Construir una alternativa revolucionaria contra la extrema derecha para derrotar a la burguesía
Este 4 de octubre se celebrarán elecciones generales en Brasil para elegir al presidente, a los gobernadores de los 26 estados y a 513 diputados federales, 1.060 diputados estatales y 54 de los 81 senadores. En la elección presidencial, los dos candidatos principales se encuentran en un empate técnico: por un lado, Lula, del Partido de los Trabajadores (PT), que busca renovar su mandato con el apoyo de un Frente Amplio que incluye a partidos burgueses tradicionales; y por otro, Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, del Partido Liberal (PL), de corte fascista. ¿Cómo se explica este empate?
Cuatro años de Gobierno de conciliación de clases de Lula-Alckmin
Jair Bolsonaro lideró un Gobierno ultrarreaccionario de guerra abierta contra la clase trabajadora, marcado por una profunda crisis económica y sanitaria (con casi 700.000 muertes durante la pandemia) y una ofensiva salvaje desde las instituciones del Estado contra los derechos democráticos y sociales. Estas políticas provocaron una respuesta de masas, con duras movilizaciones protagonizadas por la juventud, las mujeres, los pueblos originarios, el movimiento trans y LGTBI y el conjunto de la clase obrera.
Para evitar que estas crisis se agravaran y que la clase trabajadora avanzara hacia una crisis revolucionaria, un sector considerable de la burguesía apostó por Lula en las elecciones de 2022 para estabilizar el sistema y controlar a la población.

Frente al bolsonarismo, la dirección del PT y otros partidos de izquierda como el PSOL adoptaron la estrategia del Frente Amplio “democrático”, presentando una candidatura conjunta con sectores burgueses. Esta estrategia vinculó aún más a la izquierda reformista con la burguesía y resultó en un marcado giro a la derecha. Durante esa campaña electoral de 2022, Lula se declaró abiertamente el candidato “de la estabilidad”, defendiendo la “unidad nacional” y haciendo numerosas concesiones a la burguesía, incluyendo la entrega de cinco ministerios a partidos conservadores de derecha[1].
Esta estrategia generó confusión y repulsión entre los trabajadores más conscientes. El PT, el PSOL y otros partidos de izquierda del Frente Amplio les pedían que votaran por los mismos enemigos de clase contra los que habían luchado durante años. El candidato a vicepresidente, Geraldo Alckmin, ejemplificaba a estos leales representantes de la clase dominante que han hecho carrera atacando a la clase trabajadora. Alckmin había apoyado a Temer en el golpe de Estado contra la anterior presidenta del PT, Dilma Roussef, en 2016.
Temer, apoyado por Alckmin y otros aliados actuales de Lula, ya lanzó una primera ofensiva brutal contra los trabajadores. ¡Estas eran las fuerzas “democráticas” y “antifascistas”!
Este acuerdo con la derecha significó que en 2022 pese al desastre que había supuesto el Gobierno de Bolsonaro, Lula ganara por menos de dos puntos de diferencia (50,90% frente al 49,10%). Ahora repite la misma estrategia con una diferencia importante: la clase trabajadora sabe qué significa un Gobierno de unidad nacional y está aún menos entusiasmada.
Desde 2023, Lula y el PT han gobernado descaradamente para la burguesía. Mantuvieron la mayor parte de las contrarreformas laborales y de pensiones aplicadas previamente por Bolsonaro y Temer e implementaron otras nuevas, así como privatizaciones, la limitación del tope de gasto y otras medidas neoliberales. También han reforzado los órganos represivos del Estado, como la sanguinaria Policía Militar[2]. El resultado es que los capitalistas han obtenido la mayor tasa de ganancia de este siglo.
La situación económica favorable, con tasas de crecimiento superiores al 3% del PIB, ha permitido al Gobierno de Lula tomar algunas medidas sociales que han reducido la pobreza y pobreza extrema y aumentar el salario mínimo y el salario medio por encima de la inflación. Pero la calidad de vida de la clase trabajadora y de los estratos intermedios de la población no ha mejorado significativamente. El número de familias endeudadas siguió aumentando, alcanzando el 82%, un récord histórico, y según datos oficiales, el 72,4% de las familias tienen problemas para llegar a fin de mes[3]. Millones de oprimidas y oprimidos que votaron por Lula para expulsar a Bolsonaro y mejorar su situación están decepcionados. Esto explica por qué el margen de Lula sobre Flávio Bolsonaro es tan ajustado a pesar de los escándalos de corrupción del candidato ultraderechista y su familia y el legado desastroso de su padre, que pretende continuar.
Un sector de la burguesía cree que el regreso de Bolsonaro intensificaría la lucha de clases y prefiere seguir apostando por Lula como garantía de estabilidad capitalista. Pero los sectores más reaccionarios siguen comprometidos con el regreso del bolsonarismo. Y cuentan con ayuda internacional.

La Internacional reaccionaria se moviliza en apoyo a Bolsonaro
Estas elecciones se celebran en un momento decisivo para el imperialismo estadounidense. Tras sufrir duras derrotas en el resto del mundo frente al auge del bloque chino, la más reciente en Irán[4], la Administración Trump pretende concentrar sus esfuerzos en el control del continente americano.
En los últimos años, ha restaurado la Doctrina Monroe y la visión de Latinoamérica como su “Espacio Vital”, un concepto nazi utilizado para justificar la expansión imperialista. Ha apoyado a la ultraderecha en sus victorias electorales en Ecuador, Chile, Bolivia, Honduras y, más recientemente, Perú y Colombia. Ahora utiliza estas administraciones ultrarreaccionarias para lanzar la coalición militar “Escudo de las Américas” con el fin de atacar a las administraciones de izquierda en el continente y promover los intereses estadounidenses. Ya ha lanzado ofensivas militares como la que le ha permitido tomar el control de Venezuela, organizar el cerco criminal contra Cuba[5] o el escándalo Hondurasgate[6].
La elección de Lula significaría la continuación de relaciones más estrechas entre Brasil y el bloque chino, particularmente a través de los BRICS[7]. China ha arrebatado a Estados Unidos el título de principal socio económico de Brasil. En 2025, China representó el 29% de las exportaciones y el 25% de las importaciones, una tendencia creciente. Mientras, Estados Unidos retrocedió: 11% de las exportaciones y 16% de las importaciones.
Lula, a pesar de su apoyo a la estabilidad y el orden capitalista (como cuando cerró filas con Paz, el títere de EEUU, durante la crisis revolucionaria boliviana) es un obstáculo para el avance de las empresas estadounidenses y la estrategia colonialista de la Casa Blanca para saquear el petróleo, los minerales y otras materias primas.
Por eso Trump y la Internacional reaccionaria apuestan por Flávio Bolsonaro. Flávio ya ha anunciado que, de ganar, Brasil se unirá al Escudo de las Américas y abandonará los BRICS[8]. Él y su hermano Eduardo —que huyó de la justicia brasileña exiliándose en Estados Unidos y sirve de enlace con la Administración Trump— no ocultan que se reúnen con el presidente estadounidense, coordinando esfuerzos para ir incluso más allá que su padre en el vasallaje a Washington. Tienen un plan para poner las tierras raras brasileñas al servicio de la industria militar estadounidense y han declarado que reemplazarán el Pix —sistema federal de pagos— por un sistema estadounidense para mantener la hegemonía de las empresas de servicios financieros estadounidenses Visa y Mastercard.
El 30 de julio de 2025 Trump firmó una Orden Ejecutiva que consideraba a Brasil una “amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional de Estados Unidos” y elevó los aranceles del 10% al 50%. Su excusa fueron las sentencias judiciales que condenaron al expresidente Jair Bolsonaro, entre otros. Pero el verdadero objetivo era estrangular la economía brasileña para perjudicar la reelección de Lula[9].

El promedio de los aranceles efectivos alcanzó el 15%, el valor más alto registrado en cualquier país, similar al de China en el apogeo de la guerra arancelaria. Lula subió en las encuestas inicialmente al presentarse como defensor de la soberanía brasileña, pero a medida que las dificultades económicas y la ofensiva de la ultraderecha se acrecentaban este efecto se ha desvanecido. La Corte Suprema estadounidense declaró ilegal el arancel del 50% en febrero de este año, pero Trump mantuvo vigentes aranceles anteriores y aplicó otros nuevos en julio.
Miembros del Tribunal Supremo Federal (TSF), organismo burgués con fuertes vínculos con el imperialismo estadounidense que fue clave en el golpe de Estado contra Dilma en 2016 y el encarcelamiento del propio Lula en 2018, han sido reclutados para la ofensiva. Jueces evangélicos nombrados por Bolsonaro atacaron a otros considerados próximos a Lula provocando un acrisis judicial que los medios burgueses utilizan para deviar el foco de la injerencia estadounidense y las políticas económicas de la ultraderecha y centrarlo en el "orden público" y acusaciones de corrupción contra el PT.
Las redes sociales se han convertido en otro campo de batalla, con las empresas tecnológicas estadounidenses interfiriendo en la campaña a favor de Bolsonaro a instancias de Trump. Meta bloqueó una cuenta donde el humorista Fabio Porchat explicaba las conexiones entre grandes fraudes bancarios, iglesias evangélicas y políticos y jueces del bolsonarismo, incluido Flávio. La presión social fue tan grande que Meta tuvo que restablecer la cuenta. Pero ha vuelto al ataque, desactivando los anuncios de Lula en Facebook. A esto se suma los ejércitos de bots e inteligencia artificial al servicio de la extrema derecha para difundir noticias falsas sobre Lula y el PT.
Washington utiliza todos los medios a su alcance para forzar un cambio de régimen. En mayo, incluyó al Comando Vermelho y al Primeiro Comando da Capital —organizaciones criminales involucradas en el narcotráfico— en su lista de organizaciones terroristas, y hace unos días presentó un informe que acusa al gobierno de Lula de no combatir a estas organizaciones, que representan una "amenaza para la seguridad mundial". Esta es la misma estrategia hipócrita de "combatir el narcotráfico" que utilizó en Venezuela para llevar a cabo el secuestro de Maduro o en México para, por ahora, obtener concesiones de Sheinbaum, cuando Estados Unidos y sus aliados en Colombia y Ecuador, entre otros, son los principales responsables de este desastre.
En el golpe bolsonarista del 8 de enero de 2023 participaron sectores decisivos del ejército, el aparato estatal y la oligarquía vinculados al imperialismo estadounidense[10]. El temor a una respuesta explosiva de las masas finalmente les obligó a retroceder y el golpe fue derrotado. Intentar esta vía a pocas semanas de las elecciones de medio mandato en EEUU, en un país tan importante como Brasil y con la polarización que existe en la propia sociedad brasileña y el resto de América latina, sería una apuesta muy arriesgada que podría estallarles en la cara. Pero un golpe de Estado con el apoyo de la Internacional Reaccionaria es un escenario que no podemos descartar.
La administración Trump ya está sondeando y presionando a altos mandos militares brasileños para que se alineen con un posible golpe de Estado. Por su parte, la familia Bolsonaro está preparando el terreno a nivel nacional desacreditando la integridad del sistema electoral brasileño y solicitando públicamente a Estados Unidos una intervención militar al estilo de Venezuela en caso de que Lula gane, para así llegar al poder.
A pesar de toda la ayuda de la Internacional Reaccionaria, el resultado electoral sigue siendo incierto pero una cosa está clara: si Trump y el imperialismo estadounidense no pueden imponer sus planes por la vía electoral, seguirán maniobrando con el aparato del estado, utilizando todas las vías posibles. Lo único que puede derrotar sus planes a medio y largo plazo es la lucha de clases y una política basada en la movilización y la organización consciente las y los oprimidos para transformar la sociedad.

Solo una política revolucionaria puede detener el fascismo y las agresiones del imperialismo estadounidense.
En los últimos cuatro años, la clase trabajadora se ha mostrado dispuesta a luchar contra la extrema derecha y por más derechos en las calles. Tan solo en el último año, se han producido movilizaciones masivas contra el intento de conceder inmunidad a Jair Bolsonaro, contra la violencia sexista[11][10] y contra el horario 6x1 (trabajar 6 días a la semana, descansar 1)… Además, los trabajadores y estudiantes más combativos iniciaron decenas de huelgas contra las privatizaciones y otros ataques de gobernadores de derecha y extrema derecha en varios estados. En todas estas ocasiones el gobierno de Lula y la CUT se apresuraron a intentar desradicalizar la lucha y redirigirla hacia los órganos de la democracia burguesa.
El mejor ejemplo es la lucha por acabar con la jornada laboral de 6x1 y sustituirla por jornadas de 5x2 o 4x3. Esto generó tal apoyo entre la clase trabajadora que obligó al PT y la CUT (Central Única de Trabajadores), principla central sindical brasileña vinculada a él, a liderar las protestas callejeras, para luego redirigirlas hacia el Senado. La mayoría de los senadores, pertenecientes a la llamada derecha "centrista", representantes de la burguesía, incluso podrían verse obligados a aprobar la semana laboral de 40 horas para apaciguar las multitudinarias manifestaciones. Pero mientras el poder económico y político permanezca en manos de la burguesía, ningún derecho de los trabajadores estará garantizado y, en la práctica, podrá ser ignorado.
Tras negarse a confiar en las masas para frenar a la extrema derecha, el gobierno de Lula se ha visto obligado a lanzar, a poco más de una semana de las elecciones, medidas urgentes con gran apoyo popular para intentar asegurar la victoria. Anunció la prohibición del juego —un flagelo social que empuja a millones de brasileños a la adicción, el endeudamiento, la depresión e incluso el suicidio, destruyendo familias, especialmente a las más pobres—, un plan para que el gobierno compre la deuda familiar y un aumento del programa Bolsa Família, subsidio mensual para las familias más pobres.
Estas medidas son populares. De momento han aumentado ligeramente la ventaja de Lula en las encuestas, a pocos puntos porcentuales del 50% que garantizaría su elección en la primera vuelta. Pero tomarlas a última hora para intentar ganar estas elecciones, podría resultar insuficiente y tardío.
Seamos claros: si la clase trabajadora brasileña se ve obligada a recurrir a las elecciones como último recurso para frenar a la extrema derecha y si el resultado de esta batalla es aún incierto, es porque la dirigencia del PT y la CUT ha rechazado los métodos que funcionan: un programa radical respaldado por movilizaciones masivas y ha reforzado su alianza con la burguesía.
Millones de explotados en Brasil comprenden que es necesario frenar en las urnas a la extrema derecha (cuyo regreso al poder, en un contexto de ofensiva fascista internacional, significaría un enorme retroceso no solo para los trabajadores, campesinos, indígenas y oprimidos de Brasil, sino para todo el continente americano y el mundo) y votarán críticamente por Lula.
Una derrota del bolsonarismo será recibida como una gran noticia por la clase obrera brasileña y de todo el mundo. Pero como hemos explicado, la política de Lula y sus vínculos estrechos con la burguesía no son ninguna garantía para frenar a la reacción, ni para romper con las políticas capitalistas que empobrecen a la clase obrera y al pueblo brasileño.
Para eso hay que levantar una izquierda revolucionaria de masas con un programa de independencia de clase que rompa decididamente con las políticas reformistas de gestión del sistema y pactos con la burguesía, planteando la expropiación de la oligarquía y las multinacionales imperialistas para poner los inmensos recursos de una economía como la brasileña: la tierra, los recursos minerales y petrolíferos, la industria y los bancos bajo gestión directa de la clase trabajadora para planificar democráticamente la economía.

Las masas brasileñas han mostrado su fuerza e instinto para conquistar derechos y frenar a la ultraderecha en las calles. Lo que les falta es una dirección revolucionaria que utilice los métodos de la clase trabajadora, las manifestaciones masivas en las calles y las huelgas generales, basadas en un programa socialista de transformación social radical. Frente a la amenaza del fascismo y la intervención imperialista hay que impulsar comités de defensa en barrios, escuelas y lugares de trabajo. La tarea de la izquierda combativa y con conciencia de clase en los sindicatos y movimientos sociales es promover la creación de órganos de clase y la acción directa de las masas bajo un programa revolucionario.
NOTAS:
[1] Brasil: Lula se une a Alckmin para repetir la política que abrió las puertas a Bolsonaro
[2] Governador bolsonarista e Polícia Militar chacinam moradores de comunidades do Rio de Janeiro
[3] POF 2017-2018: 72,4% dos brasileiros viviam em famílias com alguma dificuldade para pagar suas despesas mensais
[4] Trump e Netanyahu confirmam a sua incapacidade em submeter o Irão
[5] Paremos a criminosa agressão do imperialismo estado-unidense contra Cuba!
[6] Polarización y lucha de clases en América Latina: ¡Hay fuerza para derrotar a la ultraderecha!
[7] BRICS: Alianza política y económica inaugurada hace 20 años por los gobiernos de Lula y Xi Jinping, junto con Rusia, India y Sudáfrica, a la que se unieron en 2024 otros 5 países africanos y asiáticos.
[8] Hablar es fácil, pero llevar a cabo una medida que aleje a Brasil de una alianza que representa el 40% del PIB mundial y que podría provocar represalias de China mucho mayores que el "aumento arancelario" es otra historia. Recordemos que, en 2020, cuando Eduardo Bolsonaro culpó a China de la pandemia del coronavirus, la mera posibilidad de poner en peligro el comercio entre ambos países obligó a su gobierno a emitir rápidamente la disculpa exigida por China. Seis años después, el comercio bilateral aumentó en 30.000 millones de dólares, y con ello, los vínculos que unen a parte de la burguesía brasileña con China.
[9] Esto se confirmó con la reciente revelación de que el gobierno de Trump había presentado, como condiciones para poner fin al "aumento arancelario", una lista de 21 exigencias que someterían a Brasil y que el PT (Partido de los Trabajadores) jamás podría cumplir sin perder a toda su base.
[10] Tentativa de golpe de Estado no Brasil. As forças reacionárias estão dispostas a tudo.
[11] Brasil | Levante Mulheres Vivas: centenas de milhares se mobilizam em mais de 80 cidades contra a violência machista




















