La propaganda capitalista ha trabajado a toda máquina para vendernos la Cumbre del Clima de París, que terminó el pasado 12 de diciembre, como un avance histórico que pone los cimientos para frenar el calentamiento global provocado por la emisión de gases de efecto invernadero como consecuencia de la actividad industrial.
El optimismo con el que se abordó esta cumbre, la vigésimo primera realizada, radicaba en la participación de 195 países, la práctica totalidad, incluyendo a China y Estados Unidos, los mayores emisores de CO2 a la atmósfera con el 25,3% y el 14,4% del total, respectivamente.

El acuerdo alcanzado, que pretende rebajar la emisión de gases de efecto invernadero hasta adecuarla a la capacidad de absorción del planeta en 2050 y que el incremento de la temperatura no supere los dos grados al finalizar el siglo, se apoya en dos compromisos:

a) Un límite global de emisión de dichos gases que es “vinculante” pero que se concreta en que cada país hace su “contribución” presentando un plan de reducción de emisiones propio. En dicho plan no se tendrá en cuenta el límite global sino el esfuerzo que cada país decida realizar, teniendo de plazo hasta abril para presentarlo.

b) Un presupuesto de 100.000 millones de dólares anuales a partir de 2020, y revisable anualmente, más pensado para luchar contra las consecuencias del cambio climático que para adaptarse a la reducción de las emisiones.

El problema de este acuerdo es que se trata de una mera declaración de intenciones en la que nada es obligatorio y en la que no se prevén sanciones para aquellos países que no cumplan con sus propios planes, unos planes que ni tienen por qué ser proporcionales al impacto generado, ni al dato global de emisiones. Si cada país puede reducir sus emisiones en la cantidad que considere oportuno, ¿mediante qué mecanismo se garantiza un valor global de emisiones adecuado? El cinismo es de tal calibre que se asume que el fracaso del Protocolo de Kyoto fue consecuencia de sus excesivas exigencias (preveía emisiones en función del peso específico del país y sanciones para quien no las cumpliese) lo que llevó a que muchos países no lo suscribieran. Conclusión: si no se marcan objetivos individuales ni sanciones, nadie tendrá problema para firmar el acuerdo. Que los gobiernos se nieguen a firmar un acuerdo vinculante porque no tienen intención de reducir las emisiones parece ser un detalle irrelevante.

El motivo por el que los gobiernos de todo el mundo se ven obligados a realizar estos paripés no es su conciencia ecológica, sino cubrir el expediente ante una preocupación social cada vez más extendida.

Hacia una situación límite

Hay multitud de datos contundentes que sustentan la tesis de que el calentamiento global (aumento de la temperatura media) no es un proceso natural, sino que ha sido generado por la industria capitalista. La cuestión fundamental es que este calentamiento choca con el periodo en el que deberíamos estar desde una perspectiva geológica, aunque se puede argumentar que nuestra ciencia no entiende la dinámica climática desde una escala geológica, esto es absolutamente minoritario y tiene poco o ningún respaldo empírico. Por el contrario la tesis antropogénica (cambio climático provocado por la actividad del hombre) está respaldada por datos: la composición de nuestro aire es un 40% mayor en dióxido de carbono (principal gas de efecto invernadero) de la que existía en la era preindustrial, hay cambios en la composición de los gases del efecto invernadero que dan lugar a composiciones que nunca existieron, aparecen gases metano y otros elementos del efecto invernadero que son recientes (y están vinculados a la actividad industrial), etc.

También existe un enorme consenso científico en torno a la magnitud y a las consecuencias de dicho calentamiento. La ONU está manejando un escenario (que ya ha tenido que corregir al alza en varias ocasiones) de incremento de la temperatura media de 5 grados a finales de siglo, de mantener el tipo y el ritmo de crecimiento actual. Estos mismos estudios plantean que un aumento de 3 o 4 grados en la temperatura global se asociaría, inevitablemente, con la desaparición de una gran parte de los ecosistemas terrestres y marinos: por ejemplo el Amazonas. Y muchos otros hablan del colapso de la civilización contemporánea como consecuencia del colapso de los sistemas agrícolas y la imposibilidad del mantenimiento de los sistemas urbanos y los niveles actuales de población mundial.

Existen cientos de estudios serios que plantean escenarios todavía más complicados como subproducto del calentamiento. Uno de los más documentados, y de consecuencias catastróficas, es el riesgo inminente de liberaciones supermasivas de metano (un gas de efecto invernadero cien veces más poderoso que el dióxido de carbono en el corto plazo) desde Siberia, como producto del derretimiento acelerado del permafrost (capa del suelo permanentemente congelada en las regiones polares) de las estepas y lechos marinos árticos, con el consecuente incremento de la temperatura media por encima de los 10 grados.

Pero siendo esto de enorme gravedad el deterioro medioambiental no se acaba con el calentamiento global: la contaminación de los recursos hídricos, la liquidación de ecosistemas fundamentales para mantener el equilibrio de la vida en la tierra (Ártico, Amazonas…), la contaminación atmosférica en las principales ciudades del mundo, la deforestación, el tratamiento de los residuos sólidos… Después de casi dos siglos de dominio, la burguesía nos ha puesto cara a cara con nuestra propia desaparición como especie.

Hace tiempo que se viene hablando de la irreversibilidad en la degradación ambiental, es decir, que existe un punto de no retorno al cual no debemos llegar y a partir del cual los efectos acumulativos nos pasarán factura sin que tengamos ninguna posibilidad de combatirlo. Cada día que pasa, nuevas voces autorizadas se suman a la advertencia de que nos acercamos a él peligrosamente.

Cambiar el sistema para salvar la Tierra

Lo que hay que entender es que en el capitalismo las fuerzas productivas no responden a criterios sociales o de bien común, sino a intereses individuales en contradicción con otros intereses individuales, que dan como resultado una anarquía de mercado que imposibilita cualquier tipo de planificación del sistema productivo. Esta es la naturaleza del capitalismo. La actual crisis de sobreproducción viene a agravar esta situación, ya que está provocando una lucha más encarnizada por el control de unos mercados cada vez más escasos. Esto hace que el margen que los poderes económicos tienen para hacer cambios cosméticos sea menor que hace unos años, en plena expansión.

Cuestiones vitales como la sustitución de las energías de origen fósil por renovables son inviables desde el punto de vista de los poseedores de los medios de producción —que son los que deciden qué inversiones y para qué se realizan—, por el enorme desembolso que implicaría el desarrollo e implantación de las mismas. Es por esto que la energía nuclear de fisión, algo que parecía olvidado por su enorme potencial destructivo y contaminante, está retomando fuerza para sustituir en el corto plazo a los combustibles fósiles. El capitalismo no tiene nada que ofrecer.

Por eso la única lucha realista por salvar el planeta se debe inscribir en la lucha por transformar el sistema capitalista en un sistema económico cuya planificación democrática de la economía siente las bases para hacer compatible el desarrollo científico y técnico de la humanidad con la sostenibilidad del planeta. La lucha por el socialismo es más necesaria que nunca.


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