La muerte de Nelson Mandela ha tenido un profundo impacto entre millones de personas en Sudáfrica y en todo el mundo. La identificación de su figura con la heroica lucha del proletariado sudafricano contra el infame régimen del apartheid, es motivo de orgullo e inspiración para todos los explotados por el capitalismo. Por parte de los gobiernos capitalistas y de sus medios de comunicación hacía tiempo que no presenciábamos un derroche tan grande de “condolencias” y de “pesares”, aunque a diferencia de los millones de oprimidos que sinceramente lloran su muerte, la burguesía tiene sus propias razones y están utilizando la figura de Mandela para lanzar una nueva campaña sobre los valores de la “reconciliación nacional”, el “diálogo” y la feliz convivencia entre ricos y pobres.

La muerte de Nelson Mandela ha tenido un profundo impacto entre millones de personas en Sudáfrica y en todo el mundo. La identificación de su figura con la heroica lucha del proletariado sudafricano contra el infame régimen del apartheid, es motivo de orgullo e inspiración para todos los explotados por el capitalismo. Por parte de los gobiernos capitalistas y de sus medios de comunicación hacía tiempo que no presenciábamos un derroche tan grande de “condolencias” y de “pesares”, aunque a diferencia de los millones de oprimidos que sinceramente lloran su muerte, la burguesía tiene sus propias razones y están utilizando la figura de Mandela para lanzar una nueva campaña sobre los valores de la “reconciliación nacional”, el “diálogo” y la feliz convivencia entre ricos y pobres.

Sin duda, Nelson Mandela hizo enormes sacrificios y mostró un tremendo coraje y valor en la lucha contra el apartheid, uno de los peores sistemas de opresión y explotación de la historia. Este régimen, sostenido por el imperialismo angloamericano a lo largo de la historia, privaba a la mayoría negra y al resto de minorías étnicas de absolutamente todos los derechos políticos, económicos y sociales. Sublimando la supremacía de la raza blanca, igual que los gobernantes estadounidenses durante decenios, la burguesía sudafricana obligó a la mayoría aplastante de la población a vivir marginada y en la más abyecta pobreza, mientras ella disponía del grueso de la riqueza y disfrutaba de todos los privilegios. Cuando esto ocurría, los presidentes de EEUU, la Corona británica y el resto de los gobernantes de occidente, los mismos que hoy derraman lágrimas de cocodrilo por Mandela, aplaudían su encarcelamiento, la represión más sangrienta de los activistas del ANC y el racismo más descarnado. No en balde, el régimen sudafricano del apartheid representaba uno de sus más firmes aliados en el continente africano, especialmente en un momento en el que la lucha militar del imperialismo contra los movimientos de liberación nacional en África y contra la insurrección popular en Mozambique y Angola estaba en pleno apogeo.

Mandela y el ANC

Nelson Mandela perteneció a una generación de activistas de izquierda en Asia, África y América Latina, que después de la Segunda Guerra Mundial se inspiraron en el proceso de la revolución colonial, especialmente en China y Cuba, que sacudiría los cimientos de la dominación imperialista. En 1943 Mandela, junto a otros dirigentes estudiantiles de la época, entraron en el ANC (Congreso Nacional Africano), convirtiéndose al año siguiente Mandela en uno de los fundadores de las Juventudes del ANC. La entrada de esta nueva generación de luchadores y el impacto de la victoriosa huelga minera de 1946 o la huelga general en Johannesburgo el 1 de Mayo de 1950, cambió el carácter del ANC. De ser una organización que se limitaba a hacer súplicas y llamamientos a las distintas instituciones y figuras políticas internacionales, Mandela y sus compañeros consiguieron que adoptara un programa de acción que por primera vez convertía al ANC en una organización política comprometida en la lucha de masas contra el apartheid. Este giro político y la aproximación en 1950 al Partido Comunista Sudafricano (PCSA) culminaron en 1956 con la aprobación del Estatuto de Libertad, redactado por un militante del PCSA. El estatuto reflejaba el alcance de las luchas de la clase obrera y su influencia en la perspectiva política del ANC.

Lamentablemente, también expresaba la concepción de la revolución por etapas del PCSA, en ese momento uno de los más leales defensores de la burocracia estalinista rusa. Como sucedió en otros países coloniales, la dirección del PC sudafricano no concebían la lucha por la liberación nacional y por los derechos democráticos como una tarea vinculada a la revolución socialista; planteaban la necesidad de un largo período de desarrollo capitalista “democrático”, bajo la dirección de la burguesía nacional progresista, posponiendo la lucha por el socialismo a un futuro indefinido. El Estatuto de Libertad incorporaba la teoría etapista y aunque defendía en el papel la necesidad de nacionalizar la economía y los medios de producción, en ningún caso era un plan “para un estado socialista”, como reconoce el propio Mandela (1). En la práctica, concebían la idea de un “capitalismo negro” en Sudáfrica, de manera que “por primera vez en la historia de este país la burguesía no europea tendrá la oportunidad de tener su propio nombre y derechos” (2).

En 1961 Mandela, junto a otros dirigentes del ANC, fue detenido y acusado de actos de sabotaje, y en 1964 fue condenado a cadena perpetua. En total pasó 27 años en prisión en unas condiciones muy duras, ante la indiferencia de los gobernantes occidentales que siempre defendieron a sus carceleros. La lucha en la que participó e impulsó en los años anteriores a su entrada en prisión y los años pasados en cautividad, le convirtieron en un símbolo contra el apartheid, dentro y fuera de Sudáfrica.

El fin del apartheid

Aprovechando la muerte de Mandela, muchos insisten en presentar la caída del apartheid como la obra de un solo hombre o la lucha de unos cuantos héroes. Aunque sin duda, Mandela y otros dirigentes del ANC jugaron un papel muy destacado, la realidad es que si a mediados de los ochenta el apartheid entró en crisis profunda y comenzó su proceso de descomposición, fue consecuencia de la heroica lucha de masas del proletariado sudafricano que desde los años setenta protagonizó interminables protestas, huelgas y movilizaciones de todo tipo, aún a costa de miles de muertos. Ejemplos de la combatividad y decisión de acabar con el apartheid por parte de la clase obrera sudafricana son las luchas en Natal de 1973, la insurrección juvenil de Soweto en 1976 o los movimientos insurreccionales de los años ochenta, que no sólo pusieron en el orden del día el final del apartheid, sino también las aspiraciones de cambios sociales más profundos, la necesidad de acabar con el capitalismo y la alternativa del socialismo. Los acontecimientos en Sudáfrica se habían convertido en una amenaza para el imperialismo en la región ya que millones de oprimidos africanos tenían puestos los ojos en su proletariado, elevado a la vanguardia de la lucha contra el capitalismo racista blanco y por el socialismo.

En 1982, después de una dura huelga política en respuesta a la muerte de un sindicalista detenido y en la que participaron más de 100.000 trabajadores, Mandela fue trasladado de prisión. En 1985 el régimen inició las negociaciones con Mandela que llevarían a su liberación en 1990 y posteriormente a las primeras elecciones democráticas en 1994, en las que el ANC consiguió llegar al gobierno con el 62% de los votos. De este modo, Mandela se convertiría en el primer presidente negro de Sudáfrica, cargo que ocupó hasta 1999.

La política del ANC ¿Hacia la liberación nacional o hacia el dominio del capital?

A pesar de que dos semanas antes de salir de prisión, Mandela decía en una carta que “la nacionalización de las minas, bancos e industrias monopolísticas es la política del ANC, un cambio de ideas es algo inconcebible” (3) una vez en el gobierno, Mandela y la dirección del ANC, en lugar de aplicar su programa, siguieron los dictados del FMI y del imperialismo internacional. En la biografía autorizada de Nelson Mandela, escrita por Anthony Samson, explica las negociaciones previas a su llegada al poder entre el ANC y los organismos internacionales, y cómo se logró un acuerdo donde el ANC se comprometía, una vez se hiciera cargo de las responsabilidades gubernamentales, a “reducir el déficit, subir los tipos de interés y abrir la economía, a cambio de acceder a un préstamo del FMI por valor de 850 millones de dólares” (4). El periodista John Pilger, años después, en una entrevista a Mandela le preguntó sobre esta contradicción entre lo defendido en el programa y lo aplicado en la práctica, le preguntó cómo el ANC había terminado abrazando el thatcherismo y él respondió: “Puede poner la etiqueta que a usted le guste… pero, para este país, la privatización es la política fundamental” (5).

Sigue el apartheid social, la miseria y la desigualdad

Uno de los puntos del programa del ANC que sí se consiguió fue la creación de una clase capitalista negra. Leyes como la Black Economic Empowerment ha permitido que una minúscula capa de negros se hayan enriquecido y ocupen puestos en los principales consejos de administración, entre ellos ex dirigentes del ANC y ex dirigentes sindicales como Cyril Ramaphosa, antiguo líder del sindicato minero NUM y hoy uno de los hombres más ricos del país.

Con el final del apartheid la población negra sudafricana tiene libertad para votar y disfruta de los derechos democráticos que les negaba el apartheid, pero no se ha alterado la división fundamental de la sociedad bajo el capitalismo. Veinte años después, Sudáfrica es una de las sociedades más desiguales del mundo. La brecha entre ricos y pobres es mayor que en 1990, el año en que Mandela salió de prisión: el 60% de la riqueza nacional está en manos del 10% más rico de la población, más del 50% de la población vive bajo el nivel de pobreza y hay más de 20 millones de parados, más del 50% jóvenes. Como ocurría hace treinta años, la inmensa mayoría de los pobres y de los excluidos, siguen siendo negros.

En los últimos años la cuestión de clase ha salido de nuevo a la superficie y se ha expresado en luchas de masas como la huelga general en 2008 o las protestas masivas durante el mundial de fútbol de 2010, provocando un duro enfrentamiento entre la clase obrera y el gobierno del ANC. Esta confrontación tuvo su máxima expresión en agosto de 2012 con la masacre de 35 mineros en huelga en Marikana, y la posterior oleada huelguística en la minería que mostraron imágenes que recordaban los peores episodios sangrientos del apartheid, como la matanza en Shapersville o Soweto.

El periódico The New York Times (6) se hacía eco de lo que muchos temen, que la desaparición de Mandela conlleve que el ANC pierda la ya menguada credibilidad que le queda ante los ojos de los trabajadores y eso signifique una intensificación de la lucha de clases con los riesgos que tendría tanto para el capitalismo sudafricano como para los intereses del imperialismo en el continente.

Los acontecimientos en Sudáfrica han confirmado una idea que siempre hemos defendido los marxistas: que la única vía para acabar con el apartheid social, económico y político que vive la clase obrera negra y la mayoría de la población sudafricana es la lucha consciente y organizada por la revolución socialista.

NOTAS

1. Nelson Mandela. Freedom in our Lifetime. 30/6/1956

2. (Ibíd.,)

3. Mail & Guardian. 15/1/1990

4. Anthony Samson. Mandela: The Authorised Biography. 1999

5. John Pilger. Pilger on Mandela. Apartheid never died. 11/7/2013

6. The New York Times. Mandela’s Death Leaves South Africa Without Its Moral Center. 6/12/13


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