaria haya tenido éxito se encuentran en la bancarrota de la socialdemocracia, representada en Italia por el Partido Democrático, y sus políticas de ajuste y recortes, la ausencia de movilizaciones sociales y obreras importantes, fruto de la política de paz social impuesta por los principales sindicatos italianos, la crisis en la que vive sumida la izquierda italiana desde hace muchos años y la profunda y prolongada crisis económica italiana.
Para frenar a la extrema derecha hay que desenmascararla ante las masas y levantar frente a su verborrea reaccionaria, el programa del socialismo, que unifique a los oprimidos por encima de distinciones de raza, para impulsar con estas bases la lucha de masas. Es necesario defender la renacionalización de las empresas y servicios públicos privatizados, incrementar drásticamente los salarios y las pensiones, acabar con la precariedad y rebajar la jornada laboral a 35 horas, incrementar el presupuesto para la educación y sanidad públicas; hay que luchar por la expropiación de las viviendas en manos de los bancos, por prohibir los desahucios y garantizar el acceso a una vivienda digna y asequible. Para poder contar con los medios para poder llevar a cabo estas medidas, es imprescindible defender la nacionalización, bajo control democrático de los trabajadores, de las principales palancas de la economía, la banca y los grandes monopolios, para que toda la riqueza que la clase obrera genera con su trabajo, sea empleada para satisfacer las enormes necesidades sociales que acucian a la mayoría de la población.
El Gobierno del M5S y de la Liga, es un peligro para la clase obrera, y las tesis defendidas por Héctor Illueca, Manuel Monereo y Julio Anguita, son un auténtico despropósito que entran en contradicción con las más elementales posiciones de la izquierda.

* Las más destacadas son: reducir la duración máxima de los contratos temporales desde 36 a 24 meses, que el número máximo de renovaciones pase de cinco a cuatro, que después de los primeros 12 meses sólo se puedan prorrogar alegando razones específicas, estipular sanciones cuyas cuantías sean equivalentes a las subvenciones recibidas a las empresas que abandonen Italia, y poco más.

 


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