Los valores morales universales, al margen del tiempo, la sociedad y las clases no existen. En nuestra época, existe una moral revolucionaria y una moral burguesa. Esta última, se envuelve normalmente bajo el manto del “sentido común”, de la religión o de los valores “humanos”. Con esa supuesta neutralidad se infiltra en las filas de la clase trabajadora para diluir su conciencia de clase, para que acepte las reglas de un sistema impuesto por la clase dominante y quede paralizada ante sus tareas históricas: la transformación socialista de la sociedad.

La moral universal no es más que un gran engaño que utilizan de forma completamente consciente aquellos que controlan las palancas económicas y políticas de la sociedad. La burguesía nos habla de valores universales y de principios morales sagrados, pero ellos jamás los cumplen. Su fin es tan miserable y bajo como el lucro personal, y el medio para lograrlo: la explotación de la clase trabajadora. Todo lo que ayuda en esa tarea está justificado y es moral para la clase dominante.

En nombre de la “democracia” llevan a cabo intervenciones imperialistas. En nombre de los “valores constitucionales” reprimen y encarcelan. En nombre del “bien común” aprueban paquetes de rescate con dinero público para banqueros y magnates. Hoy oímos a dirigentes de la izquierda hablar de “patriotismo”, de una “guerra” en la que “todos somos soldados”, o de la actitud ejemplar y solidaria de reputados explotadores como Amancio Ortega. Pero tras esta envoltura se trata de ocultar una realidad que se abre paso por la vía de los hechos: se ha declarado una guerra, sí, una guerra entre las clases.

En la actualidad resuenan con toda su fuerza las conclusiones que en 1938 León Trotsky escribió en Su moral y la nuestra. En aquel momento tenían por objetivo desmontar la nauseabunda campaña contra el genuino bolchevismo, pregonada entonces no solo por la burguesía, sino también por intelectuales “progresistas” y supuestos portavoces de la izquierda que igualaban a Lenin y Trotsky con Stalin y los crímenes del estalinismo que ahogaron la revolución. Tras estas emanaciones de moral se encontraba el intento de justificar su propia claudicación política.

La única forma de resistir las presiones de la clase dominante y no terminar claudicando es ser consciente de esa engañifa, de que la moral también tiene un carácter de clase, de sus fines, de sus trampas y estratagemas y combatirla en el seno del movimiento obrero. Existe una moral revolucionaria, la que persigue el fin más elevado de todos: la liberación de la humanidad de las cadenas del capitalismo. Es la moral de nuestra clase.

Ante la ofensiva sin cuartel que vivimos contra los derechos de la clase trabajadora la lectura de este libro para los revolucionarios es enormemente inspiradora. Para armarnos ideológicamente con el legado de los que nos precedieron en la lucha, lo recomendamos a todos nuestros lectores.