Las elecciones presidenciales norteamericanas del próximo 8 de noviembre marcarán una nueva etapa en la profunda crisis que vive EEUU desde hace años. Vienen precedidas por las elecciones primarias más polarizadas de las últimas décadas: en el frente republicano con la candidatura ultraderechista de Donald Trump y en el demócrata con la de Bernie Sanders, impulsada por la movilización de decenas de miles de personas.

Las convenciones republicana y demócrata se han celebrado en medio de tensiones y protestas masivas y el resultado de ambas ha sido la elección de los dos candidatos más impopulares de la historia, el 70% de la población rechaza a Trump y el 55% a Clinton. Según una encuesta de Post-ABC, el 57% no quiere votar a ninguno de los dos.

La “ley y el orden” de Trump

El discurso de Trump en la convención nacional republicana se centró en la defensa de la “ley y el orden” azuzando la histeria contra los inmigrantes y el terrorismo, combinado con mensajes populistas defendiendo a los “olvidados” por la crisis.

Como hemos analizado en artículos anteriores, al margen del personaje estrafalario, y que un sector de los capitalistas norteamericanos lo vea como un peligro y haya decidido apoyar públicamente a Clinton, Trump representa a un sector importante de la clase dominante que añora los tiempos donde el imperialismo norteamericano dominaba el mundo, que está aterrorizada por la creciente movilización social y el sentimiento anticapitalista arraigado ya en una parte importante de jóvenes y trabajadores, ha elegido el camino del autoritarismo y la represión para hacer frente al movimiento de masas y recuperar el control en el mundo. Aunque Trump sea derrotado en las elecciones esta tendencia no desaparecerá, ha puesto las bases para un futuro movimiento con tintes fascistas y chovinistas en EEUU.

Por otro lado, en los últimos meses ha quedado más al descubierto el antidemocrático sistema político norteamericano y la auténtica naturaleza del Partido Demócrata. Unos días antes de la Convención Nacional Demócrata, celebrada entre los días 25 y 28 de julio, wikileaks publicó documentos y correos electrónicos del Comité Nacional del partido que demostraban el fraude cometido en las primarias y cómo el aparato demócrata estaba dispuesto a todo para evitar la victoria de Sanders.

Así, esta convención ha sido la más turbulenta que se recuerda, tanto dentro de la reunión, donde los delegados de Sanders expresaron su malestar por las maniobras del partido abucheando el nombre de Clinton cada vez que se mencionaba, como fuera, con miles de seguidores manifestándose diariamente por las calles de Filadelfia.

Una oportunidad desaprovechada

A pesar de que Sanders había anunciado el 12 de julio su respaldo a la candidatura de Hillary Clinton, el hecho de que renunciara a la votación de su candidatura, permitiendo así que Clinton fuera elegida por aclamación en la convención, provocó un gran malestar entre sus seguidores y que una buena parte de sus delegados abandonaran la reunión. Una de las cosas que mayor irritación provocó fue la presentación de Clinton como una candidata que “defiende los intereses de todos los trabajadores”, después de meses insistiendo en que era la candidata de las grandes empresas y de Wall Street.

El aval político de Sanders a Clinton y su renuncia a presentarse a las elecciones presidenciales ha sido un grave error. Sanders tendría que haber mantenido su oposición frontal a Clinton hasta el final y con todas sus consecuencias. Tendría que haber aprovechado la Convención no como una escenificación de la conciliación y la unidad de los demócratas, sino como un altavoz para denunciar el fraude antidemocrático del que ha sido víctima y, sobre todo, la política capitalista que defiende Clinton. Esto hubiese reforzado todavía más su inmenso apoyo popular, dando una base de masas a un nuevo partido, un partido obrero capaz de desafiar el dominio y control político que republicanos y demócratas ejercen desde hace más de un siglo.

Bernie Sanders justificó su renuncia como la mejor opción para conseguir derrotar a Trump. Sin embargo, Clinton no es el “mal menor” ni por supuesto la mejor barrera de contención contra el auge de la ultraderecha. Al contrario, es la política procapitalista de los demócratas y la total podredumbre de la política oficial, de la que Clinton es una representante cualificada, lo que alimenta la demagogia reaccionaria de Trump. No por casualidad la mayoría de las encuestas de cara a las presidenciales señalaban que Sanders aventajaba con diferencia a Donald Trump.

Sanders también justificó su decisión porque se había conseguido incluir en el programa del partido algunas de sus propuestas, una medida de muy poca trascendencia ya que el candidato a la presidencia no tiene obligación de cumplir dicho programa.

La ‘revolución política’ debe continuar

Quienquiera que gane las elecciones no representará ni gobernará para los intereses de la clase obrera norteamericana sino en interés de las grandes empresas. Tampoco resolverá la profunda crisis capitalista, que está en la base de la tremenda polarización política y de la creciente rebelión social que se vive en EEUU.

Aunque temporalmente pueda cundir el desencanto y la frustración entre los seguidores de Sanders, su capitulación ante el aparato demócrata está lejos de ser el punto final de un movimiento de masas que tiene unas raíces muy profundas. La campaña de Sanders y su llamamiento a la “revolución política contra la clase millonaria” ha marcado un antes y un después en la situación política norteamericana. Ha conectado con la rabia ante la desigualdad social y económica, con el rechazo a los mayores ataques que ha sufrido la clase obrera norteamericana en las últimas décadas y con un ambiente de rebelión contra el establishment político que ha alcanzado un nivel sólo comparable con el existente a finales de los años sesenta cuando se desarrolló la movilización a favor de los derechos civiles y el movimiento contra la guerra de Vietnam. Decenas de miles de jóvenes y trabajadores se han incorporado activamente a la política y ha conseguido que la idea del socialismo irrumpa abruptamente en el escenario político.

La experiencia de los últimos meses no cae en saco roto, sólo es el principio, y el descontento que ha salido a la superficie es una prueba de los acontecimientos revolucionarios que se avecinan.


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