Cuatro años después, las tropas gubernamentales sirias están a punto de recuperar todo Alepo. La crueldad de la guerra y de los bandos enfrentados, apoyados cada uno por diferentes potencias imperialistas, lleva al hambre, la desesperación o directamente a la muerte a decenas de miles de personas atrapadas en los barrios controlados por la “oposición”. O bien a la evacuación sin garantías de nada.

La batalla de Alepo se recrudeció en febrero, con la incorporación de todo el potencial bélico de la aviación rusa. Paso a paso, y utilizando cualquier medio (incluyendo la utilización persistente de bombas de racimo, barriles-bomba, explosivos antibúnker y otras armas para aterrorizar a la población de los barrios controlados por los llamados rebeldes), el ejército del régimen de Bachar al-Assad ha retomado el control de casi toda la ciudad, que era considerada la capital económica de Siria (su área de influencia aportaba el 35% de la producción industrial nacional). De esta forma, los “rebeldes” pierden el control de su última gran ciudad, manteniendo como única capital de provincia la de la cercana Idlib.

Estos cuatro años de asedio a los barrios “rebeldes” del este de Alepo han supuesto una tragedia para su población. A otro nivel, también para la de los barrios del oeste, más a salvo de la artillería de los grupos armados (aun así, en el último mes y medio han muerto al menos 140 civiles en barrios gubernamentales). La destrucción de infraestructuras de todo tipo, incluyendo hospitales y escuelas; el bombardeo masivo de viviendas; la dificultad del avituallamiento y la especulación desmesurada; y por supuesto la brutal represión, tanto del régimen de al-Assad como de las diferentes milicias islamistas. A los supervivientes de los devastados barrios del este, les queda un mortal dilema: huir aprovechando los acuerdos oficiales de evacuación que se deciden muy lejos de allí, o resistir en sus viviendas. Lo primero puede significar ser atacado por alguno de los grupos paramilitares que trabajan para el gobierno, o por alguno de los grupos insurgentes descontento con los acuerdos. O bien; si hay suerte, intentar rehacer la vida, sin apenas recursos, en otras zonas del país ya saturadas de refugiados internos; o jugarse el tipo arriesgándose a llegar hasta Líbano, Turquía o a la bunkerizada Europa. Lo segundo, resistir, conlleva someterse a la brutal represión del ejército o los paramilitares. Actualmente, se calcula en 15.000 las personas que vagan sin hogar esperando el momento de ser evacuadas… El penúltimo acuerdo de evacuación se rompió tras el incendio, en territorio “rebelde”, de los autobuses que iban a sacar a la población chií de Fua y Kefraya, pueblos sitiados por el islamista Frente de la Conquista (que les masacrará, si consiguen entrar).

El papel de los ‘rebeldes’

Sólo en Alepo han muerto 15.000 niños. Son 50.000 en todo el país; 10.000 de ellos fueron asesinados por las bombas cuando estudiaban o jugaban en sus colegios, y con ellos murieron 500 docentes y se dañaron 5.000 escuelas; son datos de una red de profesores y activistas. El bombardeo indiscriminado de hospitales y escuelas es un buen indicativo del carácter del régimen de al-Assad. Él, y la débil burguesía y pequeña burguesía detrás de él, están dispuestos a todo para mantenerse en el poder; al igual que también lo están Rusia e Irán para utilizarle e imponer sus intereses en la zona. Pero el carácter de la “oposición armada” no es muy diferente al de estos regímenes reaccionarios. Aunque con menos recursos, son culpables de crímenes similares: destrucción de hospitales del oeste de Alepo, represalias sectarias (especialmente contra chiíes y kurdos)… Incluso han reprimido con bala las manifestaciones de civiles en distintos barrios controlados por ellos, asesinando al menos a 44 personas. Estas personas exigían poder salir, ya que grupos islamistas se lo habían prohibido, apostando francotiradores en las salidas. Entre 130.000 y 250.000 civiles estuvieron sitiados, sin poder salir de sus barrios por el miedo a las represalias de las tropas o, como la propia ONU documentó, a los disparos de los grupos “rebeldes”.

Finalmente, el régimen sirio ha hecho valer toda la superioridad militar sobre los grupos oponentes, corruptos y enfrentados entre sí. Si el aspecto militar ha sido el determinante, es debido a que, pese a la enorme impopularidad de al-Assad, los “rebeldes”, debido a su carácter completamente sectario, han provocado una enorme frustración en las masas más oprimidas, que lucharon esperanzadas durante el levantamiento popular de 2011.

En Alepo han estado operando unas 40 bandas armadas, que incluyen a entre cien y 1.500 hombres cada una. Muchas de ellas, como indica Jesús Núñez, del Instituto de Estudios de Conflictos, son “grupos de criminales que se disfrazan con una capa ideológica”. La mayoría de estos grupos se coordinan a través de dos grandes grupos, ambos de ideología islamista: el Frente de la Conquista (vinculado a Al-Qaeda) y La Conquista de Alepo. Los barrios que han controlado son prisiones sin puertas físicas, sometidos a riguroso control social, y donde impera la represión a las mujeres, los gays y cualquier minoría, o la ejecución de supuestos adúlteros; un niño de doce años, Abdulá Issa, fue decapitado por “espía”, por uno de los grupos que ha recibido financiación y armas del imperialismo norteamericano. Amnistía Internacional denuncia la utilización de sistemas de tortura similares a los del Estado de al-Assad, por parte de grupos de la “oposición”.

Hipocresía imperialista

Los intereses imperialistas de Rusia son convenientemente denunciados por el grueso de la prensa burguesa europea; sin embargo, esconden conscientemente quién es la mano negra detrás de toda esa estructura de mercenarios criminales que se disfrazan de “oposición”. Son los gobiernos de Estados Unidos, Turquía, Catar, y los de la Unión Europea, los que han dado financiación, armamento y cobertura diplomática y propagandística a la reacción islamista y al sectarismo que propagan. Sus llantos forzados por las víctimas de Alepo y toda Siria son absolutamente cínicos, una burla cruel; su preocupación por ellas se puede medir por cómo tratan a los cientos de miles que intentan llegar hasta Europa, o simplemente a los que intentan sobrevivir en algunos de los campos de refugiados en Turquía o Líbano, cuyos recursos se agotan sin que las potencias imperialistas muevan un dedo para cumplir con sus demagógicas promesas de financiación.

Es nauseabunda su propaganda. El imperialismo norteamericano no sólo ha nutrido las raíces del Estado Islámico, sino que sigue regando abundantemente los grupos vinculados a Al-Qaeda (supuesto máximo enemigo del gobierno norteamericano, hasta hace poco), y a otros grupos que compiten en sectarismo con ellos. Una vez derrotada la revolución iniciada en 2011 con la imposición de la violencia sectaria a las masas, y la creación de múltiples líneas divisorias entre los oprimidos, las diferentes potencias imperialistas luchan por dominar la zona. La división del país en líneas sectarias, el sufrimiento de la población, el horror yihadista… todo es aceptable si a través de ello toman o recuperan el control de todo Oriente Medio…

En esa lucha descarnada, las posiciones de Rusia han dado un enorme paso adelante, lo cual le viene muy bien a la oligarquía de Putin en un contexto de crisis económica y descontento social. Su apoyo militar directo a al-Assad ha sido decisivo para arrinconar a sus oponentes a zonas rurales inconexas (fundamentalmente, la provincia de Idlib y el desértico sur) y controlar todos los centros urbanos e industriales. Esto convierte a al-Assad, más que nunca, en un títere de Moscú. También sale fortalecido el gobierno iraní, que controla ya Iraq en gran medida.

La debilidad del imperialismo estadounidense

Todo parece indicar que la caída de Alepo ha sido precipitada por la nueva política del gobierno turco en relación a Siria. El ejército turco es el más poderoso de la región, pero los tanques turcos en territorio sirio, a pocas decenas de kilómetros de Alepo, no han dado un solo paso. El gobierno de Erdogan utiliza el armamento y financiación a sus grupos afines en Alepo, así como en el caso del Estado Islámico, como un grifo que se abre o cierra en función de sus intereses. Ahora le interesa tener manga ancha para enfrentarse al movimiento kurdo —en el norte de Siria, en Iraq, donde participa en la ofensiva de Mosul para evitar su caída de manos de los kurdos iraquíes, y en la propia Turquía— y a cambio del permiso de Putin, Erdogan le da luz verde en Alepo… El reciente asesinato del embajador ruso en Ankara, por parte de un policía exmiembro de la unidad antidisturbios, es un reflejo más del fuerte vínculo entre el Estado turco y los islamistas, y parte del coste a pagar por el cambio de alianzas de Erdogan. El atentado no variará su rumbo… hasta el próximo giro.

En este obsceno juego de intereses, el que pierde posiciones es el imperialismo estadounidense. Su control sobre el terreno es cada vez más precario, hasta tal punto que el 21 de diciembre se reúnen Turquía, Rusia e Irán para intentar arbitrar el juego… sin participación de la potencia norteamericana. De hecho, la descarada intervención de Rusia, Irán y Turquía, con soldados, paramilitares, tanques y aviones en el tablero sirio, difícilmente podría ocurrir si Estados Unidos siguiera siendo la superpotencia que fue. La sustitución de Obama por Trump paraliza en gran medida los planes de todo el aparato, y es difícil saber cuáles serán las tácticas en Oriente Próximo y Medio, por parte de una Administración donde abundan militaristas, demagogos antimusulmanes, opositores acérrimos al reciente acuerdo nuclear con Irán, sionistas… y defensores del entendimiento con Putin. Lo que sí se puede saber con seguridad, es que intentará preservar sus intereses por medio, como siempre, de guerras, enfrentamientos sectarios, apoyo a grupos a cual más reaccionarios, y con la represión de cualquier brote de lucha y organización independiente por parte de los oprimidos. De igual forma que el resto de potencias imperialistas.

El drama de Alepo, de Siria, de toda la región, sólo empezará a vislumbrar un fin con la intervención independiente del pueblo sirio, de los trabajadores y campesinos, por encima de diferencias étnicas o religiosas, y sin el abrazo envenenado de ninguna potencia. La bandera de libertad que se levantó en 2011 por el movimiento de masas en Siria, y en todo el mundo árabe, debe ser retomada y acompañada necesariamente de un programa revolucionario, nacionalizando los medios de producción para ponerlos bajo gestión democrática de los trabajadores, rompiendo con el capitalismo. Ésta es la única vía para terminar con la opresión y la barbarie a la que condena el capitalismo a millones de seres humanos.


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