La situación política en el Estado español ha sufrido una considerable sacudida en el mes de mayo. Por un lado, la presentación de una moción de censura desde Unidos Podemos ha suscitado un respaldo entusiasta entre cientos de miles de trabajadores y jóvenes, y el rechazo histérico del PP, Ciudadanos, la gestora golpista del PSOE y los medios de comunicación capitalistas. Los argumentos que justifican esta iniciativa son claros: un gobierno anegado por la corrupción y que sigue aplicando una furiosa política de recortes y ataques contra la población no debe permanecer un minuto más.

El otro gran acontecimiento ha sido, sin duda, la victoria arrolladora de Pedro Sánchez en las primarias socialistas del 21 de mayo. Ambos asuntos demuestran la madurez que existe para levantar un gran movimiento de masas que derrote a este gobierno de pesadilla. Pero conseguir este objetivo exige una estrategia decidida que ponga a Rajoy definitivamente contra las cuerdas. El ejemplo de Brasil, donde el gobierno Temer está a punto de caer, es claro: ninguna maniobra parlamentaria ha conseguido generar la fuerza que sí ha logrado la huelga general del 28 de abril y las movilizaciones de masas que han recorrido todo el país, incluida la marcha sobre Brasilia del 24 de mayo. Si queremos derribar a este gobierno de los recortes y la corrupción éste es el camino.

Una derrota humillante para la gestora golpista y la burguesía

Con una participación histórica —casi el 80% de los militantes registrados votaron— Pedro Sánchez obtuvo el 50% de los votos, más de 74.000, frente a la candidata de la gestora golpista, Susana Díaz, que se quedó muy atrás con 59.041 papeletas y el 40%, mientras que Patxi López logró 14.571 y un 10%. Esta victoria no sólo supone la mayor derrota interna del felipismo, afecta directamente a la estrategia de la burguesía para asegurar la gobernabilidad capitalista: la abstención de los diputados socialistas en el Parlamento, decisiva para que Mariano Rajoy se instalara en la Moncloa y conformar de facto un gobierno de unidad nacional, ha sido repudiada mayoritariamente por los afiliados y afiliadas de base.

Los datos de la votación representan una derrota humillante para los barones territoriales y un varapalo para todas las viejas glorias que, desde Felipe González, pasando por Rodríguez Zapatero, Alfonso Guerra, Alfredo Pérez Rubalcaba, José Bono, Javier Solana… no han escatimado insultos y descalificaciones contra Pedro Sánchez. Por territorios, Sánchez ha arrasado en Catalunya (82,4%), en Baleares (71%), Cantabria (70,5%) y Navarra (70,1%); además, ha obtenido el 65,7% en Galiza, en Valencia el 63,3% y en La Rioja el 60,9%, mientras en Madrid consigue el 49,5%. Es también significativo que Susana Díaz se lleve el mayor golpe en Catalunya, Euskal Herria y Galiza. Su propaganda a favor del nacionalismo españolista más repugnante y casposo ha sido rechazada con fuerza.

Al igual que pasó en el congreso de Podemos en el mes de febrero, la apuesta de la clase dominante y de sus voceros mediáticos ha sido contestada con una descarga eléctrica. Si la derrota de Íñigo Errejón fue un golpe seco contra el intento de domesticar definitivamente a Podemos y hacerlo entrar por el aro de la respetabilidad, es decir, del servilismo con los intereses de los capitalistas, el fracaso de Susana Díaz es un golpe incluso mayor.

El PSOE ha sido una columna vertebral del régimen del 78, encabezando gobiernos que han hecho posible reconvertir todo el aparato productivo español de acuerdo con los intereses estratégicos del gran capital. Felipe González se erigió en hombre de confianza de la clase dominante: respaldó todas sus aventuras imperialistas, impulsó contrarreformas laborales, de pensiones y educativas que asfaltaron el camino a las barbaridades que hemos visto cometer al PP en estos años. Felipe González destruyó el tejido industrial público, privatizando a precio de saldo empresas y sectores para hacer de oro a la oligarquía económica de siempre, y destruir cientos de miles de empleos dignos y de calidad. Fue un pionero en la introducción de la precariedad y los bajos salarios. Recurrió al terrorismo de Estado para aplastar a ETA, y aprobó una legislación represiva para combatir los derechos democráticos y las aspiraciones nacionales del pueblo vasco, sentando las bases para la ofensiva del nacionalismo españolista que todavía padecemos. Tejió numerosos intereses políticos y privados con la élite, favoreció la corrupción y el trasvase de políticos y ministros socialistas a los consejos de administración de las grandes multinacionales y, por encima de todo, se enfrentó con la base socialista más consecuente, alentando un reguero de expulsiones contra los discrepantes. Felipe, conocido ahora por amasar una fortuna como comisionista, amigo de fascistas en Venezuela y de no pocos dictadores, fue el padre indiscutible del giro a la derecha del PSOE en sintonía con Blair y el resto de jefes de la socialdemocracia mundial, algo que la burguesía ha premiado generosamente.

Por estos motivos, la derrota de Susana Díaz es mucho más que un agravio a un aparato arrogante y corrompido. La burguesía había hecho una gran apuesta por controlar firmemente el PSOE y atarlo todavía más a su agenda de recortes y austeridad. Aunque el precio a pagar fue una completa fractura dentro del partido, pensaban que ganarían el órdago y podrían desembarazarse de la oposición interna que representaba Pedro Sánchez. Al final, todos sus planes se han venido abajo. Intentando lo mismo que han hecho en Francia y en Grecia, han provocado una gran rebelión entre las bases cuyas consecuencias son difíciles todavía de determinar.

Lecciones de la historia

La crisis de la socialdemocracia española forma parte de un proceso general y mundial: causada por su fusión con la clase dominante y por su aceptación de las recetas neoliberales cuando estaba al frente de numerosos gobiernos durante el periodo de boom económico, se ha acentuado exponencialmente por la gran recesión iniciada en 2008. La descomposición de la socialdemocracia europea en los años treinta respondía, en términos generales, a factores similares: el colapso económico que comenzó con el crack de 1929, una completa deslegitimación del parlamentarismo burgués, un empobrecimiento continuado de las clases medias, y una polarización política y social que impulsó un giro brusco a la izquierda de millones de trabajadores y jóvenes, y abrió el camino también a organizaciones fascistas que se hicieron con una parte importante de la base social y electoral de la derecha tradicional.

Destacados referentes de la derecha del PSOE, como los exministros Carlos Solchaga, Almunia y otros, han comparado públicamente el fenómeno de Sánchez con el surgimiento de la izquierda del PSOE encabezada por Francisco Largo Caballero en los años treinta del siglo pasado. En el Estado español el contexto de polarización social y política, de crisis de la democracia burguesa y sus instituciones, de explosión de la corrupción y recrudecimiento de la cuestión nacional… muestra rasgos y elementos comunes con la coyuntura política abierta tras la proclamación de la Segunda República. Por supuesto que hay diferencias, y muy importantes, pues hablamos de un periodo de revolución social y contrarrevolución en el que la existencia de la URSS estalinista jugó un papel crucial en el desenlace negativo del proceso; pero lo fundamental es comprender la dinámica de fondo de los acontecimientos, incluso los paralelismos que ofrece la trayectoria de los personajes citados.

Largo Caballero se labró una reputación como líder destacado del ala más derechista y reformista del PSOE. Educado en la última etapa política de Pablo Iglesias —cuando el fundador del socialismo español se había decantado firmemente por la colaboración de clases y el “cambio gradual”—, Caballero ocupó todo tipo de responsabilidades en el Partido y en la UGT, y se opuso activamente a la integración del PSOE en la Tercera Internacional. Su reformismo le llevó incluso a participar en el Consejo de Estado de la dictadura de Primo de Rivera, en un momento en que la principal central sindical del país, la CNT, era perseguida y reprimida brutalmente, y las jóvenes fuerzas del PCE eran sometidas a una dura clandestinidad.

Este mismo Largo Caballero, que fue ministro de Trabajo en el gobierno de conjunción republicano-socialista tras el 14 de abril de 1931, vivió en primera persona todo el fracaso de la política socialdemócrata que intentaba cuadrar el círculo: llevar a cabo reformas progresivas sin romper con la lógica implacable del capitalismo, lo que a la postre significaba aplicar las mismas recetas capitalistas de siempre y enfrentarse a su base social. Y fue precisamente la radicalización hacia la izquierda de la militancia socialista, harta de engaños y discursos fraudulentos, y alarmada por el avance de la reacción y el fascismo, la que en un momento determinado convenció a Largo Caballero de que tenía que reencontrarse con una política socialista consecuente, incluso marxista.

El papel del individuo en la historia es importante y jamás ha sido menospreciado por los marxistas revolucionarios. Muchos líderes políticos reflejan fuerzas de clase en ascenso o en retroceso, así como acontecimientos que determinan cambios profundos en la situación objetiva. Felipe González, Blair, Crasi, Papandreu y una legión como ellos, expresaban en sus políticas las derrotas de la clase obrera y la juventud en las grandes luchas de los años setenta, el boom de la economía capitalista en los años ochenta y, de manera muy destacada, el colapso del estalinismo. Todos esos factores están en la base del violento giro a la derecha de las organizaciones tradicionales de los trabajadores, de los partidos socialdemócratas y de muchos partidos excomunistas (estalinistas en realidad), por no hablar de los sindicatos. Era un fenómeno mundial, que hundía sus raíces en un gran retroceso de la clase obrera y de sus sectores más avanzados, y que propició un repliegue ideológico formidable en la izquierda y la penetración en su seno de todo tipo de ideas derechistas y pro mercado.

Pero el topo de la historia no se detuvo. Lo que parecía un triunfo incontestable del capitalismo se convirtió en poco tiempo en su contrario. La quiebra mundial del sistema, precipitada por el hundimiento del mercado financiero y la crisis de sobreproducción iniciada en 2008, ha puesto todo patas arriba. Como en los años treinta, las formas de dominación tradicional de la burguesía se agrietan poniendo en jaque a las organizaciones en las que se basó para mantener una estabilidad política perdida ya irremediablemente.

En el caso del Estado español el hundimiento del bipartidismo es la consecuencia de la gran recesión económica y el reguero de millones de desempleados que ha dejado por el camino, de una fractura social sin precedentes, de la extensión de la precariedad y el empobrecimiento… y, por encima de todo, de la irrupción de las masas en la lucha política. Lo fundamental es entender que la correlación de fuerzas ha cambiado por completo, que millones de jóvenes, de trabajadores y sectores de las capas medias han girado a la izquierda buscando una salida a una situación insoportable.

Estos cambios en la base material, y el avance en el proceso de toma de conciencia de los oprimidos, es lo que explica la crisis de la socialdemocracia tradicional y el surgimiento explosivo de formaciones como Podemos, de la Francia Insumisa de Mélenchon, de Corbyn dentro del laborismo británico, o de Syriza. Y también sirve para entender el triunfo contundente de Pedro Sánchez.

Impulsar la rebelión social para echarlos del gobierno

Los barones territoriales y el aparato derechista del PSOE han acusado un golpe tan grande que no les queda más remedido que replegarse temporalmente y cambiar de táctica. En lugar del ataque frontal intentarán envolver a Sánchez en una red de acuerdos podridos para que siga haciendo la misma política que la gestora golpista. Pero las ventajas de llegar a la “unidad” con el aparato felipista sólo existen para un supuesto: si Sánchez quiere suicidarse y arrojar por la borda todo lo que ha conseguido. No hay posibilidad de reconciliación con los barones territoriales y el susanismo si Sánchez quiere aplicar de verdad una política de izquierdas y echar al PP del gobierno. Si quiere cumplir su promesa de colocar al PSOE realmente en la izquierda, debe romper con una cultura política que ha hecho de él una columna vertebral de la estabilidad capitalista. Debe apoyarse en la fuerza de la militancia, en el entusiasmo que ha desatado dentro y fuera del partido, para definir claramente sus líneas programáticas, que no pueden ser otras que una oposición completa a la política de recortes y de ataques a nuestros derechos democráticos, y la conformación de una alianza política con Unidos Podemos para desalojar cuanto antes al PP del gobierno.

La actitud de Susana Díaz y los barones territoriales hacia la moción de censura de Unidos Podemos ha sido una vergüenza mayúscula. Estos elementos se han colocado sin ningún rubor en la misma barricada que el PP, por eso es necesario que Pedro Sánchez rectifique su postura actual y manifieste su disposición a apoyar la iniciativa de Unidos Podemos o, al menos, negociar una moción conjunta tal como ha propuesto Pablo Iglesias. Eso es lo que está esperando la militancia y el conjunto de la izquierda. Que lo haga o no está por ver.

La conclusión es clara. El triunfo de Pedro Sánchez, o la gran movilización de Unidos Podemos del pasado 20 de mayo, con decenas de miles en la Puerta del Sol, es la mejor prueba de que las condiciones para derribar al PP no se dan en el Parlamento pero sí en la calle. Y esto también es una advertencia para la dirección de Unidos Podemos: no basta con movilizaciones convocadas por las redes sociales, y limitadas a un solo día; hay que generar el mismo clima de rebelión social que recorrió el Estado español entre 2011 y 2014, recobrando el espíritu del 15M e impulsando la movilización de masas, incluyendo la huelga general, para forzar la dimisión de Rajoy.

En cualquier caso lo ocurrido en este mes de mayo deja claro que ¡Sí se puede!, que debemos y podemos construir una fuerte organización de la izquierda revolucionaria para transformar la sociedad.


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