¡Contra las políticas capitalistas y la brutalidad policial, ni un paso atrás!
Un poderoso levantamiento de la juventud contra el Gobierno Macron incendia Francia. A pesar de las mentiras vomitadas por este reaccionario en sus discursos a la nación, es imposible ocultar las causas que lo han provocado: años de recortes sociales sangrantes, de destrucción de la escuela pública, de caídas salariales e inflación desbocada, de gastos militares estratosféricos, de racismo y de brutalidad policial han encendido una mecha difícil de apagar.
Francia vivió ayer las mayores movilizaciones en décadas. Fueron cientos de miles en todo el país contra el gobierno de Macron. Es una rebelión social impresionante, como en Mayo del 68. Ni la represión policial ni la criminalización frenarán a la juventud. Jusqu’à la victoire! https://t.co/SZU70bBZs1
— Sindicato de Estudiantes (@SindicaEstudian) October 18, 2026
La ira de una juventud desheredada ha contagiado en pocas semanas al movimiento obrero modificando radicalmente la correlación de fuerzas, evocando imágenes de situaciones revolucionarias vividas en el pasado. Pero es toda Europa la que está en ebullición, con impresionantes movilizaciones de masas en Portugal, en Albania, en Bélgica, Italia y el Estado español, y con convocatorias a la huelga general en estos dos últimos países que se pueden replicar en muchos más.
La prensa capitalista escribe sobre el fantasma de Mayo del 68, y la derecha atiza su campaña criminalizando la lucha y acusando a la “extrema izquierda” de la violencia en las calles. Pero cualquiera con dos dedos de frente entiende que esta erupción volcánica no cae de un cielo azul. La clase dominante ha trabajado por ella concienzudamente, pensando que arrasar con todo no tendría consecuencias. Y ahora, se indignan cínicamente cuando recogen la cólera que han sembrado.
La crisis abierta es una impugnación de todas las instituciones que aparentan ser democráticas, pero actúan como criadas serviles de la oligarquía financiera, que se ríen de nuestro sufrimiento mientras blindan los beneficios obscenos de una minoría de explotadores, y dan vía libre a un aparato del Estado que se emplea con una ferocidad represiva propia de regímenes totalitarios.
Este monopolio impune de la violencia ha chocado con un espíritu de rebelión que no se amedrenta ante las porras, ni los disparos, ni los gases lacrimógenos. El derecho legítimo a responder a la violencia del sistema, cotidiana y brutal, y a la de estos grupos armados en defensa de la propiedad que son las fuerzas policiales, se ha adueñado de la conciencia de millones.
La opinión pública burguesa está rabiosa, justamente por la transformación política que lidera una nueva generación a la que no se puede engañar fácilmente con las triquiñuelas parlamentarias y la retórica hueca, que no ha conocido más que crisis, privaciones y sacrificios, que está harta de mentiras y entiende perfectamente que el avance de la extrema derecha no es ninguna maldición, sino la consecuencia de este orden social de barbarie, y que para enfrentarlo no valen las medias tintas. O ellos, o nosotros.
En Francia, donde la lucha de clases siempre llega hasta el final, parafraseando a Marx, se está escribiendo un capítulo brillante de su larga historia de levantamientos e insurrecciones populares y socialistas.
🇫🇷 Decenas de detenidos en las protestas en Francia 👀 Paula Leyva, portavoz del Sindicato de Estudiantes, desde Francia: "Estamos viendo otro levantamiento de la clase trabajadora. Lo que ha hecho el Gobierno de Francia es reprimir estas movilizaciones". ⏪ "Nos recuerda a lo que vimos el otro día en la Complutense (Madrid); el Gobierno 'más progresista de la historia' mandó a la Policía a reprimir al movimiento". #MalasLenguasN
— Malas Lenguas (@MalasLenguas_Tv) October 18, 2026
Cuando estalla la ira
El representante de la élite financiera y del imperialismo francés que preside la República, odiado y despreciado por las masas (menos del 15% de apoyo), respondió al estallido social enviando a miles de gendarmes armados hasta los dientes para golpear, gasear y acorralar a los estudiantes. Las palizas han sido retransmitidas en vivo y en directo en cientos de videos que sacuden las redes sociales, en las que se ve a manadas de energúmenos vestidos de policía agrediendo sin mediar provocación alguna a cientos de jóvenes indefensos. Numerosos adolescentes han perdido sus ojos por los pelotazos de goma disparados a quemarropa, y sufrido mutilaciones en sus brazos por las granadas aturdidoras. Como en el Estado español, son los mismos fascistas con placa que miman las manifestaciones neonazis aquí y exhiben su simpatía por Le Pen allí.
Cuando escribimos estas líneas, el número total de detenidos desde el inicio de las protestas supera los 9.000, el 85% menores de edad. Solo este último fin de semana de fuego e ira contra la brutal violencia policial se han producido 2.700 detenciones, cientos de heridos y un manifestante muerto. Como respuesta, el primer ministro, Sébastien Lecornu, anunció que se impondrán toques de queda parciales en diferentes ciudades para frenar una “conspiración” de la extrema izquierda que “quiere generar una desestabilización profunda para cambiar el calendario [de las elecciones presidenciales] e impedir la votación”. Y no se corta ni un pelo en sus amenazas al movimiento: “es un milagro que no haya habido muertos”[1].
La represión va acompañada de esa cínica campaña de mentiras destilada a conciencia. Secundado por los medios capitalistas de todo el mundo, el Gobierno francés culpabiliza de la violencia precisamente a quienes la sufren: la juventud y la clase obrera que ven pisoteados sus derechos, sometidos a condiciones insoportables en barrios cada vez más degradados, asfixiados por las subidas de precios de los alquileres, la gasolina y otros bienes básicos, con empleos y salarios precarios, y centros educativos y sanitarios que se caen a pedazos.

Y, por supuesto, las víctimas son la “gente de orden”. Esos mismos banqueros, empresarios y rentistas que se hacen de oro con los recortes, las privatizaciones y las subidas de precios. La casta política a sus órdenes, el propio Macron y su Gobierno de tecnócratas y oligarcas. Y, como no, los fascistas con placa de la policía, que no dudan en golpear salvajemente a jóvenes de 14, 15 y 16 años. ¡Están saqueando los comercios de lujo del centro! ¡Están tocando nuestra sacrosanta propiedad!
Es un discurso miserable entonado precisamente por los que han robado todo a millones de personas, a millones de jóvenes, resguardados con impunidad bajo las leyes capitalistas. ¿Qué se han creído, que podrían hacerlo indefinidamente sin que ocurriera nada?
Hay chavales que antes de conseguir su primer contrato ya han aprendido a organizar una acampada, enfrentarse a un desahucio y esquivar una carga policial. De Madrid a París, de Oporto a Roma, una generación está descubriendo que estudiar y trabajar ya ni siquiera garantiza una vida digna. Y sus gobernantes, en lugar de preguntarse qué cojones han hecho con su futuro, mandan antidisturbios. Después se sorprenden cuando las calles empiezan a arder.
— Spanish Revolution (@Spanish_Revo) October 19, 2026
Por una salida socialista
Las imágenes de la policía actuando como un ejército invasor atacando territorio enemigo en los barrios del extrarradio parisino y de otras grandes ciudades, donde se concentra el proletariado más oprimido, la clase obrera migrante, la juventud racializada hija de familias procedentes de las antiguas colonias, ha hecho estallar toda la cólera acumulada en el corazón de las masas durante años.
Unas masas que, además, ven como la ultraderecha de Marine Le Pen y Reagrupamiento Nacional encabeza las encuestas para las elecciones presidenciales que se celebrarán en unos meses. Pero, como hemos visto tantas veces a lo largo de la historia, la represión —“el látigo de la contrarrevolución” como decía Marx— ha vuelto a provocar el efecto contrario, estimulando las fuerzas de la revolución social.
Inspirada y contagiada por la lucha de la juventud, libre de ataduras burocráticas, la clase trabajadora ha pasado de sentirse a la defensiva, con la escena dominada por la basura racista y el discurso antiinmigración de la extrema derecha, a ponerse en pie de guerra y arrinconar al Estado y la reacción mediante su acción directa.
Todo ello ha abierto una crisis que contiene rasgos abiertamente revolucionarios, en la que el combate contra la amenaza fascista y el sistema capitalista se ha convertido en el programa de acción de millones. Un programa que apunta directamente a una salida socialista, que ha vuelto a poner encima de la mesa la enorme fuerza de los explotados para tomar el destino en nuestras propias manos y mandar al basurero de la historia a este sistema podrido.
La burguesía es consciente del momento crítico que atraviesa Francia. “La desilusión en el sistema político es enorme (…) Los franceses tienen la impresión de que no pueden esperar nada de la política y que el sistema está completamente gripado. Los jóvenes son los portavoces de un malestar y una reivindicación que también comparten con los padres (…) La izquierda radical de LFI (La Francia Insumisa) liderada por el vehemente Jean-Luc Mélenchon, es la única capaz de entrar en las manifestaciones y canalizar políticamente la rabia de los estudiantes (tiene un 40% de intención de voto entre los menores de 35 años). Y la ultraderecha del RN, de Marine Le Pen, aparece como la formación capaz de restablecer el orden y la ley”[2].

Los dirigentes de LFI están plantando cara a Macron y Le Pen, a diferencia de lo que lamentablemente han hecho los líderes de formaciones de la nueva izquierda reformista en otros países. Pero levantamientos sociales anteriores en los que la clase obrera y la juventud francesa mostraron una enorme combatividad y disposición a ir hasta el final, fueron desaprovechados por la negativa de Mélenchon y otros dirigentes de LFI a adoptar un programa socialista y una política revolucionaria para luchar por el poder.
Levantar una alternativa consecuente a la contrarrevolución permanente contra los derechos, salarios y condiciones de vida de los trabajadores, y derrotar la amenaza del fascismo, pasa por romper con la política de colaboración de clases, con la utopía reaccionaria de que el capitalismo se puede reformar y humanizar, de etapas intermedias que son una trampa para la clase trabajadora como propugnar una Asamblea Constituyente o aceptar cualquier acuerdo con sectores de la clase dominante para gestionar el sistema.
La temperatura del momento ha escalado a tal punto que para el 5 de noviembre las centrales sindicales han convocado una jornada de huelga en sectores públicos y privados que hay que convertir en una huelga general. Una huelga general que tiene que tener un objetivo concreto: la caída inmediata del Gobierno de Macron, el inicio de una lucha abierta por el poder obrero, con ocupaciones de fábricas, de centros de estudio, de universidades, con la formación de comités que unifiquen la batalla contra el capital y sus agentes y la construcción de organismos de autodefensa contra la violencia policial partiendo de las fábricas.
En efecto, hay que completar la tarea que quedó inconclusa en Mayo del 68: tomar el cielo por asalto, e imponer un Gobierno de los trabajadores para derribar el capitalismo y abrir el camino hacia el socialismo. Esta es la tarea de toda la izquierda revolucionaria francesa en estos momentos. No podemos retroceder, ni un paso atrás. Hay que concentrar todas las fuerzas haciendo a la clase obrera consciente de su inmenso poder en este momento histórico.

Una ola revolucionaria en el corazón del capitalismo europeo
No es casualidad el terror e histeria con que están reflejando los acontecimientos en Francia todos los medios de comunicación internacionales. Esta crisis, con elementos abiertamente revolucionarios, no se desarrolla en un país periférico sino en uno de los centros neurálgicos del capitalismo global. Y está contagiando ya a otros países claves de la Unión Europea.
La rebelión francesa ha coincidido con la explosión del movimiento por la vivienda en el Estado español, que ha dado también una patada al tablero político dominado durante meses por el vómito de bilis xenófoba, islamófoba y españolista del PP y Vox con la excusa de Ceuta, modificando abruptamente la correlación de fuerzas.
Pedro Sánchez ha tenido que convocar elecciones anticipadas en un clima de polarización política extrema, y la burocracia sindical de CCOO y UGT no ha tenido más remedio que anunciar huelga general para el 11N obligada por la presión de la movilización en las calles.
Una vez más no son las maniobras parlamentarias de la socialdemocracia las que derrotarán a la extrema derecha, sino la lucha de clases, la autoorganización desde abajo y la conciencia y determinación que han mostrado en esta batalla millones de jóvenes y trabajadores. Una lección que no debemos olvidar frente a quienes se empeñan en convencernos que el capitalismo es reformable y que la solución para frenar al fascismo está solo en el voto y en las mismas “instituciones” capitalistas que amparan y propagan el discurso de la ultraderecha.
En Italia, después de las gigantescas manifestaciones juveniles del 16 de octubre -que han llenado el país contra los recortes en la educación pública y las escandalosas políticas de segregación racial en las escuelas de la ultraderechista Meloni- la CGIL se ha visto forzada a convocar huelga general, en este caso para el 20 de noviembre. El 17 de octubre decenas de miles de manifestantes tomaban nuevamente las calles contra la carestía de la vida, siguiendo la estela francesa y enfrentando también una brutal represión.
En Bélgica y Portugal hemos visto movilizaciones extraordinarias de la juventud, también duramente reprimidas, y en Alemania, el gigante europeo, los estudiantes llevan meses movilizándose contra la imposición del servicio militar obligatorio, la agenda militarista y de recortes del Gobierno de coalición CDU-SPD, pero también enseñando los dientes al avance electoral de Alternativa por Alemania (AfD).
De hecho, el próximo 20 de noviembre hay convocada una huelga general estudiantil europea por parte de las principales organizaciones juveniles del continente, entre ellas por el Sindicato de Estudiantes en el Estado español.

Las condiciones económicas, políticas y sociales que han desatado la crisis francesa existen en todo del continente. La tasa oficial de pobreza monetaria en Francia era, a finales de 2024, del 15, 4%, el mayor nivel desde los años 90. Para el conjunto de la UE estaba en el 16,3%. Incluyendo el gasto en alquiler y otros bienes básicos, algo que las estadísticas oficiales no hacen, casi uno de cada tres trabajadores franceses, el 27, 8%, está en riesgo de exclusión. En el total de la UE es un 29,4% de la población. Por eso la rebelión francesa está extendiéndose a un ritmo de vértigo.
La careta democrática de la UE, ese “jardín” de derechos humanos y sociales, se ha caído y el decrépito capitalismo europeo ya no engaña a nadie. Los que nos sangran con los alquileres son los mismos que destruyen la educación y la sanidad públicas, sobreexplotan al proletariado migrante, negándoles la ciudadanía para esclavizarlos, y quieren cargarse las pensiones. Los que aprueban las leyes xenófobas e intentan dividirnos con su veneno racista mientras se llenan los bolsillos con el holocausto palestino y las guerras imperialistas.
Para mantener y aumentar sus beneficios necesitan declararnos la guerra y aplastar los derechos laborales, democráticos y sociales que la clase obrera europea ha conquistado a lo largo de décadas. Esa es la base material que explica el ascenso de la ultraderecha, la fascistización del aparato del Estado y la represión salvaje que vemos en un país tras otro.
El único camino para enfrentar la ofensiva del capital, para desbaratar su estrategia totalitaria es la lucha abierta y consciente por el socialismo. Satisfacer las necesidades inaplazables de la juventud y de nuestra clase solo es posible expropiando a la burguesía financiera e industrial, colocando la banca, los grandes monopolios, las grandes explotaciones agroalimentarias, las redes de comercio y transporte, la IA… bajo el control democrático de los trabajadores para planificar democráticamente la economía. Todo lo demás son discursos demagógicos, que intentan resolver contradicciones irresolubles mediante el juego parlamentario tutelado por el poder del capital.
Las revoluciones parecen imposibles hasta que son inevitables, decía Trotsky. Una afirmación que sirve para comprender la historia que se desarrolla ante nuestros ojos.
Notas:
[1] El Gobierno de Francia ordena toques de queda parciales en algunas ciudades ante los disturbios durante las protestas




















