Hay que reconstituir la izquierda con las ideas del marxismo

Las elecciones italianas del 25 de septiembre han otorgado una victoria rotunda a la ultraderechista Georgia Meloni, que se ha hecho con el 26% de los votos. Con su demagogia reaccionaria (“Dios, patria y familia”), nacionalista (“Primero Italia y los italianos”), contra las élites financieras y la burocracia de la Unión Europea, y respaldada por un sector importante de la burguesía italiana, la formación neofascista Hermanos de Italia ha rentabilizado el haber sido la única fuerza política que no ha formado parte del Gobierno de unidad nacional de Mario Draghi.

Con casi el 44% de los votos, la alianza que reúne a Hermanos de Italia, la Liga y Forza Italia ha obtenido 235 de los 400 escaños en el Parlamento y 115 de los 200 senadores. Por primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial habrá un Gobierno dirigido por la extrema derecha en Europa Occidental, y presidido por una admiradora confesa de Benito Mussolini.

Los resultados muestran también la bancarrota del Partido Democrático (PD), que con poco más de 5,3 millones de votos, el 19% del total[1], ha obtenido uno de sus peores resultados y perdido más de 800.000 papeletas respecto a 2018. Esta es la consecuencia de ser el máximo valedor de las políticas procapitalistas, de las contrarreformas y recortes sociales llevados adelante en las últimas décadas, de los intereses de los grandes poderes económicos, entusiasta de la OTAN en la guerra imperialista en Ucrania y de la defensa a ultranza de la paz social y la colaboración de clases. Políticas que han asfaltado el camino para el ascenso de la extrema derecha, y que unidas a la crisis profunda que afecta a la izquierda italiana desde hace mucho tiempo, han dejado huérfana de expresión política en las urnas a la clase obrera[2].

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El Partido Democrático (PD) ha obtenido uno de sus peores resultados consecuencia de ser el máximo valedor de las políticas procapitalistas. 


Otro de los grandes damnificados ha sido el Movimiento 5 Estrellas (M5S) de Giuseppe Conte, que ha obtenido 4,3 millones de sufragios, el 15,4%. Aunque ha conseguido mejorar lo que vaticinaban las encuestas y mantenerse como primera fuerza en el sur, la formación populista ha sufrido un durísimo castigo tras formar parte de todos los Gobiernos capitalistas desde 2018. Ha perdido más del 60% de los 10 millones de votos con los que ganó las elecciones de aquel año, que en gran medida se ha ido a la abstención.

Abstención récord y descrédito del sistema

Un factor crucial que destaca de esta cita electoral ha sido el nivel de abstención récord, el 36% (uno de cada tres italianos no ha ido a votar), aumentando en 9 puntos porcentuales respecto a 2018. Un elemento más acentuado aún en el sur del país, más empobrecido y castigado por un abandono histórico y las políticas de austeridad, donde la abstención no ha bajado del 40% en ninguna ciudad, llegando al 60% en Nápoles.

Las franjas sociales más afectadas por el desempleo y la falta de perspectivas, en concreto, quienes soportan unas condiciones económicas “apenas aceptables” o “malas” se han abstenido el 40,5% y el 53% respectivamente. Entre los jóvenes de 18 a 35 años más del 40% se quedó en casa el pasado domingo.

Son datos muy reveladores del nivel de descrédito del sistema y de la política oficial, que se profundiza cada vez más. Y también de que el populismo de derechas y la extrema derecha —que ya han sido probados en parte con los Gobiernos de la Liga y del M5S—  cuenta con la crítica y el rechazo de sectores importantes de los trabajadores y la juventud que hoy no ven ninguna opción de expresar su descontento y rabia en las urnas; que desprecian la política de la “izquierda” parlamentaria que, en esencia, defiende los intereses de las élites; que se ven taponados por una burocracia sindical, como la de la CGIL, que defiende la paz social sobre todas las cosas y ha suplicado la permanencia del banquero Draghi al frente del país para evitar unas nuevas elecciones.

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La alta abstención (el 34%, llegando al 40% en las ciudades del sur) revela el alto nivel de descrédito del sistema y de la política oficial entre amplias capas de la población. 


La clase obrera está huérfana políticamente y electoralmente, pero no ha sufrido una derrota histórica. Este hecho es muy importante. Obviamente la naturaleza de un Gobierno con Meloni al frente es una amenaza muy seria para los derechos democráticos y las conquistas sociales —ya esquilmadas en el último periodo—. Sin embargo, sería erróneo concluir que el fascismo tiñe Italia con un apoyo de masas. Estas elecciones subrayan, más que eso, la bancarrota de la “izquierda” reformista y la ausencia de un referente de izquierdas combativo que aglutine a los sectores más avanzados de la clase obrera y la juventud.

El 25 de septiembre el bloque de derechas no ha ensanchando su base de apoyo social, pero sí ha consolidado el giro reaccionario de sectores de las capas medias y de trabajadores más atrasados políticamente y golpeados por años y años de crisis. Lo que sí hemos visto es una reconfiguración en los votos de este bloque. De los 12.300.000 votos (44%) que ha obtenido, 145.000 más que hace cuatro años, los Hermanos de Italia ganan más de 5,8 millones de sufragios desde 2018, pasando de 1.429.550 (4,3%) a los actuales 7.300.638 (26%). La Liga de Salvini y Forza Italia de Berlusconi sufren un duro varapalo en beneficio de su aliada Meloni.

Salvini, con 2.464.000 votos (roza el 9%), pierde más de 3,2 millones de votantes, la mitad de su electorado, pero su debacle es mayor si se compara con el 33% que logró en las europeas de 2019. “No era el dato para el que había trabajado”, declaró tras conocerse que incluso en el norte del país Hermanos de Italia le supera. En feudos ligistas, como Véneto, Meloni duplica las cifras de Salvini. Por su parte, Forza Italia, con 2.280.000 (el 8,1%), también se deja por el camino más de 2,3 millones de papeletas, más del 50% de los ya malos resultados obtenidos en 2018.

Este fenómeno no es exclusivo de Italia. El trumpismo; la crisis del gaullismo y el avance del Frente Nacional, que ha disputado la segunda vuelta de las presidenciales francesas con más del 40% de los votos; los buenos resultados de Vox o las recientes elecciones en Suecia, donde el partido neofascista se ha convertido en segunda fuerza (20%) superando en votos a la derecha tradicional… son algunos ejemplos de esa radicalización hacia la extrema derecha del espacio que no hace tanto dominaban las formaciones conservadoras tradicionales.

Que el Partido Popular Europeo haya dado su bendición a la coalición ultraderechista italiana es un ejemplo más de que la derecha "de siempre" no hace ascos a estos sectores y desvela la farsa que supone defender “cordones sanitarios” con una supuesta derecha democrática y civilizada para combatir al fascismo.

Hay un giro a la derecha en la clase dominante y en los aparatos estatales, tendencias cada vez mayores al autoritarismo y al bonapartismo, que vienen desarrollándose desde hace tiempo. Se trata de una dinámica de fondo que no es ajena a la agudización de la crisis económica y la polarización social, y sobre todo al fracaso de una izquierda reformista asimilada al sistema.

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Estas elecciones subrayan fundamentalmente la bancarrota de la “izquierda” reformista y la ausencia de un referente de izquierdas combativo que aglutine a los sectores más avanzados de la clase obrera y la juventud. 


¿Cómo va a tener credibilidad una "izquierda" parlamentaria que en el caso italiano ha estado participando en un Gobierno de unidad nacional junto a los ultraderechistas de Salvini y los reaccionarios de Berlusconi?

La llegada de la ultraderecha al Gobierno italiano  en el actual contexto de inflación disparada y de guerra imperialista en Ucrania, puede llevar a un escenario de incremento y estallidos de la lucha de clases en el que sectores de la juventud y la clase obrera saquen conclusiones políticas y organizativas.

Tensiones en la UE

La constitución de este Gobierno también va a añadir más inestabilidad y tensiones a la ya convulsa situación de la Unión Europea. La preocupación en los despachos de Bruselas y entre los principales líderes de la UE por los vínculos y amistad de los socios de Meloni —Salvini y Berlusconi— con Putin y los capitalistas rusos no es ningún secreto. Un acercamiento del Gobierno italiano a Rusia desequilibraría la estrategia marcada por EEUU y la OTAN en la guerra en Ucrania, abriendo una fisura importante en el bloque imperialista occidental.

Las declaraciones en televisión de Berlusconi pocos días antes de las elecciones apoyando a Putin (“solo quería sustituir a Zelenski por gente de bien”) no son el fruto de los desvaríos de un anciano decrépito. Como tampoco es una anécdota la amenaza inmediata lanzada por la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen: “Si las cosas van en la mala dirección tenemos instrumentos”. Ni que Salvini —que se ha destacado por su crítica a la política de sanciones de la UE contra Rusia— la calificara de “chantaje” e “injerencia” en la campaña electoral, llegando a convocar una concentración de protesta.

En cualquier caso hay que tener un método de aproximaciones sucesivas. La burguesía europea y la burocracia de Bruselas no han recibido con disgusto la victoria de Meloni, una muestra de ello es el comportamiento positivo de la Bolsa al día siguiente de su victoria. A la burguesía no le preocupa el avance de la extrema derecha, si sus intereses fundamentales se preservan.

A Meloni, posicionada abiertamente con la OTAN, consideran que pueden “domesticarla” y confían en poder seguir adelante con sus políticas económicas y las reformas acordadas para recibir los fondos de recuperación europeos (casi 200.000 millones de euros). La actitud amistosa de Draghi hacia Meloni durante la campaña electoral, al que algunos han calificado como su “protector”, es muy significativa. 

Meloni, con sus primeros gestos, ha lanzado un mensaje en ese sentido. La noche electoral afirmó: “Es el tiempo de la responsabilidad. (…) la situación hacia la que va Italia y la Unión Europea es particularmente compleja y requiere la contribución de todos, y un clima sereno”. En una entrevista al diario La Stampa, preguntada por su política internacional respondió que “será la misma que la de Mario Draghi”, y el 27 de septiembre tras la felicitación vía tuit de Zelenski por su victoria electoral, Meloni le reafirmaba su compromiso de apoyo.

Con todo la  situación está muy abierta y las divisiones en la clase dominante son una realidad global. Un resquebrajamiento de la Unión Europea agravaría aún más la actual crisis capitalista —más profunda aún que la de 2008— pero a su vez la propia crisis alimenta con fuerza las tendencias “soberanista” y al nacionalismo económico.

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A la burguesía no le preocupa el avance de la extrema derecha, si sus intereses fundamentales se preservan. 


Reconstruir una izquierda revolucionaria

Pensar que para Meloni se avecinan tiempos tranquilos sería un error. Ya no está en la oposición, los réditos que su demagogia le ha dado hasta ahora en política interna se verán mermados cuando empiece a gobernar. Llevar adelante la política que la burguesía necesita (recortes, privatizaciones, mayor explotación de la mano de obra...) junto a una agenda agresiva y reaccionaria contra los derechos democráticos y sociales más básicos[3] es una receta acabada para una mayor lucha de clases.

La situación internacional y económica no va a dar tregua. El lastre de la deuda pública, que representa ya el 153% del PIB, pende sobre la economía; la tasa del 9,4% de la población en pobreza absoluta y una inflación por encima del 9% muestra una realidad sombría.

El presidente de Cofindustria, la patronal, ha alertado de que las complicaciones del suministro de gas ruso y su posible suspensión pondría en riesgo de cierre al 20% de la industria italiana. Las desigualdad regional se amplia: según un estudio del Svimez[4] “desde el punto de vista económico la grieta abierta es la misma que después de la Segunda Guerra Mundial: 40 puntos porcentuales de renta per cápita”.

La única manera de enfrentar a la ultraderecha es la acción masiva, organizada y consciente de la clase obrera y de la juventud. Eso pone sobre la mesa la urgencia de reconstruir un partido de masas de la clase obrera y la juventud, con una política revolucionaria y anticapitalista.

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La única manera de enfrentar a la ultraderecha es la acción masiva, organizada y consciente de la clase obrera y de la juventud. 


Defender la nacionalización de los grandes monopolios, empezado por las eléctricas y la banca, sin indemnización y bajo control de los trabajadores, es esencial para reconstituir ese partido. Y junto a un programa socialista, la llamada a la acción de masas para combatir al fascismo mediante la autodefensa organizada de la población y la clase obrera, en las fábricas defendiendo un sindicalismo de clase, en el terreno político e ideológico denunciando la catástrofe de la política de colaboración con la burguesía. Solo así se podrá poner en marcha el enorme potencial de los trabajadores y la juventud para transformar la sociedad.

 Notas:

[1] La coalición formada por el PD con Verdes-Izquierda, Europa+ y Centro Cívico (escisión de Luigi di Maio del M5S) obtiene el 26,13% de los votos.

[2] La coalición de izquierda, Unione Populare, donde se integra Refundación Comunista, ha obtenido un escaso 1,43% del voto (402.877). Tras lograr su pico con el 8% de los votos a mediados de los años 90, se vio inmersa en una crisis permanente fruto de las políticas de colaboración de clases, que le llevó a formar parte, con el argumento de “frenar a la derecha”, del Gobierno de Prodi y avalando sus políticas antiobreras.

[3] No podemos olvidar el discurso de Meloni en el mitin de Vox de la campaña electoral andaluza: “Sí a la familia natural, no a los lobbies LGTB; sí a la identidad sexual, no a la ideología de género; sí a la cultura de la vida, no al abismo de la muerte; sí a la universalidad de la cruz, no a la violencia islamista; sí a a las fronteras seguras, no a la inmigración masiva; sí al trabajo de nuestro ciudadanos, no a las grandes finanzas internacionales; sí a la soberanía de nuestros pueblos, no a los burócratas de Bruselas; y sí a nuestra civilización y no a quienes quieren destruirlo”.

[4] Instituto que estudia el desarrollo de la parte meridional del país.


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