El 30 de enero de 1968, el Frente de Liberación Nacional (FLN) y el Ejército Popular de Vietnam (Vietcong) lanzaron la famosa Ofensiva del Tet contra las tropas estadounidenses y sus aliados en Vietnam del Sur. Antes, a principios de año, los soldados del Vietcong asediaron a los norteamericanos en la base naval de Khe Sanh. Dos divisiones de élite norvietnamitas se dirigieron a lo largo de la ruta Ho Chi Minh para unirse a las guerrillas del Sur, conformando una fuerza militar estimada en 80.000 soldados. Se enfrentaron a unos 6.000 soldados estadounidenses, que fueron sitiados durante 77 días. Sin lugar a dudas, los vietnamitas habían coordinado su ataque para que coincidiera con el comienzo del año electoral en Estados Unidos.

El asedio de  Khe Sanh, hito fundamental de esta guerra, produjo una gran consternación en los Estados Unidos. El general William Westmoreland, comandante general de las fuerzas estadounidenses en Vietnam, declaró más tarde que se consideró la utilización de “armas nucleares tácticas” de cara a disuadir a las fuerzas norvietnamitas en caso de que Estados Unidos se viese ante una derrota inminente. La amenaza del uso de armas nucleares por parte del alto mando militar estadounidense ha sido una constante a lo largo de la historia: en 1954 en Corea, en 1968 en Vietnam y más recientemente en la guerra de Afganistán… En la actualidad forma parte esencial de la doctrina militar del imperialismo norteamericano.

La vulnerabilidad de los Estados Unidos quedó de manifiesto en el cerco de Khe Sanh. Los combates cuerpo a cuerpo entre las tropas estadounidenses y vietnamitas se transmitieron por televisión a lo largo y ancho de los Estados Unidos, convirtiéndose en la primera guerra en la que este medio de información jugó un papel clave. Debido a su efecto perjudicial al impulsar la toma de conciencia de las masas contra las guerras imperialistas y, por lo tanto, contra los intereses de la clase dominante, se hizo todo lo posible para evitar una repetición de una situación semejante. Pero hoy en día, en la era de Internet, es prácticamente imposible esconder la verdad sobre un conflicto bélico. En cualquier caso, la “gestión de la información” sigue siendo un arma muy poderosa de cara a moldear a la opinión pública, como se demostró a la hora de culpar al régimen iraquí de ­Saddam Hussein de estar detrás de los atentados de las Torres Gemelas y poseer armas de destrucción masiva, y justificar así una nueva intervención imperialista en Iraq.

Volviendo a Vietnam. La base de Khe Sanh estuvo sitiada durante diez días, justo antes de que comenzara la ofensiva del Tet. Los generales norvietnamitas concibieron dicho asedio como una “distracción” respecto del objetivo principal, llevar la lucha guerrillera del campo a las ciudades y organizar simultáneamente levantamientos populares en estas últimas. Pero la lucha guerrillera se basaba principalmente en el campesinado, mientras que la población urbana, particularmente la clase trabajadora en las grandes ciudades, más alejada de la influencia de las áreas rurales, tenía una conciencia diferente.

El régimen norvietnamita, que en el momento de la ofensiva del Tet llevaba 12 años en el poder, era el modelo a seguir para las guerrillas del Vietcong y constituía un ejemplo del tipo de sociedad que construirían en Vietnam del Sur. Sin embargo, la clase obrera del Norte no tenía en sus manos el poder político, ni siquiera existían órganos incipientes de poder obrero, como fueron los sóviets durante la Revolución rusa. Por tanto, la clase trabajadora de Vietnam del Sur, en general, no se sintió atraída por dicho modelo al comienzo del conflicto.

Sin embargo, la sensación de humillación nacional por la intervención y creciente ocupación estadounidense, el odio hacia los colaboradores del imperialismo y el hecho de que la población urbana estuviera conectada al mundo rural a través de fuertes lazos familiares, permitieron que las guerrillas obtuvieran rápidamente la simpatía y apoyo de sectores importantes de la población urbana.

Una derrota política

La Ofensiva del Tet, un levantamiento coordinado en 100 ciudades y pueblos por todo Vietnam, no fue un éxito desde el punto militar ya que los guerrilleros no mantuvieron el control sobre las localidades inicialmente tomadas. Sin embargo, representó un golpe psicológico y político devastador para Estados Unidos del que nunca logró recuperarse, marcando el comienzo del fin del poder imperialista estadounidense en Vietnam.

El comentario del prestigioso presentador de noticias de la cadena de televisión CBS, Walter Cronkite, resumía la situación: “¿Qué demonios está pasando? Creí que estábamos ganando esta guerra”. Con el asedio de Khe Sanh, antes de que la ofensiva del Tet comenzase, Cronkite, hasta entonces favorable a la administración Johnson, planteó que la guerra estaba en una fase de “estancamiento”, y señaló que la negociación era la única salida posible para acabar con la misma. Se dice que el propio presidente Johnson le dijo a su secretaria de prensa: “Si he perdido a Walter [Cronkite], he perdido a la opinión pública”.

El Gobierno y los militares norteamericanos, que en vísperas de la ofensiva propagaban la idea de que la guerra estaba a punto de ganarse, quedaron paralizados ante la contundencia del ataque. Unos 80.000 efectivos vietnamitas participaron en la primera oleada de ataques durante la ofensiva, en su gran mayoría guerrilleros del Sur que conocían a la perfección cada calle de cada ciudad. En cuestión de un día, las fuerzas estadounidenses se encontraron en medio de una batalla feroz, a veces luchando casa por casa en diferentes barrios del propio Saigón, la capital de Vietnam del Sur. Incluso se enviaron aviones de combate estadounidenses para bombardear y ametrallar a las guerrillas ubicadas en áreas de Saigón densamente pobladas.

Se estima que unos 4.000 guerrilleros se atrincheraron en las zonas más pobladas de Saigón, mientras otros hostigaban el aeropuerto principal de la ciudad. Tanto el cuartel general del mando militar como el palacio presidencial, así como la embajada de Estados Unidos, fueron atacados. El hecho de que las guerrillas penetrasen hasta el corazón mismo del poder de Estados Unidos, su propia embajada, tuvo un efecto electrizante en todo el mundo, particularmente en Estados Unidos.

Tras los primeros momentos de consternación, diferentes representantes políticos estadounidenses, encabezados por el presidente Johnson y el jefe de las fuerzas militares estadounidenses en Vietnam, Westmoreland, plantearon que se obtendría una victoria rápida y fácil. Pero estas afirmaciones fueron desmentidas por los acontecimientos. Las ciudades cercanas que se creían ocupadas por las fuerzas guerrilleras fueron arrasadas, como Ben Tre, respecto a la que un oficial estadounidense declaró: “Tuvimos que destruirla para poder salvarla”. Otras, como Hué, fueron el escenario de una batalla que duró casi un mes, y que obligó a los norteamericanos a luchar calle por calle antes de que quedara devastada: “Las pequeñas casas vietnamitas de madera habían sido completamente destruidas; el distrito comercial estaba lleno de escombros”. Solamente en Hué murieron 5.800 civiles, diez veces más que las pérdidas combinadas de tropas estadounidenses y survietnamitas.

El gobierno norteamericano reivindicó las bajas de 37.000 enemigos, pero la Ofensiva del Tet supuso la pérdida de 2.500 soldados estadounidenses y medio millón de refugiados.

Inevitablemente, una batalla de esta envergadura provocó un intenso debate a todos los niveles en la sociedad estadounidense. ¿Cómo podía haber sido lanzada una ofensiva de tal magnitud en los supuestos bastiones estadounidenses de las áreas urbanas, habiendo medio millón de soldados norteamericanos en el país? A pesar de que la guerrilla también había sufrido una derrota, su ofensiva tuvo un efecto dramático, dando un impulso significativo a las fuerzas antiimperialistas y anticapitalistas en todo el mundo.

En la propia clase dominante estadounidense comenzaron a producirse divisiones. Los generales dirigidos por Westmoreland presionaron para que se hicieran mayores esfuerzos militares de cara a derrotar al Vietcong, mientras que otro sector del ejército presionaba para que se llegara a un acuerdo negociado con las guerrillas. Finalmente, se decidió enviar otros 10.000 soldados, cuando las bajas estadounidenses alcanzaban ya las 19.000 y los heridos superaban los 115.000, un 40% del total de las fuerzas militares enviadas a Vietnam. Por otro lado, las muertes de vietnamitas del Sur alcanzaron en ese momento la cifra de 57.000, una quinta parte del total una vez finalizado el conflicto.

El movimiento contra la guerra

Reforzado por el creciente movimiento contra la guerra, Bobby Kennedy anunció en marzo de 1968 que iba a tratar de desafiar a Johnson en la carrera por la nominación del Partido Demócrata para la presidencia del país. El día después de que Kennedy anunciara su decisión, 139 miembros de la Cámara de Representantes, incluidos 41 Demócratas, aprobaron una resolución en la que pedían una revisión inmediata por parte del Congreso de la política de guerra de los Estados Unidos.

Al mismo tiempo, una parte del ejército exigía un aumento masivo en el despliegue de tropas: Westmoreland sugirió que se enviaran 206.000 hombres adicionales a Vietnam. El principal consejo que recibió en ese momento Johnson fue que no debería aumentar el número de tropas y al mismo tiempo que debería negarse a negociar. Atrapado en medio de esta coyuntura, asediado por las protestas contra la guerra de Vietnam así como en el seno de su propio partido, Johnson anunció por sorpresa que no volvería a presentarse como candidato a la presidencia de los Estados Unidos. La Ofensiva del Tet se cobraba así su primera víctima, el presidente Johnson, y cambiaba para siempre el curso de la guerra.

Pero la mayor presión para la retirada de los estadounidenses no provino de las élites de la sociedad estadounidense o del Congreso, sino de las bases de la sociedad, del movimiento masivo de millones de personas que exigía el fin de la guerra.

El movimiento estudiantil de masas, antimperialista y de izquierdas, recibió un gran impulso tras la Ofensiva del Tet. Sin embargo, algunos de sus dirigentes sacaron conclusiones totalmente erróneas de la experiencia de las guerrillas en Vietnam, planteándose que ese mismo modelo podía aplicarse a las luchas de los trabajadores y los jóvenes en los países industrializados. Estos sectores habían descartado totalmente el potencial revolucionario de la clase obrera en Europa, Estados Unidos y Japón, los centros neurálgicos del capitalismo mundial, y no estaban preparados para los convulsos acontecimientos que iban a producirse en poco tiempo.

Desde Militant (organización predecesora del Socialist Party) apoyamos intensamente las luchas de la población oprimida en el mundo colonial, incluidos los movimientos guerrilleros, pero al mismo tiempo señalamos el papel crucial de la clase trabajadora para un cambio revolucionario. Planteamos estos argumentos, por ejemplo, en una reunión en Caxton Hall, Londres, en abril de 1968, organizada por el Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional. Sólo unos meses después de la Ofensiva del Tet, diez millones de trabajadores franceses protagonizaron la mayor huelga general de la historia y ocuparon las principales fábricas del país durante casi un mes.

En aquellos momentos la autoridad del régimen de Ho Chi Minh1 era muy grande entre millones de activistas de la izquierda. Pero el Estado de Vietnam del Norte se inspiraba en el estalinismo, donde elementos de una economía planificada existían junto a  un poder estatal burocratizado y controlado por un Partido Comunista que seguía fielmente las directrices de Moscú. A pesar de nadar contra la corriente, siempre nos opusimos al totalitarismo estalinista y defendimos la necesidad de una genuina democracia obrera en Vietnam. Obviamente reconocer esta necesidad, no cambió en modo alguno nuestra determinación de movilizar todas las fuerzas de la clase obrera y la juventud en defensa de la victoria de la revolución vietnamita.

La revolución vietnamita y la derrota del imperialismo estadounidense, señalábamos en aquel momento, jugarían un papel enormemente progresista. Sin embargo, aislada en un solo país, y además en un país económicamente subdesarrollado, el carácter político del régimen surgido de la misma no podría ser genuinamente “socialista”, imitando gran parte de las características negativas de que adolecían los regímenes de Europa del Este y de la Unión Soviética. La tarea de los marxistas en todo momento es tratar de elevar el nivel de comprensión política de los trabajadores y la juventud, lo que implica llamar siempre a las cosas por su nombre.

Notas

  1. 1. Ho Chi Minh (1890-1969): Dirigente comunista y uno de los líderes de la lucha antimperialista del pueblo de Vietnam contra la ocupación francesa y estadounidense. Se mantuvo fiel a la política estalinista. Primer ministro (1945-1955) y presidente (1955-1969) de la República Democrática de Vietnam, conocida como Vietnam del Norte. Fue una figura clave en la fundación del Ejército Popular de Vietnam y del Vietcong.

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