Los últimos días de 2016 estuvieron marcados por las decisiones del gobierno de Nicolás Maduro de sacar de circulación el billete de 100 bolívares, el de mayor denominación hasta el momento, y de cerrar temporalmente las fronteras con Colombia y Brasil. Ambas medidas pretendían golpear el mercado paralelo de divisas que opera a través de la frontera. La extensión durante los últimos meses de ese mercado paralelo ha provocado una escalada inflacionaria sin precedentes y puesto la economía al borde del colapso.

Inicialmente, las medidas tomadas dieron un golpe a los especuladores ya que bajó el precio del dólar en el mercado paralelo —que en menos de un mes había pasado de 1.000 a 4.500 bolívares— situándolo en 2.500. Pero esto no resuelve ninguna de las contradicciones de fondo de la economía venezolana. Éstas tienen su origen en el mantenimiento del capitalismo y de las políticas que búsqueda de un acuerdo con la burguesía que, desde la muerte de Chávez y especialmente a lo largo del último año, han decidido aplicar Nicolás Maduro y la dirección del PSUV.

Como hemos explicado en artículos anteriores, las burguesías venezolana y mundial llevan años aprovechando su propiedad sobre los principales bancos y empresas para burlar los mecanismos instaurados por el gobierno con la intención de regular la economía, como el control de cambios y de precios. Al ser los propietarios de la inmensa mayoría de bancos y empresas los capitalistas dan la vuelta a estas medidas e incluso las utilizan en su beneficio.

Especulación cambiaria, inflación y control de precios

Tras dos años caracterizados por las dificultades para que amplios sectores de la población accedan a muchos productos básicos —que no aparecían en los supermercados pero se encontraban, a un precio mucho más elevado, en el mercado negro—, hace algunos meses empezaron a aparecer “mágicamente” productos importados: arroz, mantequilla, mayonesa, papel higiénico… Eso sí, al mismo precio que hasta entonces tenían en el mercado negro, pero ahora era posible comprarlos de manera legal.

Como la cantidad de productos aún no satisfacía la demanda, y ello presionaba al alza sus precios, la especulación con estos productos se convirtió en un gran negocio. Los importadores llenaron almacenes enteros de alimentos importados. Con el dólar a mil bolívares, no existía país en el mundo donde se pudiera obtener mayor ganancia por la venta de mercancías. Los precios del azúcar, del arroz o de la pasta (a 3 o 4 dólares el kilo) eran superiores a los de cualquier país del planeta.

Como toda burbuja especulativa, ésta también tenía su tope. Tarde o temprano las burbujas se desinflan y el caos que queda es peor que cuando comenzó. Las mercancías subieron tanto de precio, superando incluso los del mercado internacional, que el mercado venezolano no pudo pagarlas y comenzaron a enfriarse en los anaqueles. Invertir en productos importados dejó de ser rentable.

El objetivo de los capitalistas siempre es obtener el mayor beneficio posible. Si pueden conseguirlo sin producir, mejor. Los pesos pesados de la importación de alimentos, por temor a perder sus mercancías e inversiones, remataron lo que pudieron y volvieron a un mercado bien conocido por muchos de ellos: la venta de dólares, usando el mecanismo denominado “centrífuga de dinero”. Este mecanismo juega con el jugoso cambio que proporciona la transformación de dólares a pesos colombianos, luego a bolívares y, finalmente, de nuevo a dólares, aprovechando toda una serie de leyes y mecanismos de funcionamiento de las casas privadas de cambio que existen en Colombia. Este mecanismo especulativo superaba ampliamente la ganancia que pudiera dejar la importación y especulación con los alimentos. La especulación capitalista disparó el precio del dólar en menos de dos semanas un 400%, dando otro duro golpe a la economía, que quedó en shock. En un contexto inflacionario como el actual, como la divisa estadounidense funciona como marcador para los precios, éstos se dispararon aún más.

El presidente Maduro y sus asesores, viendo la necesidad de controlar unos precios que estaban llevando la situación a un nivel insostenible, anunciaron la medida de retirar los billetes de 100 bolívares, que son los utilizados principalmente para evadir divisas del país y especular con su precio. El dólar volvió a bajar y esto ha sido presentado por los defensores de la política económica del gobierno como una victoria contra la especulación y el inicio de la recuperación económica. Nada más lejos de la realidad. El dólar no ha bajado de forma real. En primer lugar, veníamos de un valor del dólar paralelo, y por ende de las mercancías del mercado negro, de 1.000 Bs/$ en agosto. Si su nuevo precio es de 2.500 Bs/$ (en el momento de redactar estas líneas ya 3.000) la realidad es que ha experimentado aumento efectivo del 150% y podría volver a subir. Por otra parte, aunque las mercancías aumenten sus precios a un ritmo más lento que el valor del dólar, una vez que aumenta difícilmente baja. Tras el salto a los 4.500 bolívares por dólar, el ajuste de precios de las mercancías no ha seguido la bajada de éste. Al contrario: los precios se mantienen o siguen aumentando y las políticas que está aplicando el gobierno no sirven para frenar esta situación.

Las políticas del gobierno se alejan de Chávez y debilitan la revolución

Como marxistas, rechazamos el coro de voces que desde la derecha opositora, la burguesía venezolana e internacional, e incluso sectores que se declaran bolivarianos exigen desde hace meses la eliminación de los controles de cambios y precios para que las leyes del mercado se impongan sin ninguna restricción. A la vez, la experiencia de todos estos años nos demuestra que, mientras la propiedad de los bancos, las fábricas y la tierra siga en manos capitalistas medidas como los controles de cambios y precios no pueden impedir el sabotaje ni la especulación. Lo único que posibilitaría controlar realmente la economía es un monopolio estatal del comercio exterior administrado por la clase obrera y el pueblo. Esto, unido a la expropiación de los bancos, la tierra y las principales empresas para ponerlos bajo la administración directa de la clase obrera, permitiría que un estado dirigido por los trabajadores mediante consejos de delegados elegibles y revocables controlara las divisas, se hiciera cargo de las importaciones y exportaciones, y garantizara la distribución de los productos a precios asequibles para la población. Pero el gobierno va exactamente en la dirección opuesta.

Tras comprobar que la contrarrevolución aunque ha incrementado su apoyo en las urnas aún sigue sin tener la fuerza suficiente en la calle para lanzarse al derrocamiento del gobierno con garantías de éxito, y viendo además que éste está abandonando el legado de Chávez y aplicando medidas capitalistas (subidas de precios, despidos en empresas públicas, etc.), los imperialistas han decidido jugar, pasando incluso por encima de sus peones venezolanos, la carta de la negociación. Al menos por un tiempo. Su objetivo es que este gobierno, identificado con la revolución, aplique toda una serie de contrarreformas y ataques contra su propia base social, ya que de llevarse a cabo (y ya han empezado a aplicar alguna) podría terminar de desmoralizar a las masas y abrir las puertas a una posible victoria de la contrarrevolución. La única opción para evitar este escenario es que las bases obreras y populares del chavismo se organicen y movilicen para luchar porque la revolución vuelva al camino del socialismo. Todo el poder político y económico debe estar en manos de los trabajadores.


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