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Tras casi dos meses de  protestas, huelgas generales y manifestaciones masivas el movimiento en las calles contra el golpe militar no cesa. La heroica resistencia de las masas birmanas está siendo respondida salvajemente por los golpistas, la represión selectiva de las primeras semanas ha desembocado en  represión abierta  con el fin de   asentar el golpe de una vez por todas.

Fuego real contra los manifestantes, detenciones nocturnas casa a casa, muertos bajo custodia policial, extensión de la Ley Marcial, cierre de todos los medios de comunicación  no afectos al régimen, cortes de las telecomunicaciones.

La Asociación para la Asistencia de Presos Políticos contabiliza hasta el momento al menos 280 muertos y 2.800 personas detenidas. Sin embargo  el golpe no ha conseguido imponerse definitivamente, la acción directa de las masas birmanas lo ha impedido y mantiene en vilo a los regímenes despóticos del sudeste asiático que junto a las  grandes potencias imperialistas maniobran para buscar una salida a la situación en beneficio propio.

La contundencia del levantamiento desbarata los planes de la reacción

El pasado 1 de febrero la reacción llevaba a cabo el golpe con planes abiertamente definidos; bajo falsas acusaciones de fraude electoral decretaron el estado de emergencia por un año (ampliable a dos) y anunciaron la celebración de elecciones al final del mismo. El objetivo era recuperar el control directo del país tras el  pírrico 5,9% de los votos obtenido en las últimas elecciones  por el partido procastrense, Partido de la Solidaridad y el Desarrollo de la Unión (USPD) , frente al 83% de la Liga Nacional para la Democracia ( LND) de Aung San Suu Kyi.

A pesar de la oposición de terciopelo del LND con la que han convivido armoniosamente en el Parlamento, de que la Constitución reserva a los militares  el 25% de los escaños en el Parlamento así como los Ministerios de Interior, Defensa y Fronteras, a pesar de que su dominio absoluto de las riquezas del país está fuera de control parlamentario, a  pesar de todo, el ascenso huelguístico de una cada vez más poderosa clase obrera birmana y los levantamientos en las vecinas Tailandia e Indonesia terminaron de convencer a los militares de pasar a la acción.  

Se trataba de ganar tiempo, utilizar la represión para enfrentar una eventual resistencia, estabilizar la situación y recomponer su poder bajo formas democráticas en un contexto más favorable.

Pero la respuesta de las masas birmanas ha superado cualquier expectativa haciendo saltar por los aires  los cálculos de la Junta Militar. El movimiento de desobediencia civil que emergió en los primeros días en el sector público, especialmente los sanitarios,  se transformó rápidamente en huelgas y manifestaciones diarias. La entrada en escena de la clase obrera, con un peso determinante  del proletariado del sector textil, unificó  el movimiento en líneas de clase, superando las divisiones sectarias azuzadas durante décadas por la clase dominante,  también por la LND, convirtiéndolo en una respuesta masiva que se ha extendido  a todos los rincones del país. A día de  hoy los militares no han logrado restablecer el funcionamiento de la economía del país que continúa afectada por paros y huelgas.    

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La respuesta de las masas birmanas ha superado cualquier expectativa haciendo saltar por los aires  los cálculos de la Junta Militar.

La clase obrera birmana en el foco de la represión

A cada paso en la represión el movimiento ha respondido con nuevas jornadas de protesta. El pasado 22 de febrero, dos días después de los primeros  asesinados por fuego real, una gran huelga general convocada por veinticinco sindicatos de trabajadores, estudiantes, campesinos y fuerzas opositoras, paralizaba el país y doce millones de personas salían a las calles.  

Con cincuenta muertos encima de la mesa, el 8 de marzo otra jornada de huelga general suponía el pistoletazo de salida del llamamiento de organizaciones sindicales y estudiantiles  a una huelga indefinida hasta desalojar a los golpistas. El 14 de marzo ha sido hasta ahora  la jornada más sangrienta, con 44 asesinados por el ejército, 22 de ellos concentrados en el distrito industrial de Hlaing Thaya en Yangón, el mayor parque industrial del país, donde se concentran  la clase obrera del textil y cuya población de 700.000 habitantes ha jugado un papel clave.

El pasado miércoles 24, una “huelga del silencio” en la que se llamaba a la gente a quedarse en casa para evitar más asesinatos, daba continuidad a la protesta vaciando las calles.

La Junta Militar enfoca su represión a los sectores más combativos; amenazas de despido masivas a los profesores que no se reincorporen al trabajo, ocupaciones por la fuerza de hospitales  y universidades, redadas nocturnas de  huelguistas casa a casa. La Junta  ha recuperado medidas de la anterior dictadura como obligar a la gente a registrar  en las oficinas de distrito los nombres de las personas que pernocten en sus casas para así evitar  las pernoctaciones de sindicalistas y demás opositores que huyen cada noche de sus casas para evitar las detenciones.

Según reportan medios locales no afectos a los militares, estas medidas estarían provocando ya la huida masiva especialmente de los distritos industriales de Yangón, epicentro del levantamiento, en los que se ha declarado la ley marcial “absoluta”  que implica que cualquiera que sea detenido sea juzgado en tribunales militares con sentencias que irían desde los tres años de cárcel a la pena capital.

La inestabilidad en el sudeste asiático  y las maniobras del imperialismo

Desde el inicio de las protestas las distintas potencias imperialistas han estado maniobrando con el fin de salir favorecidas del nuevo escenario. Los interesados llamamientos en favor de la “democracia”, contra el golpe y por el restablecimiento del gobierno de Suu Kyi  por parte de EEUU y la UE y las  sanciones económicas aplicadas por estos a los intereses militares no han tenido ningún efecto. Su peso en la economía birmana, muy inferior al de China, las limita. 

Por su parte China, primer socio comercial del país y que no ha condenado el golpe,  mantiene una actitud formal de “no injerencia” a la par que utiliza a la Junta Militar para reprimir salvajemente y defender sus intereses económicos.

Correctamente el pueblo birmano identifica a China como aliado firme de los golpistas,  independientemente de las buenas relaciones que también ha cultivado con la LND para seguir haciendo negocios gobierne quien gobierne.

A la par que en el Consejo de Seguridad de la ONU, China aceptaba “condenar enérgicamente el uso de la violencia contra manifestantes pacíficos”,  Global Times, diario chino del Partido Comunista, afirmaba en un editorial “aquellos que maliciosamente difaman a China e instigan ataques contra fábricas chinas deben ser severamente castigados”. Ante el incendio de varias fábricas chinas, cuya autoría han negado los manifestantes, desde Pekín apelaron directamente a la Junta  para que “tomase medidas para proteger la seguridad de sus inversiones y ciudadanos en Myanmar”. La respuesta de los militares no se hizo esperar: asedios a estos distritos, muertos, detenciones  y la imposición de la Ley Marcial absoluta.

Pero es un hecho que, al menos hasta el momento, la represión no ha conseguido frenar la protesta que amenaza con extender la inestabilidad a nuevos países, como ya es el caso de Tailandia, y desembocar en Myanmar en una situación abiertamente revolucionaria.

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La represión no ha conseguido frenar la protesta que amenaza con extender la inestabilidad a nuevos países, como ya es el caso de Tailandia

Crónicas de medios independientes  relatan  las fisuras dentro de las fuerzas represivas y la fuga de cientos de policías y sus familias a la India, tras negarse a obedecer las órdenes del ejército de disparar a los manifestantes. El triunfo del golpe aún no es un hecho, por esta razón se está preparando un eventual plan B que conjure la revolución, ese enemigo común logga batir por todos los imperialismos y Gobiernos implicados.

Sólo la clase obrera y los oprimidos de Myanmar  pueden tumbar la reacción

“Ahora es el momento de la desescalada. Es el momento de la diplomacia. Es el momento del diálogo…la política de amistad de China hacia Myanmar es para  todo el pueblo de Myanmar. China está lista para participar y comunicase con las partes relevantes y desempeñar un papel constructivo para aliviar la situación actual”, afirmaba el pasado 10 de marzo Zhang Jun, embajador chino ante las Naciones Unidas.

En esa misma línea se pronuncia la ASEAN, (Asociación de Naciones del Sureste Asiático, integrada por Indonesia, Malasia, Singapur, Filipinas, Tailandia, Camboya, Vietnam, Myanmar, Laos y Brunéi, cuya alianza representa cerca del 40% del PIB mundial), ofreciéndose a “ayudar” para encontrar una solución a la crisis, mediando entre la Junta, con  cuyos representantes mantienen contactos,  y los manifestantes.

Este organismo a través del cual se estructura uno de los más importantes tratados de libre comercio del mundo, mantiene  acuerdos comerciales con  China, Japón, Australia, Nueva Zelanda, India o Corea del Sur, y en su seno se expresa la guerra comercial entre China y EEUU.

El asesor de seguridad  nacional de la Casa Blanca, Jake Sullivan, ya se ha dirigido a los embajadores de la ASEAN instándolos apoyar la “restauración inmediata” de la democracia en Myanmar en una abierta confesión de la debilidad de EEUU en la zona y la búsqueda de alianzas con otras potencias regionales.

Por su parte la LND, que en todo este tiempo y a pesar de las detenciones de sus dirigentes y asesinatos a sus funcionarios, sólo ha hecho llamamientos abstractos a resistir la represión y defender la legalidad, ha constituido en la clandestinidad el “Comité para la Representación de la Unión Parlamentaria” (CPRH), con diputados  no detenidos y cuya aspiración es ser reconocidos por la ONU y la comunidad internacional como representante legítimo del Gobierno interino.

Los mismos que defendieron públicamente la masacre el pueblo rohinyá han lanzado un llamamiento a incorporar a otros colectivos a su causa y formar una “democracia federal que recoja los intereses de todos los grupos étnicos  y guerrillas, iniciativa que ha sido bien recibida por la ASEAN,  que les asesora.

El complot a espaldas de las masas para poder abrir el camino a un acuerdo de unidad nacional, incluyendo incluso a los militares, que frene las protestas si el golpe no lo consigue, parece estar en marcha.

En ese camino la oposición “democrática” del LND ha sido siempre un firme aliado para mantener el status quo y ni ofrece ni representa ninguna alternativa para las masas birmanas. Por encima de las maniobras diplomáticas y los llamamientos abstractos de la LND, lo único que mantiene en tela de juicio el triunfo definitivo del golpe es la acción directa de las masas.

Esa energía revolucionaria es la única que, armada con el programa de la revolución socialista,  puede acabar con la opresión de siglos y abrir la puerta a la transformación socialista en el sudeste asiático. 

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