En EEUU la consigna central de la huelga, que afectaba a 4 millones de trabajadores, ha sido “La lucha por los 15 [dólares]”. Actualmente el salario medio por hora en el sector es de 8,94 dólares y el salario mínimo es de 7,25 dólares. En una ciudad como Chicago, por ejemplo, un adulto con un hijo a su cargo necesitaría ganar 20,86 dólares/hora a jornada completa sólo para poder comprar lo básico, es decir más del doble de lo que actualmente percibe. El tópico es que en este tipo de empresas trabajan sólo jóvenes para poder pagar sus estudios, pero la realidad es que la media de edad del sector es de 28 años y para el 68% es el principal sustento de su familia.
La otra reivindicación del movimiento es la libertad sindical, debido a que en estas empresas la represión contra los sindicalistas es brutal y muy a menudo cualquier protesta suele terminar en despido.
Tras la huelga, el 21 de mayo se convocó una marcha a las oficinas centrales de Mc Donald’s en Oak Brook (Illinois), en la que participaron cerca de 2.000 trabajadores, coincidiendo con la reunión anual de accionistas. La marcha consiguió bloquear uno de los accesos a la empresa y la policía respondió deteniendo a 101 trabajadores de la empresa y 36 compañeros que se habían desplazado para dar su apoyo.
Esta reacción es un síntoma claro de terror por parte del gobierno norteamericano a lo que se está gestando en el fondo de la sociedad estadounidense. Como sucedió hace unos años con las huelgas de UPS o Airbus, o las recientes luchas de los trabajadores de Wall-Mart y el profesorado, la de la comida rápida o del servicio postal (que se enfrenta a la privatización y al despido de miles de trabajadores en todo el país) también han despertado una enorme simpatía entre la clase trabajadora norteamericana.
La demanda de un salario mínimo digno —en un país donde 16,5 millones de trabajadores reciben menos de 10 dólares/hora— está trascendiendo a este sector. En el ayuntamiento de Seattle se ha propuesto un proyecto de ley para aumentar el salario mínimo a 15 dólares para el sector privado. La presión es tal que el propio Obama se ha visto obligado a plantear que quizás sea necesario revisar el salario mínimo.
Esta huelga ha sido un eslabón más  del ascenso del movimiento huelguístico y de organización de la clase obrera en el país.


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