“Ha sido como un 15M dentro de la plantilla”. Así definía un dirigente de la huelga en Airbus lo que ha sido la huelga indefinida en el gigante aeroespacial. Tras años de política sindical burocrática basada en la paz social impuesta desde arriba, pactismo en los despachos y retroceso continuo de las condiciones de vida de la clase trabajadora, el conflicto desatado en las plantas de Airbus ha sido una muestra de fuerza y dignidad obrera.

La chispa saltó en la planta de Getafe, que concentra a 9.000 de los 15.000 trabajadores de Airbus en el Estado español, y el conflicto se extendió rápidamente a los centros de Illescas, Albacete, Cádiz, San Pablo y Tablada en Sevilla. Incluso ha habido ecos entre las plantillas de la multinacional en Francia y Alemania.

El detonante que encendió el polvorín fue el recorte del teletrabajo impuesto de forma unilateral por la dirección. Pero el malestar era mucho más profundo y el conflicto evolucionó rápidamente. Las reivindicaciones de la plantilla situaron en el centro la recuperación del poder adquisitivo ligado al IPC, la restitución del complemento IT durante las bajas médicas, el mantenimiento de las ayudas a la formación y la protección estricta de las condiciones laborales de entre 1.500 y 1.700 trabajadores amenazados por el Proyecto Bromo: una gran fusión empresarial entre las aeroespaciales Airbus, Thales (Francia) y Leonardo (Italia) para competir con la americana Space X. A costa de los trabajadores, evidentemente.

El desarrollo de la huelga no solo ha puesto contra las cuerdas a una de las mayores multinacionales de Europa, sino que deja lecciones políticas de primer orden para todo el movimiento obrero y la izquierda combativa.

La política de rearme llena los bolsillos de los capitalistas y dispara la precariedad

Airbus no es una empresa en crisis. En el primer semestre de 2026, la multinacional incrementó su facturación un 11,6% alcanzando los 33.873 millones de euros, mientras que sus beneficios netos se dispararon un 50,9% hasta situarse en los 2.179 millones. Este vertiginoso salto financiero responde directamente al boom del gasto militar impulsado por los Gobiernos europeos, con un incremento del 83% en los pedidos de su división de defensa. A esto se suma el crédito histórico de 3.000 millones de euros concedido por el Banco Europeo de Inversiones, tramitado en tiempo récord bajo el pretexto de garantizar la “autonomía militar estratégica”.

Obviamente, esta lluvia de millones no tiene ninguna intención social ni progresista. Para satisfacer la política del rearme europeo, ser competitivos y mantener la orgía de beneficios para los grandes accionistas, Airbus tiene que mantener un flujo constante de liquidez a la vez que apuesta por endurecer drásticamente las condiciones laborales de su plantilla y de las auxiliares.

Esta política de rearme y militarización también implica a los diferentes gobiernos europeos, incluyendo el Ejecutivo del PSOE-Sumar, a pesar de su verborrea demagógica contra la guerra. En lugar de luchar contra la precariedad laboral apoyando a los huelguistas o de defender cualquier política genuinamente de izquierdas, el Gobierno de Sánchez ha sido el principal mamporrero de Airbus en el momento en el que la burocracia sindical se ha visto impotente.

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La huelga de Airbus no es un hecho aislado, es la punta de lanza de un descontento social que empieza a cristalizar en diversos frentes. Huelgas indefinidas lanzadas con decisión impuestas desde abajo y con duras críticas al sindicalismo arrodillado y burocrático.

El 7 de septiembre, después de que Airbus se levantara de la mesa de negociación con los sindicatos que convocaron la huelga, el Ministerio de Industria citó a los sindicatos CCOO, ATP y SIPA, los firmantes del acuerdo que la plantilla rechazó, y también a UGT. CGT y UTIL, sin explicación alguna, fueron vetados de la reunión y no se les permitió entrar. El resultado fue obvio: un nuevo acuerdo firmado a espaldas de la plantilla para ejercer la máxima presión, dinamitar las decisiones de las asambleas y forzar la desconvocatoria de la huelga y de la gran manifestación del 12 de septiembre. Pero de momento no han podido conseguirlo.

“Esta es nuestra huelga, aquí los trabajadores mandan y los sindicatos obedecen”

Desde sus inicios en el mes de julio, la huelga ha desbordado a las direcciones sindicales tradicionales. Acostumbradas a la lógica de la concertación social, las direcciones de CCOO, SIPA y ATP intentaron en repetidas ocasiones contener la combatividad de los trabajadores. Tras la multitudinaria manifestación de más de 7.000 personas en Getafe que obligó al CEO de la compañía, Guillaume Faury, a sentarse a negociar, la burocracia sindical intentó perpetrar una maniobra clásica: firmar a espaldas de la plantilla un acuerdo de migajas para desconvocar la movilización. La respuesta de los trabajadores fue contundente e impuso un NO al acuerdo en el referéndum-farsa diseñado por la burocracia a la medida de la patronal.

Al reactivarse la huelga el 25 de agosto, la dirección de la empresa se lanzó a la ofensiva con presiones y chantajes públicos a través de la jefa mundial de Recursos Humanos. La dirección de UGT, convocante de la huelga junto a CGT y UTIL, fue el eco de la patronal entre la plantilla: llamó a parar la huelga y negociar sin medidas de presión, intentando minar la moral de los huelguistas. Una vez más, en la votación del 1 de septiembre, tras la reincorporación de una buena parte de la plantilla tras las vacaciones, en una asamblea de más de 1.500 trabajadores se aprobó con el 81,2% del voto no ceder ante la patronal.

Esta huelga, como está sucediendo entre el profesorado del País Valencià, Catalunya y Madrid, o como sucedió en la huelga del Metal gaditana, ha rescatado las mejores tradiciones del movimiento obrero: la democracia asamblearia, la soberanía de la plantilla para decidir, la unidad, la solidaridad mutua y el convencimiento de llegar hasta el final.

La huelga de Airbus no es un hecho aislado, es la punta de lanza de un descontento social que empieza a cristalizar en diversos frentes. No es una casualidad el salto cualitativo que se ha dado en los conflictos sindicales más relevantes. Huelgas indefinidas lanzadas con decisión impuestas desde abajo y con duras críticas al sindicalismo arrodillado y burocrático.

Cuando la clase trabajadora se reconoce en su propia fuerza, paraliza la producción y toma el control, incluso las multinacionales más poderosas, se ven obligadas a ceder. ¡La lucha es el único camino!

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