La economía mundial enfrenta contradicciones y desequilibrios cada vez más acusados, mientras el pesimismo se extiende entre banqueros centrales, Gobiernos y analistas financieros. Todos señalan la confluencia de varios factores que podrían llevar a una tormenta perfecta: un intenso repunte de la inflación fruto de la guerra de EEUU contra Irán, una burbuja especulativa cada vez más ingobernable en torno a la IA, dificultades crecientes en el mercado del crédito privado, y un endeudamiento sin precedentes de la primera potencia mundial.

La perspectiva de una profunda recesión en la economía global ha vuelto a irrumpir con fuerza en el debate político, y sus consecuencias en la lucha de clases, de materializarse, serán de una magnitud enorme.

Durante el mes de agosto, normalmente anodino en el terreno económico, se han producido hechos relevantes que han disparado todas las alarmas. El secretario del Tesoro norteamericano, Scott Bessent, tuvo que salir a la palestra, en una operación conjunta sin precedentes con el Banco Central de Japón, para reflotar al yen y evitar que el mayor tenedor de deuda norteamericana, Japón, se deshiciera de una parte sustancial de la misma.

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La economía mundial enfrenta contradicciones y desequilibrios cada vez más acusados, mientras el pesimismo se extiende entre banqueros centrales, Gobiernos y analistas financieros.

Paralelamente saltó otra noticia de gran alcance: por el bono estadounidense a 30 años se pagó un interés 5,3%, un nuevo récord solo igualado en 2007 justo antes de la crisis de las subprime. Este hecho demuestra las dudas del mercado financiero respecto a una deuda cada vez más descontrolada, y de la que obtienen rentabilidades extraordinarias a cambio de seguir financiándola. Al conocerse este dato tan alarmante, fue el propio Bessent personalmente quien se comprometió a duplicar la compra de deuda estadounidense por parte del Tesoro, en un intento desesperado de rebajar esos intereses estratosféricos. Sin embargo, apenas aplacó los peligros que pretendía combatir.

La deuda norteamericana se ha transformado en un cáncer que corroe el organismo económico estadounidense. En agosto superó por primera vez los 40 billones de dólares, un enorme peso muerto no solo para EEUU, también para la economía mundial. Y lo peor de todo esto es el insostenible ritmo de crecimiento de la misma. Desde que Trump llegó a la Casa Blanca por segunda vez, hace año y medio, la deuda aumentó en 3,8 billones de dólares. Pero si ampliamos el foco, cuando Trump juró su primer mandato presidencial en enero 2017, la deuda pública alcanzaba los 19,5. Es decir, la deuda se ha duplicado en una década, poniendo en evidencia que todos los discursos trumpistas para recuperar la grandeza de EEUU acabando con el endeudamiento, no han resistido la prueba.

A esto hay que añadir un déficit presupuestario de 1,8 billones en lo que va de año, 5,8%, y una previsión para 2026 de 2,1 billones, un 6%[1]. En definitiva, por el pago de los intereses de la deuda se desembolsan 1,37 billones de dólares anuales –el 3% del PIB-, el segundo mayor gasto del presupuesto norteamericano, por encima del de defensa, y solo por debajo de pensiones y seguridad social.

Este terrible escenario es clave para entender la irremediable decadencia del imperialismo norteamericano: de una potencia acreedora se ha convertido en una nación que necesita financiación masiva para sostener su organismo económico. Por supuesto, esto no significa que Trump y sus secuaces, los grandes monopolios capitalistas estadounidenses, no sigan obteniendo beneficios récord en una deriva parasitaria y especulativa que no deja de arruinar a su economía productiva, y que coloca a EEUU en una posición cada día más débil frente a su rival más importante, China. 

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La decadencia del imperialismo USA no impide que Trump y sus secuaces, los grandes monopolios capitalistas estadounidenses, sigan obteniendo beneficios récord en una deriva parasitaria y especulativa que arruina la economía productiva de EEUU.

El cierre del estrecho de Ormuz, una espada de Damocles sobre la economía mundial

Cualquier accidente podría exacerbar los desequilibrios que atraviesan al sistema capitalista. En el momento actual dicho accidente ha sido la fallida agresión imperialista de Trump contra Irán, y el cierre del decisivo estrecho de Ormuz, por donde transita una quinta parte de los hidrocarburos mundiales.

Las graves consecuencias de este cierre, impuesto por los ayatolás al principio de la guerra, obligaron a Trump a sentarse a negociar y certificar su derrota después de semanas de intensos bombardeos que no lograron derrumbar al régimen. Pero inmediatamente después de firmar aquel memorándum, Trump sigue sin asumir sus términos e intenta revolverse contra una realidad que le ha desacreditado internacionalmente. Sus intentos de golpear militarmente instalaciones petroleras iraníes, mantener cerrado el estrecho, y amenazar con nuevas sanciones a Irán, son parte de una estrategia errática que deja al descubierto la debilidad de Washington.

Trump está actuando como un pirómano en una economía global que sufre ya un incendio de graves consecuencias. Según Indermit Gill, economista jefe del Banco Mundial, como resultado inmediato de la guerra y del cierre de Ormuz el crecimiento mundial podría retroceder en 2026 hasta el 1,3%, frente al 2,9% de 2025, y la inflación podría repuntar hasta el 4,5%. Esta situación ya ha disparado la factura energética mundial hasta “330.000 millones de dólares (282.000 millones de euros) adicionales por comprar combustibles fósiles”[2], de los que EEUU pagó 14.100 millones de dólares, el tercer país que más ha desembolsado tras China e India. El galón de gasóleo en EEUU ha alcanzado los 5,57 dólares, la mayor cifra desde 2022 cuando estalló la guerra en Ucrania, y la inflación fue del 3,7% en agosto. Hechos que golpean duramente a la clase trabajadora norteamericana, y que vaticinan muchas dificultades al trumpismo en las elecciones de medio mandato de noviembre. 

La agresión imperialista a Irán ha tenido otros efectos, como reducir una quinta parte la capacidad de refinación del Golfo Pérsico “debido a los daños causados por la guerra o las interrupciones en las exportaciones”[3]. En agosto, por ejemplo, la producción mundial cayó en 4 millones de barriles, un 5% menos, y el precio del petróleo Brent se sitúa en la órbita de los 90 dólares, que es un 25% más que en febrero. Pero son los combustibles refinados, la gasolina, el diésel o el gas, los que han visto disparase los precios: desde el inicio de las hostilidades “el gasóleo subió un 59%; la gasolina un 43%; el gas natural licuado un 60% en la cuenca atlántica y un 75% en la del Pacífico; y el queroseno para aviones ha escalado un 59%”[4]. Los precios de los plásticos, que dependen de la producción de petróleo, y de los fertilizantes, ya que un tercio del comercio mundial de urea, amoníaco y otros abonos nitrogenados transitan por Ormuz, subieron un 50%.

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Trump está actuando como un pirómano en una economía global que sufre ya un incendio de graves consecuencias. El crecimiento mundial podría retroceder en 2026 hasta el 1,3%, frente al 2,9% de 2025, y la inflación podría repuntar hasta el 4,5%.

Las exportaciones totales de crudo desde Oriente Medio a través de puertos saudíes y emiratíes que evitan el estrecho de Ormuz fueron en agosto de 9 millones de barriles diarios, frente a los 11 millones de julio y frente a los 17 millones anteriores de la guerra. Además, los rebeldes hutíes de Yemen, aliados de Irán, ya han amenazado el flujo hidrocarburos en el otro gran estrecho en la región, el de Bab el-Mandeb, generando aún mayores complicaciones.

Otro aspecto que también presiona es el agotamiento de las reservas estratégicas que se liberaron al comienzo de la guerra para contener los precios, que a finales de julio ascendía a 300 millones de barriles, de los 400 millones que se liberaron. Según analistas de Vortexa, especializada en el sector, la presión sobre los inventarios no deja de crecer: “el crudo transportado por mar cayó en 211 millones de barriles en los 40 días transcurridos desde mediados de julio, mientras que el almacenado en tanques en tierra descendió otros 94 millones. Si la caída en el mar reflejara simplemente la llegada y descarga de petroleros, las existencias en tierra deberían haber subido. En lugar de eso, también bajaron, lo que sugiere que el mercado está consumiendo los dos colchones a la vez. En conjunto, eso significa que había unos 300 millones de barriles menos fácilmente disponibles para atender la demanda. Las existencias en tierra se sitúan ahora en unos 93 millones de barriles por debajo de su media estacional, cuando a finales de marzo estaban 127 millones por encima”[5].

El FMI ya ha advertido que la amenaza de la inflación se cierne sobre la economía mundial. Muchos bancos centrales, incluida la Reserva Federal, en contra del criterio de Trump, están apostando por una nueva subida de tipos para contenerla, pero incluso esta medida poco podrá hacer ante el problema inflacionario si la guerra persiste y lo que es peor, si la burbuja de la IA estallara hundiendo las bolsas y provocando una previsible bancarrota en numerosas empresas tecnológicas, con billones de dólares implicados en inversión. Si eso ocurriera, el sistema financiero y la economía real de EEUU y de la UE se verían abocadas a una recesión de consecuencias imprevisibles.

Una burbuja descomunal

Las informaciones y análisis sobre las dimensiones y los mecanismos de la burbuja de la IA muestran que el fenómeno tiene cada vez más similitudes con lo vivido con las puntocom y posteriormente con las subprime. Michael Burry, analista que previó la burbuja de las subprime, lo plantea con absoluta claridad: “Las empresas de IA se financian entre sí para comprarse unas a otras... Se trata de un esfuerzo concentrado para inyectar capital en el ecosistema de la IA que, literalmente, vuelve a estas empresas en forma de ingresos. Wall Street y los mercados juzgan entonces a los participantes por su asombroso crecimiento de los ingresos. Aun así, cada vez más, ese capital es deuda... pero esto pone a la burbuja en una cuenta atrás, con un coste concreto del capital. Mi hipótesis base es 2028”[6].

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Si la burbuja de la IA estallara hundiendo las bolsas y provocando una previsible bancarrota en numerosas empresas tecnológicas, el sistema financiero y la economía real de EEUU y de la UE se verían abocadas a una recesión de consecuencias imprevisibles.

Un reciente y exhaustivo informe del Banco de Pagos Internacionales (BIS) de junio de 2026 aborda en profundidad la realidad que enfrenta la IA, señalando que la carrera por la misma está generando una burbuja de sobreinversiones. Como ha ocurrido en otros periodos históricos, una nueva tecnología disruptiva suele conllevar, bajo el capitalismo, una sobreacumulación de inversiones que adquieren, tarde o temprano, un carácter fuertemente especulativo, llevando el mercado mucho más lejos de sus posibilidades reales:

              “Los episodios históricos de auge de la inversión ofrecen paralelismos instructivos. La fiebre de los canales en la década de 1830, la fiebre ferroviaria británica de 1840, la euforia por la electrificación a finales de la década de 1920 (los locos años veinte) y el auge de las puntocom a finales de los 90 compartieron una característica común: un auténtico avance tecnológico que atrajo capital en exceso de lo que la rentabilidad comercial podía justificar. Estos episodios culminaron con una eventual reversión de la inversión, lo que provocó recesiones en toda la economía”[7].

En última instancia el mecanismo que opera aquí es el de la sobreproducción, en forma de sobreinversión de capitales, que ya señaló Marx como la clave de bóveda de las crisis capitalistas. Así lo refleja el propio diario El País:

              “Lo que preocupa ahora es que nadie quiere pisar el freno del gasto. Microsoft sabe que Google seguirá invirtiendo en IA. Google sabe que Amazon hará lo mismo. Y Meta no puede quedarse atrás. Cada compañía, por separado, tiene razones para invertir miles de millones porque no puede quedarse atrás en un negocio del que podría depender buena parte de sus ingresos futuros. Pero en conjunto, todas esas inversiones pueden terminar creando demasiada capacidad. Meta prevé invertir entre 130.000 y 145.000 millones de dólares este año, prácticamente el doble de lo que desembolsó en 2025. Microsoft calcula un gasto de unos 190.000 millones en 2026 y Amazon ha elevado su previsión hasta los 220.000 millones”[8].

El informe del BIS señala también la correlación existente entre esta sobreinversión y el conjunto del sistema financiero mundial, afirmando que “un cambio de optimismo respecto a la IA también podría tener importantes consecuencias financieras, dado el creciente apalancamiento de las empresas de IA y su mayor presencia en los mercados crediticios”. Esto comienza a verse ya, por ejemplo, respecto al endeudamiento. Las multinacionales de la IA, cada vez más necesitadas de capital para sus monstruosas inversiones en el sector, han entrado a competir en el mercado de la deuda, pasando de emitir 100.000 millones de deuda en 2025 a 220.000 millones de deuda en lo que va de 2026. Este es también un factor que agrava los problemas de la deuda norteamericana, ya que dicha deuda compite directamente por el mismo capital que normalmente compra deuda del Tesoro estadounidense, lo que obliga a que esta última incremente aún más su rentabilidad de cara a poder ser colocada[9].

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La dinámica especulativa circular creada en torno a muy pocas empresas que manejan cientos de miles de millones en capitales recuerda mucho a la ingeniería financiera que dio lugar a la crisis de las subprime en 2007.

Como señala el informe, el problema es la dinámica especulativa circular creada en torno a muy pocas empresas que manejan cientos de miles de millones en capitales y de los que depende hoy, como reconocen todos los analistas, la marcha de la economía mundial. Merece la pena citarlo:

              “La opacidad de la financiación del sector de la IA agrava estas vulnerabilidades. Los proveedores de servicios en la nube a gran escala, los fabricantes de chips y los laboratorios de IA están conectados mediante una compleja red de acuerdos privados. El más destacado es la financiación circular: los fabricantes de chips y los proveedores de servicios en la nube a gran escala adquieren participaciones en laboratorios de IA o proveedores neoclouds, quienes a su vez se comprometen a realizar compras plurianuales de chips o capacidad de procesamiento. La construcción de centros de datos se subcontrata cada vez más a terceros que arriendan las instalaciones a los proveedores de servicios en la nube a gran escala mediante contratos a largo plazo con cláusulas de rescisión. Los términos de estos acuerdos suelen ser poco transparentes, con el riesgo de que el mismo activo se utilice como garantía en múltiples ocasiones. En conjunto, estos acuerdos representan una parte considerable de la financiación y los ingresos futuros del sector”[10].

Una descripción que recuerda mucho a la ingeniería financiera que dio lugar a la crisis de las subprime en 2007. El informe continúa señalando “las vulnerabilidades existentes en el ámbito del crédito privado, menos transparentes, cuyo alcance se ha expandido entre las pequeñas y medianas empresas”[11].

Tal y como ha señalado el BCE, 440.000 millones en Europa estarían expuestos a las siete magnificas de Wall Street (Apple, Microsoft, Alphabet, Amazon, Nvidia, Meta, Tesla)[12]. Según El País, “millones de inversores minoristas están concentrando cada vez más dinero en las mismas empresas sin ser del todo conscientes”[13].

Y todo ello en un contexto donde estos fondos de crédito privado enfrentan “un aumento de las solicitudes de reembolso”, y con una conexión a “la creciente y opaca exposición de los bancos a los fondos de crédito privado, agravada por vínculos superpuestos a través de los balances de las compañías de seguros”[14]. Es decir, el sistema financiero, bancario y no bancario, parece estar en el centro de esta burbuja, y como en 2007, las consecuencias pueden ser apocalípticas.

A esta situación se añade el creciente deterioro de las posiciones de muchas de esos gigantes de la IA que han pasado a tener un flujo de caja negativo[15], y necesitan recurrir cada vez más al endeudamiento.

En el mes de agosto se ha conocido que en el caso de Alphabet (matriz de Google), sus inversiones se han disparado de 114.000 millones a 201.000 millones, lo que ha supuesto que su flujo de caja se reduzca en 67.500 millones de dólares hasta registrar un déficit de 4.960 millones. Y lo mismo ha ocurrido en general con casi todas las compañías del sector: Meta, una reducción del flujo de caja de 7.916 millones; Amazon, de 28.299 millones; Alibaba, de 9.735 millones; Oracle, de 47.985 millones, y Tesla de 10.072 millones.[16] En total más de 161.000 millones de reducción.

La barbarie de la “economía de mercado”

Los desequilibrios mundiales amenazan con una auténtica catástrofe. Pero para la clase trabajadora dicha catástrofe ya está aquí en forma de desigualdad crónica, pobreza y precariedad, imposibilidad de acceder a una vivienda, destrucción de los ya muy mermados servicios públicos, de la sanidad y la educación, y una espiral inflacionaria que hace cada vez más difícil sobrevivir. Por supuesto, nada de esta pesadilla está al margen de las guerras imperialistas, el genocidio de Gaza y otras formas de barbarie como lo que estamos presenciando en Ceuta, con miles de migrantes deshumanizados, tratados como animales y objeto de la violencia fascista.

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El capitalismo demuestra cada día más su agotamiento histórico como sistema. Pero no caerá por sí solo, hay que derribarlo. Es necesaria una fuerza consciente y organizada que prepare su demolición. Es hora de construir el partido revolucionario.

La clase capitalista de EEUU y la UE es cada vez más consciente de la profunda crisis de su sistema, y eso tiene lecturas políticas concretas. Primero, apuestan por el apoyo electoral a las formaciones de la ultraderecha, y alientan la difusión de sus ejes programáticos más agresivos, empezando por la criminalización de la población migrante. En segundo lugar, no dudan en socavar los derechos democráticos con medidas autoritarias que cada día son más audaces, y en aumentar la fascistización del aparato del estado para lanzarlo contra el enemigo interior.

Para mantener y acrecentar su tasa de ganancias no basta solo con el saqueo de los países más débiles económicamente, tienen que apretar aún más las tuercas a la clase trabajadora de los países centrales del capitalismo, devaluando aún más sus condiciones salariales y laborales, y recortando de cuajo los servicios públicos y beneficios sociales de los que aún algunos sectores disfrutan.  

La obscena acumulación de riqueza en un polo de la sociedad, como nunca se había visto, y que representan a la perfección los magnates de las tecnológicas como Elon Musk, Bezos, o Zuckerberg, y de miseria extrema en el polo contrario, suponen una trágica reivindicación del pensamiento de Marx.

El capitalismo hace aguas por todas partes, y demuestra cada día más su agotamiento histórico como sistema. Pero no será posible esperar pacientemente a que caiga y se derrumbe. Es necesaria una fuerza consciente y organizada que prepare su demolición. La inevitable crisis capitalista será un nuevo salto en la conciencia de millones, y dará una oportunidad histórica a las y los revolucionarias que reivindicamos y defendemos las ideas del socialismo y del comunismo. Es hora de preparar el terreno. Es hora de construir el partido revolucionario.     
 

 

Notas:

[1] 200.000 millones más que en el año 2025.

[2] La guerra de Irán dispara en 282.000 millones la factura en combustibles para los países importadores

[3] US-Iran war sinks into energy trench warfare six months on

[4] La guerra de Irán dispara en 282.000 millones la factura en combustibles para los países importadores

[5] El alto precio del petróleo aún puede convertirse en un suelo

[6] Cuatro grandes amenazas ponen en riesgo el inicio del curso económico

[7] BIS, Annual Economic Report, June 2016.

[8] La carrera por la IA amenaza con inflar una burbuja de sobreinversión

[9] Cómo la financiación de deuda de la IA afecta la duración, la oferta y las tasas de interés.

[10] BIS, Annual Economic Report, June 2016.

[11] BIS, Annual Economic Report, June 2016.

[12] Los inversores europeos se juegan 440.000 millones en las Siete Magníficas de Wall Street

[13] La carrera por la IA amenaza con inflar una burbuja de sobreinversión

[14] BIS, Annual Economic Report, June 2016.

[15] El flujo de caja (cash flow) de una empresa es el movimiento real de dinero que entra y sale de la empresa durante un período determinado. Es decir, mide la liquidez: cuánto dinero efectivo genera la empresa y cuánto necesita para funcionar, invertir y pagar sus obligaciones.

[16] El cambio de paradigma en la tecnología: el mercado ya espera un flujo de caja negativo en Alphabet, Amazon y Meta

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