Theresa May, primera ministra conservadora, ha convocado elecciones generales el 8 de junio. La razón es muy diferente a lo que plantea públicamente. La debilidad de su gobierno frente a una marea ascendente de rabia en la sociedad británica es lo que le ha decidido a convocarlas. Los trabajadores están sufriendo una presión salarial brutal, la más prolongada que se recuerda desde el siglo XIX. Los recortes de las ayudas sociales están dejando a decenas de miles de familias trabajadoras sin dinero suficiente para alimentarse. En 2016 se alcanzó la cifra récord de 200.000 personas ingresadas en hospitales por problemas de malnutrición. La educación y el Servicio Nacional de Salud (NHS) se enfrentan a recortes que amenazan su existencia. La crisis de la vivienda es severa. Las nuevas leyes antisindicales y reaccionarias están provocando amargura y frustración entre los sindicalistas.

Lejos de encabezar un gobierno fuerte, Theresa May (que no fue elegida a través de las urnas) teme que, dada la estrecha mayoría que tienen los tories en el parlamento, se pueda ver obligada a dar giros bruscos en su política. En el primer año de gobierno se han producido ya numerosos cambios y ahora, para evitar que haya más, May asume el mayor de todos. Después de decir que no convocaría elecciones anticipadas, lo ha hecho. Esto demuestra que los políticos capitalistas cambian las reglas según les conviene.

Alto riesgo para los tories

Cameron y Clegg, exlíderes del Partido Conservador y Liberal respectivamente, aprobaron la Ley Parlamentaria de Plazo Fijo para intentar apuntalar su gobierno de coalición durante cinco años. Ahora May la anula para fortalecer a un gobierno tory débil. Ha hecho su apuesta basándose en unas encuestas de opinión que pronostican su triunfo en las elecciones generales con una mayoría más amplia, lo que le permitiría llevar adelante su auténtico programa, no las tibias palabras sobre ayudar a los que “apenas sobreviven” sino la austeridad más despiadada.

La apuesta de May es muy arriesgada. La verdadera encuesta será la del 8 de junio y hasta entonces pueden suceder muchas cosas. En parte, las elecciones se están planteando como un referéndum sobre el Brexit, con la esperanza de que el tercio de los votantes tories que apoyaron la permanencia en la UE de mala gana, continúen votando a su gobierno. Pero esto no está garantizado: algunos podrían cambiar su voto a los Liberales Demócratas, partidarios de permanecer en la UE.

Por otra parte, es muy improbable que los odiados tories logren avances significativos en Escocia. El Partido Nacional Escocés no ha quedado todavía totalmente desenmascarado como un partido que aplica la austeridad y probablemente mantenga su base electoral. La victoria electoral en Copeland (distrito electoral donde se eligió recientemente a un diputado tory) probablemente dio esperanzas a May de que los conservadores pueden mejorar su posición en el norte de Inglaterra. Sin embargo, tanto en Copeland como en las elecciones en Stoke el voto tory cayó en términos absolutos. Los tories sólo obtuvieron una victoria raspada en Copeland, porque consiguieron mantener su voto mejor que los laboristas.

La conclusión de las recientes elecciones, desde EEUU a Holanda o Francia, es que los votantes quieren castigar al establishment capitalista, mientras que aquellos partidos y candidatos que se presentan como antiestablishment pueden tener un apoyo de masas. Como Mélenchon en Francia, que presentándose con un programa de izquierdas ha obtenido más del 19% de los votos en la primera vuelta de las presidenciales, a escasos dos puntos de meterse en la segunda vuelta. Jeremy Corbyn ya ha declarado que el laborismo no se opondrá a la celebración de elecciones generales. Ahora necesita lanzar una campaña basada en un programa socialista en beneficio de la clase obrera.

Está claro que la camarilla procapitalista de la cúpula del Partido Laborista, los blairistas y sus afines, en privado dan la bienvenida a estas elecciones porque creen que Corbyn será derrotado y ellos podrán sustituirle con algún líder derechista y proausteridad. Sin embargo, si Corbyn se presenta con un programa socialista claro, a favor de un Brexit en interés de la clase obrera y las capas medias empobrecidas, podría ganar las generales.

Una política por la transformación socialista

La política que defendió y le aupó por primera vez a la dirección del Partido Laborista sería un buen comienzo: la introducción inmediata del salario mínimo de 10 libras la hora, educación gratuita para todos, construcción masiva de viviendas municipales y nacionalización de las empresas ferroviarias y eléctricas. Este programa debería combinarse con medidas inmediatas para poner fin a todos los recortes en servicios públicos y con un compromiso de renacionalizar inmediatamente el Royal Mail, el servicio de Correos.

Corbyn debe dejar claro que expulsará a los que alientan las privatizaciones de los servicios públicos y de la educación. Debería comprometerse con la defensa de un auténtico NHS socialista, bien financiado y de calidad, de acceso libre y gratuito, y bajo control democrático. Estas reivindicaciones deben ir unidas a la necesidad de una transformación socialista fundamental de la sociedad, gestionada en interés de la mayoría y no para el beneficio de unos pocos.

Esta campaña electoral no debería limitarse a discursos y promesas electorales. La campaña para defender el NHS debería ir vinculada al movimiento de masas que comenzó con la manifestación nacional del 4 de marzo. Jeremy Corbyn habló en esa manifestación. Ahora él, junto con el movimiento sindical y las campañas a favor de la sanidad pública, deberían convocar una nueva manifestación, durante la campaña electoral, para movilizar a millones en las calles contra los tories y en defensa del NHS.


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