La guerra con Irán se ha convertido en un callejón sin salida para EEUU. Seis meses después del comienzo de las operaciones militares, tanto Trump como Netanyahu han quedado en evidencia, incapaces de conseguir ninguno de los objetivos que se propusieron: frenar el programa nuclear iraní y acabar con sus capacidades misilísticas, y, en última instancia, lograr un cambio de régimen. Tras intensos bombardeos, miles de muertos y un desajuste cada vez más preocupante de la economía mundial, fruto del cierre del estrecho de Ormuz, el imperialismo norteamericano tuvo que hincar la rodilla y firmar un memorándum de entendimiento que suponía una completa humillación.
Aunque dicho acuerdo ha quedado por el momento en agua de borrajas, la Administración estadounidense no ha sido capaz, más allá de algunos bombardeos con fines propagandísticos, de continuar su guerra de agresión. Su incapacidad para doblar el espinazo del régimen iraní está directamente relacionada con las crecientes dificultades militares ante el agotamiento de sus arsenales de misiles y municiones. Unas limitaciones militares, alimentadas tras cuatro años de conflicto en Ucrania, que no han hecho más que poner en evidencia la cada vez más preocupante incapacidad industrial de los EEUU. La guerra es en última instancia economía concentrada, y las dificultades de Washington no pueden desligarse de su decadencia económica frente al coloso chino.
El otro aspecto a destacar, como ya hemos mencionado en otras declaraciones, es el completo aislamiento internacional de Trump, y de su aliado sionista, en esta nueva aventura imperialista. En primer lugar respecto a sus socios europeos, que tuvieron que salir a la palestra, incluida Gran Bretaña y Alemania, desvinculándose por completo de esta intervención militar. Pero no solo. Los otros grandes afectados han sido las monarquías del Golfo, ni siquiera consultadas, que han visto sus infraestructuras duramente golpeadas por los misiles y drones iraníes, paralizando muy seriamente el refinamiento de petróleo, mientras sus economías entraban en recesión. La supuesta protección norteamericana se ha convertido en una ficción, replanteándose muchos de estos países qué tipo de relación mantener con el imperialismo estadounidense. Una realidad que puede empujar aún más la región hacia los intereses imperialistas chinos.

¿Tendrán éxito las sanciones contra Irán?
Siguiendo la estrategia trumpista de tratar de ocultar los reveses en el campo de batalla con amenazas cada vez más grandilocuentes y apocalípticas, el Gobierno de EEUU acaba de anunciar un paquete de sanciones económicas contra Teherán que el Secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, califica como “la mayor ofensiva financiera jamás lanzada contra un adversario” y como el “Día D económico”, equiparándolo al desembarco de Normandía en la Segunda Guerra Mundial.
Lo cierto es que tras dicha retórica se oculta la impotencia del imperialismo norteamericano, incapaz de dar nuevos golpes que le permitan avanzar seriamente ya sea militarmente o en el plano económico. Para empezar, el país persa está ya tan sancionado que es difícil encontrar nuevas formas de hacerle daño. Pero, además, dichas amenazas excluyen en gran parte su socio esencial: China, su principal comprador de petróleo, y concretamente a sus bancos estatales.
Un buen precedente de las limitaciones de dichas sanciones es lo ocurrido con Rusia, que ha sido capaz de sortearlas gracias a su cada vez más fuerte alianza con China. Una realidad que ha supuesto prescindir en sus relaciones comerciales del dólar, añadiendo más problemas a la maltrecha hegemonía norteamericana.
Recordemos que la primera tanda de sanciones económicas a Irán la inició el presidente Jimmy Carter en 1979, cuando congeló activos iraníes por valor de 12.000 millones de dólares (lo que equivaldría hoy a más de 55.000 millones). En 1995, Clinton prohibió cualquier tipo de comercio o inversión norteamericana y, al año siguiente, impuso sanciones a empresas de cualquier país del mundo que invirtieran más de 20 millones de dólares anuales en la infraestructura de gas y petróleo iraní.
Ya en este siglo, EEUU prohibió en 2008 a Teherán cualquier tipo de transacción en dólares y, poco tiempo después, ejerciendo duras presiones sobre sus socios europeos, consiguió excluirle completamente del sistema SWIFT de pagos internacionales, de tal forma que impidió cualquier tipo de pago o cobro desde o hacia este país.
Por si estas medidas no lo ahogaban totalmente, ya que seguían permitiendo pagos y cobros en divisas distintas al dólar, en 2012 el Congreso de EEUU decidió sancionar a cualquier banco extranjero que osase facilitar cualquier tipo de transacción con el régimen de los ayatolás.
Entre 2015 y 2018 estas sanciones fueron levantadas a cambio de que limitara el enriquecimiento de uranio a sus usos civiles. Pero en 2018 el presidente Trump decidió unilateralmente restablecerlas y aplicarlas con el máximo rigor.
A pesar de un grave empeoramiento de su situación económica y de un fuerte empobrecimiento de su población, si pudo sobrevivir fue gracias a que bancos y empresas, con la apenas disimulada cobertura de gobiernos de todo el mundo, vieron una oportunidad de hacer buenos negocios ayudando a saltarse las medidas de bloqueo.
Por eso la nueva campaña de sanciones se dirige directamente contra sus socios comerciales y financieros, especialmente contra los compradores de petróleo iraní y contra los países que faciliten su transporte marítimo o que procesen los correspondientes pagos.
El primer objetivo de la furia verbal norteamericana ha sido Omán, amenazado por Trump el pasado 17 de agosto con ser “masacrado a bombazos” si seguía colaborando con Irán en un proyecto de establecer conjuntamente un peaje a los barcos que transiten por Ormuz. Las semanas pasan, la “masacre” no se ha materializado y el Gobierno de Omán —que ni siquiera se ha dignado en contestar— continúa sus negociaciones con Teherán como si nada hubiera sucedido.

Tampoco se han inmutado la gran mayoría de sus socios comerciales. Turquía, India, la Unión Europea, Pakistán, Rusia, Irak o Azerbaiyán, entre otros, no han mostrado hasta el momento ni la más mínima señal de que vayan a doblegarse ante las amenazas. Quien sí se ha pronunciado ante la amenaza de sanciones en términos muy tajantes ha sido el Gobierno chino, que ya cuando Trump desencadenó su frustrada ofensiva arancelaria demostró que sabe pararle contundentemente los pies al matón de Washington. Quizás para no repetir tan amarga experiencia, los bancos y las grandes empresas estatales chinas han quedado fuera de la lista de empresas amenazadas por EEUU[i], todo un anticipo de que este ataque económico se encamina hacia un nuevo fracaso yanqui.
El único “triunfo” que puede anotarse Trump en su haber es que ha conseguido que Emiratos Árabes Unidos corte completamente sus relaciones comerciales y diplomáticas con Irán. Aunque pueda parecer extraño, a pesar de las acciones de guerra y los ataques con misiles, Emiratos era su mayor proveedor de mercancías —el 30,65% de las importaciones iraníes provenían de ese país— y el tercer destino de sus exportaciones, tras China e Irak. Todo apunta a que otros países ocuparán rápidamente su lugar y los únicos perdedores de esta operación serán las empresas y bancos emiratíes que hacían buenos negocios con su vecino de la otra orilla del Golfo Pérsico.
Trump fracasa en todos los frentes
Pero Trump no solo se enfrenta a una derrota militar frente al régimen iraní y sus aliados, Rusia y China, sino a un auténtico desastre económico que puede costarle las elecciones de medio mandato. El cierre del estrecho de Ormuz, una ruta clave para el comercio mundial que antes del ataque estaba abierta a la navegación sin restricción alguna, ha provocado un sostenido repunte del precio de los hidrocarburos, tanto petróleo como gas natural, y de los fertilizantes agrícolas. La amenaza de un ascenso imparable de la inflación quita el sueño a los banqueros centrales de todo el mundo. Por otro lado, la deuda norteamericana, que acaba de alcanzar los 40 billones de dólares, pesa como una losa sobre la economía norteamericana y mundial. Frente a las promesas de Trump de reducirla, en este año y medio de mandato, en parte fruto del creciente gasto militar, dicha deuda se ha incrementado en más de 3 billones de dólares.
La marcha de la economía norteamericana, y el desenlace de su competición con China por la hegemonía mundial, gira casi exclusivamente en torno a un grandioso y necesariamente creciente flujo de inversión en todo lo relacionado con el desarrollo y la explotación de la Inteligencia Artificial. Esta inversión masiva, con un carácter especulativo cada vez más acusado, ha adquirido unas dimensiones que superan a las anteriores y catastróficas burbujas financieras.
En estas condiciones, una subida de tipos de interés en EEUU podría desencadenar un aluvión de consecuencias desastrosas. Las recientes —y fallidas— maniobras del Departamento del Tesoro de EEUU para frenar el alza de la rentabilidad de su deuda pública a largo plazo, primero facilitando liquidez para sostener el valor del yen, evitando así la venta masiva de títulos norteamericanos en manos de instituciones japonesas, y después recomprando sus propios bonos, en abierta contradicción con los planes de la Reserva Federal (FED), dan fe del temor de los círculos dirigentes del capital estadounidense a entrar en una espiral de impagos y quiebras de alcance incalculable.
En la Unión Europea, la aventura bélica de Trump no solo ha revivido la amenaza inflacionista, como cualquiera puede comprobar con solo ir a la compra, sino que ha provocado un déficit comercial de 21.800 millones de euros en el segundo trimestre del año, el primero desde 2023.
Para el conjunto de los países importadores de petróleo, el Centro de Investigación sobre Energía y Aire Limpio (CREA), un think-tank independiente con sede en Helsinki, calcula que desde el inicio de la agresión norteamericana en febrero de 2026 los países importadores han tenido que pagar 330.000 millones de dólares (unos 282.000 millones de euros) adicionales por comprar combustibles fósiles. Más pronto que tarde, la factura de los daños caerá sobre los bolsillos de la clase trabajadora de todo el mundo, empobreciéndonos aún más.

Pero no solo la economía norteamericana paga el precio de su fracaso militar. La posición de EEUU en el equilibrio geopolítico mundial, y de forma muy especial en Oriente Medio, ha resultado claramente dañada. Un reciente artículo de Foreign Affairs[ii] resumía la situación creada por la destrucción de Gaza a manos de Israel y la guerra de EEUU e Israel con Irán con estas palabras: “juntas han propinado un golpe mortal al Oriente Medio Norteamericano”.
Para los países que, con mayor o menor entusiasmo, se acogen a la protección militar que suministra Washington, la constatación de su debilidad militar se ha convertido en un aliciente para explorar nuevas alianzas. La confesión de que las reservas de municiones de EEUU se agotan y de que su capacidad de reposición es muy limitada, a causa del deterioro continuado durante décadas de su base industrial, genera un serio interrogante sobre la capacidad real de EEUU para intervenir en otras áreas geográficas.
Para los países con aspiraciones a potencia regional, la creciente debilidad del coloso americano les estimula a ir cada vez más lejos en sus planes, despreciando el riesgo de enfadar a la, por el momento, gran potencia hegemónica global.
Hasta ahora, EEUU imponía claramente sus decisiones en las monarquías árabes del Golfo Pérsico. Ese poder se está resquebrajando a ojos vistas.
Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, que desde hace varios años se enfrentan en Yemen y Sudán apoyando a facciones enfrentadas en la guerra civil que destruye ambos países, y en Somalia, donde EAU apoya las pretensiones independentistas de Puntlandia y Somalilandia, han dado nuevos y decisivos pasos en su enfrentamiento.
EAU, duramente castigado por los contraataques iraníes y con serias dudas sobre su futuro como aspirante a ser el máximo centro financiero, comercial y turístico del Golfo, ha optado por colocarse incondicionalmente bajo la protección de EEUU. Su acercamiento a Israel y su subordinación a los planes de expansión israelí en África son una imposición de su protector yanqui, como también lo ha sido su salida de la OPEP en mayo 2026, en un nada disimulado ataque al papel central de Arabia Saudí en el mercado mundial de los hidrocarburos.
Como era previsible, Arabia Saudí, que se ha resistido hasta el momento a las presiones norteamericanas para que reconociese a Israel, ha optado por buscar otras vías de protección militar. Profundizando el acuerdo de defensa mutua firmado con Pakistán en 2025, Arabia Saudí ha promovido en agosto de este año un acuerdo más amplio que también incluye a Turquía y del que, de manera muy reveladora, ha desaparecido la cláusula del acuerdo de 2025 que excluía el armamento nuclear del ámbito del pacto. De momento, tropas pakistaníes ya se han desplegado en el país saudí para hacer efectivo el acuerdo.
Sin duda, la posibilidad del acceso de Arabia Saudí y Turquía a armamento nuclear es hoy muy remota, pero la dinámica de los acontecimientos en Oriente Medio, con un Israel que cuenta desde hace años con ese tipo de armamento y que se muestra cada día más agresivo contra Turquía, y con unos EEUU impotentes para imponer unilateralmente su voluntad, no permite descartar tajantemente esa perspectiva.
Aunque EEUU no ha tenido más remedio que poner una buena cara ante el acuerdo, expertos del Atlantic Council, una entidad que agrupa a los más poderosos financieros y empresarios de EEUU y sus aliados, junto con un buen número de exdirigentes políticos y militares de esos países, han puesto de relieve que este pacto “reduce los incentivos para que Arabia Saudí busque garantías de seguridad en EEUU a cambio de normalizar relaciones con Israel”[iii].

En los próximos meses asistiremos a nuevas consecuencias de esta derrota militar. Países que, como Taiwán o Filipinas, confiaban incondicionalmente su seguridad al paraguas militar yanqui tienen que estar recalibrando ya las ventajas e inconvenientes de esta subordinación a una potencia en horas bajas.
A este respecto es muy significativo lo que acaba de suceder en Corea del Sur, donde el ejército de EEUU ha abandonado abrupta e inesperadamente unas maniobras militares en curso sin una explicación clara. El American Enterprise Institute, otro think-tank del imperialismo yanqui, señala como factor en esta decisión el malestar de Washington con las cuantiosas inversiones que empresas surcoreanas del sector tecnológico, como Samsung o SK Hynix, están haciendo en China, reforzando así el ecosistema chino de la IA[iv].
Hace apenas unos días la agencia Reuters anunciaba que EEUU se dispone a lanzar un ultimátum a sus socios comerciales: en la guerra contra China por el control de la IA hay que escoger bando porque EEUU no va a permitir el doble juego[v]. Veremos si esta amenaza se concreta o no, pero lo que es seguro es que la posición de fuerza que EEUU ejercía en el mundo hasta hace poco se ha debilitado hasta un punto en que este tipo de amenazas pueden convertirse en un búmeran contra sus propios intereses.
A la espera de nuevos acontecimientos, todo indica que los intentos desesperados de EEUU por mantener una hegemonía que hace aguas a una velocidad cada vez mayor no solo incrementan el riesgo de acelerar su propia decadencia, sino que contribuyen a agravar los problemas y desequilibrios del sistema económico mundial. EEUU es hoy el mayor factor de inestabilidad del planeta, mientras que China, su gran competidor, refuerza día a día su posición como socio fiable y estable. En cualquier caso, a corto plazo las políticas norteamericanas están exacerbando conflictos y tensiones sociales en gran parte del mundo. Los comunistas revolucionarios debemos prepararnos para intervenir con la máxima audacia en la nueva ola de lucha de clases que se avecina.
Notas:
[i] Las sanciones de EE UU para aislar la economía de Irán excluyen entidades clave
[ii] The End of the American Middle East
[iii] The Mecca Joint Defense Agreement and the future of regional security
[iv] A Loyal Ally Hedges Anyway
[v] US to tell partners they must pick sides in AI race with China




















