Hace unos días se ha cumplido el primer aniversario de la gran huelga del metal de Cádiz, una lucha que marcó un antes y un después en la historia del movimiento obrero gaditano y que tuvo, y sigue teniendo, hondas repercusiones en el movimiento obrero de todo el Estado español.

Aunque la negociación de un nuevo convenio colectivo fue el elemento desencadenante, la huelga de Cádiz fue mucho más que una lucha por un convenio mejor. Fue un auténtico levantamiento social contra años de constante precarización de las condiciones de trabajo en un contexto de creciente desmantelamiento de las instalaciones industriales de la provincia.

Ese levantamiento despertó una ola de simpatía y apoyo sin precedentes en todo el Estado. Cientos de miles de trabajadoras y trabajadores se vieron reflejados en la lucha del metal gaditano y el comentario “hay que hacer como en Cádiz” se repetía por todas partes.

La primera reacción del Gobierno PSOE-UP fue lanzar una durísima ofensiva represiva, pero las porras, las pelotas de goma y la famosa tanqueta con la que se intentó intimidar a la población obrera de la Bahía, se demostraron inútiles ante la unidad y la firme voluntad de lucha los trabajadores del metal.

La movilización dio un gran paso adelante con la gran manifestación del martes 23 de noviembre, impulsada enérgicamente desde el Sindicato de Estudiantes e Izquierda Revolucionaria. Esa manifestación demostró bien a las claras que los dirigentes de CCOO y UGT carecían del más mínimo apoyo y autoridad entre los huelguistas, hasta el punto de que, sin que nadie los presionara, abandonaron la manifestación que, finalmente, fue disuelta brutalmente por la policía.

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La movilización dio un gran paso adelante con la gran manifestación del martes 23 de noviembre, impulsada enérgicamente desde el Sindicato de Estudiantes e Izquierda Revolucionaria. 
 

Alarma en el Gobierno y la patronal ante la lucha del metal

La intensificación de la lucha y la incapacidad de los dirigentes de CCOO y UGT para encauzarla hicieron saltar todas las alarmas entre la patronal y el Gobierno, que inmediatamente se dieron cuenta de que estaban ante mucho más que otra huelga por un convenio.

La patronal gaditana del metal, FEMCA, hizo en los últimos años exactamente lo mismo que las patronales del resto del Estado: rebajar sistemáticamente las condiciones laborales bajando salarios y extendiendo jornadas, precarizar el mayor número de puestos de trabajo posibles y engordar sus beneficios a cualquier precio, aunque la consecuencia fuese un incremento salvaje de la siniestralidad laboral. Los tres últimos convenios del Metal de Cádiz habían sido firmados sumisamente por CCOO y UGT, sin conflicto y sin movilización, a pesar de que suponían un abierto retroceso, y nada parecía indicar que la firma del nuevo convenio transcurriese por otras vías.

Por eso, cuando los trabajadores de Cádiz gritaron alto y claro su “¡Basta ya!”, un escalofrío sacudió a los empresarios de todo el país, que se preguntaban, asustados, si Cádiz podría ser el inicio de una gran rebelión de la clase trabajadora. El recuerdo de las grandes movilizaciones de los años 2011-2014 estaba muy reciente y además, desde entonces la situación de la clase trabajadora había empeorado notablemente. En los siguientes meses tendrían que renovarse importantes convenios y era imprescindible para la patronal que la rebelión de Cádiz fuese aplastada antes de que pudiera extenderse a otras zonas y sectores convirtiéndose en la chispa que encendiese la pradera del malestar social.

También el Gobierno de coalición PSOE-UP dio señales de alarma ante la huelga. La lucha de la clase obrera gaditana ponía en evidencia la falsedad del discurso gubernamental del “escudo social”, de las promesas de que nadie quedaría atrás como consecuencia de la crisis, y desafiaba abiertamente la estrategia del Ejecutivo de conciliar con el gran capital garantizando mejor que la derecha la paz social.

Fue grotesco en aquellos días escuchar las palabras vacías de Yolanda Díaz o Enrique Santiago, secretario general del PCE, pidiendo “paciencia” y “confianza” a los trabajadores, mientras que la policía los apaleaba y los tribunales de “justicia” se preparaban para lanzar una ola de represalias contra los huelguistas y quienes les apoyaban.

CCOO y UGT, completamente desbordados por la movilización de la clase trabajadora de Cádiz

Pero el principal elemento de pánico de la clase dominante y el Gobierno fue constatar que los dirigentes de CCOO y UGT eran absolutamente incapaces de controlar la huelga, a pesar de que ellos mismo fueron los convocantes.

Como sistemáticamente acostumbran a hacer, la burocracia de CCOO y UGT convocó la huelga del metal con la única finalidad de aliviar la presión desde abajo y, tras unos días de paros, firmar el convenio que la patronal les ponía delante, con la excusa de que la continuación de la huelga era insostenible y de que la única alternativa era firmar.

Desde el primer minuto quedó patente el completo desinterés de CCOO y UGT por que la huelga fuese un éxito. Su ausencia en los piquetes y su vergonzoso silencio ante la represión revelaba que su intención era acabar con la huelga lo antes posible y volver a la cómoda rutina de sus despachos.

Pero esta vez fue distinto. La juventud trabajadora, los que más directamente sufren la precariedad y la pobreza, los que más claramente comprenden el verdadero papel que juega la burocracia sindical, ocuparon el centro de la escena y, uniendo sus fuerzas a los veteranos del sindicalismo combativo, como los compañeros de la CTM y la CGT, desbordaron completamente a los dirigentes de CCOO y UGT.

La clase obrera gaditana demostró así, en las calles, con la fuerza de los hechos, que la clase trabajadora, luchando unidos y con decisión, y pasando por encima de los burócratas de CCOO y UGT, tenemos la fuerza necesaria para cambiar radicalmente las cosas.

Desde entonces, un número cada vez mayor de trabajadores y trabajadoras han emprendido ese camino de lucha. La reciente lucha del SAD asturiano es un magnífico ejemplo de ello. Ahora mismo, en el momento de redactar este artículo, son las trabajadores y trabajadores de Inditex los que se han puesto en pie de guerra contra el oligarca Amancio Ortega, que ha amasado su inmensa fortuna gracias a la explotación más descarnada de su mano de obra.

La huelga de Cádiz fue liquidada tras la decisión de CCOO y UGT de firmar, en la madrugada del día 23, justo tras la enorme manifestación que agrupó a la clase trabajadora y la juventud de Cádiz, un nuevo convenio de miseria. Momentáneamente la lucha quedó suspendida, pero sin duda alguna, la clase trabajadora gaditana volverá a la batalla con fuerzas renovadas.

Mientras tanto, los dos sindicatos que optaron por convertirse en instrumentos de la patronal y el Gobierno, CCOO y UGT, empiezan a pagar el precio que corresponde a sus despreciables políticas. Las recientes elecciones sindicales en la factoría de Mercedes-Benz en Vitoria o en la Agencia de Medio Ambiente y Agua de Andalucía, que han sido dos sonoras derrotas para UGT y CCOO revelan el agotamiento de un modelo sindical de paz social y aceptación del mal menor.

La huelga de Cádiz fue un movimiento pionero. Abrió un camino de lucha, que es el único camino útil para construir un sindicalismo combativo y de clase capaz de poner fin a la explotación capitalista.


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