El fracaso del golpe de marzo. La revolución entra en el momento álgido

En este contexto de radicalización creciente de la clase obrera, el imperialismo y la burguesía portuguesa apuestan por un nuevo intento de cortar violentamente la revolución, esta vez con un golpe militar reaccionario de estilo clásico el 11 de marzo de 1975. Otra vez, Spínola está al frente, como cabecilla militar.

El primer blanco elegido por los golpistas fue el Regimiento de Artillería nº 1 de Lisboa (RAL 1). Se trataba de un cuartel situado en un punto estratégico y que concentraba una enorme potencia de fuego, pero la razón fundamental de su elección fue que era un bastión de la izquierda militar, uno de los puntos de apoyo más firmes del COPCON y del espíritu revolucionario del 25 de Abril.

En la mañana del 11 de marzo, el cuartel es bombardeado en varias ocasiones, lo que causa un muerto y varios heridos. Más tarde, paracaidistas de la base de Tancos son transportados por vía aérea y sitian el cuartel. Tienen órdenes de atacar el RAL 1 porque allí se están produciendo, supuestamente, movimientos contrarios al programa y a los intereses del MFA. Al igual que en la convocatoria de la manifestación de la “mayoría silenciosa” en septiembre, la reacción invocaba los intereses del MFA para encubrir sus auténticos planes.

Durante el cerco al RAL 1 se producen escenas verdaderamente impresionantes. Por un lado, se van concentrando trabajadores de las fábricas de las inmediaciones, así como vecinos del barrio, que empiezan a hablar con los soldados sitiadores. Algunos de los civiles intervienen directamente en la conversación que se produce entre el capitán de los paracaidistas y el de los artilleros, donde éste desmiente enfáticamente que en el RAL 1 esté habiendo ningún tipo de movimiento contrario a la revolución. Por otro lado, los soldados del RAL 1 y los paracaidistas empiezan a hablar entre ellos. En un momento dado, los sitiadores y los sitiados confraternizan y se abrazan, creando una situación en la que se hace imposible cualquier intento de ocupación del RAL 1. Otro de los puntos calientes del golpe fue el cuartel de la Guardia Nacional Republicana del Carmo, en el centro de Lisboa. Militares golpistas, en activo y retirados, detuvieron al comandante general de la GNR. Como ya había ocurrido el 25 de Abril, cuando el dictador Marcello Caetano se refugió en este cuartel, las masas lo rodearon e impidieron la salida de los golpistas. Sólo algunos lograron escapar, en carros blindados, pidiendo asilo político en la embajada alemana.

Los golpistas tenían previsto hacerse fuertes en el RAL 1 y en el cuartel de la GNR, haciendo una pinza sobre Lisboa, pero el plan fracasó. Como en el intento de golpe de septiembre, todas las principales carreteras de Lisboa, Oporto, Santarém, etc. vuelven a estar sembradas de piquetes (con bastante participación de militantes del PCP), que registran todos los vehículos en busca de armas. A última hora de la tarde se produce una gran manifestación antigolpista en Lisboa. Tres días después hay una inmensa manifestación de duelo popular por el soldado asesinado en el ataque al RAL 1.

La sombra del 25 de Abril era alargada. Probablemente los golpistas habían confundido el ambiente entre un sector del mando militar, inquieto por la inestabilidad política, la profunda crisis económica y la sensación de caos que les provocaba la revolución, con el ambiente que se respiraba entre los soldados y la clase obrera, cada vez más radicalizados. Respondiendo a una pregunta acerca de la torpeza del golpe, un militar opinó: “Spínola es un militar chapado a la antigua. Cree que, tomando militarmente un cuartel y apresando a los oficiales fieles, ya cuenta con los soldados de este cuartel para embarcarlos en cualquier aventura. Cree que el soldado es un mero peón de ajedrez, sin ninguna opinión propia. Y eso ya no es así. Los soldados ahora charlan con nosotros, cuestionan nuestros puntos de vista y dialogamos abiertamente con ellos sobre problemas sociales, económicos y políticos. Nunca seguirían a un hombre con las ideas de Spínola” (Manuel Leguineche: La revolución rota). Un informe oficial sobre la trama del 11 de marzo concluía así: “De todos los errores de cálculo que cometieron las fuerzas reaccionarias, estamos convencidos de que el fundamental fue que no comprendieron que el pueblo es de nuevo sujeto activo de su propia historia, participando en masa en los grandes acontecimientos de la vida nacional, lo que se comprobó por su pronta, decidida y muy importante actuación en defensa del proceso revolucionario”.

El MFA y el socialismo

Desde el 25 de Abril se había producido en las fábricas, la administración pública y los medios de comunicación una depuración de los directivos ligados a la dictadura. También se dan situaciones de control obrero, en las que los trabajadores vigilan los movimientos de dinero y mercancías que entran y salen de sus empresas.

En el caso de los trabajadores de la banca, ese control les permitió seguir paso a paso los movimientos de los grandes grupos financieros, detectar la fuga de capitales, los trucos contables, el papel de la banca en la desestabilización de la economía e incluso el desvío de fondos con fines reaccionarios. De esa manera se detectó claramente la relación existente entre el golpe del 11 de marzo y los poderes económicos. El 11 de marzo ayudó a los trabajadores a comprender rápidamente que la manera más consecuente de defender las conquistas de la revolución, incluyendo los derechos democráticos más elementales, era cortando de raíz el poder económico de la burguesía, la verdadera promotora de las intentonas golpistas.

Celebración del 1º de Mayo

"En Portugal no había ninguna burguesía progresista, ni real ni supuesta, en la que basarse

Como señala Cunhal, el máximo dirigente del PCP, en su libro antes citado, uno de los errores de los capitalistas tras la revolución fue “seguir actuando en la vida como siempre (...) Como si nada hubiese ocurrido, como si los trabajadores no tuviesen ahora la posibilidad de conocer sus desfalcos”. La clase obrera tuvo un papel decisivo en el proceso de nacionalizaciones que se da inmediatamente después del 11 de marzo. Comorelata Cunhal, los trabajadores “desenmascararon las exportaciones ilegales de capital, las discriminaciones en la política de créditos, los desvíos de fondos, las ayudas financieras a partidos reaccionarios y fascistas. Después del 28 de septiembre [de 1974, día del intento de golpe de la ‘mayoría silenciosa’], los trabajadores instituyeron un efectivo control de la banca. El 3 de enero de 1975, cuatro mil de ellos reunidos en una asamblea general decidieron pedir al Gobierno Provisional medidas en el sentido de la nacionalización de la banca. El 14 de enero, en la manifestación de 300.000 trabajadores por la unidad sindical, es reclamada nuevamente la nacionalización”. Y continúa: “Derrotada la reacción el 11 de marzo, probada la implicación de la banca privada, los trabajadores bancarios, orientados por el sindicato, prohíben a los ejecutivos entrar en las instalaciones. Los delegados sindicales se hacen con las llaves de las cajas fuertes. Los trabajadores forman piquetes de vigilancia en todo el país y cierran los bancos. El día 13 entregan a la Asamblea del MFA pruebas del sabotaje económico de las administraciones. El mismo día 13, el Consejo de la Revolución toma la decisión histórica de nacionalizar la banca”.

Debido a la enorme concentración de la economía portuguesa a través de la nacionalización de los sectores claves, el sector público se convirtió en la palanca decisiva de la economía. La nacionalización alcanzó el 96% en el sector eléctrico, el 93’5% en el financiero, el 80% en los de cemento, transportes marítimos, radio y televisión, el 60% en los de seguros, transportes aéreos y papel, y más del 30% en el químico y en el de construcción de material de transportes.

En el campo, la derrota de la reacción da un enorme impulso a las ocupaciones de tierras e intensifica la lucha de los jornaleros, verdaderos motores de la reforma agraria. Cuando, a finales de julio de 1975, se publica la ley de Reforma Agraria, gran parte de los latifundios ya habían desaparecido por la vía de los hechos consumados.

Es después del 11 de marzo de 1975 cuando en el MFA se empieza a hablar por primera vez de la necesidad del socialismo. Pocas horas después del fracasado golpe de la reacción, el mayor Ernesto Melo Antunes, en sintonía con el pensamiento de buena parte de los dirigentes del MFA, explicó la necesidad de construir “una sociedad socialista, un tipo de socialismo portugués, con características propias y dirigido por el MFA, ya institucionalizado”. Precisamente, otra de las medidas importantes tras el 11 de marzo es la institucionalización del MFA, mediante la creación del Consejo Superior de la Revolución y el establecimiento de un pacto entre el MFA y los partidos políticos, mediante el cual se garantizaba un papel muy importante de los militares en la futura Constitución y en el poder político del país. Teniendo en cuenta que el MFA estaba muy escorado hacia la izquierda, este pacto fue interpretado por muchos trabajadores como una garantía de la “irreversibilidad” de la revolución, suscitando un gran apoyo y entusiasmo.

El giro a la izquierda del MFA no fue premeditado, sino que tuvo su explicación en la dinámica de los acontecimientos políticos internos y en el contexto general de crisis capitalista de los años setenta del siglo XX. Si el golpe del 11 de marzo hubiese triunfado, la represión también habría actuado contra los militares más destacados del MFA. Los intentos de golpe no sólo empujaron a los trabajadores a acciones más decididas hacia la izquierda, sino también a los militares más vinculados al ambiente que se respiraba en la sociedad. Combatir a la reacción era una cuestión de supervivencia, y su lógica les llevaba a la destitución de mandos reaccionarios y también a apoyarse, aunque de forma indirecta, en la clase obrera, cuyas iniciativas habían sido la clave en los momentos decisivos.

Por otro lado, en Portugal no había ninguna burguesía progresista, ni real ni supuesta, en la que basarse para construir una democracia burguesa o un capitalismo “civilizado”. En el terreno político, la burguesía había apostado unánimemente a la carta del golpe, y en el económico, a la carta del boicot, el cierre de empresas y la fuga de capitales. En un contexto de profunda crisis económica en Portugal, el eslabón más débil de un capitalismo europeo también en crisis, la “vía portuguesa al socialismo” se apoderaba de las mentes de los sectores más radicalizados del MFA.

La socialdemocracia actúa como punta de lanza de la reacción

Los intentos de golpe habían conseguido el objetivo contrario al que perseguían: el COPCON, con Otelo Saraiva de Carvalho al frente, sale reforzado; los militares golpistas de derechas más destacados, hasta ahora intocables, son encarcelados; el gobierno de Vasco Gonçalves nacionaliza sectores fundamentales de la economía y, lo más relevante, el movimiento obrero se siente más fuerte que nunca.

La revolución vivía su momento de máximo apogeo, con la reacción completamente paralizada. La correlación de fuerzas era tan favorable, que hubiera sido perfectamente posible el triunfo de una revolución socialista de forma pacífica. Había una situación de auténtica descomposición del Estado capitalista. El COPCON se negaba a actuar contra el movimiento obrero, las ocupaciones de fábricas o las ocupaciones de tierras. Otros organismos del Estado, como la PSP y la GNR, desautorizadas por el COPCON por sospechas de su implicación en el fallido golpe de Estado, no estaban en condiciones de reprimir nada. La burguesía tenía incluso dificultades para controlar sus propios medios de comunicación.

Los estrategas del imperialismo y de la burguesía tomaron nota de la enorme radicalización social producida por el intento de golpe del 11 de marzo y de sus efectos en el aparato del Estado. Perseverar en esa línea era una temeridad. Por otro lado, los partidos de derechas eran muy débiles y sus dirigentes carecían totalmente de autoridad ante las masas para servir de contención de la marea revolucionaria. Esto se puso en evidencia en las elecciones a la Asamblea Constituyente, celebradas el 25 de abril de 1975, en las que, con una participación del 91’6%, la izquierda obtuvo el 56’6% de los votos (PS 37’87%, PCP 12’46%, MDP 4’14%, FSP 1’16% y MES 1’02%) y la derecha, el 31% (PPD 26’39% y CDS 7’61%).

Así, después del fracaso del golpe reaccionario de marzo, la baza fundamental del imperialismo y de la burguesía para descarrilar la revolución es la dirección socialdemócrata del PS, con Mario Soares a la cabeza. Por supuesto que el PS, en aquel contexto de efervescencia revolucionaria, se declaraba a favor del socialismo. Efectivamente, su apoyo social se debía a que una parte importante de los trabajadores portugueses creían que la dirección del PS defendía realmente la transformación socialista de la sociedad. Sin embargo, en la práctica, los dirigentes socialdemócratas utilizaron su autoridad entre el movimiento para dividirlo, frenar la revolución y hacerle el caldo gordo a la derecha y a la contrarrevolución. Aun así, no hubieran tenido éxito sin los errores de la dirección del PCP y del ala izquierda del MFA. El error fundamental fue no tener un programa para llevar el proceso revolucionario hasta el final, ni una táctica para disminuir la influencia de la dirección socialdemócrata sobre su base social. Si el PCP hubiera propuesto públicamente a la dirección y a la base del PS un frente único para establecer el socialismo en Portugal, con un programa basado en la participación democrática de los trabajadores a través de los centenares de comités formados en las fábricas y en los barrios y la planificación de la economía para crear empleo y salir de la crisis, sin duda alguna el PCP hubiera abortado todas las maniobras de la dirección PS, desenmascarándola ante su propia base. Sin embargo, la orientación fundamental del PCP era influir en el MFA y ganar posiciones en las estructuras del Estado, subordinando el movimiento obrero a la consecución de estos objetivos.

El primer ministro Vasco Gonçalves era un militar simpatizante del PCP. Las conquistas de la revolución parecían garantizadas por el peso de la izquierda militar en el MFA, en el propio gobierno y en el pacto MFA-partidos. Sin embargo, la situación se iría complicando en los meses posteriores.

La dirección socialdemócrata del PS, al mismo tiempo que explotaba cada error cometido por el PCP y la izquierda militar, confluía cada vez más hacia un frente común con la derecha política, con sus constantes apelaciones contra el “caos” y los “excesos” de la revolución. Uno de los incidentes que permitieron a la dirección del PS aparecer como víctima de una confabulación entre el PCP y Vasco Gonçalves fue la ocupación del periódico República por parte de sus trabajadores, el 19 de mayo de 1975. Este hecho tenía un carácter totalmente diferente a las conocidas depuraciones de fascistas, puesto que todo el mundo sabía que República era el órgano de expresión oficioso más importante del PS. En la práctica, se estaba impidiendo que el partido de izquierdas más votado tuviese su propio órgano de expresión, lo que era visto como una maniobra antidemocrática por parte de muchos trabajadores socialistas. Otro incidente de cierta importancia fue el mitin final en la manifestación del 1º de Mayo de 1975, en la que no dejaron hablar al líder del PS, Mario Soares, mientras sí hablaron Cunhal y Gonçalves.

El 16 de julio, utilizando el caso del periódico República y la aprobación de un documento programático de marcado carácter de izquierdas por la asamblea del MFA, el PS abandona el gobierno. Poco después también lo abandona el derechista PPD. A partir de ahí, la ofensiva de la socialdemocracia contra la izquierda se intensifica. Para justificar su salida del gobierno, el PS publica un documento (“Vencer la crisis, salvar la revolución”), donde defiende la formación de un gobierno de salvación nacional, que debería tener como objetivo inmediato la creación en el país de “un clima de confianza, trabajo y disciplina”. Dicho gobierno debería “reafirmar el principio de que las Comisiones de Vecinos y de Trabajadores son las formas de poder popular, [pero] es necesario que no pretendan convertirse en un poder paralelo al aparato estatal”. El PS convoca mítines para exigir la dimisión de Vasco Gonçalves, en los que se gritan consignas anticomunistas por parte de los asistentes. Paralelamente, la reacción, amparándose en el discurso del PS, organiza atentados contra sedes del PCP y de otras organizaciones sindicales y políticas de izquierdas. En julio y agosto, se registraron respectivamente 86 y 153 atentados terroristas de este tipo, fundamentalmente en el norte de Portugal, donde la derecha tenía más apoyo.

En este contexto de extrema tensión, el 8 de agosto se forma el V Gobierno Provisional, también encabezado por Vasco Gonçalves y que sólo obtiene apoyo del PCP. Están en contra el PS, la derecha y una fracción significativa del MFA. La polarización es tan grande, que en el MFA se produce una ruptura abierta y un sector presenta un documento firmado por nueve militares. “Los Nueve”, como fueron conocidos, representaban un frente común de la socialdemocracia y la derecha en el ámbito militar, encabezado por la primera y enfrentado a la izquierda del MFA. En la misma línea que el documento del PS mencionado anteriormente, el documento de “Los Nueve” critica la “progresiva descomposición de las estructuras del Estado”, denuncia el “anarquismo y el populismo” y critica, aunque indirectamente, las nacionalizaciones. En respuesta a estas posturas, los militares más radicalizados del COPCON publicaron otro documento, titulado Autocrítica Revolucionaria del COPCON y propuesta de trabajo para un programa político. Este texto tenía muchas deficiencias, pero también muchas propuestas realmente positivas y correctas, como que las comisiones de trabajadores y de vecinos debían ser los instrumentos para solucionar los problemas económicos y los auténticos órganos del poder político. El debate sobre estos documentos animó el debate en los cuarteles, llevando la politización y radicalización de los soldados a un nivel no alcanzado anteriormente.

Aunque la posición del PCP es de apoyo a Vasco Gonçalves, una vez constituido el V Gobierno Provisional la dirección del partido pone el énfasis en la necesidad de un acercamiento entre la izquierda militar y la fracción liderada por “Los Nueve”. A finales de agosto, el PCP hace un llamamiento público al entendimiento entre los dos sectores fundamentales en que se había dividido el MFA. Pero la tensión entre Los Nueve y la izquierda militar gonçalvista reflejaba una profunda y creciente polarización en el seno del MFA que, a su vez, era reflejo de la creciente polarización en la sociedad. Finalmente, el 30 de agosto Vasco Gonçalves dimite.

Soldados Unidos Vencerán

"Los dirigentes socialdemócratas utilizaron su autoridad entre el movimiento para dividirlo, frenar la revolución y hacerle el caldo gordo a la derecha y a la contrarrevolución"

Aunque en la base del ejército se estaba produciendo un claro giro a la izquierda, por el contrario, la masa de oficiales estaba girando a la derecha. Tras el fallido golpe spinolista del 11 de marzo, la izquierda militar y los oficiales más radicalizados quedaron en mayoría en la Asamblea del MFA y en el Consejo de la Revolución, pero la falta de solución a la profunda crisis económica y la incertidumbre e inestabilidad social y política propias de la vorágine revolucionaria fueron empujando a un sector cada vez mayor de los oficiales hacia la derecha. En una asamblea celebrada el 5 de septiembre, la izquierda militar es desbancada y las posiciones de Los Nueve se convierten en mayoritarias entre los oficiales del MFA.

Esta nueva correlación de fuerzas determinó la composición y la línea de actuación del VI Gobierno Provisional, encabezado por el almirante Pinheiro de Azevedo y dominado por el PS y la derecha. Su toma de posesión, el 19 de septiembre, abre un período extraordinariamente turbulento y una nueva oleada huelguística de los trabajadores.

Entre los sectores más avanzados de la clase obrera, la juventud y la base del ejército, había una clara sensación de que la revolución estaba en peligro. Frente a la recomposición de la derecha en el mando militar, entre los soldados se crea y empieza a desarrollarse la organización semiclandestina Soldados Unidos Vencerán (SUV), que organiza importantes manifestaciones en Oporto, Lisboa y Coimbra, en la que soldados armados y trabajadores desfilan juntos. Las manifestaciones y los conflictos se suceden. En la segunda quincena de septiembre, los militares heridos en la guerra colonial organizaron una masiva protesta contra el gobierno, exigiendo el reconocimiento de su situación y apoyo económico. El 12 de noviembre, 50.000 trabajadores de la construcción organizan una multitudinaria manifestación en Lisboa para exigir al gobierno el reconocimiento de un convenio colectivo digno. La actitud despectiva del primer ministro y del ministro de Trabajo radicaliza la protesta. Los trabajadores cercan la sede del Gobierno durante tres días. Como los ministros estaban reunidos en el mismo recinto (el palacio de São Bento) que la Asamblea Constituyente, los trabajadores también impiden la entrada y salida de los diputados. Una delegación de obreros entra en el Congreso y monta un sistema de megafonía para hacer oír sus reivindicaciones. El gobierno no cuenta con ninguna fuerza, ni social ni militar, para romper el cerco. Los trabajadores sólo levantaron la protesta después de que Azevedo aceptara una serie de reivindicaciones.

La reacción toma la iniciativa

Desde el primer momento, el gobierno de Pinheiro de Azevedo organiza continuas provocaciones contra la izquierda. El 25 de septiembre crea, como contraposición al COPCON, el Agrupamiento Militar de Intervención (AMI). Al día siguiente, retira al COPCON “los poderes de intervención para el restablecimiento del orden público”. El 7 de noviembre, tras un intento fallido de impedir las emisiones de Radio Renascença, propiedad de la Iglesia pero ocupada por sus trabajadores y utilizada por la izquierda, el AMI la bombardea. En el ámbito rural, en la región central de Rio Maior, la derecha, a través de su organización afín, la Confederación de Agricultores Portugueses, organiza actos violentos contra las cooperativas agrícolas surgidas al calor de la revolución.

Mientras tanto se produce una rebelión de los paracaidistas en la base de Tancos, proclive a la izquierda. Los soldados estaban muy irritados con el gobierno porque se sentían utilizados en el bombardeo de Radio Renascença. El 8 de noviembre, reunidos en asamblea, un general trata de convencerles de la justeza de la medida, pero los soldados lo dejan con la palabra en la boca y abandonan la reunión después de que uno de ellos lo acusara públicamente de estar del lado de la burguesía. Unos cien altos mandos de la unidad, afines al gobierno, abandonan el cuartel, que queda en manos de oficiales de izquierdas. Como represalia por la actitud de los paracaidistas, el gobierno pasa a la reserva a mil de ellos, lo equivalía, en la práctica, a la disolución de la unidad, claramente posicionada con la revolución. El 10 de noviembre, reunidos en asamblea, los soldados de Tancos aprueban una resolución de repudio al bombardeo de Radio Renascença. Al día siguiente se ponen en contacto con Saraiva de Carvalho, para pedirle apoyo y ponerse a su disposición en la confrontación cada vez más abierta que se estaba produciendo entre la revolución y la contrarrevolución, tanto dentro como fuera de los cuarteles. Otelo Saraiva expresa públicamente su apoyo a los paracaidistas de Tancos.

Nunca como en aquellas semanas de noviembre se habló tan abiertamente de guerra civil. El 14 de noviembre, los líderes del PS y de la derecha huyen a Oporto para acudir a una manifestación que acaba con el asalto a la sede regional de los sindicatos. Los oficiales más importantes de la derecha y de la fracción de “Los Nueve” barajan seriamente organizar una contrarrevolución armada en el norte del país e iniciar desde allí, quizás calculando contar con la dictadura de Franco, el asedio a la “Comuna de Lisboa”. Pero ése era un juego muy peligroso. A pesar de las oportunidades perdidas por los dirigentes de la izquierda y de la actitud de la dirección del PCP, que seguía en una línea conciliadora, no estaba nada claro que la burguesía pudiera salir victoriosa de una confrontación militar y civil abierta.

Es el general Ramalho Eanes quien convence a los militares de derechas y de la fracción de Los Nueve de que permanezcan en Lisboa, e impulsa una maniobra para descabezar a la izquierda militar de sus posiciones. Los contrarrevolucionarios sabían que uno de sus puntos débiles era la posición de Otelo Saraiva, jefe del COPCON y de la Región Militar de Lisboa. Poseía un enorme prestigio dentro y fuera de los cuarteles, y una gran capacidad de fuego bajo sus órdenes. Era en la región de Lisboa donde estaban situados la mayoría de los cuarteles rojos y donde la clase obrera era más fuerte. El plan que urden los contrarrevolucionarios, el fin de semana del 15 y 16 de noviembre, es apartar a Otelo al frente de la Región Militar de Lisboa y sustituirlo por Vasco Lourenço, uno de los líderes de “Los Nueve”; el siguiente paso sería apartarlo del COPCON y, finalmente, disolver éste. Todo esto se haría a través de una decisión formal del Consejo de la Revolución, donde los militares hostiles a la izquierda eran mayoría desde principios de septiembre. Para dar una cobertura política a las destituciones previstas, acuerdan una maniobra de impacto: que el primer ministro Azevedo, partícipe activo en la conspiración, declarara al gobierno en “huelga” argumentando que las continuas huelgas, los “secuestros” de los trabajadores y la “anarquía” reinante en el país no le dejaban gobernar. Mario Soares fue informado de la maniobra y estuvo de acuerdo.

Así, después de que el gobierno declarara públicamente su “huelga” ante la prensa, en una reunión del Consejo de la Revolución celebrada el 20 de noviembre, tal como estaba previsto, se decide sustituir a Otelo al frente de la Región Militar de Lisboa. Otelo protesta, pero finalmente acepta. La aceptación de la medida por parte de Otelo era la condición que ponía Vasco Lourenço para sustituirle. Sabía que, si Otelo no aceptaba su destitución, las cosas se podrían complicar mucho. Aun así, cuando Otelo informa a los mandos del COPCON de la decisión del Consejo de la Revolución de destituirle y su acatamiento de la misma, estos se oponen tajantemente a aceptarlo y obligan a Otelo a pedir una nueva reunión del Consejo. Otelo da marcha atrás, pero después de haber dado una clara señal de debilidad. El lunes 24 de noviembre, el Consejo de la Revolución vuelve a reunirse. Mientras tanto, los propietarios rurales de derechas cortan las carreteras de acceso a Lisboa en Rio Maior, exigiendo que el Consejo de la Revolución “acabe con la anarquía en Lisboa”. Como era previsible, vuelve a aprobarse la destitución de Otelo.

En la madrugada del 24 al 25, los paracaidistas de Tancos ocupan varias bases aéreas, en una clara acción de confrontación con el gobierno y la derecha militar. A la provocación del gobierno de disolver el cuerpo de paracaidistas se sumaba ahora la destitución del líder militar más carismático y representativo de la revolución de Abril. Si en aquellos momentos Otelo y la dirección del PCP hubieran llamado a los trabajadores, los jornaleros, los soldados y los mandos vinculados a la izquierda a movilizarse en defensa de las conquistas de la revolución y para acabar con las conspiraciones golpistas de la derecha y del gobierno, es muy probable que la maniobra de Ramalho Eanes hubiera fracasado.

Sin embargo, la rebelión de los paracaidistas de Tancos no estuvo coordinada con otras unidades afines a la izquierda ni con el movimiento obrero, al que pilló por sorpresa. La derecha militar, que ya tenía pruebas suficientes de que la izquierda militar y política no estaba dispuesta a oponerse seriamente a la destitución de Otelo, ni siquiera el propio Otelo, aprovechó la parálisis para destituir a todos los mandos militares más identificados con la izquierda. Posteriormente se produce una profunda remodelación del ejército, que incluso aparta a muchos militares afines a “Los Nueve” que habían sido muy útiles para los planes de la burguesía. La derrota de la rebelión de Tancos y el descabezamiento de la izquierda militar marcan también un punto de inflexión en el movimiento obrero, que, tras meses de intensa participación en la vida política, de organización y de lucha, entra en un período de reflujo. El 25 de noviembre simboliza el fin de la revolución de los Claveles.

¿Por qué Otelo cedió a las presiones de Los Nueve y no llamó a la rebelión ante su destitución como jefe de la Región Militar de Lisboa y los evidentes planes de disolver el COPCON? Probablemente, por la falta de confianza en la clase obrera y por la angustia que le provocaba entrar en una fase de la revolución en la que tener un programa socialista y una perspectiva revolucionaria internacional era fundamental. Él no la tenía, ni se había preparado para esa situación tan extrema, de naturaleza muy distinta a la de la audaz acción del 25 de abril de 1974. Sin embargo, todo proceso revolucionario llega, de una forma u otra, a un momento clave donde las decisiones rápidas y la preparación previa juegan un papel decisivo.

¿Por qué no triunfó la revolución?

A pesar de las contundentes muestras de fuerza y de disposición a la lucha de la clase obrera hasta el último momento, dejando en evidencia la tremenda debilidad del gobierno de Pinheiro de Azevedo, una parte significativa de los trabajadores se encontraban ya exhaustos. La derecha no se impuso gracias a su fuerza, sino a que la ausencia de una dirección revolucionaria acabó por dilapidar el impresionante caudal de energía liberada por la clase obrera.

Sólo llamando a las comisiones de trabajadores y de vecinos urbanos, a los jornaleros agrícolas y a los incipientes comités de soldados en los cuarteles a tomar el poder era posible completar la revolución y acabar con el peligro de una involución reaccionaria, salvaguardando así las conquistas democráticas de la clase obrera y sentando las bases para una economía socialista planificada que pusiera fin a las desastrosas consecuencias sociales de la crisis capitalista. Ni el 25 de noviembre ni los meses inmediatamente anteriores, cuando las acciones de la contrarrevolución empezaron a ser cada vez más audaces, ni en los momentos más favorables para la izquierda, cuando la derecha y la reacción estaban semidescompuestas y el movimiento obrero estaba en su apogeo, hubo planes serios y concretos para completar la revolución, para acabar con el capitalismo, para instaurar de forma efectiva el poder de los trabajadores y de los campesinos pobres, que constituían la mayoría de la población portuguesa. La principal lección de la revolución de los Claveles es que, para llevar la revolución hasta el final, es necesario un partido revolucionario dotado de un programa marxista y una autoridad moral y política entre los sectores más avanzados de la clase obrera, como los bolcheviques en la revolución rusa de octubre de 1917.

En la medida que la revolución no se completó, la reacción tuvo margen para organizarse, intrigar, reagrupar fuerzas y, en el momento más oportuno, atacar. Tras fracasar en sus intentos de acabar con la revolución frontalmente (golpes de septiembre de 1974 y marzo de 1975), la contrarrevolución empezó actuar de forma agazapada, disfrazada de revolucionaria, en nombre del “socialismo”. Es verdad que el apartado del Estado burgués, y significativamente el ejército, estaba completamente conmocionado por la gigantesca oleada revolucionaria. Es verdad que la burguesía, en cierto sentido, había perdido el control sobre su propio ejército. Es cierto, incluso, que no sólo la base del ejército estaba masivamente con la revolución, sino que una parte importante de los oficiales habían girado a la izquierda, y no pocos muy a la izquierda, simpatizando abiertamente con las ideas socialistas. Pero todo eso, que era un exponente de las condiciones tremendamente favorables para la revolución, no era suficiente para evitar el peligro de la contrarrevolución y de que la burguesía retomara el control. Para evitar esa perspectiva era necesario entregar todo el poder a las comisiones de trabajadores, de vecinos y de soldados, que constituirían los pilares de un nuevo Estado, socialista y genuinamente democrático. Ese Estado obrero, basado en la participación de los trabajadores, en su capacidad creativa y en su voluntad revolucionaria, pondría en marcha la transformación socialista de la sociedad y estaría en las mejores condiciones para sofocar cualquier intento contrarrevolucionario de restablecer el poder de las 100 familias que históricamente habían dominado Portugal y subyugado a su población. Sin embargo, mientras la revolución se quedara a medias, mientras se conservara, aunque con dificultades, la cadena de mando del ejército burgués y la dinámica del Estado burgués, la contrarrevolución seguía teniendo un excelente caldo de cultivo para actuar y un amplio terreno donde conspirar y sabotear la revolución, como demostraron los hechos.

En el plano económico, las nacionalizaciones fueron también un exponente de la profundidad de la crisis capitalista y de la fuerza de los trabajadores, pero por sí mismas no eran suficientes para sustituir la dinámica del mercado capitalista y sus efectos destructivos en las condiciones de vida de la clase obrera portuguesa, significativamente el paro y la inflación. La falta de solución a la crisis actuaba con un factor desmoralizador entre la clase obrera, socavando las bases sociales de la revolución. Para completar la revolución en el plano económico, era necesario utilizar todos los bancos y empresas nacionalizadas mediante la planificación de la economía bajo el control de los trabajadores.

Ningún proceso revolucionario en Europa llegó tan lejos, después de la Segunda Guerra Mundial, como la revolución portuguesa de 1974-75. La clase obrera estaba dispuesta a ir hasta el final y su grado de conciencia, en base a una intensa y rica experiencia, había alcanzado un altísimo nivel. La contrarrevolución fue aplastada una y otra vez. La burguesía perdió, en un grado muy importante, el control sobre su propio Estado y su poder económico quedó muy mermado. ¡No mandaban ni en sus propia empresas, muchas de las cuales acabaron siendo ocupadas y nacionalizadas! La posibilidad de una intervención militar externa contra la revolución era extraordinariamente complicada; un eventual intento de aplastar la revolución portuguesa por parte de la dictadura franquista habría precipitado sin ninguna duda su propia caída. Incluso sin ese intento, el triunfo de la revolución portuguesa habría barrido el franquismo y extendido la revolución al Estado español, cuya clase obrera ya vivía en un estado de efervescencia, como muy poco después demostraría la Transición. La llama de la revolución se habría extendido a toda Europa, empezando por el sur. Son escasos los casos en la historia en que las condiciones se mostraran tan favorables al socialismo como las que se revelaron en la revolución de los Claveles. Precisamente por este hecho objetivo, verificable e incuestionable, la experiencia de Portugal demuestra que el factor de la dirección se torna completamente decisivo en un momento dado de todo proceso revolucionario.

En la dirección del Partido Comunista Portugués recaía la principal responsabilidad en la orientación estratégica y táctica de la revolución. Era el partido con más raíces en el movimiento obrero, echadas mediante el ejemplo y el sacrificio de decenas de miles de militantes y un trabajo paciente en las fábricas durante la larga noche de piedra de la dictadura. Sin embargo, precisamente cuando el golpe del MFA hace estallar la revolución, la dirección del PCP pone el énfasis en contener el movimiento de la clase obrera y evitar “excesos” que pusieran en peligro la alianza con la supuesta burguesía progresista. La lucha por el socialismo quedó relegada a un futuro indeterminado y completamente desligada de la lucha por las derechos democráticos; sólo cuando el MFA, como respuesta al látigo de la contrarrevolución y bajo el irresistible empuje de los trabajadores, declara el objetivo del socialismo y acelera la política de nacionalizaciones, la dirección del PCP establece también el objetivo del socialismo y apoya las nacionalizaciones. Pero no se adopta una orientación práctica acorde con este objetivo declarado. La línea del PCP se basó fundamentalmente en seguir los pasos del MFA, que, a su vez, tampoco tenía una estrategia real de transformación socialista de la sociedad. Cuando el MFA se rompió por la tremenda polarización política de la revolución, el objetivo del PCP fue recomponer la unidad del MFA. Y mientras el PCP estaba enzarzado en una lucha por una unidad imposible, la derecha y la socialdemocracia prepararon la contrarrevolución impunemente y a ojos de todo el mundo.

Era absolutamente inevitable que, en un momento dado, se produjera un proceso de diferenciación dentro del MFA, así como un choque entre los revolucionarios y la socialdemocracia que dirigía el PS. Sin embargo, esta división no tenía necesariamente que provocar un efecto desmoralizador en el movimiento obrero. De hecho, la ruptura por arriba podía haber llevado a un fortalecimiento de las fuerzas revolucionarias por abajo si el PCP hubiese preparado el terreno para ello. Como se señaló, la base del ejército estaba formando los comités de soldados y la organización SUV. Esto podría haber significado un salto adelante en el fortalecimiento del campo revolucionario, si ese proceso de organización y radicalización política entre los soldados se hubiese insertado en una estrategia general de toma del poder. Respecto al Partido Socialista, era necesario aplicar la táctica del frente único, haciendo llamamientos a la dirección y a la base del PS a la unidad para llevar la revolución hasta el final y para que los dirigentes socialdemócratas rompieran su alianza cada vez más evidente con la burguesía y la derecha. En su primer congreso legal tras la caída de la dictadura, celebrado en diciembre de 1974, el ala izquierda del PS, crítica con la dirección de su partido, recibió el apoyo del 40% de los delegados. El método y el programa con que desenmascarar a la dirección socialdemócrata y su verdadero papel contrarrevolucionario era una de las tareas centrales de la revolución. Habría sido necesario que la dirección del PCP hubiese combinase un método compañero, no sectario, con un programa decidido para llevar la revolución hasta al final, pero la dirección del PCP no tenía ni una cosa ni la otra. La falta de un programa para completar la revolución se combinaba con métodos sectarios, y muchas veces burocráticos, en el movimiento, que se sucedían con constantes proclamas a la unidad sin ningún contenido ni principio, permitiendo que la demagogia de los socialdemócratas tuviera un efecto mayor.

Después del 25 de noviembre de 1975, la clase dominante pudo ir restableciendo la normalidad burguesa. Aun así, los capitalistas portugueses y el imperialismo anduvieron con pies de plomo, temerosos de que una precipitación en la recuperación de sus posiciones pudiese provocar una reacción indeseable de la clase obrera, encendiendo de nuevo la llama de la revolución. Aunque barajó la carta de la guerra civil y de un golpe sangriento, la burguesía tuvo que conformarse con una contrarrevolución con formas democráticas. Las grandes conquistas de la revolución, incluidas las nacionalizaciones, se mantuvieron durante largo tiempo. Las colectivizaciones agrarias, por ejemplo, se mantuvieron prácticamente intactas hasta 1986, cuando el ingreso de Portugal en la Unión Europea propició su progresivo desmantelamiento.

Aunque la revolución de los Claveles fue una oportunidad perdida, sería completamente desequilibrado no señalar, como ya hicimos al principio de este texto, que las tradiciones de aquellos años no se han perdido y que aquella rica e intensa experiencia no ocurrió en vano. En la revolución portuguesa, la clase obrera tocó el cielo con las manos, sintió con toda intensidad el poder de su fuerza, la posibilidad de su liberación. Esto no se borra tan fácilmente de la memoria, por mucho que la burguesía lo intente; y menos aún, cuando capas cada vez más amplias de la juventud y de la nueva generación de trabajadores perciben que están llamados de nuevo, como sus padres y abuelos, a una nueva y decisiva lucha en los próximos años. Ahora bien, el conocimiento a fondo y en toda su dimensión histórica de aquel proceso revolucionario, y la extracción de sus lecciones para la lucha presente y futura sólo pueden venir del estudio y de la voluntad activa de aprender. Si con esta breve presentación de la revolución portuguesa de 1974-75 animamos a ese estudio, objetivo cumplido. Aprender de experiencias revolucionarias como la revolución de los Claveles, profundizar en la teoría, intervenir en los acontecimientos y organizar una fuerte corriente marxista revolucionaria en el movimiento es la mejor manera de contribuir a que el próximo Abril sea aún más poderoso y que, esta vez, venga para quedarse.


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