Hace ahora cien años, el 3 de mayo de 1926, millones de trabajadores de Gran Bretaña iniciaron una huelga general que puso contra las cuerdas al Gobierno de Su Majestad y al propio sistema capitalista. Durante nueve días la clase obrera británica mantuvo un pulso titánico con la clase dominante más experimentada y poderosa del mundo, dueña de un imperio que se extendía por los cinco continentes, señora de los mares gracias a su flota de guerra, pionera del desarrollo de la gran industria y cabeza indiscutible de las finanzas mundiales.

Pero un movimiento que pudo haber culminado en una revolución socialista y la toma del poder por la clase obrera se vio frustrado por la traición abierta de los dirigentes del TUC, la confederación sindical del país. En esta derrota también jugaron un destacado papel los errores de la dirección estalinizada de la Internacional Comunista y su oportunismo político, reflejando los intereses de una burocracia usurpadora que solo pensaba en proteger su posición social privilegiada.

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Hace ahora cien años, el 3 de mayo de 1926, millones de trabajadores de Gran Bretaña iniciaron una huelga general que puso contra las cuerdas al Gobierno de Su Majestad y al propio sistema capitalista. 

Crisis del imperialismo británico y lucha de clases

La Primera Guerra Mundial (1914-1918) marcó un punto de inflexión en el poderío del imperialismo británico. Al otro lado del océano Atlántico su antigua colonia, los Estados Unidos de América, iniciaba el despegue como potencia hegemónica y desplazaba a su antigua metrópoli hacia una posición subordinada.

Los ingentes beneficios que la burguesía británica obtenía gracias al saqueo colonial, que le permitían comprar la paz social en casa sobornando a una capa de los dirigentes sindicales y de la izquierda reformista, empezaron a reducirse. La clase dominante quiso hacer recaer sobre las espaldas de la clase obrera el coste de la guerra y empezó a endurecer las condiciones laborales y a reducir los salarios.

La respuesta de los trabajadores no se hizo esperar. Bajo la presión de sus bases, los dirigentes sindicales de los mineros, los ferroviarios y los estibadores formaron la Triple Alianza, con casi un millón y medio de trabajadores, para hacer frente a la ofensiva patronal. En 1917 las noticias del triunfo de la revolución en Rusia y la toma del poder por los bolcheviques entusiasmaron a la clase obrera de Gran Bretaña, hasta el punto de que cuando en verano de 1920 el Gobierno de Londres intentó una nueva intervención militar contra el primer Estado obrero de la Historia, los dirigentes sindicales y del Partido Laborista se vieron obligados a amenazar con una huelga general si esos planes belicistas se llevaban a cabo.

En 1921 los capitalistas desataron una ofensiva brutal contra el movimiento obrero más consciente y organizado, los mineros, intentando imponer una dura rebaja salarial. El sindicato minero llamó inmediatamente a la huelga y el Gobierno conservador respondió enviando al Ejército a ocupar los pozos.

Los mineros reclamaron el apoyo de los sindicatos que formaban la Triple Alianza y todo indicaba que el 15 de abril Gran Bretaña sería paralizada por la primera huelga general de su historia. Pero en el último momento los dirigentes sindicales de los ferrocarriles y los estibadores, con la complicidad de los propios líderes mineros, se echaron atrás y anunciaron que no habría huelga. Eses día, el 15 de abril de 1921, pasó a la historia como el Viernes Negro: una derrota obrera que permitió a los patrones lograr una reducción salarial entre un 10 y un 40 por ciento.

Pero muy pronto los efectos negativos de esta traición fueron superados. La perspectiva de nuevos ataques, el ambiente de efervescencia revolucionaria que se vivía en todo el mundo, desde Alemania hasta China, y el maravilloso ejemplo que irradiaba la consolidación del poder soviético en Rusia propiciaron un fuerte giro a la izquierda entre la base de los sindicatos británicos.

El joven Partido Comunista de Gran Bretaña, aunque todavía muy débil, jugó un papel central en organizar ese ambiente de rabia promoviendo la constitución en el seno del TUC del Movimiento Minoritario Nacional, cuyo objetivo era, en sus propias palabras “convertir a la minoría revolucionaria dentro de cada industria en una mayoría revolucionaria”.

En muy poco tiempo esta corriente de izquierdas ganó posiciones decisivas en los sindicatos más fuertes y un gran apoyo y simpatía entre la gran masa de la clase trabajadora. Las lecciones de la traición y derrota de 1921 habían sido asimiladas por los trabajadores y los dirigentes sindicales reformistas eran impotentes para frenar la firme y decidida voluntad de sus bases de luchar hasta el triunfo total.

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El joven PC de Gran Bretaña promovió la constitución en el seno del TUC del Movimiento Minoritario Nacional. En muy poco tiempo esta corriente de izquierdas ganó posiciones decisivas en los sindicatos más fuertes y un gran apoyo entre la clase trabajadora. 

El Comité Anglo-Ruso y la huelga general de 1926

Pero a pesar de que tanto las condiciones objetivas como el ánimo de la clase obrera eran completamente favorables para un triunfo revolucionario, un obstáculo inesperado surgió en el camino de la revolución en Gran Bretaña.

No fue el apoyo social a los dirigentes reformistas ni mucho menos al Gobierno burgués lo que finalmente hizo descarrilar la gran huelga de 1926. Fue la orientación oportunista, impuesta por los dirigentes estalinistas de Moscú al PC de Gran Bretaña, lo que preparó el terreno para una nueva derrota de graves consecuencias.

Debido a los fracasos revolucionarios de 1923 en Alemania, anteriormente en Italia y Hungría, y las condiciones materiales tan adversas para la construcción del socialismo en Rusia, la Revolución de Octubre sufrió un proceso de aislamiento muy negativo. El fracaso de la revolución en Europa creó un enorme escepticismo entre la clase obrera rusa, extenuada por años de guerras, sacrificios y privaciones enormes. En ese contexto se fue consolidando un aparato burocrático dentro del joven Estado obrero soviético, y dentro del PCUS, al que Lenin combatió y denunció duramente en sus últimos escritos.

Este fenómeno, que fue advertido por León Trotsky y numerosos dirigentes bolcheviques organizados en la Oposición de Izquierda, respondía a procesos objetivos, que afectaban a la base material de la sociedad, y a la psicológica y la conciencia de las amplias masas obreras de Rusia. La burocracia fue socavando la democracia obrera y eliminando cualquier vestigio de control proletario en la vida económica, social y cultural del país. Se suprimió brutalmente la tradición bolchevique del debate abierto, de la controversia fraternal y la máxima unidad de acción cuando se adoptaban decisiones democráticamente. Y la vida interna del partido fue cubierta con el manto opresivo de la obediencia ciega, la violencia contra los discrepantes, las purgas, las expulsiones, y finalmente las detenciones y los fusilamientos de comunistas.

La nueva burocracia soviética estaba mucho más atenta a la consolidación de su propio poder que a la extensión y triunfo de la revolución mundial, una orientación que intentaban encubrir bajo la hoja de parra de la teoría del “socialismo en un solo país”.

La prioridad de esa casta burocrática, encabezada por Stalin, fue la de reestablecer a cualquier precio los vínculos comerciales con las grandes potencias capitalistas, y hacerlo de tal manera que se evitara cualquier confrontación seria con las burguesías occidentales.

Con el objetivo de normalizar las relaciones con la oligarquía financiera británica desde Moscú se propició la creación en abril de 1925 del Comité Sindical Anglo-Ruso, establecido como organismo de cooperación entre los sindicatos soviéticos y británicos. La formación de este organismo solo tuvo un beneficiario, la burocracia reformista de los sindicatos británicos, que pudo encubrir sus políticas de claudicación con el halo y el prestigio de la Revolución rusa y defender unas posiciones que el ascenso del Movimiento Minoritario ponía en peligro.

A finales de 1925 la burguesía británica, con el pleno apoyo del Gobierno del conservador Stanley Baldwin, decidió que era necesaria una nueva vuelta de tuerca a las condiciones de vida de los trabajadores. Al igual que en 1921 fue la patronal minera la que lanzó la primera andanada, proponiendo a sus trabajadores una drástica rebaja salarial y una prolongación de la jornada laboral.

La respuesta de los mineros fue inmediata: la huelga y un llamamiento al resto del movimiento sindical a unirse a la lucha. Los dirigentes reformistas, al contrario de lo sucedido en 1921, no pudieron evitar la presión de sus bases, y el 3 de mayo de 1926 la huelga general paralizó Gran Bretaña, en principio de forma indefinida.

En amplias zonas del país el control de las carreteras, el transporte y la distribución estaban en manos de los Consejos de Acción que los trabajadores habían constituido de forma espontánea. Lo que había empezado como un conflicto salarial avanzaba a pasos agigantados hacia un enfrentamiento frontal con la burguesía y su aparato del Estado. La cuestión del poder estaba objetivamente sobre la mesa, y así lo entendió la burguesía, que aceptó el reto y se negó terminantemente a aceptar ni la más mínima concesión.

Era el momento propicio para que una dirección revolucionaria consecuente plantease la necesidad de extender y coordinar los Comités de Acción y orientar al movimiento hacia la toma del poder. Pero el PC de GB, atado de pies y manos a la burocracia sindical a través del Comité Anglo-Ruso, se negó a dar ese paso.

Su pasividad dio aliento al ala más derechista de la dirección sindical que promovió una capitulación sin condiciones. Pero estos derechistas carecían de autoridad para imponer su criterio, y hubieran sido completamente derrotados si no fuera porque, a los pocos días de iniciarse la huelga, los dirigentes de la “izquierda sindical”, supuestos “amigos” y “aliados” de la Revolución rusa como promotores del Comité Anglo-Ruso, se sumaron al ala reformista y desconvocaron por sorpresa la huelga.

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El PC británico, a pesar de la traición de sus aliados, evitó la confrontación. Los líderes de Moscú impusieron como tarea prioritaria salvar el “prestigio” del Comité Anglo-Ruso y enmascarar el fracaso con frases rimbombantes y retórica hueca. 

La reacción de la clase trabajadora fue de enorme indignación y sectores importantes, como los trabajadores portuarios y los ferroviarios, mantuvieron la huelga durante algunos días más hasta que fue evidente que el movimiento estaba derrotado. Miles de mineros aguantaron en huelga todavía durante varios meses, gracias a una caja de resistencia que pudo contar con un amplio apoyo social, pero finalmente tuvieron que volver al trabajo.

El PC británico, a pesar de la traición de sus aliados de esa izquierda sindical fantasmagórica, evitó la confrontación. Los líderes de Moscú impusieron como tarea prioritaria salvar el “prestigio” del Comité Anglo-Ruso y enmascarar el fracaso con frases rimbombantes y retórica hueca.

Unos meses después, en septiembre de 1927, cuando la ola revolucionaria ya había remitido completamente, esos supuestos aliados de izquierda en las TUC rompieron sus relaciones con Moscú y se disolvió el Comité Anglo-Ruso sin pena ni gloria, un organismo que quedará para siempre como un triste ejemplo de que el camino de la conciliación y los pactos con los reformistas de izquierda, en el momento en que se requiere la máxima audacia para impulsar una política revolucionaria, acaban abocando a la más terrible de las derrotas.

Como complemento de este breve esbozo histórico de un acontecimiento que podría haber cambiado el rumbo de la historia en Gran Bretaña y en Europa, publicamos a continuación las reflexiones de Trotsky sobre la marcha de la huelga general, escritas en su momento de mayor fuerza. En ese contexto ya había sido depurado y apartado de la dirección del Ejército Rojo y se disponía a librar su batalla más importante contra el aparato estalinista. Creemos que estos apuntes son de extraordinario interés y utilidad en un momento como el actual, cuando la lucha de clases asciende en todo el mundo y la estrategia revolucionaria es puesta a prueba en numerosos países.

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Notas sobre la situación en Gran Bretaña - 6 de mayo de 1926

León Trotsky

Hace un año el gobierno conservador estaba aún en su luna de miel. Baldwin[1] predicaba la paz social. Sin nada que oponer al conservadurismo, MacDonald[2] rivalizaba con este en odio a la revolución, a la guerra civil y a la lucha de clases. Los líderes de los tres partidos declaraban que las instituciones de Gran Bretaña eran completamente adecuadas para garantizar la pacífica colaboración entre las clases. Naturalmente, el pronóstico revolucionario sobre el futuro del Imperio Británico hecho en el libro (¿Adonde va Inglaterra?[3]) fue declarado por la totalidad de la prensa británica- desde el Morning Post[4] hasta el Labour Weekly[5] de Lansbury- como un completo disparate y una fantasmagoría moscovita.

Hoy la situación parece algo distinta. Gran Bretaña está sacudida por una enorme huelga de masas. El gobierno conservador lleva adelante una política de ofensiva frenética. Desde arriba, se hace todo lo posible por provocar una guerra civil abierta. La contradicción entre los hechos sociales fundamentales y el fraude de un parlamentarismo agotado se ha revelado en Gran Bretaña como nunca antes lo había hecho.

La huelga general es un síntoma de la crisis capitalista

La huelga de masas surgió del desequilibrio entre la posición actual de la economía británica en el mercado mundial y las relaciones industriales y de clase tradicionales dentro del país. Formalmente, la cuestión en juego era la reducción de los salarios de los mineros, el alargamiento de su jornada laboral y el traslado de parte de los sacrificios necesarios para una seria reorganización de la industria del carbón sobre los hombros de los trabajadores.

Planteada así, la cuestión es insoluble. Es completamente cierto que la industria del carbón, y de hecho la economía británica en su conjunto, no pueden reorganizarse sin sacrificios por parte del proletariado británico, y sacrificios considerables. Pero solo un necio miserable puede imaginar que el proletariado británico aceptará cargar con estos sacrificios sobre las viejas bases de la propiedad privada.

El capitalismo ha sido presentado como un sistema de progreso continuo y mejora constante en la situación de las masas trabajadoras. Esto fue cierto hasta cierto punto, al menos en algunos países durante el siglo XIX. En Gran Bretaña, la religión del progreso capitalista fue más poderosa que en ningún otro lugar. Y precisamente esto constituyó la base de las tendencias conservadoras dentro del propio movimiento obrero y especialmente en los sindicatos. Las ilusiones británicas sobre la guerra (1914-1918) fueron, más que en cualquier otro lugar, ilusiones de poder capitalista y de “progreso” social.

En la victoria sobre Alemania se suponía que estas esperanzas encontrarían su realización más alta. Sin embargo, ahora la sociedad burguesa dice a los mineros: “Si queréis aseguraros al menos el tipo de existencia que teníais antes de la guerra, debéis resignaros a un empeoramiento de todas vuestras condiciones de vida durante un período indefinido”. En lugar de la perspectiva de un progreso social ininterrumpido que se les ofrecía recientemente, se invita a los mineros a descender hoy un escalón para evitar caer tres o más mañana. Esto es una declaración de bancarrota por parte del capitalismo británico. La huelga general es la respuesta del proletariado, que no quiere ni puede permitir que la bancarrota del capitalismo británico signifique la bancarrota de la nación británica y de la cultura británica.

Sin embargo, esta respuesta ha sido dictada por la lógica de la situación mucho más que por la lógica de la conciencia. La clase trabajadora británica no tenía otra opción. La lucha, cualesquiera que fueran sus mecanismos entre bastidores, le fue impuesta por la presión mecánica de todo el conjunto de circunstancias. La posición mundial de la economía británica no dejó base material para un compromiso voluntario.

Los Thomas[6], MacDonald y compañía han terminado como molinos cuyas aspas giran con un fuerte viento, pero no producen ni una libra de harina porque no hay grano que moler. El vacío desesperado del reformismo británico actual se ha desenmascarado de manera tan convincente que los reformistas no han tenido más opción que participar en la huelga de masas del proletariado. Esto reveló la fuerza de la huelga, pero también su debilidad.

La huelga general necesita una dirección revolucionaria

La huelga general es la forma más aguda de la lucha de clases. Solo hay un paso de la huelga general a la insurrección armada. Precisamente por eso, la huelga general, más que cualquier otra forma de lucha de clases, requiere una dirección clara, definida, resuelta y, por tanto, revolucionaria. En la huelga actual del proletariado británico no hay ni rastro de tal dirección, y no cabe esperar que pueda improvisarse de la nada.

El Consejo General del Congreso de Sindicatos comenzó con la ridícula declaración de que la actual huelga general no representaba una lucha política ni constituía en modo alguno un ataque al poder estatal de los banqueros, industriales y terratenientes, ni al sacrosanto parlamentarismo británico. Esta declaración de guerra tan leal y sumisa no parece, sin embargo, convencer en absoluto al gobierno, que siente cómo los verdaderos instrumentos del poder se le escapan de las manos bajo el efecto de la huelga.

El poder estatal no es una “idea”, sino un aparato material. Cuando el aparato de gobierno y represión se paraliza, el propio poder estatal queda paralizado. En la sociedad moderna nadie puede mantener el poder sin controlar los ferrocarriles, la navegación, el correo, los telégrafos, las centrales eléctricas, el carbón, etc. El hecho de que MacDonald y Thomas hayan jurado renunciar a cualquier objetivo político puede caracterizarlos personalmente, pero no caracteriza en absoluto la naturaleza de la huelga general, que, llevada hasta el final, plantea a la clase revolucionaria la tarea de organizar un nuevo poder estatal.

Sin embargo, luchando contra esto con todas sus fuerzas están precisamente aquellos que, por el curso de los acontecimientos, han sido colocados “a la cabeza” de la huelga general. Y ahí reside el principal peligro. Hombres que no querían la huelga general, que niegan su carácter político y que temen sobre todo las consecuencias de una huelga victoriosa, dirigirán inevitablemente todos sus esfuerzos a mantenerla dentro de los límites de una semihuelga semipolítica, es decir, a mutilarla.

Debemos mirar los hechos de frente: los principales esfuerzos de los dirigentes oficiales del Partido Laborista y de un número considerable de dirigentes sindicales oficiales no se dirigirán a paralizar el Estado burgués mediante la huelga, sino a paralizar la huelga general mediante el Estado burgués. El gobierno, en la figura de sus conservadores más reaccionarios, querrá sin duda provocar una guerra civil a pequeña escala para tener la oportunidad de aplicar medidas de terror antes de que la lucha se haya desarrollado plenamente y así hacer retroceder el movimiento.

Al privar a la huelga de un programa político, al dispersar la voluntad revolucionaria del proletariado y al empujar el movimiento hacia un callejón sin salida, los reformistas empujan a grupos aislados de trabajadores hacia el camino de revueltas descoordinadas. En este sentido, los reformistas se aproximan a los elementos más fascistas del Partido Conservador. Ahí reside el principal peligro de la lucha en curso.

Las tareas de los revolucionarios en la huelga general

No es este el momento de prever la duración, el curso y mucho menos el resultado de la lucha. Todo debe hacerse a escala internacional para ayudar a los combatientes y mejorar sus posibilidades de éxito. Pero debe reconocerse claramente que tal éxito solo será posible en la medida en que la clase trabajadora británica, en el proceso de desarrollo y agudización de la huelga general, comprenda la necesidad de cambiar su dirección y se muestre a la altura de esa tarea.

Existe un proverbio estadounidense que dice que no se pueden cambiar de caballo en medio del río. Pero esta sabiduría práctica solo es cierta dentro de ciertos límites. El rio de la revolución nunca se ha cruzado a lomos del caballo del reformismo, y la clase que ha entrado en la lucha bajo una dirección oportunista se verá obligada a cambiarla bajo el fuego enemigo. La actuación de los elementos verdaderamente revolucionarios del proletariado británico y, sobre todo, de los comunistas, está determinada por esto. Defenderán por todos los medios la unidad de acción de masas, pero no permitirán ni siquiera la apariencia de unidad con los dirigentes oportunistas del Partido Laborista y de los sindicatos.

Una lucha implacable contra todo acto de traición o intento de traición, y la denuncia sin concesiones de las ilusiones reformistas son los elementos principales del trabajo de los participantes verdaderamente revolucionarios en la huelga general. Con ello no solo contribuirán a la tarea fundamental y prolongada de desarrollar nuevos cuadros, sin los cuales la victoria del proletariado británico es completamente imposible, sino que también ayudarán directamente al éxito de esta huelga al profundizarla, revelando sus tendencias revolucionarias, apartando a los oportunistas y fortaleciendo la posición de los revolucionarios. Los resultados de la huelga, tanto inmediatos como más lejanos, serán tanto más significativos cuanto más resueltamente la fuerza revolucionaria de las masas derribe las barreras levantadas por la dirección contrarrevolucionaria.

La huelga no puede por sí misma alterar la posición del capitalismo británico, y en particular de la industria del carbón, en el mercado mundial. Esto requiere la reorganización de toda la economía británica. La huelga es solo una expresión aguda de esta necesidad. El programa para reorganizar la economía británica es el programa de un nuevo poder, un nuevo Estado y una nueva clase. La importancia fundamental de la huelga general es que plantea la cuestión del poder de forma directa. Una verdadera victoria de la huelga general solo reside en la conquista del poder por el proletariado y el establecimiento de la dictadura del proletariado.

Dada la insolvencia del capitalismo británico, la huelga general es, más que en cualquier otro momento, incapaz de convertirse en vehículo de reformas o ganancias parciales. Más concretamente, incluso si los propietarios de las minas o el gobierno hicieran tal o cual concesión económica bajo la presión de la huelga, dicha concesión no podría, dadas las circunstancias generales, tener un significado profundo, y mucho menos duradero.

La huelga general hará avanzar la lucha de clases

Esto no significa, sin embargo, que la huelga actual se enfrente a la alternativa de todo o nada. Si el proletariado británico tuviera una dirección que correspondiese, aunque fuese de forma aproximada, a su fuerza de clase y a la madurez de las condiciones, el poder pasaría de manos de los conservadores a manos del proletariado en pocas semanas. Pero no se puede contar con tal resultado. Esto tampoco significa que la huelga sea inútil. Cuanto más ampliamente se desarrolle, cuanto más poderosamente sacuda los cimientos del capitalismo y cuanto más haga retroceder a los dirigentes traidores y oportunistas, más difícil será para la reacción burguesa pasar a la contraofensiva, menos sufrirán las organizaciones proletarias y más pronto llegará la siguiente etapa, más decisiva, de la lucha.

La colisión actual de las clases será una lección tremenda y tendrá consecuencias inconmensurables, aparte de sus resultados inmediatos. Quedará claro para toda la clase trabajadora británica que el parlamento es impotente para resolver las tareas básicas y más vitales del país. La cuestión de la salvación económica de Gran Bretaña se planteará de ahora en adelante al proletariado como una cuestión de conquista del poder. Todos los elementos mediadores, conciliadores y pseudo-pacifistas recibirán un golpe mortal.

El Partido Liberal, por mucho que sus dirigentes intenten maniobrar, saldrá de esta prueba aún más insignificante de lo que entró. Dentro del Partido Conservador, los elementos más reaccionarios obtendrán predominio. Dentro del Partido Laborista, el ala revolucionaria ganará en organización e influencia. Los comunistas avanzarán decisivamente. El desarrollo revolucionario de Gran Bretaña dará un paso gigantesco hacia su desenlace.

A la luz de la poderosa oleada de huelgas ahora en curso, las cuestiones de evolución y revolución, de desarrollo pacífico y uso de la fuerza, de reformas y dictadura de clase, se apoderarán de la conciencia de los trabajadores británicos por cientos de miles y millones, con toda su agudeza. De esto no puede haber duda. El proletariado británico, mantenido por la burguesía y sus agentes fabianos[7] en un estado de atraso ideológico, avanzará ahora como un león. Las condiciones materiales en Gran Bretaña llevan mucho tiempo maduras para el socialismo. La huelga ha puesto en el orden del día la sustitución del Estado burgués por el Estado proletario. Si la propia huelga no produce este cambio, lo acercará considerablemente. No podemos decir la fecha exacta. Pero debemos estar preparados para que sea pronto.

 

Notas: 

[1] Stanley Baldwin (1867-1947): Primer ministro británico, del Partido Conservador, durante la huelga general de 1926. Utilizó al Ejército para romper la huelga, junto con voluntarios conservadores.

[2] Ramsay MacDonald (1866-1937): Líder de la oposición durante la huelga general. Dirigente de la fracción derechista del Partido Laborista, que más tarde abandonó en favor de un gobierno de unidad nacional.

[3] Adónde va Inglaterra? Europa y América

[4] The Morning Post, diario conservador británico publicado entre 1772 y 1937.

[5] Labour Weekly, diario británico publicado entre 1925 y 1927 por George Lansbury (1859-1940), marcado por fluctuaciones centristas entre el reformismo y una política más a la izquierda.

[6] J. H. Thomas (1874-1949): dirigente sindical histórico que, en los meses anteriores a la huelga general había liderado las negociaciones con el gobierno. Era conocido por sus posiciones conciliadoras, oponiéndose a las huelgas de solidaridad. Acabó como como ministro de las Colonias en diversos gobiernos.

[7] Sociedad Fabiana: Fundada em 1884, esta organización sirvió durante décadas como grupo de presión reformista y derechista dentro del Partido Laborista británico, con gran influencia dentro de este partido y en otras antiguas colonias británicas.

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