El lunes de Pascua de abril de 1916, el Ejército Ciudadano Irlandés y los Voluntarios Irlandeses se levantaron en armas contra el Imperio británico con el objetivo de fundar una República irlandesa. Durante casi una semana, entre el 24 y el 30 de abril, los revolucionarios tomaron posiciones clave en Dublín y resistieron tenazmente la contraofensiva del ejército británico.

Finalmente, los insurrectos fueron derrotados, el centro de la ciudad fue reducido a escombros y 318 civiles murieron. Los mandos británicos detuvieron a miles de activistas y los 15 principales dirigentes del movimiento fueron ejecutados. Entre ellos se encontraba el revolucionario marxista James Connolly, que a pesar de ser herido gravemente siguió empuñando las armas junto a sus camaradas hasta el último momento. Lo fusilaron atado a una silla porque sus graves heridas no le permitían mantenerse en pie.

James Connolly fue secretario general del Sindicato de Trabajadores General y del Transporte de Irlanda (ITGWU), y uno de los líderes principales que dirigieron la oleada revolucionaria que sacudió Irlanda antes de la Primera Guerra Mundial. En estos acontecimientos históricos que se extendieron desde Dublín a Belfast, Connolly consiguió unir a los trabajadores católicos y protestantes en la lucha contra la burguesía británica y sus esbirros irlandeses. En octubre de 1911 dirigió en Belfast la famosa huelga de las trabajadoras del textil, que se convirtieron en la avanzadilla de un poderoso movimiento. En 1913 los empresarios irlandeses y británicos, fusionados por los mismos intereses de clase, respondieron al desafió con un cierre patronal y medidas represivas indiscriminadas para aplastar a los trabajadores y sus organizaciones. Con el objetivo de hacerles frente, Connolly apeló a la solidaridad de los obreros británicos y organizó mítines en Inglaterra, Escocia y Gales, que tuvieron un eco tremendo y fueron claves en la derrota de los empresarios.

Connolly era un marxista convencido, y siempre ligó la lucha por la libertad nacional de Irlanda a la organización del movimiento obrero bajo el programa de la revolución socialista. Para Connolly, “la causa obrera es la causa de Irlanda, y la causa de Irlanda es la causa obrera. No se pueden separar”.

El Ejército Ciudadano Irlandés

Con el fin de combatir al movimiento revolucionario y dividir a la clase trabajadora en líneas religiosas y nacionales, la burguesía inglesa y la irlandesa organizaron bandas de matones en los barrios de Belfast. Connolly sabía que era fundamental luchar contra los ataques sectarios para mantener unido el movimiento y dar continuidad a la lucha. Para protegerse de estos matones enviados por los empresarios, los trabajadores crearon el Ejército Ciudadano Irlandés. Casi todos sus miembros eran trabajadores: estibadores, obreros del transporte, de la construcción, impresores y de otros sectores. Desde el principio Connolly vinculó el Ejército Ciudadano Irlandés a las organizaciones de masas del proletariado: se trataba de una auténtica milicia obrera, un ejército rojo, que fue elogiada como un modelo de organización revolucionaria por el mismo Lenin.

Esta gran oleada de luchas de clases en Irlanda fue cortada por la Primera Guerra Mundial, pero Connolly mantuvo una firme posición internacionalista al igual que Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburgo y otros internacionalistas: “Si estos hombres han de morir — escribió Connolly en La República Obrera— ¿no sería mejor que muriesen en su propio país luchando por la libertad de su clase y por la abolición de la guerra, que no ir a países extranjeros y morir asesinando y asesinados por sus hermanos para que los tiranos y explotadores puedan vivir?”.

El Levantamiento de Pascua

Al inicio de la guerra, Connolly quedó aislado del movimiento marxista europeo. En esas fechas se multiplicaban también los rumores de que las autoridades británicas planificaban detener a los dirigentes principales de los trabajadores, y Connolly decidió que era necesario pasar a la ofensiva y organizar un levantamiento de masas contra el imperialismo británico. “Empezando así— escribió—, Irlanda puede que todavía encienda la antorcha de una conflagración europea que no se apagará hasta que el último trono y los últimos bonos y obligaciones capitalistas se hayan consumido en la pira funeraria del último militarista”.

Pero en medio de las soflamas patriotas, las condiciones para organizar un levantamiento victorioso eran bastante desfavorables: la clase obrera estaba debilitada y los dirigentes de los Voluntarios Irlandeses— la organización dirigida por los elementos pequeño burgueses nacionalistas con los que Connolly trató de fraguar una alianza— se mostraban titubeantes.

Como era de esperar las dificultades se multiplicaron. En los planes del levantamiento armado no se realizó ningún intento de organizar la huelga general, ni se hizo propaganda revolucionaria entre los soldados británicos para ganarles a la causa. La situación se complicó aún más cuando, en vísperas de la rebelión, uno de los dirigentes de los Voluntarios Irlandeses, Eoin MacNeill, ordenó a sus militantes que no participaran en el levantamiento consumando la traición de los líderes nacionalistas pequeñoburgueses.

En el levantamiento participaron los trabajadores armados del Ejército Ciudadano Irlandés junto a 1.500 miembros de los Voluntarios Irlandeses de Dublín. Desde un punto de vista militar el levantamiento estaba condenado de antemano, pero que duda cabe que aquella batalla preparó el gran movimiento que posteriormente expulsó a las tropas británicas del sur de Irlanda.

El legado revolucionario de James Connolly

La lucha heroica de Connolly y sus compañeros fue todo un aldabonazo. Aunque fueron masacrados, su ejemplo inspiró los grandes movimientos revolucionarios de la clase obrera en años posteriores. Como señalará Lenin, que recibió las noticias de la insurrección con entusiasmo, la desgracia de los trabajadores irlandeses fue que se levantaron antes de tiempo, cuando todavía no había madurado la revolución socialista en Europa. Si se hubiera dado un par de años más tarde, después de que la revolución rusa de 1917 desencadenara un movimiento revolucionario por toda Europa, la revolución de los trabajadores irlandeses no habría quedado aislada.

Sin un partido de masas que pudiera dar continuidad a las ideas marxistas de Connolly, la burguesía y los nacionalistas pequeñoburgueses irlandeses aprovecharon la situación y se hicieron con el control del movimiento. Viendo los estallidos revolucionarios que encendieron Europa, y ante la amenaza de que contagiaran a la propia Irlanda, en 1921 el imperialismo británico llegó a un acuerdo con los líderes nacionalistas para dividir la isla en dos, y presentar a Irlanda del Sur como el “Estado Libre” mientras seguían ocupando la parte norte del territorio. La traición de los nacionalistas pequeñoburgueses se consumó, con el beneplácito de los terratenientes y los empresarios irlandeses que tan buenos negocios habían hecho siempre con el capital británico. Connolly ya había respondido de antemano a esta posibilidad: “Si mañana echáis al ejército inglés e izáis la bandera verde sobre el Castillo de Dublín, a menos que emprendáis la organización de una república socialista todos vuestros esfuerzos habrán sido en vano. Inglaterra todavía os dominará. Lo hará a través de sus capitalistas, sus terratenientes, a través de todo el conjunto de instituciones comerciales e individuales que ha implantado en este país y que están regadas con las lágrimas de nuestras madres y la sangre de nuestros mártires. Inglaterra os dominará hasta llevaros a la ruina, incluso mientras vuestros labios ofrezcan un homenaje hipócrita al santuario de esa Libertad cuya causa traicionasteis”.

Connolly siempre analizó la lucha por la liberación nacional desde un punto de vista de clase y socialista. Jamás tuvo confianza en la burguesía irlandesa a la que combatió, y sí en la organización independiente de la clase trabajadora —uniendo a los obreros católicos y protestantes— como la única manera de conseguir una Irlanda libre. Todo lo sucedido después de su muerte le da la razón.

La figura de James Connolly forma parte del mejor legado revolucionario. Sus escritos y libros, que la Fundación Federico Engels ya ha editado en euskera y catalán y hará próximamente en castellano, representan una fuente de inspiración inagotable.

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