El 28 de febrero era la fecha tope (prorrogada en la anterior legislatura) para llegar a un acuerdo que permitiera liberar los fondos restantes del segundo rescate. Esa ha sido la principal baza utilizada por el Eurogrupo para chantajear a Grecia e impedir que el gobierno de Tsipras tome ninguna medida económica fundamental que vaya en la dirección contraria a los planes impuestos por la troika. Finalmente, el viernes 20 de febrero, se llegó a un compromiso que el presidente del Eurogrupo calificó de “un primer paso positivo” y Tsipras justificó como una manera de “ganar tiempo”.

Una renuncia clara al Programa de Salónica

¿En qué se ha concretado el acuerdo? Lo primero que hay que señalar es que no sólo se prorroga el “préstamo” pendiente sino que, explícitamente, se prorroga también el plan de ajuste que acompaña a la “ayuda”. Además, el gobierno griego renuncia “a cualquier acción unilateral” y acepta la supervisión de la troika, que ahora actúa bajo el eufemístico nombre de las “instituciones”. El acuerdo también incluye el compromiso de “no revertir las privatizaciones que hayan sido completadas” ni parar las que están en marcha. Implica el aplazamiento indefinido de la subida del salario mínimo, condicionándolo a “la competitividad y las perspectivas del empleo” y a un acuerdo con “los interlocutores sociales [la patronal] y los interlocutores internacionales”. El gobierno de Tsipras se compromete a retirar el proyecto de ley sobre desahucios en el que estaba trabajando y lo sustituirá por otro en “colaboración con los bancos y las instituciones” para evitarlos en la medida de lo posible. El acuerdo es también una renuncia a uno de los puntos centrales del programa de Syriza —la quita del 50% de la deuda y el pago del resto condicionado al crecimiento económico— ya que se compromete a cumplir puntualmente con los compromisos establecidos por los gobiernos anteriores.

tsipras vurufaikisEs obvio para cualquiera que el acuerdo poco o nada tiene que ver con el Programa de Salónica, ni con el cambio por el que votó el pueblo griego. Es verdad que el chantaje ha sido mayúsculo, que los gobiernos de Alemania, de Francia y del resto, incluyendo a un arrogante Rajoy, pretenden humillar y derrotar a Syriza. Pero a nadie se le escapaba que esto es lo que ocurriría tras el triunfo del 25 de enero, pues lo que se está jugando en Grecia es ni más ni menos que la continuidad de las políticas de ajuste y austeridad en Europa, un proceso que podría acabar en una ruptura con el capitalismo.

En una comparecencia televisiva para explicar el acuerdo, Tsipras dijo que este “deja atrás la austeridad y los memorandums”, e insistió en que era necesario para ganar tiempo: “hemos ganado una batalla, pero no la guerra” concluyó. Nada más lejos de la realidad.

Tsipras alude a que el pacto no obliga explícitamente a más recortes de salarios ni de pensiones, ni a una nueva subida del IVA. Destaca la “flexibilidad” del acuerdo respecto al superávit primario (es decir, excluyendo el pago de intereses) ya que no se tiene que cumplir el objetivo marcado del 3% del PIB en 2015 y el 4,5% en 2016. Esto permitiría, argumenta, compatibilizar la reducción del gasto público con destinar recursos para hacer frente a la catastrófica situación de los sectores sociales más débiles. Pero estas supuestas contrapartidas, además de ser muy insuficientes, acabarán siendo papel mojado si no se detiene el saqueo que implica el pago de la deuda y la propia dinámica de la crisis capitalista.

Para hacer más tragable el acuerdo, el gobierno de Syriza ha anunciado un plan de lucha contra el fraude, la evasión fiscal y la corrupción, y una reforma fiscal en la que “todos los sectores de la sociedad, y sobre todo los más privilegiados, contribuyan de una forma justa a la financiación de las políticas públicas”. Por supuesto, aumentar los impuestos a los más ricos es una medida necesaria, justa y urgente. El problema es cómo contrarrestar de forma efectiva los múltiples mecanismos, legales e ilegales, que los ricos tienen de eludir el pago de impuestos, fundamentalmente a través de la huida de capitales. Lo primero que habría que hacer para detener esta hemorragia es nacionalizar toda la banca y confiscar las grandes fortunas que escapan al fisco. El hecho es que cualquier reforma seria implica una confrontación fundamental con los grandes capitalistas y con el imperialismo europeo y esto es lo que, al parecer, el gobierno de Tsipras está tratando de evitar.

¿Quién gana tiempo?

La burguesía y la derecha europea, muy especialmente en el Estado español —extremadamente preocupada por el ascenso y posible victoria de Podemos en las próximas elecciones—, está utilizando a fondo el acuerdo para desprestigiar la idea de que es posible hacer una política distinta a la del austericidio. Dicen: “¿Véis? Os han engañado. Ya os decíamos que su programa era demagógico. No os hagáis ilusiones. Hay que ser realistas, las cosas no se pueden cambiar”. Así, aunque Tsipras justifique sus concesiones como una manera de “ganar tiempo” quien en realidad gana tiempo, y lo utiliza para tratar de socavar la enorme autoridad de Syriza ante las masas, de desmoralizar y desmovilizar a la clase obrera griega y de toda Europa, son precisamente los capitalistas. El acuerdo no sólo es negativo para los intereses de la clase obrera por las renuncias y aceptaciones que contiene, sino que no establece mejores condiciones para las próximas negociaciones con la troika, en las que se tiene que abordar el tema central de la deuda.

Panayiotis-LafazanisEl malestar por el acuerdo alcanzado y la oposición al mismo, empezando por la propia militancia de Syriza, ha sido claro e inmediato. La reunión del grupo parlamentario del 25 de febrero, que duró más de 12 horas, fue especialmente tensa. El ministro de Reconstrucción Económica, P. Lafazanis, ha manifestado su oposición al acuerdo, mientras el diputado Kostas Lapavitsas señaló que el partido no tiene “razón para existir” si no cumple su programa. También ha criticado el acuerdo el jefe económico de Syriza, Y. Miliós. En la reunión del Comité Central del 28 de febrero y 1 de marzo la Plataforma de Izquierdas, encabezada por el ministro Lafazanis y que tiene en torno al 30% de representación en dicho órgano, presentó una enmienda contra el acuerdo que obtuvo un importante 41% de apoyo. En la misma se habla de “compromiso indeseable (…) en contraposición abierta con los compromisos programáticos de Syriza”; que hay que “confiar en las luchas obreras y populares, contribuir a su revitalización, a la continua expansión de apoyo popular con el fin de resistir a cualquier forma de chantaje”.

Syriza tiene que rectificar: el cambio es posible rompiendo con el capitalismo

banderas syriza111Efectivamente, el gobierno de Tsipras tiene que rectificar urgentemente y la Plataforma de Izquierdas tiene una responsabilidad decisiva en presionarle con la movilización y la defensa de una alternativa al sistema capitalista, de un programa socialista. El gobierno de Tsipras tiene muchísimas bazas a su favor. La fundamental y más importante es el apoyo de la clase obrera, que está movilizada y dispuesta a luchar hasta donde haga falta, y de amplios sectores de las capas medias empobrecidas, es decir, de la inmensa mayoría de la sociedad griega. Según una encuesta realizada entre el 12 y el 17 de febrero, en un momento de máxima tensión de las negociaciones con los acreedores, el 80% de los griegos apoyaba al gobierno de Syriza. Otra encuesta del 26 del mismo mes revelaba que si se convocasen elecciones inmediatamente, Syriza obtendría un apoyo del 72%. Estos datos, y las manifestaciones masivas en las calles de las principales ciudades griegas durante el mes de febrero para responder al chantaje de la troika, son la prueba de que el potencial de apoyo a un gobierno que se enfrente de forma consecuente a la política de los capitalistas es todavía mayor que el que se reflejó en las elecciones. La clase obrera de todos los países contempla con ilusión y simpatía lo que sucede en Grecia. Lejos de debilitarse, si el gobierno griego emprendiese reformas progresistas que llevasen a un choque abierto con el capital financiero, este apoyo, tanto interno como internacional, se multiplicaría, acelerando un proceso de cambio político hacia la izquierda en toda Europa.

Y sí hay una alternativa: un programa claramente socialista, apelando a la clase obrera a hacerse con el control directo de las palancas de poder político y económico. Lo que está en juego en Grecia es la lucha por quién controla la sociedad: los capitalistas o los trabajadores. Frente al sabotaje, la huelga de inversiones, la fuga de capitales, hay que oponer la nacionalización completa y bajo control obrero de todos los sectores fundamentales de la economía. Frente a la amenaza de asfixia financiera externa hay que llamar activamente a la solidaridad de la clase obrera europea, a que sigan el mismo camino que en Grecia instaurando un gobierno favorable a sus intereses. Frente a la amenaza de salida del euro hay que levantar la alternativa de una Federación Socialista Europea.


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