La visita del Papa al Congreso de los Diputados nos ha indignado a muchas. Es una vergüenza que hayamos tenido que escuchar cómo el máximo representante de una institución que lleva siglos combatiendo los derechos de las mujeres utilizaba el Congreso de los Diputados para atacar nuestro derecho a decidir. Pero más escandaloso es que esta imagen no se ha producido bajo un gobierno del PP o de Vox, sino bajo un Gobierno del PSOE que se presenta como defensor de la igualdad y de los derechos de las mujeres.
Por primera vez en sus ocho visitas al Estado español, el Papa intervino en la cámara legislativa y aprovechó una tribuna institucional para cuestionar el derecho al aborto y la eutanasia. Una escena que retrata perfectamente las contradicciones de quienes se llenan la boca de feminismo mientras continúan rindiendo honores y otorgando legitimidad a una de las instituciones más reaccionarias de la historia.
Es un ataque directo a un derecho conquistado gracias a décadas de lucha de millones de mujeres trabajadoras. Un derecho arrancado mediante movilizaciones, huelgas, y una batalla constante contra la Iglesia, la derecha y todos aquellos que pretenden mantenernos sometidas a la maternidad obligatoria y al control sobre nuestras vidas.
Por eso resulta indignante la normalidad con la que se recibió este discurso. Los aplausos de la derecha y de la extrema derecha no sorprenden a nadie. Son los mismos que llevan años intentando recortar derechos, cuestionando la educación sexual, atacando al colectivo LGTBI y promoviendo políticas machistas y reaccionarias. Pero lo más escandaloso es que desde las filas de quienes se presentan como progresistas tampoco se escuchara una respuesta contundente.
¿De verdad tenemos que aceptar como algo normal que el máximo representante de la Iglesia católica utilice el Congreso para cuestionar derechos democráticos? ¿De verdad tenemos que aguantar que una institución que ha combatido sistemáticamente los avances sociales se le de un altavoz?
La Iglesia católica ha estado históricamente en el lado contrario de todas las grandes conquistas democráticas. Se opuso al derecho al aborto, combatió el matrimonio igualitario, sigue negando la plena igualdad de las personas LGTBI y rechaza el derecho a una muerte digna mediante la eutanasia. Cada vez que las mujeres, la juventud, la clase trabajadora o los sectores oprimidos hemos luchado por ampliar nuestras libertades, la jerarquía eclesiástica se ha situado enfrente.
Y mientras cuestionan el derecho a decidir, siguen sin asumir plenamente su responsabilidad ante uno de los mayores escándalos de las últimas décadas: los abusos sexuales cometidos dentro de la propia Iglesia. Cientos de miles de víctimas continúan reclamando verdad, justicia y reparación. Resulta imposible no señalar la hipocresía de quienes se presentan como defensores de la vida mientras han protegido durante décadas a abusadores de niños y niñas.
Pero la historia de la Iglesia en el Estado español no se limita a este escándalo. Durante la dictadura franquista fue uno de los pilares fundamentales del régimen. Bendijo la represión, legitimó la persecución política y colaboró activamente en la imposición de una moral reaccionaria destinada a controlar especialmente a las mujeres de la clase trabajadora.
Una de las expresiones más brutales de esa política fue el Patronato de Protección a la Mujer. Bajo la excusa de proteger la moral y las buenas costumbres, miles de mujeres y jóvenes fueron perseguidas, internadas y sometidas a un régimen de vigilancia, castigos y humillaciones. Bastaba con ser considerada una joven "problemática", tener relaciones fuera del matrimonio o simplemente desafiar los roles impuestos para convertirse en objetivo de esta maquinaria represiva.
Aquellas instituciones funcionaron como auténticos centros de control social y de violencia de género institucionalizada. Miles de mujeres sufrieron abusos, explotación laboral y toda clase de maltratos bajo la supervisión de órdenes religiosas y con la complicidad del Estado. Décadas después, las víctimas siguen reclamando reconocimiento, reparación y acceso a la documentación que permita reconstruir la verdad sobre lo sucedido.
A esto hay que sumar el drama de los bebés robados, una de las heridas más dolorosas de nuestra historia reciente. Miles de familias continúan buscando respuestas mientras numerosas instituciones implicadas mantienen el silencio. La apertura completa de los archivos y la reparación a las víctimas sigue pendiente.
Por eso resulta especialmente ofensivo escuchar discursos moralizantes desde una institución que todavía no ha rendido cuentas por tantos crímenes. No aceptamos lecciones de quienes han dedicado siglos a controlar nuestros cuerpos, nuestra sexualidad y nuestras vidas.
Feminismo hipócrita del PSOE. Así no se combate a la extrema derecha.
Pero tampoco aceptamos la hipocresía de quienes desde el Gobierno pretenden presentarse como baluarte del feminismo mientras continúan manteniendo intactos los privilegios de la Iglesia católica. El problema no es únicamente la jerarquía eclesiástica. El problema también es la actitud de quienes dicen defender los derechos de las mujeres pero se niegan a enfrentarse a los poderes económicos, políticos y religiosos que los amenazan constantemente.
Pedro Sánchez y el PSOE llevan años reivindicando un supuesto feminismo institucional que se limita a discursos, minutos de silencio y declaraciones solemnes. Sin embargo, cuando se trata de enfrentarse a los grandes poderes, de acabar con los privilegios de la Iglesia, de garantizar una educación pública feminista o de romper con las estructuras que alimentan la reacción, siempre optan por el aplauso y el pacto.
Desde Libres y Combativas lo decimos claramente. No defendemos el mismo feminismo. El suyo es un feminismo compatible con los privilegios de las grandes empresas, con la influencia política de la Iglesia y con un sistema que sigue condenando a millones de mujeres trabajadoras a la precariedad, los salarios bajos y la doble explotación. En Libres y Combativas defendemos un feminismo de clase, antifascista y anticapitalista, que entiende que la lucha por la liberación de las mujeres está inseparablemente unida a la lucha contra todas las formas de opresión y explotación.
Los derechos que tenemos hoy no fueron regalos de ningún gobierno, ni concesiones de las instituciones. Fueron conquistas arrancadas mediante la organización y la lucha. Y exactamente igual tenemos que defenderlos frente a quienes quieren arrebatárnoslos.
Nuestros cuerpos no son propiedad de la Iglesia. Nuestros derechos no están en discusión.
Nuestro cuerpo, nuestra decisión. Derecho al aborto libre, gratuito y en la sanidad pública.
¡Únete a Libres y Combativas!



















