Tras la investidura de Mariano Rajoy —gra­cias a la abstención de 68 diputados del PSOE y al apoyo de Ciudadanos—, la “gran coalición” se ha conformado de manera precaria y con muchas debilidades. Este hecho ha pasado desapercibido en los análisis pesimistas y taciturnos que tanto abundan en los círculos de la intelectualidad de izquierdas, pero la verdad es siempre concreta.

Las condiciones para una nueva ofensiva de la movilización de masas y la ruptura de una paz social artificial están maduras. Por supuesto, las fuerzas que pretenden contrarrestar una vuelta a la lucha en las calles también existen y actúan. La burocracia sindical de UGT y CCOO sigue enquistada en su política de pacto social, haciendo gala de una gran debilidad cuando pretenden movilizar a toque de silbato. Su ya menguada autoridad no hace más que erosionarse. La dirección golpista del PSOE, aferrada a los faldones del PP, continúa maniobrando en un intento desesperado por controlar la crisis interna pero el horizonte está lleno de malos presagios para ella. En Podemos hemos asistido al intento más serio de la clase dominante por descabezar a Pablo Iglesias, y han cosechado justamente lo contrario. En Euskal Herria y Catalunya, la dirección de la izquierda abertzale y la CUP se subordinan a la burguesía nacionalista y garantizan la aplicación de su política en los parlamentos, chocando cada día más con las aspiraciones de la población oprimida de estas naciones.

Como ya ha ocurrido en numerosas ocasiones, el impulso no vendrá desde arriba sino desde la presión que las masas impongan frente a la ofensiva de la derecha y la continuidad de los recortes y la austeridad. Las grandes huelgas estudiantiles de octubre y noviembre impulsadas por el Sindicato de Estudiantes, y en las que los jóvenes militantes de Izquierda Revolucionaria han jugado un papel muy destacado, han supuesto una gran victoria. La retirada de las reválidas franquistas prueba que es posible derrotar los planes del PP a condición de levantar una estrategia de lucha consecuente, masiva y sostenida en el tiempo. Pero este ejemplo no es el único.

Las movilizaciones que abarrotan las calles de Andalucía desde el pasado mes de noviembre en defensa de la sanidad pública y contra las políticas privatizadoras de Susana Díaz, o la gran manifestación del 19 de febrero en Barcelona, con más de 500.000 personas en apoyo a los refugiados y denunciando las políticas racistas de la UE, refuerzan de lo que decimos. Cuando la población considera que hay una causa justa y encuentra un cauce de expresión, los ataques no se traducen en indiferencia y desánimo sino en determinación, en acción directa que desborda a las burocracias sindicales. La radicalización hacia la izquierda de sectores importantes de los trabajadores, de las capas medias empobrecidas y de la juventud no se ha detenido.

Crisis en el PSOE

Las consecuencias del golpe perpetrado para lograr la abstención del PSOE son de largo alcance. La burguesía sopesó mucho este paso, pero finalmente se decantó por acelerar la pasokización del PSOE antes de sacrificar al PP y hacer estallar en su seno una crisis catastrófica (para la que estaban dadas todas las condiciones). Ahí reside la importancia de estos acontecimientos, su dimensión histórica, pues la dirección socialdemócrata ha jugado un papel crucial en la estabilidad del capitalismo español a lo largo de las últimas décadas.

La burguesía ha arrastrado al PSOE hacia la mayor crisis de sus últimos setenta años para asegurarse el control del nuevo gobierno e impedir que Podemos llegara a la Moncloa. Los efectos se dejan sentir ya en las últimas encuestas electorales, en las que el Partido Socialista se desploma y aparece invariablemente por detrás de Unidos Podemos.

Décadas de degeneración reformista y de fusión con la clase dominante, han hecho del PSOE un partido muy alejado de los trabajadores por más que siga contando con una base electoral entre ellos. Sus vínculos con la burguesía son tan estrechos que no serán fáciles de romper, y en todo caso entrañarán una batalla a sangre y fuego.

En cualquier caso una cosa está muy clara: los capitalistas no están dispuestos a dejarse arrebatar el control del PSOE. Lo demostró en la crisis abierta durante el Comité Federal del 1 de octubre, con la expulsión, de hecho, de Pedro Sánchez de la Secretaria General, y con todas las maniobras políticas y mediáticas que se están sucediendo desde entonces. Las fuerzas que agrupaba Pedro Sánchez dentro del aparato del Partido, en vísperas de la abstención, se han disgregado. Muchos diputados y dirigentes que se posicionaron con él han sido comprados por la Gestora y utilizados como mamporreros para disuadirle de presentar su candidatura a las primarias. Pero por abajo, entre la base, Pedro Sánchez cuanta con un apoyo mayoritario indiscutible.

La postulación de Patxi López a la Secretaría General, el mismo que con la boca pequeña apoyó tímidamente a Pedro Sánchez, es un buen ejemplo de la desbandada que se ha producido y del tipo de casta corrupta a la que nos referimos. Este individuo apenas se diferencia de cualquier político burgués al uso. Patxi López fue Lehendakari gracias a los votos y el apoyo del PP, ahora acuerda un gobierno de coalición con el PNV, y pretende presentarse como la alternativa para “regenerar” y “relanzar” el “proyecto socialista” ¡Es una broma de mal gusto!

La situación para la Gestora golpista es complicada. A estas alturas todavía no han decidido si presentarán o no a Susana Díaz, vacilaciones que tienen mucho que ver con las encuestas que barajan y que dan un triunfo sonado a Pedro Sánchez. Es cierto que las ambiciosas declaraciones del ex secretario general del pasado mes de octubre no se tradujeron en acciones decisivas, permitiendo al aparato tomar la iniciativa, atrasar las primarias y el congreso del Partido. Pero todo apunta a que la Gestora está profundamente desacreditada y sólo concita entusiasmo entre los editorialistas de El País y sus mentores capitalistas. A pesar del retraso y los silencios incomprensibles, la presentación de la candidatura de Pedro Sánchez en un acto multitudinario en Dos Hermanas (Sevilla) representó un desafío completo al aparato y ha vuelto a tensar la crisis del PSOE al máximo.

El desafío de Pedro Sánchez

El 20 de febrero Pedro Sánchez abarrotó el Círculo de Bellas Artes de Madrid. No sólo explicó su voluntad de dar la batalla por la Secretaria General, sino que defendió la unidad de acción con Unidos Podemos y con los sindicatos. Frente a la “gran coalición y su fracaso en la UE”, Sánchez afirmó que la socialdemocracia “viene cometiendo un error las últimas décadas: no presentar una enmienda a la totalidad al sistema imperante, que es el neoliberal. Nuestro adversario político es el neoliberalismo y conservadurismo que encarna el PP…”. “Para cambiar el modelo económico y social neoliberal es necesario potenciar las alianzas con las organizaciones de los trabajadores”, enfatizando su apoyo a los sindicatos, y “ante la involución social y en derechos sufrida en España, hay que desarrollar la unidad de acción de todas las fuerzas que coincidan en la necesidad de desarrollar una democracia avanzada en lo político y en lo económico que haga progresar la justicia social…”.

Haciéndose eco de las grandes movilizaciones por el derecho a decidir, dio medio paso adelante al plantear “una reforma constitucional federal, manteniendo que la soberanía reside en el conjunto del pueblo español, pero que debe perfeccionar el reconocimiento del carácter plurinacional del Estado apuntado en el artículo 2 de la Constitución…”. Obviamente estas declaraciones están todavía muy lejos de la defensa clara y sin ambigüedades del derecho de autodeterminación.

Pedro Sánchez dice que quiere recuperar las señas de izquierda del PSOE y abandonar su subordinación a la derecha. Son buenas palabras, pero los brindis al sol ya no causan efectos prácticos. De hecho, Sánchez se ha rodeado de viejos dinosaurios del Partido que nunca han hecho nada por torcer el rumbo de la organización. José Félix Tezanos, catedrático de Sociología y presidente de la Fundación Sistema y de la revista Temas para el Debate; el “consultor internacional” Manuel Escudero y la ex ministra de Medio Ambiente Cristina Narbona, son parte destacada de su equipo. Pero estos antiguos guerristas y seguidores de Borrell, que han vivido muy cómodamente en el aparato, no pueden impulsar la transformación del PSOE.

Para ganar las primarias, Pedro Sánchez ha marcado las diferencias ideológicas con la Gestora lo que es completamente correcto. Pero su intento de revivir el modelo socialdemócrata clásico, en una fase de capitalismo salvaje y crisis global del sistema, no es ninguna solución. El problema de fondo es precisamente que la socialdemocracia y sus recetas reformistas son impotentes para enfrentar el neoliberalismo. Lo que hace falta es una vuelta a las ideas del socialismo, de la lucha de clases, del marxismo.

Todo parece apuntar a que es inevitable una lucha frontal de Sánchez contra los barones territoriales y todo ese conglomerado de burócratas y vividores experimentados que pueblan el PSOE en sus alturas. Las condiciones para su victoria son evidentes —cuenta con el apoyo masivo de la militancia—, y por eso mismo la reacción de sus adversarios será brutal. No está claro incluso que Susana Díaz se postule finalmente para disputar la Secretaría General a Sánchez. Ella es una “ganadora”, y sus mítines amañados, con militantes y concejales “animados” a asistir mediante autobuses y dietas pagadas, muestran sus grandes debilidades. No se podría descartar que finalmente se decidiera a dar el paso, pero no es la única posibilidad. También podría ocurrir que el voto de los contrincantes a Sánchez se agrupará en torno a Patxi López. Como señalábamos al principio, la situación es harto compleja para la dirección golpista.

Un enfrentamiento de este calado podría acabar en una escisión del Partido, pues la dirección proburguesa del PSOE difícilmente consentirá que Sánchez vuelva a ocupar la Secretaría General. Incluso si gana las Primarias, el aparato golpista, ayudado por la gran escuadra mediática que lo alienta, podría robarle el Congreso y tratar de aislarle. Y una escisión, de darse, abriría un nuevo escenario. La hipótesis de una confluencia entre Pedro Sánchez y Unidos Podemos se pondría encima de la mesa y despertaría un gran apoyo, lo que significaría una nueva fase en el reagrupamiento de la izquierda. Pero es difícil plantear un escenario acabado de un proceso en desarrollo y lleno de interrogantes.

La crisis del PSOE, exactamente igual que la que atraviesa Podemos, es un reflejo del impacto de la lucha de clases en su seno y responde a presiones de clases antagónicas. El debate fundamental que ha recorrido el movimiento obrero contemporáneo, reformismo o revolución, vuelve a escena.

En esta época de crisis global del sistema, cualquier mínima reforma en beneficio de la población implica una dura lucha de clases. Los discursos parlamentarios son inútiles, las negociaciones y el espíritu de “consenso” impotentes para torcer la voluntad de los capitalistas. Enfrentarse a sus ataques con éxito requiere levantar un programa socialista basado en la movilización de masas. Ambas cosas son un tabú para la socialdemocracia oficial y muchos de los nuevos líderes que pretenden ocupar su espacio. Por eso los proyectos reformistas que pretenden respetar la lógica del capitalismo están condenados al fracaso.

Pablo Iglesias logra un triunfo contundente

El intento de desplazar a Pablo Iglesias de la dirección de Podemos ha fracasado estrepitosamente. A pesar de todos los recursos invertidos y del arrope que los medios de comunicación han proporcionado a Íñigo Errejón y sus seguidores, las bases de Podemos se han manifestado de manera inequívoca con una participación histórica de 155.000 inscritos. Iglesias ha obtenido cerca del 90% de los votos a su candidatura como secretario general, el 60% en la lista que encabezaba para el Consejo Ciudadano, y más de 50% en todos los documentos que presentaba su equipo.

Para entender lo que supone esta victoria basta con leer la prensa capitalista o escuchar lo que dicen los informativos de las grandes cadenas. Su rabia por este triunfo chorrea en cada línea, en cada frase, en cada insulto y descalificación. Y no es para menos. La maniobra de la clase dominante por controlar definitivamente Podemos, asimilarla como una formación socialdemócrata clásica y apuntalar la paz social, se ha estrellado contra la voluntad de decenas de miles de luchadores.

El fracaso de Errejón es una buena noticia para todos los que hemos protagonizado la gran rebelión social de estos años, para los que hemos impulsado el 15-M, las huelgas generales, las Mareas Ciudadanas, las Marchas de la Dignidad, las grandes movilizaciones estudiantiles… y hemos hecho posible la crisis del bipartidismo y del régimen del 78. El motor del cambio político ha sido y será la lucha de clases, la movilización masiva de los trabajadores y la juventud, ese factor que con tanto desdén han despreciado Íñigo Errejón, Rita Maestre, Tania Sánchez y tantos otros que intentan desvirtuar el proyecto político de Podemos en las aguas del cretinismo parlamentario y la colaboración de clases.

La batalla desatada en Podemos tiene una gran trascendencia, y eso lo sabe muy bien el PP, la gestora golpista del PSOE, Ciudadanos y los grandes poderes económicos. Errejón no es ningún inocente, es muy consciente de lo que dice y de lo que hace. Él y sus seguidores quieren un Podemos fuera de la convergencia con Izquierda Unida, fuera de la lucha de los trabajadores y trabajadoras de Coca Cola, de las subcontratas de Movistar, de Gamonal, de la gran Marea Verde y de la Marea Blanca, de las movilizaciones a favor del derecho a decidir… Y quieren un Podemos muy cerca del PSOE, del programa clásico de una socialdemocracia en crisis, de la transversalidad que hace de Podemos un clon de los partidos del sistema, satisfecho con los puestos confortables, los despachos enmoquetados, las comisiones y subcomisiones bien pagadas, y con la respetabilidad que ofrece el orden establecido y sus instituciones.

Errejón ha contado con grandes mecenas en su ofensiva. No lo podemos olvidar. El diario El País lo ha repetido hasta la saciedad: “Errejón defiende un Podemos mucho más moderno, democrático y abierto, distinto por completo de la confusión generada por Iglesias en torno a una estrategia de radicalización ideológica y movilización callejera cuyo efecto está siendo diluir la fuerza y capacidad negociadora del partido en el Parlamento y en las instituciones”.

Lo mismo se puede decir de la dirección golpista del PSOE, que no ha dudado en valorar el triunfo arrollador de Iglesias como una derrota de la democracia y una victoria del “pablismo-leninismo”. ¿Se puede ser más transparente? Los golpistas del PSOE, esos mayordomos serviles de la burguesía que han destituido a Pedro Sánchez y han entregado el gobierno al señor Rajoy en bandeja de plata, se consideran ahora la “única oposición”. ¡Los mismos que forman parte de una gran coalición con la derecha!

Los marxistas no somos neutrales

Desde Izquierda Revolucionaria hemos apoyado a Pablo Iglesias en esta lucha frente a Íñigo Errejón y su modelo socialdemócrata. Nuestra posición la hemos hecho pública repartiendo miles de hojas, vendiendo cientos de ejemplares de nuestro periódico El Militante en Vistalegre II, y recibiendo el apoyo y las felicitaciones de muchos compañeros y compañeras de Podemos.

Además de apoyar, también hemos señalado críticas que a nuestro entender son justas y merecen ser valoradas. Creemos sinceramente que si Errejón ha llegado tan lejos se debe también a errores y vacilaciones de Pablo Iglesias. La visión del “cambio” político como un mero ejercicio electoral en el que la movilización de masas ya había cumplido su papel, también fue defendida por Iglesias, especialmente tras los éxitos de las municipales de mayo de 2015 y de las generales del 20-D. Sus declaraciones públicas justificando la capitulación de Tsipras, su desmarque de la revolución venezolana haciéndose eco del mensaje de la reacción, su afán por aparentar responsabilidad, “alturas de miras” como gobernante y ocupar el espacio socialdemócrata, además de erróneas y contradecir las verdades razones por las que Podemos irrumpió con tanta potencia…, reforzaron el discurso y la audacia de los sectores más derechistas de Podemos.

Incluso después de perder un millón de votos el 26-J, Pablo Iglesias siguió afirmando que el trabajo parlamentario e institucional sería su prioridad. Por supuesto, estas concesiones dieron alas a sus adversarios que se mostraron completamente decididos a debilitarlo y finalmente apartarlo. Es bueno recordar estas verdades, ahora que Errejón y otros, incluso desde posiciones supuestamente “anticapitalistas”, hablan de ser “generosos” e “integrar todas las sensibilidades”. ¿Habría integrado Errejón a todas las corrientes en caso de haber ganado? ¿Qué habrían dicho al respecto El País y el PSOE, o los grandes poderes fácticos? La respuesta es más que obvia.

La cuestión es que Iglesias reaccionó en los últimos meses para defender su liderazgo, y lo hizo con el instinto de que su supervivencia y la de Podemos dependía de volver al discurso original y basarse en los sectores que, con su lucha, han dado carta de naturaleza a la formación morada. En los últimos meses Iglesias realizó reflexiones bastante acertadas. Se preguntó públicamente si no había sido la imagen de moderación que había transmitido Podemos la causa del resultado inesperado el 26J. Habló del error de intentar ocupar el espacio de la socialdemocracia para no “asustar” a un sector de los votantes, y más recientemente insistió en la necesidad de recuperar la calle y de que los sindicatos convocaran una huelga general contra la política antisocial del PP. “La transversalidad no es parecernos a nuestros enemigos, sino parecernos a la PAH”, afirmó correctamente. No es ninguna casualidad las constantes apariciones de Pablo Iglesias en las movilizaciones de los trabajadores de Coca-Cola en lucha, o el respaldo que Irene Montero y otros dirigentes cercanos a Iglesias han dado a las movilizaciones organizadas por el Sindicato de Estudiantes.

El conflicto planteado entre Iglesias y Errejón, más allá de la forma, refleja las presiones de clases antagónicas. No tener presente esta realidad conduce al engaño y a mantener posiciones lamentables. Otras corrientes, como Anticapitalistas, realizaron un planteamiento oportunista, tacticista y corto de miras. Sus dirigentes más destacados como Miguel Urbán y Teresa Rodríguez, volcaron una imagen falsa de lo que estaba en juego y de los motivos reales de esta crisis. Su discurso insistía en acabar con los supuestos “enfrentamientos personales” y las “luchas entre machos alfa”, apelando a la “unidad” y a que “todos somos compañeros”, lo que en lugar de elevar la discusión la rebajaba a niveles bochornosos. Su actitud equidistante antes de Vistalegre II, negándose a plantear un frente único con Pablo Iglesias, les restó apoyo en una votación absolutamente polarizada: tan sólo 2 consejeros de 60 para el Consejo Ciudadano. Pero lo peor no son estos resultados ni mucho menos; lo más lamentable es que han sido incapaces de utilizar las tribunas que han tenido a su disposición, y han sido muchas, para diferenciarse políticamente y presentarse como una alternativa revolucionaria y realmente “anticapitalista”.

Urbán lo ha reconocido en numerosas entrevistas: no son marxistas, mucho menos trotskistas. Incluso cuando apelaban a un Podemos más de lucha, existe un abismo entre sus palabras y sus hechos. Anticapitalistas tiene el control de la alcaldía de Cádiz, tiene la dirección de Podemos en Andalucía, tiene diputados y concejales. ¿Dónde está su impulso a la movilización social, sus medidas concretas en beneficio de las clases populares desobedeciendo las leyes capitalistas —como le gusta decir al eurodiputado Miguel Urbán— allí donde son los dirigentes o gobiernan? Existen simpatías por el discurso a favor de la “unidad”, pero estos dirigentes son gente experimentada y saben perfectamente que la “unidad” muchas veces es la coartada de la derecha del movimiento para atar de pies y manos a la izquierda. Una cosa ha quedado clara en cualquier caso: para una parte considerable de la dirección de Anticapitalistas la estrategia prioritaria sigue siendo copar espacios en el aparato y lograr mejores posiciones en las listas a diputados o concejales, renunciando por completo a un trabajo serio y sistemático por convertir Podemos en la alternativa de la izquierda transformadora.

¡Basta de paz social, hay que movilizar ya!

El ambiente que se respiraba en Vistalegre II entre miles de militantes era muy significativo. Por un lado, los gritos de unidad reflejaban un anhelo absolutamente comprensible, pero en todos los corrillos y debates en los pasillos se insistía una y otra vez en una idea: ¡Hay que volver a la calle, hay que volver a lo que ha hecho fuerte a Podemos!

Esta es una cuestión estratégica de primer orden. Y son precisamente los medios de la clase dominante los que subrayan la importancia de esta idea. En su editorial del lunes 13 de febrero, titulado ‘Podemos se radicaliza’, El País señala: “…Triunfa pues el Podemos más radical y contestatario que se concibe a sí mismo como un movimiento populista que apoyándose en la fuerza de la movilización social y de la calle aspira a impugnar el orden establecido”. Es difícil hablar más claro.

Todos los medios de comunicación han reaccionado con extrema virulencia al triunfo de Pablo Iglesias. ¿Cuál es la razón de este odio encendido? La pugna interna de Podemos, alentada descaradamente por la burguesía, tendría consecuencias inmediatas según el resultado. Un triunfo de los errejonistas podía reforzar una paz social muy necesaria para imponer la agenda de recortes sociales y austeridad que ya está diseñada por el gobierno de Rajoy y pactada con el PSOE. La posibilidad de una vuelta a la movilización social, en un escenario como el actual, es la peor noticia posible para la derecha y la socialdemocracia, y también para la burocracia sindical.

Errejón ha sido muy cuidadoso en rechazar la idea de que nos gobierna una gran coalición (PP-PSOE-C’s) y, en lugar de situar a la actual dirección del PSOE como parte del problema, ha insistido una y otra vez en sumarse al carro de sus “iniciativas”. Pero ¿cómo es posible argüir que colaborando con la dirección actual del PSOE estaremos más cerca de acabar con el gobierno de Rajoy? ¿Acaso no es este PSOE una pieza clave en la gobernabilidad precaria que pilota el PP?

No es arropando a la socialdemocracia, firmemente controlada por la burguesía, como se combate las políticas de la derecha. Para derrotar los recortes sólo hay una opción: volver a llenar las calles con una movilización masiva y sostenida. El ejemplo de las huelgas impulsadas por el Sindicato de Estudiantes, que han hecho posible tumbar las reválidas franquistas, es elocuente. Precisamente porque estamos ante un gobierno muy débil, y con una base social más reducida, cualquier estrategia que conduzca a la desmovilización es un regalo maravilloso para la derecha. Ahora es el momento de poner a Rajoy contra las cuerdas. Y eso no es posible —tal como pretende Errejón— con un frente único con el PSOE de la gestora golpista, que además ya ha elegido al PP y Ciudadanos como a aliados.

La victoria de Pablo Iglesias no se debe entender en términos personales, por más que la personalidad de los dirigentes sea un factor importante en la lucha de clases. Parafraseando a Lenin, ha sido el látigo de la contrarrevolución el que ha provocado el impulso desde abajo, el que ha motivado a decenas de miles de trabajadores y jóvenes para dar un puñetazo en la mesa con su voto. Y ese puñetazo, que ha dejado muy deprimido a Errejón y sus seguidores cuando se las prometían tan felices asaltando la dirección de Podemos, también lleva implícito un mensaje muy claro: hay que volver a la lucha, hay que dar la batalla al PP con la movilización y un programa rupturista con el capitalismo.

Pablo Iglesias y sus colaboradores más cercanos tienen una gran responsabilidad. Deben escuchar el mandato de las bases de Podemos. La unidad no se puede construir a costa de abandonar los principios y dar la espalda a millones de personas que están sufriendo dramáticamente los efectos de una crisis devastadora. La unidad se tiene que hacer con los que luchan, con los que sufren, con los que pueden hacer posible el cambio real. Y eso pasa por llamar inmediatamente a la movilización, a preparar ya una huelga general contra el tarifazo eléctrico, contra la rebaja de las pensiones, contra los recortes en sanidad, contra la LOMCE, el 3+2 y la Ley Mordaza, por una vivienda digna por ley, y por las libertades democráticas, incluido el derecho a decidir. No basta con guiños a la izquierda de vez en cuando. No basta con reflexiones que luego no tienen ninguna consecuencia práctica. La única manera de ligarse sólidamente a las masas, la verdadera fuerza de Podemos como izquierda transformadora, sólo se puede desarrollar si defiende una alternativa socialista frente a la crisis capitalista e implicándose directamente en las luchas cotidianas del movimiento obrero y juvenil.

Ahora le toca a Pablo Iglesias cumplir con su palabra.


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