En octubre de 1917 llegaba a Petrogrado Jacques Sadoul. Su cometido, como parte de la misión militar francesa en Rusia, era poder informar a su gobierno sobre la deriva de los acontecimientos tras la toma del poder por los bolcheviques. Desde el inicio de su estancia mantendrá una asidua correspondencia con su amigo Albert Thomas, el diputado socialpatriota favorable a la guerra y ministro de Armamento en el Gobierno francés hasta septiembre de 1917. Sadoul había trabajado bajo sus órdenes en dicho ministerio, y ahora era incluido en la misión militar por recomendación de Thomas.

En esta correspondencia, compilada posteriormente como libro bajo el título Cartas desde la revolución bolchevique, Sadoul describe el día a día de Rusia. Junto a Diez días que estremecieron al mundo de John Reed, el material de Sadoul supone un testimonio único sobre qué fue la revolución rusa y por qué triunfaron los bolcheviques. Sadoul, que no era comunista ni simpatizante, acabará convenciéndose a través de su experiencia de la corrección de la política de Lenin y Trotsky, convirtiéndose en uno de los fundadores del Partido Comunista Francés, y siendo perseguido y juzgado por ello acusado de traición en Francia.

El objetivo de Sadoul y la misión militar francesa en Rusia era conseguir que los bolcheviques no firmaran una paz separada con Alemania y los Imperios centrales en los estertores de la Primera Guerra Mundial. Sadoul reconoce rápidamente cómo la cuestión de la paz fue uno de los factores esenciales para la victoria bolchevique, pues “la revolución se hizo contra el zar pero también contra la guerra”. Frente a la opinión de su gobierno y de los aliados, sostiene que los bolcheviques resistirán, que no caerán fácilmente ya que tienen el firme apoyo de las masas campesinas y trabajadoras rusas. Acusa a los partidos liberales y aristocráticos, los cadetes principalmente, de ayudar y conspirar para que Alemania invada Rusia y derroque a los bolcheviques. Sadoul, a lo largo de los meses, va volviéndose cada vez más crítico con su propio gobierno y las potencias aliadas, al constatar que solo les preocupa acabar con los bolcheviques en vez de ayudarles militarmente para poder mantener la guerra con Alemania. Finalmente entiende que el objetivo siempre han sido los bolcheviques y acabar con la revolución que amenaza sus privilegios: “Todos los gobiernos del mundo, los de la entente, los imperios centrales, los países neutrales, calumnian, injurian, atacan ferozmente a la revolución rusa… solo persiguen un objetivo: abatir esta revolución”.

Los sóviets

En las páginas del libro se describe el carácter profundamente democrático de la revolución. El papel de los sóviets como órganos democráticos del poder de las masas proletarias y campesinas es el motor de la transformación revolucionaria: “El poder de los sóviets, contrariamente a los poderes autocráticos y burgueses, no es centrífugo, sino centrípeto. Va de la periferia al centro, del elector al elegido. Es realmente el poder de abajo… Estos organismos, si bien en líneas generales observan la política del gobierno central de los sóviets, cada vez se organizan más por sí solos…”. Sadoul explica cómo, frente a los sóviets, la reacción trata de oponer sin éxito una Asamblea Constituyente obsoleta y antidemocrática, y describe cómo la misma es finalmente disuelta sin pena ni gloria, ante la completa indiferencia de la población.

A lo largo de sus cartas, Sadoul describe la obra creativa de la revolución que lo transforma todo: la sorpresa de las misiones diplomáticas extranjeras ante el nombramiento de la primera mujer ministra, Alexandra Kollontai, comisaria del Pueblo de Asistencia Pública, que impulsa además la aprobación del decreto de separación de las Iglesias y el Estado y de supresión del presupuesto a los cultos; la publicación en la prensa del decreto de anulación de la deuda del Estado y de los créditos extranjeros, y la reacción histérica de las potencias capitalistas; la lucha por el control obrero y las nacionalizaciones; la celebración del Congreso de los Sóviets que ratifica la paz de Brest-Litovsk, con divisiones incluso entre los propios bolcheviques; la constitución del Ejército Rojo, ante la inevitabilidad de la guerra tanto con Alemania como con el resto de potencias aliadas; la celebración del Congreso de prisioneros de guerra internacionalista, y la formación de batallones revolucionarios de prisioneros alemanes, austriacos, etc., para defender la revolución bolchevique; la defensa de las nacionalidades oprimidas y la lucha en Ucrania contra la tiranía e invasión alemana apoyada por la burguesía y la aristocracia ucraniana; o la celebración del V Congreso Panruso de los Sóviets, con una fuerte polémica entre bolcheviques y socialrevolucionarios de izquierda, y las consecuencias del asesinato del embajador alemán durante la celebración del mismo.

“Si el poder de los sóviets no estuviera tan implacablemente cercado por las fuerzas del imperialismo germano-franco-anglo-japonés… si no estuviera arruinado, hambriento, ensangrentado por culpa del extranjero, si solo tuviera que luchar contra la burguesía rusa… ¿quién sabe si no hubiera franqueado ya victoriosamente las primeras etapas de una organización comunista?”. Así finaliza Sadoul una de sus últimas cartas, reconociendo la viabilidad de una nueva organización social, del comunismo, solo impedida por la acción brutal de los poderes capitalistas que ven en el bolchevismo su sentencia de muerte. Sus cartas homenajean la segunda revolución rusa a través de sus hechos.

Cartas desde la revolución bolchevique - Jacques Sadoul

EDITORIAL TURNER - 500 páginas - 22 x 14 cm - 28 euros


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