Esta es la hipocresía del régimen del 78

El Gobierno de coalición de PSOE-Unidas Podemos ha lanzado de forma machacona el mensaje de que la pandemia del coronavirus “no entiende de clases sociales” y que debemos “combatir unidos” esta grave situación. Como siempre, la peor mentira es una verdad a medias.

Que todas las personas son biológicamente susceptibles de contraer el virus, independientemente de sus condiciones sociales, es obvio. Pero la exposición al virus, la atención médica y las consecuencias en los casos de infección son completamente distintas según la clase social a la que pertenezcas. Lo mismo se puede decir respecto a las condiciones de confinamiento y a las consecuencias laborales de la crisis capitalista que esta pandemia ha acelerado.

Ciudadanos de primera y de segunda. ¡Sí, las clases sociales existen!

La imagen más gráfica de esta enorme hipocresía, que inoculan día sí y día también a través de los grandes medios de propaganda a su servicio, la hemos visto en un parlamento cerrado y vacío de forma inmediata nada más conocerse el primer infectado, el ultraderechista Ortega Smith, tras un viaje de recreo a una Italia en plena crisis. Con todas sus señorías a salvo de contagio y, por supuesto, recibiendo el 100% de sus salarios y demás privilegios asociados a su condición de diputados, de ministros o ministras, de senadores, diputados autonómicos... nos dicen que no salgamos de casa.

Pero una cosa son las palabras y otras los hechos. La realidad para millones de trabajadores y trabajadoras es que, a la vez que se decreta el estado de alarma y se insiste en la necesidad vital del aislamiento, nos están obligando a ir todos los días a nuestros puestos de trabajo exponiéndonos al contagio y al de nuestros familiares y compañeros, en transportes masificados y sin que se haya tomado ninguna medida especial y preventiva. Esto es lo que vale nuestra vida para esta gente.

Y encima apelan, de forma insultante, a la “responsabilidad individual” como si la culpa de la pandemia fuéramos nosotros y no las políticas de austeridad y privatizaciones llevada a cabo durante años por los políticos burgueses al dictado de los grandes capitales. ¡Basta de lecciones de moral podrida!

El discurso de Felipe VI en la noche del miércoles 18 de marzo ha sido el colmo del cinismo. Su único objetivo era el de tratar de lavar la cara de una monarquía corrupta hasta la médula en un momento en que su desprestigio es descomunal, a pocos días de que el diario británico The Telegraph (porque ha tenido que ser la prensa extranjera quien ventilara la noticia, y no la de aquí) hiciera público que Felipe VI era el segundo beneficiario de la fundación offshore Lucum, donde se ingresaron 100 millones de dólares de Arabia Saudí al “campechano” rey emérito Juan Carlos I. La misma fundación de la que salieron otros tantos millones de euros para la amante del rey, Corinna Larsen.

Pero la sonada y extendida cacerolada de protesta que se pudo escuchar en todo el Estado durante su discurso es un claro síntoma de que esta institución está siendo cuestionada abiertamente por sectores cada vez más amplios, y eso pese a la servil actitud que tanto el PSOE, como IU y Podemos mantienen hacia ella. Es indignante que mientras el contagio y los muertos crecen espoleados por la falta de medios en la sanidad pública, la familia real siga parasitando de los presupuestos del Estado y evada millones y millones de euros a paraísos fiscales, siendo totalmente copartícipe y responsable de la destrucción paulatina de los servicios públicos que hemos sufrido en los últimos años. Que Felipe VI nos de lecciones de moral hablando de “unirnos en torno a un mismo objetivo” es esperpéntico. ¡Basta ya de hipocresía! ¡Basta ya de impunidad! ¡Fuera la monarquía! ¡Expropiación inmediata de todos los bienes de los borbones para ponerlos a disposición de la sanidad pública!

 ¿Combatir “unidos” el coronavirus?

Mientras los altos ejecutivos y los políticos burgueses han podido “teletrabajar” en sus espaciosas viviendas desde que se decretó el estado de alarma, con su servicio doméstico, con su gimnasio privado y su patio luminoso para que los niños puedan explayarse. Los trabajadores que han tenido la opción de quedarse en casa, aparte de hacer lo imposible para compaginar la atención a sus hijos con el teletrabajo, viven con una total y absoluta incertidumbre sobre su futuro.

Y los que no pueden recurrir a esta medida, aquí nos explican su situación: “En una misma planta estamos hacinadas 100 o 200 personas, la distancia entre uno y otro es de menos de un metro, los puestos no son fijos, de manera que hoy te sientes en una silla que hace unas horas ocupó otro, y usas los auriculares que llevaba otro, y el teclado del ordenador del compañero”, denunció una teleoperadora de Konecta. No es un caso aislado. Cajeras, transportistas, trabajadores de Correos, Amazon, servicio doméstico… millones de personas están expuestas a la pandemia por el egoísmo y afán de beneficio de los empresarios. El propio personal sanitario, que se está dejando la piel, está siendo también una de las víctimas de esta pandemia por la falta de medios de protección. Solo un dato: la mitad de los sanitarios sometidos a la prueba del coronavirus en el Hospital de La Paz (Madrid) han dado positivo.

Así, pese a que los casos de contagio de “personalidades” y políticos ha sido mucho más publicitados que los casos que han afectado a la gente normal (para transmitir el nada desinteresado mensaje de que “los ricos también lloran”), la realidad es que los trabajadores y sus familias estamos mucho más expuestos a la pandemia y, por supuesto, en peores condiciones para afrontarla en caso de contagio.

Si eres una persona normal y corriente y tienes los síntomas de la enfermedad te tocará llamar a un servicio telefónico colapsado por falta de personal. Muy probablemente, te recomendarán tomar paracetamol y acudir a urgencias en caso de empeoramiento. Solo si estás muy grave, y tienes suerte, accederás a una prueba de diagnóstico, cuyo resultado tardará unas 48 horas. En caso de que tengas que ser ingresado acudirás a un hospital público que, debido a los recortes y a las privatizaciones, ya estaba desbordado antes de la pandemia.

El recorrido para un rico, un miembro de la familia real, un ministro o un diputado, estatal o autonómico, será sustancialmente distinto. Incluso sin tener síntomas podrá acceder inmediatamente a un test y conocer el diagnóstico a las pocas horas. Toda la Casa Real y todos los miembros del Gobierno han accedido a un test de diagnóstico, la gran mayoría de ellos sin tener ningún síntoma. La presidenta de la Comunidad de Madrid, cuando ya estaba en vigor el protocolo que suprimía los test incluso en los casos de “síntomas leves”, se hizo dos test en una semana. Si perteneces a la casta de privilegiados, también puedes llamar a una clínica privada donde por 200 euros o bastante más –según se ha publicado en algunos medios, hasta 800 euros– podrán hacerse un diagnóstico.
Así que si eres cajera no solo tienes más posibilidades de contraer el coronavirus que un banquero o un ministro sino que además, si contraes la enfermedad, empezarás a ser tratado más tarde y en peores condiciones. Eso sí, es menos probable que tu caso salga en la tele.

Se dice desde el Gobierno de coalición que tenemos que “combatir unidos” a la pandemia. Sí, unidos ya estamos… los trabajadores. Ante esta situación excepcional y adversa hemos visto entre la población de a pie, en nuestra clase, una enorme oleada de solidaridad, de generosidad y de capacidad de sacrificio, con el personal sanitario del sector público al frente. Lo vimos también en otras situaciones, como durante la catástrofe del Prestige, entre otras. La gente siempre va por delante, que no nos den lecciones de solidaridad.

Pero en esa unidad no entran los empresarios, que obligan a millones de personas a trabajar en puestos sin ningún tipo de medida especial de protección, solo por mantener sus beneficios privados. ¿Unidad con los empresarios que te explotan y te despiden? ¿Unidad con la casta de privilegiados, como los señores y señoras ministros y diputados, mientras nosotros nos vemos abocados al paro a reducciones salariales amparadas por leyes que esos señores aprueban? ¿Unidad con la monarquía, gran evasora de impuestos, corrompida hasta la médula e impuesta por Franco, mientras se recortan los servicios públicos?

En boca de los trabajadores unidad significa solidaridad, lucha por una vida digna. En boca de los ricos y de la casta a su servicio unidad significa sometimiento, aceptación de la injusticia, y sálvese quien pueda. Esa unidad no suma. No sirve para frenar la pandemia, solo sirve para eternizar un sistema injusto que el coronavirus está acentuando hasta un extremo insoportable.
La pandemia no solo no nos afecta por igual, sino que tenemos intereses diferentes, intereses de clase distintos a la hora de afrontarla. ¡Basta ya de tratarnos como idiotas!

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