La población en EEUU y en el resto del mundo se despertó con una de las noticias políticas más impactantes que se recuerdan, la elección de Donald Trump como presidente. Era la culminación de un ciclo electoral donde los norteamericanos corrientes se levantaron contra el establishment político y los efectos destructivos de la globalización y el neoliberalismo. Un proceso que se expresó tanto a la izquierda, con la campaña de Bernie Sanders que galvanizó a millones alrededor de la “revolución política contra la clase millonaria” y, de una manera distorsionada, a la derecha con la campaña de Trump.

Pero Trump no sólo se presentó como el presunto defensor de los “hombres y mujeres olvidados” de las comunidades trabajadoras. También lo hizo con la campaña más abiertamente chovinista y fanática que ha hecho un candidato de uno de los principales partidos en los tiempos modernos. Ha abierto un espacio para que salgan de sus agujeros los nacionalistas y supremacistas blancos e intentó llegar con su campaña a los trabajadores y jóvenes descontentos. Este es un acontecimiento muy peligroso.

Sin embargo, rechazamos totalmente la idea —constantemente defendida por los comentaristas liberales que intentan desviar la atención del estrepitoso fracaso del Partido Demócrata— de que este resultado demuestra cómo el grueso de la clase obrera blanca comparte el racismo y la xenofobia de Trump. En realidad, Clinton ganó el voto popular por un estrecho margen. Trump consiguió el 47,5% de los votos, con decenas de millones de los norteamericanos más pobres y oprimidos que ni siquiera han acudido a votar.

El voto a Trump fue primeramente un voto contra Clinton y el establishment, un voto para un “agente de cambio” frente a la representante consumada del statu quo empresarial. Muchos respondieron a sus ataques sobre el “sistema amañado” y las empresas que trasladan los empleos al extranjero. Desgraciadamente, ha estado ausente una fuerza clara a la izquierda capaz de ofrecer una alternativa a la seducción del populismo de derechas.

Socialist Alternative está con los millones de mujeres enfurecidas con la elección de un abierto misógino y correctamente lo ven como un paso atrás; con los latinos que temen a que las deportaciones de masas de trabajadores indocumentados alcance niveles sin precedentes; con los musulmanes y los afroamericanos temerosos de que el discurso del odio de Trump incite a más violencia y al crecimiento de una fuerza de extrema derecha.

Inmediatamente convocamos protestas en ciudades de todo el país para dejar claro que los trabajadores y los oprimidos deben estar unidos y preparados para resistir los ataques de la derecha. En las últimas 24 horas hemos recibido un aluvión de mensajes que piden más información sobre nuestra organización. Desde hoy debemos comenzar a construir una alternativa política para el 99% contra los partidos dominados por las empresas y la derecha, para que en el año 2020 no suceda otro desastre.

Una conmoción para la clase dominante

Es necesario subrayar que el resultado de esta elección no sólo ha conmocionado a decenas de millones de trabajadores progresistas, mujeres, inmigrantes, gente de color y a la comunidad LGTB, pero también, aunque por razones diferentes, a la clase dominante de Estados Unidos.

La mayoría de la clase dominante ve a Trump como un “inepto para gobernar”. Es verdad que los modales de matón que Trump utiliza para humillar a sus oponentes y su reacción a todo con tweets desagradables tiene más en común con dictadores “fuertes” en “estados fracasados”. Incluso George W. Bush no estuvo tan orgulloso de su ignorancia de los asuntos internacionales como le sucede a Trump. La clase dominante considera que la presidencia de Trump puede causar un daño potencial profundo a los intereses del imperialismo norteamericano en un momento en que su poder global está menguando, particularmente en Oriente Medio y Asia, donde es desafiado por Rusia y especialmente por el cada vez más firme imperialismo chino.

Se oponen enérgicamente al rechazo vociferante de Trump a los acuerdos de libre comercio y las doctrinas capitalistas dominantes de los últimos cuarenta años. La realidad es que la globalización está estancada. El motor del comercio ha retrocedido parcialmente. El voto a Trump tiene algunos paralelismos con el voto al Brexit en Gran Bretaña a principios de este año, se decidía abandonar la Unión Europea pero también reflejaba un rechazo masivo de la clase obrera británica a la globalización y al neoliberalismo.

La clase dominante también teme que el racismo crudo, la xenofobia y la misoginia de Trump provoquen malestar social en EEUU, en este sentido está comprobado que tiene razón.

A un nivel más profundo quizás el aspecto más impactante de este resultado para la clase dominante, incluido los ejecutivos empresariales, el establishment político y los medios de comunicación que les sirven, es que se ha resquebrajado la forma en que han dominado la política de este país a través del sistema bipartidista. En un ciclo electoral tras otro, las primarias han sido utilizadas para deshacerse de candidatos no aceptables para los intereses empresariales. Después se ha dejado al electorado elegir entre los dos nominados “aprobados”. La élite empresarial puede que prefiriera a uno u otro, pero puede vivir con cualquiera de los dos. A la gente corriente sólo le queda la opción de elegir al “mal menor” o votar al candidato de un tercer partido sin posibilidad de ganar.

Todo eso ha cambiado en 2006. Primero Bernie Sanders consiguió 220 millones de dólares sin aceptar nada de la Norteamérica empresarial y estuvo muy cerca de derrotar a Hillary en unas elecciones primarias amañadas. Trump en gran parte también fue rechazado por los “donantes de clase” republicanos, incluso los dos últimos presidentes republicanos y su último candidato le rechazaron públicamente.

Quien siembra vientos recoge tempestades

Resulta asombroso que el resultado de las primarias deje a la población la opción de elegir entre los dos candidatos más impopulares de la era moderna. Las encuestas mostraban que el 61% de los votantes no tenía una visión favorable de Trump y el 54% no la tenía de Clinton.

En las primarias, el Comité Nacional Demócrata hizo todo para que saliera elegida la candidata del establishment, Hillary Clinton, frente a Sanders que en las encuestas constantemente conseguía mejores resultados que Trump. Esto habla directamente del hecho de que un elemento significativo del electorado final de Trump estaba abierto al genuino argumento de la clase trabajadora de oponerse al poder de Wall Street y su agenda de libre comercio, mientras defiende el salario mínimo de 15$, la educación gratuita, un sistema sanitario de pagador único y una masiva inversión en infraestructura ecológica. Pero la realidad es que la dirección demócrata prefirió perder a estar atada a un programa que realmente reflejara los intereses de la gente trabajadora y los pobres.

Desgraciadamente, la mayoría de dirigentes sindicales apoyaron y dieron millones de dólares a Clinton en las primarias mientras un sector importante de sindicalistas y varios sindicatos nacionales apoyaban a Sanders. De esta manera, la dirección sindical ayudó a apuntalar a la candidata de Wall Street frente un desafío de clase favorable a los trabajadores.

Clinton llegó a las elecciones como una candidata empresarial muy dañada. Lo que más atención despertó en los medios de comunicación fue el escándalo de los emails del Departamento de Estado. Pero las continuas revelaciones de WikiLeaks también confirmaron en detalle y subrayaron la imagen que Sanders había presentado en las primarias: una Hillary Clinton sierva de Wall Street que decía una cosa en sus discursos privados a los banqueros que le daban millones y otra distinta en público.

Los apologistas liberales pretenden culpar a la clase obrera blanca, a los seguidores de Bernie o incluso a los votantes de Jill Stein. Pero como hemos insistido continuamente el Partido Demócrata hace ya tiempo que abandonó cualquier pretensión de defender los intereses de la clase trabajadora. Durante décadas implantaron o apoyaron una medida neoliberal tras otra, desde el “final del estado del bienestar como lo conocíamos”, “la encarcelación masiva”, la aprobación del NAFTA o la derogación de la ley Glass Steagall (regulación bancaria) bajo la presidencia de Bill Clinton y después con Obama rescatar los bancos mientras millones perdían su hogar.

Después del crac económico de 2008 y 2009, la izquierda dio paso a Obama. Los Demócratas controlaban el Congreso e hicieron muy poco para ayudar a la clase obrera en la peor crisis desde los años treinta. Esto abrió la puerta al Tea Party para movilizar la oposición al rescate de Wall Street y la rabia a los políticos.

Bajo la presión del 45% que apoyaron a Sanders en las primarias, los Demócratas en su convención adoptaron el programa más de izquierdas de los últimos cuarenta años. Pero Clinton en su campaña se centró en el mensaje de que Trump era un peligro existencial a la república y que “EEUU ya era grande”. Los donantes de Hillary no querían que insistiera en temas como el salario mínimo o acabar con la deuda de los estudiantes por temor a generar expectativas entre los trabajadores. ¿Se podría decir que Hillary no tenía la suficiente credibilidad como progresista para hacerlo? Lo que sí hizo fue nombrar como candidato a vicepresidente a Tim Kaine, quien apoyó el TPP y la desregulación bancaria, en lugar de alguien como Elizabeth Warren. Se negó a prometer que no elegiría personal de Goldman Sachs en su administración. Todo esto alejó totalmente a millones de personas que ansiaban un cambio real.

Por tanto, no es una sorpresa que Clinton no fuera capaz de entusiasmar a una parte mayor del electorado. Ni Trump ni Clinton alcanzaron el 50%. Aunque Clinton conseguía una parte ligeramente mayor del voto popular, lograba seis millones menos que Obama en 2012 y 10 millones menos que en 2008. Al mismo tiempo, ¡Trump conseguía un millón de votos menos que Romney!

Como señalaba Jacobin: “Clinton sólo ganó el 65% de los votantes latinos, comparado con el 71% logrado por Omaba hace cuatro años. Un resultado pobre frente a un candidato que presentaba un programa de construir un muro a lo largo de la frontera sur de EEUU y que comenzó su campaña llamando a los mexicanos violadores. Clinton logró el 34% de los votos de las mujeres blancas sin estudios secundarios. Y el 54% del total de mujeres, comparado con el 55% de Obama en 2012. Clinton se presentaba frente a un candidato que en un video se regodeaba de coger a las mujeres ‘por el coño’”. Clinton tampoco logró entusiasmar a los votantes jóvenes negros, muchos de los cuales ni votaron. Perdió en las comunidades obreras blancas donde Barack Obama ganó en las dos anteriores elecciones.

El establishment demócrata jugó un juego peligroso en estas elecciones y perdió. Y será la clase obrera, las comunidades de color, las mujeres, los que se llevarán la peor parte de su fracaso.

Sanders debería haber estado presente en la batalla electoral.

En los últimos años hemos visto una profunda polarización política en EEUU con el crecimiento del apoyo al socialismo entre los jóvenes y a Black Lives Matter mientras crecía la xenofobia y el racismo entre una minoría de la población. Pero la tendencia global en la sociedad norteamericana ha ido a la izquierda, expresada en el apoyo al matrimonio del mismo sexo, un aumento del salario mínimo y de los impuestos a los ricos. Estas elecciones no cambian la realidad subyacente, sólo claramente sitúa a la derecha en el asiento del conductor que controla la presidencia, tanto en ambas cámaras como en la mayoría de legislaturas estatales.

Un sector importante de la clase obrera y de la clase media utilizó estas elecciones para subrayar su rechazo al Partido Demócrata pero también al establishment de los republicanos. De una manera distorsionada, decenas de millones buscaron un camino para oponerse a la elite empresarial. No podemos cerrar los ojos al crecimiento del apoyo entre una minoría a las ideas de extrema derecha, pero es relevante, por ejemplo, que según las encuestas el 70% opinaba que a los inmigrantes indocumentados se les debería “ofrecer el estatus legal” frente a un 25% era favorable a la deportación.

Por eso es absolutamente trágico que Bernie Sanders no estuviera presente en las elecciones. Ya en 2014 defendimos que se presentara como independiente cuando planteó por primera vez la idea de una campaña presidencial. Cuando decidió presentarse dentro de las primarias demócratas no estuvimos de acuerdo con este marco, pero continuamos participando en la discusión con sus seguidores sobre cómo conseguir su programa y la necesidad de un nuevo partido.

Nuestros avisos sobre las consecuencias de apoyar a Hillary se han confirmado de manera trágica. Si Sanders hubiera recorrido todo el camino hasta las elecciones de noviembre, como pedimos nosotros y otros muchos, su presencia habría cambiado radicalmente el carácter de las elecciones. Seguro que habría obligado a su presencia en los debates presidenciales y ahora estaríamos discutiendo la cuestión inmediata de formar un nuevo partido del 99% con los muchos millones de votos que habría recibido. Esta es una inmensa oportunidad desperdiciada.

Socialist Alternative apoyó a Jill Stein del Partido Verde que recibió poco más de un millón de votos porque ella presentó un programa que hablaba sustantivamente de los intereses de la clase trabajadora. La campaña de Stein tuvo muchas limitaciones pero, a pesar de ellas, su voto a pequeña escala indica el potencial que existe para el desarrollo de una alternativa de izquierdas de masas.

Una presidencia de caos y lucha

La elección de Donald Trump es un desastre que tendrá muchas consecuencias negativas. Pero también es una fase del proceso continuo de agitación política y social en EEUU. El capitalismo y sus instituciones están quizás más desacreditados que nunca, un proceso que continuó al final de la campaña electoral con el FBI interponiéndose en el proceso político y Trump hablando constantemente de un sistema político “amañado”.

Inevitablemente entre sectores de la izquierda se extenderá la desesperación y un sentimiento de que todos los intentos para hacer avanzar la sociedad son inútiles. Es absolutamente esencial combatir este ambiente. El cambio real como señaló correctamente Bernie Sanders se produce de abajo a arriba, del movimiento de masas en los centros de trabajo y en las calles.

La victoria de Trump representa el “látigo de la contrarrevolución”. Habrá caos y provocaciones que obligarán a millones a adoptar acciones defensivas. Por esa razón, los que se han radicalizado en el período pasado deben redoblar sus esfuerzos para construir un movimiento por el cambio de masas real, independiente del control empresarial. Los movimientos sociales de los últimos años y en especial Black Lives Matter demuestran el potencial.

Pero también es esencial ver que Trump inevitablemente desencantará a sus seguidores. “Construir un muro” no creará millones de empleos de calidad para sustituir los perdidos por la automatización y los acuerdos comerciales. Y aunque hable de invertir en infraestructura del siglo XXI, también prometió una masiva reducción de impuestos a los millonarios como él mismo. Un movimiento de masas contra Trump necesitará apelar directamente a la clase obrera blanca y explicar cómo podemos crear un futuro donde todos los jóvenes puedan tener un futuro decente en lugar de intentar recrear el “sueño americano” profundizando la división racial. Este futuro sólo se puede lograr con una política socialista.

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