La lucha interimperialista se recrudece

El anuncio de la nueva alianza militar entre Estados Unidos, Reino Unido y Australia es un importante paso adelante en el enfrentamiento entre el imperialismo norteamericano y China.

Tras años de guerra comercial y acciones de castigo contra multinacionales chinas como Huawei, y después de sufrir una debacle histórica en Afganistán, el Gobierno demócrata de Joe Biden lanza una iniciativa militar que podría desencadenar una arriesgada escalada de rearme. La Casa Blanca confirma así una agresiva política exterior similar a la que mantuvo Donald Trump.

Las consecuencias de este acuerdo van más allá de la brusca agudización de la tensión entre las dos potencias imperialistas. Las relaciones de Estados Unidos con Europa, y particularmente con Francia, también se han visto seriamente afectadas.

La debilidad de los Estados Unidos impulsa la escalada militar

La nueva alianza militar, conocida como AUKUS – por las iniciales de los tres países que la conforman – ha agravado los desacuerdos entre Estados Unidos y varios de sus más importantes aliados tradicionales, anunciando cambios de alcance histórico en el panorama de las relaciones internacionales.

En estos últimos años, y de forma muy marcada a partir de la Gran Recesión de 2008, estamos asistiendo a un imparable ascenso del poderío industrial y económico de China. La época en que China era un país en el que los capitalistas occidentales instalaban sus fábricas intensivas en mano de obra, beneficiándose de salarios extremadamente bajos y jornadas de trabajo agotadoras ha ido quedando atrás.

La burocracia exestalinista del Partido Comunista Chino (PCCh) ha pilotado un proceso de restauración capitalista de manera muy diferente al que se dio en la antigua Unión Soviética.

Controlando férreamente el aparato del Estado, asegurando un papel esencial a las empresas estatales en el proceso de privatización de la economía, y dedicando una parte sustancial de sus superávits comerciales a la inversión productiva, el régimen de capitalismo de Estado chino ha logrado un desarrollo de las fuerzas productivas y un dinamismo tecnológico sin comparación con ningún país occidental en este periodo.

China ha emergido como la potencia imperialista que hace frente en todos los terrenos a un capitalismo norteamericano en franca decadencia.

El régimen chino ha sabido utilizar este auge económico para invertir en numerosos países de Asia, África y América Latina y tejer vínculos políticos con sus Gobiernos y sus burguesías. Una expansión imperialista que ha puesto en cuestión intereses vitales de Estados Unidos.

Aunque no se hayan registrado choques militares directos, la sombra del Gobierno chino está detrás de algunos de los más sonoros fracasos del imperialismo norteamericano. El ridículo en sus intentos para derrocar a Nicolás Maduro después de promover a ese fantoche de Juan Guaidó, el fiasco en la guerra de Siria o frente al régimen Irani, o la derrota humillante en Afganistán son buena muestra de la creciente impotencia norteamericana.

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El régimen chino ha sabido utilizar este auge económico para invertir en numerosos países de Asia, África y América Latina y tejer vínculos políticos con sus Gobiernos y sus burguesías

Donald Trump hizo del enfrentamiento con China uno de los principales ejes de su presidencia. Desencadenó una guerra comercial y arancelaria sin precedentes en las últimas décadas, pero fracasó estrepitosamente. De hecho, el déficit comercial con China, cuya reducción era uno de grandes objetivos de Trump, no solo no disminuyó, sino que el año pasado se incrementó en más de un 17%, alcanzando su nivel más alto desde 2008.

Joe Biden sigue los pasos de Trump. Los intereses vitales del imperialismo norteamericano están por encima de la retórica y las promesas electorales, de modo que, a la vista del fracaso de las presiones económicas, a la vista de su creciente debilidad, Estados Unidos se ha decidido a mostrar a China su puño amenazante.

El terreno escogido para desplegar la amenaza militar es el mar de China Meridional por dónde circula una parte fundamental del tráfico marítimo de mercancías, y que ha sido objeto durante años de conflictos de demarcación de zonas de soberanía marítima entre China y otros países de la zona.

Además, en esa zona se sitúa la isla de Taiwán, que juega hoy un papel estratégico fundamental por ser el mayor fabricante mundial de semiconductores, y que la República Popular China reclama desde hace décadas como parte de su territorio, en conflicto abierto con Estados Unidos que, desde 1949, ha protegido con su fuerza militar las pretensiones de independencia del Gobierno taiwanés.

Para materializar su órdago, Estados Unidos ha optado por dotar a sus aliados australianos de submarinos nucleares, que sustituirán a los submarinos convencionales de los que hasta ahora disponía la marina de guerra australiana. Aunque en principio esos submarinos no desplegarán armamento nuclear, es obvio que esa posibilidad representa una gravísima amenaza sobre la seguridad y los intereses chinos, y así lo ha manifestado su Gobierno.

A pesar de que China ha expandido su poderío militar en los últimos años, no ha contemplado hasta ahora el uso de la fuerza militar para reforzar su papel de gran potencia, sino que ha confiado en que su gigantesco poderío económico y comercial le aseguraría un papel protagonista en las relaciones internacionales. Pero esta opción es difícil que puedan mantenerla indefinidamente.

Buscando aliados desesperadamente

El Gobierno de los Estados Unidos es plenamente consciente de su débil posición y por eso busca consolidar un núcleo de aliados fieles que lo respalden en su carrera desesperada por detener su decadencia. Su objetivo inmediato es que Japón e India, sus aliados en el foro Quad, se sumen a este esfuerzo militar.

El foro Quad es una alianza informal cuyo objetivo es contrarrestar la influencia china en la región Indo-Pacífica. Lo componen los dos países citados, Estados Unidos y Australia, y también han participado puntualmente en sus reuniones Nueva Zelanda, Corea del Sur y Vietnam.

Pero a pesar de los deseos del Gobierno de los Estados Unidos, los lazos económicos de estos países con China han sido hasta ahora un obstáculo decisivo para pasar de las palabras a los hechos. Afianzar el poderío militar cuando en tu retaguardia la industria y la economía retroceden se está demostrando una tarea mucho más ardua de lo que la clase dominante estadounidense preveía.

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Estados Unidos, a la vista del fracaso de las presiones económicas y a la vista de su creciente debilidad, se ha decidido a mostrar a China su puño amenazante

Una señal de esta dificultad fue el fracaso de la gira asiática de la vicepresidenta Kamala Harris en el mes de agosto. En un intento de buscar aliados para su alianza anti- china, Harris visitó Singapur y Vietnam y animó a sus Gobiernos a unirse a la nueva Santa Alianza que promueve Estados Unidos. Es muy revelador que EEUU implore el apoyo del Gobierno vietnamita.

El pueblo de Vietnam fue víctima de una de las más atroces y salvajes guerras desencadenadas por el imperialismo yanqui. Casi seis millones de vietnamitas murieron en ella, sin contar los heridos, los quemados por el napalm, o los cientos de miles de niños que nacieron con horrorosas malformaciones como consecuencia de la guerra química.

Hoy, ironías de la Historia, Washington tiene que inclinarse ante el Partido Comunista de Vietnam al que combatió ferozmente, pero que también ha emprendido un proceso de restauración capitalista en su país y puede serle muy útil en su lucha contra China. No hay que olvidar que Vietnam y China tuvieron enfrentamientos armados directos y libraron una pugna encarnizada apoyando a bandos contrarios en la guerra civil camboyana.

Europa y Francia directamente afectadas

La alianza militar ha tenido otras consecuencias poco favorables para los Estados Unidos, ya que ha provocado graves tensiones con algunos de sus aliados tradicionales.

Francia ha sido el primer país en sentirse gravemente perjudicado por este acuerdo militar, hasta el punto de que, en una reacción sin precedentes en las últimas décadas, retiró a sus embajadores en Australia y Estados Unidos. La causa del monumental enfado es que el nuevo acuerdo militar obliga a Australia a cancelar su proyecto de construcción de submarinos convencionales, valorado en casi 56.000 millones de euros y en el que empresas francesas tenían una importante participación.

Pero no ha sido solo el multimillonario perjuicio económico lo que ha provocado la ira francesa. Francia tiene territorios en el Pacífico – Nueva Caledonia y la Polinesia francesa – y es allí donde ha desplegado y probado su armamento nuclear. Dejándola al margen de este acuerdo, Estados Unidos ha ignorado abiertamente las pretensiones francesas de ser considerada una potencia regional en el Pacífico.

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Francia ha sido el primer país en sentirse gravemente perjudicado por este acuerdo militar, hasta tal punto, que retiró a sus embajadores en Australia y Estados Unidos

El enfado francés se ha extendido inmediatamente a la Unión Europea, cuyos dirigentes se han precipitado a una carrera de críticas a Estados Unidos que refleja, más allá del AUKUS, que los choques de los intereses europeos con los Gobiernos estadounidenses son cada día más profundos.

Estados Unidos patrocinó abiertamente el Brexit con la promesa de un tratado de libre comercio con el Reino Unido una vez que este hubiera abandonado la UE. Reino Unido salió de la UE, provocando consecuencias muy negativas para el resto de los países que la integran, pero la promesa del libre comercio no se ha cumplido ni hay indicios de que se vaya a cumplir.

Hoy, el caos en las cadenas de suministro del Reino Unido y las dificultades de su economía dan testimonio del escasísimo valor de las promesas estadounidenses. Este hecho, unido al abandono de Afganistán, ofrece material suficiente para que los aliados incondicionales de Estados Unidos desconfíen de la solidez de esas alianzas.

Además del Brexit, otra importante cuestión estratégica enfrenta a la Unión Europea con Washington. Desde hace varios años Estados Unidos se opone con todas sus fuerzas al nuevo gasoducto submarino Nord Stream 2, que permitiría transportar gas desde Rusia hasta Alemania a través del mar Báltico evitando el paso a través de Ucrania y eliminando la posibilidad de que este último país, cuyo Gobierno actúa como un peón de los Estados Unidos, pudiese bloquear o dificultar las exportaciones de gas ruso.

En su defensa de su aliado ucraniano, Estados Unidos ha recurrido no solo a presiones políticas y diplomáticas sobre el Gobierno alemán, sino que llegó a amenazar a las empresas que participaban en el proyecto con todo tipo de represalias si no abandonaban su construcción. Alemania, y con ella el núcleo duro europeo, ha cedido en parte a las presiones norteamericanas pero las ventajas de asegurarse un suministro garantizado de gas ruso, especialmente tras la brutal subida de su precio en los mercados mundiales, acabarán prevaleciendo.

La sólida alianza entre Estados Unidos y Europa Occidental, forjada tras la Segunda Guerra mundial y reforzada en las décadas de Guerra Fría, se está viniendo abajo, y en su lugar aflora una alianza mucho más reducida con el Reino Unido, Ucrania y Polonia como nuevos aliados preferentes. Sin duda, una gran oportunidad para que China abra nuevos caminos a sus intereses en Europa como ya lleva años haciendo en Grecia e Italia.

Los quebraderos de cabeza del imperialismo estadounidense no acaban en tierras europeas. Sus intentos de alianza económica y militar con India han conseguido enfriar las relaciones con Pakistán, su antiguo aliado y peón en las intervenciones en Afganistán. Años de estrecha colaboración económica y militar – no olvidemos que Pakistán dispone de armamento atómico - están saltando por los aires y a Pakistán no le queda otro remedio que echarse en brazos de China y de su Nueva Ruta de la Seda.

Tras el hundimiento de la Unión Soviética y su bloque de países, todo parecía indicar que Estados Unidos se convertiría en la única gran potencia mundial y que su hegemonía estaría asegurada por décadas. Los propagandistas del imperialismo hablaban de un nuevo “siglo americano” y de un supuesto “fin de la Historia”.

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De nuevo, la tensión creciente entre las potencias capitalistas ocupa en papel central en las relaciones internacionales. El capitalismo y la guerra han sido siempre inseparables

La crisis de 2008, el ascenso de China y la agudización de los conflictos interimperialistas han puesto fin a este ensueño. De nuevo, la tensión creciente entre las potencias capitalistas ocupa en papel central en las relaciones internacionales. Es un buen momento para recordar que el capitalismo y la guerra han sido siempre inseparables.

La clase trabajadora de todo el mundo acabará pagando el coste de esta escalada militar, igual que está pagando el precio de la creciente e imparable destrucción del planeta. Solo una acción decidida para acabar con el sistema capitalista podrá evitar que las peores perspectivas se hagan realidad.