Una ola de movilizaciones y huelgas está recorriendo los últimos meses el país, con reivindicaciones tanto económicas y sociales como políticas. La continuidad del gobierno de predominio islamista está en entredicho, y muy posiblemente hubiera tenido que dimitir si en el último momento la dirección nacional de la Unión General del Trabajo de Túnez (UGTT) no hubiera desconvocado la huelga general del 13 de diciembre.

Una ola de movilizaciones y huelgas está recorriendo los últimos meses el país, con reivindicaciones tanto económicas y sociales como políticas. La continuidad del gobierno de predominio islamista está en entredicho, y muy posiblemente hubiera tenido que dimitir si en el último momento la dirección nacional de la Unión General del Trabajo de Túnez (UGTT) no hubiera desconvocado la huelga general del 13 de diciembre.

El Gobierno (una coalición de liberales burgueses, socialdemócratas e islamistas) no ha podido ofrecer ninguna solución a los graves problemas que llevaron al derrocamiento del dictador Ben Alí, intentando suplirlo con la represión. Las fuerzas de choque son las mal llamadas Ligas para la Protección de la Revolución, bandas integristas vinculadas al partido gubernamental En Nahda. Estos elementos asaltaron bajo total impunidad, el 3 de septiembre, la sede central de la UGTT. Y el 4 de diciembre cientos de ellos atacaron con palos, navajas y espadas una concentración de la Unión en recuerdo del asesinato de su fundador; ante la pasividad de la policía, intentaron realizar varios linchamientos. Finalmente ésta reprimió la concentración con disparos de perdigones. Hubo unos doscientos cincuenta heridos. Este nuevo ataque produjo una oleada de indignación y de huelgas de norte a sur y llevó a la convocatoria de huelga general para el 13, la que hubiera sido la tercera en toda la historia del país.

Los integristas detrás de esas bandas de lúmpenes pretenden disciplinar al movimiento obrero, y en particular la lucha en Siliana, población que se ha convertido en la punta de lanza. Desde la última semana de noviembre las masas de esta ciudad de doscientos mil habitantes se apoderaron de las calles, exigiendo medidas contra el paro (oficialmente, del 26%, nueve puntos por encima del dato a nivel nacional), inversiones en esta zona olvidada, y la dimisión del gobernador por la extrema represión (hubo unos trescientos heridos). En vez de extender la movilización, los dirigentes de la UGTT pactaron con el gobierno la destitución del gobernador, llamando a los huelguistas a la vuelta al trabajo. Sin embargo, el intento de esta dirección conciliadora saltó por los aires con el brutal ataque del pasado día 4. Parece claro que la clase dominante (o un sector de ella) se precipitó alentando o permitiendo esta agresión, porque la baza fundamental para sus planes (retomar el control total de la situación poco a poco y ahogar la revolución) es basarse en la dirección sindical, sin cuya aquiescencia el gobierno duraría muy poco. La prueba es que tras la agresión del 4 la consigna de Dégage! (¡Vete!), que retrotrae a las manifestaciones contra Ben Alí, fuera reproducido por miles de gargantas, refiriéndose a Hamadi Jebali, el primer ministro islamista, y que las secciones de la UGTT en algunas de las provincias con más peso obrero y tradición revolucionaria (Sfax, Kasserin, Toser y Sidi Busid), sin esperar a las instrucciones de la dirección, convocaran de forma inmediata huelga general en esas provincias.

Huelga que fue exitosa en cada caso. En la ciudad obrera de Sfax hubo una manifestación de 60.000 personas.

Intentando ganar tiempo, los dirigentes de la UGTT, tras algunas vacilaciones, pusieron la fecha del 13 de diciembre para la huelga general nacional. Sin embargo, una vez más, salvó la cara del gobierno, desconvocándola la víspera. El acuerdo que llevó a la convocatoria incluye: el reconocimiento de los derechos de asociación, sindicación, manifestación, etc.; la denuncia de “toda violencia”; la condena del ataque del día 4; y la creación de una comisión mixta para investigar a las Ligas, y proponer medidas al presidente en un plazo de un mes. Un acuerdo que supone una burla al movimiento, escamoteando la desarticulación inmediata de las Ligas u otras bandas integristas, y la misma dimisión del gobierno, reivindicación absolutamente asumida en la calle (el propio presidente de la República ha tenido que pedir a Jebali que rehaga el gobierno con “tecnócratas”). El secretario general de la UGTT, Hasin Abasi, se justificaba argumentando la “necesidad de preservar la seguridad del país y de evitar los peligros que puedan amenazar su estabilidad”.

Más que nunca, es imprescindible organizar la extensa oposición interna en la UGTT en una corriente combativa, que se dote de un programa socialista, anticapitalista. Es clave para el futuro de la revolución luchar por poner esta organización tradicional, de una enorme fuerza (dice contar con la afiliación de casi la mitad de la población), al servicio de los intereses de las masas oprimidas. Intereses que pasan por la caída del gobierno actual y por fomentar desde cada sección del sindicato estructuras de poder obrero capaces de sustituir al caduco poder burgués.


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