A pesar de los ataques contra instalaciones militares iraníes que el ejército norteamericano ha realizado en la última semana de mayo, y a pesar de las fanfarronadas de algunos mandos militares estadounidenses, todo indica que el fin de la guerra de Irán se acerca a pasos agigantados sin que EEUU haya conseguido ni uno solo de sus objetivos militares y políticos.

El propio Gobierno estadounidense se ha apresurado a afirmar que estos ataques no suponen una ruptura del alto el fuego acordado el pasado 8 de abril ni ponen en peligro las negociaciones en curso. Por el momento, las acciones de represalia de Irán han sido muy contenidas. Todo apunta a que el final de la guerra no se retrase por mucho tiempo más.

EEUU, imposibilitado para continuar la guerra

Aunque EEUU sigue siendo una gran potencia militar, la realidad es que Washington no ha conseguido los objetivos militares que se proponía al iniciar esta agresión imperialista, y mucho menos su principal objetivo político: hacer caer al régimen iraní.

Es cierto que la destrucción infligida a Irán, por no hablar del Líbano, ha sido brutal y que costará años recuperar los daños. Pero al igual que ocurrió en Vietnam, hace ya más de cinco décadas, la barbarie desplegada por EEUU no le ha protegido. Trump ha sido claramente derrotado en Irán, y la ayuda china a los ayatolás ha jugado un papel decisivo. Por eso es Washington, y no Teherán, quien pide a gritos un acuerdo de paz que le permita salir del embrollo en que su arrogancia le ha metido.

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A pesar de los ataques contra instalaciones militares iraníes que el ejército norteamericano ha realizado en la última semana de mayo, todo indica que el fin de la guerra de Irán se acerca sin que EEUU haya conseguido ni uno solo de sus objetivos militares y políticos. 

Las recientes informaciones del New York Times indicando que, a pesar de las semanas de guerra y de los duros bombardeos de EEUU e Israel, Irán todavía conserva intacta el 75% de su capacidad militar no solo han sido un tremendo jarro de agua fría sobre la retórica belicista de Trump, sino que han provocado escalofríos entre los Gobiernos de las monarquías petroleras del Golfo.

Si solo utilizando menos del 25% de su capacidad, ya que hay que descontar lo destruido por los ataques norteamericano-israelíes, Irán ha sido capaz de poner patas arriba la economía del Golfo y de arrojar serias dudas sobre el futuro de países como Emiratos Árabes, que han apostado durante años por convertirse en un paraíso financiero y turístico y en la residencia permanente de potentados de todo el mundo, ¿qué nivel de destrucción podría alcanzarse si Irán se decidiese a utilizar contra los aliados de EEUU los misiles y drones que conserva?

Es innegable que EEUU tiene la capacidad militar suficiente para destrozar Irán. Dispone para ello, incluso, de armas nucleares. Pero lo crucial de este asunto no reside en las capacidades de la técnica militar, sino en si se dan o no las condiciones políticas para que EEUU despliegue todo su potencial de destrucción.

Tras la embestida de los primeros días, la ofensiva militar se fue desinflando a medida que se constataba que Irán no es Venezuela. Además, en esta ocasión China sí puso en marcha una maquinaria de apoyo político, financiero y militar que negó a Maduro. Los aliados más fieles de EEUU empezaron a mostrar su descontento, que pronto se convirtió en censura abierta. En la Unión Europea no solo Pedro Sánchez fue crítico con Trump; Meloni, Starmer y Merz negaron de una u otra forma su apoyo militar a Washington.

El cierre de Ormuz conmocionó a las clases dominantes de la inmensa mayoría de los países y de manera acuciante a algunos de los más firmes socios de EEUU en el sudeste asiático, que, de la noche a la mañana, se enfrentan a una crisis energética sin precedentes. Las monarquías del Golfo tiemblan por su futuro y se preguntan si han hecho bien en unir su destino a los designios del amo yanqui.

Todos los organismos económicos internacionales, los bancos centrales de los principales países occidentales y las agencias de análisis financiero coinciden en que el cierre del estrecho de Ormuz no puede prolongarse más allá de mediados de junio si no se quiere abrir las puertas a una recesión mundial de enorme gravedad.

Las fuertes oscilaciones del precio del petróleo y de las bolsas mundiales en las últimas semanas, con bruscas subidas del precio del crudo y con caídas igualmente bruscas de las acciones, reflejan la tensión y el temor de los capitalistas ante el riesgo de una nueva recesión. Sin embargo, estos movimientos no deben ocultar que el tono general entre los inversores es ahora mismo positivo. Desde el inicio de la guerra hasta finales de mayo, tras una fuerte caída inicial, los principales índices de la bolsa de Nueva York tuvieron subidas espectaculares. El Nasdaq100 creció un 17% y el S&P500 casi un 10%. Fuera de EEUU, también las bolsas de los principales aliados de EEUU han tenido importantes alzas, como es el caso de Japón, donde el índice Nikkei subió un 12%.

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Todos los organismos económicos internacionales, las agencias de análisis financiero, etc., coinciden en que el cierre del estrecho de Ormuz no puede prolongarse más allá de mediados de junio si no se quiere abrir las puertas a una muy grave recesión mundial. 

Este optimismo no responde a las supuestas victorias del ejército yanqui. Todo lo contrario, refleja que entre los inversores prevalece la perspectiva de que la guerra está finiquitada y de que el tráfico marítimo por Ormuz se reestablecerá pronto, con la consiguiente recuperación gradual del comercio mundial. No podría haber un mejor indicio de la decadencia de EEUU como potencia imperialista. Sus capitalistas no tienen ninguna confianza en el poderío de su ejército y apuestan por una rápida retirada de Irán. Con victoria o con derrota, los negocios tienen que seguir, como han sido los primeros en demostrar los círculos empresariales vinculados a la familia Trump, que han ganado sumas inmensas con operaciones especulativas con petróleo y acciones al calor de los vaivenes de la guerra y con la ventaja de conocer por adelantado el siguiente movimiento de EEUU.

A todo este cúmulo de circunstancias hay que sumar la reacción interna en EEUU. Por un lado, la creciente oposición a la guerra imperialista y toda su agenda totalitaria, a las políticas racistas y las violentas acciones de su brazo ejecutor, el ICE, que se ha expresado con contundencia en la huelga histórica de Minneapolis y en manifestaciones de masas como las del No Kings, agrupando a millones por todo el país, y que han demostrado que hay fuerza para acabar con este reaccionario de Trump. Por otro, el descontento espontáneo ante la ola de subidas de precios que ya castiga los bolsillos de la población norteamericana, incluida una buena parte de la base social y electoral del trumpismo. Las elecciones de principios de noviembre están ya muy próximas y las perspectivas para el Partido Republicano son cada día más preocupantes.

La Administración norteamericana busca desesperadamente un triunfo que pueda borrar el desastre de su aventura iraní. Y es muy probable que Cuba pague las consecuencias brutalmente: la situación es realmente desesperada y las informaciones desde la isla muestran que incluso las autoridades cubanas estarían dispuestas a ceder el poder real, siguiendo el modelo de Venezuela. Los próximos meses serán decisivos, y no se puede descartar nada.

Frustración y malestar en el Partido Republicano y en Israel

En las primeras semanas de la guerra fuimos testigos de cómo a medida que la agresión militar a Irán iba fracasando la agresividad y el delirio de las declaraciones de Trump aumentaban en intensidad. Es posible que los seguidores más fanáticos del movimiento MAGA se diesen por satisfechos con los exabruptos de su líder en las redes sociales, pero para el resto del mundo era evidente que EEUU se había estrellado estrepitosamente contra una resistencia inesperada del régimen iraní.

Hoy esa evidencia ya invade EEUU y su aliado Israel. La frustración y las críticas a Trump aumentan entre las filas de su partido, hasta el punto de que el presidente no ha dudado en descalificar a sus correligionarios en las redes sociales, acusándoles de ser unos “perdedores que no hacen más que crear división y pérdidas”.

El clamor contra Trump ha subido muchos puntos después de que se hiciese público el borrador del “plan de paz” propuesto por EEUU. Importantes senadores republicanos hasta ahora muy próximos a Trump, como Lindsey Graham, Ted Cruz, Roger Wicker o Thom Tillis, han criticado los nueve puntos de ese plan y han señalado las consecuencias negativas que tendrían para Estados Unidos.

Mike Pompeo, que fue secretario de Estado de Trump durante su primer mandato, fue aún más tajante. Para él la propuesta se resume en “pagar a la Guardia Revolucionaria para que desarrolle un programa de armas de destrucción masiva y aterrorice al mundo”. Desde el gabinete de Comunicación de la Casa Blanca le han respondido con notable grosería diciendo que “Mike Pompeo no tiene ni puta idea de lo que está hablando. Debería cerrar su estúpida boca y dejar el trabajo de verdad a los profesionales. No está al tanto de nada de lo que sucede”. La desesperación en el Gobierno de Trump es evidente.

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Las críticas a Trump aumentan entre las filas de su partido, hasta el punto de que el presidente no ha dudado en descalificar a sus correligionarios en las redes sociales, acusándoles de ser unos “perdedores que no hacen más que crear división y pérdidas”. 

En Israel, tanto el Gobierno nazisionista como la oposición han criticado la posibilidad de un acuerdo de paz. Netanyahu, espoleado por los sectores más fanáticos de su Gabinete, ha reforzado sus criminales ataques contra la población civil libanesa y lanzó el 26 de mayo una nueva ofensiva terrestre en el sur del Líbano para ampliar aún más las zonas que ya ocupa. Ante el inevitable final de la guerra con Irán, Israel intenta reforzar sus posiciones y su poder en la región. Trump ha salido en ayuda de sus socios sionistas y ha pedido a los más importantes países árabes y musulmanes que firmen los acuerdos de Abraham y normalicen sus relaciones con Israel, en un intento de compensar de alguna manera a Israel por los costes que inevitablemente pagará por esta derrota. De momento Pakistán ya se ha negado a este reconocimiento, y las perspectivas de que algún país responda afirmativamente a la petición de Trump son más que remotas.

La decadencia del imperialismo norteamericano se agudiza

Detrás de su derrota en Irán hay un hecho fundamental: EEUU ya no es el motor del mundo capitalista, como ocurría tras la Segunda Guerra Mundial. Lejos de extender un capitalismo floreciente, favoreciendo y convirtiendo en firmes aliados a las burguesías de la gran mayoría de los países, que encontraban en Washington la garantía de su dominación, EEUU ahora propaga el caos y la inestabilidad mundial, y agudiza la lucha de clases.

En las últimas dos décadas Estados Unidos se ha transformado en una economía cada vez más parasitaria, dominada por la especulación financiera y cada vez más dependiente de su capacidad de detraer riqueza al resto del planeta mediante su dominio financiero, la capacidad de su mercado de capitales para atraer los patrimonios de las burguesías de todo el mundo y el control, cada vez más debilitado pero aún decisivo, de las transacciones financieras internacionales y de reserva gracias al dólar.

Por supuesto, estas capacidades económicas valdrían bastante menos si no estuviesen acompañadas de una capacidad militar muy poderosa y de un historial bélico temible. No olvidemos que EEUU es el único país del mundo que no dudó, y por dos veces, en usar su armamento nuclear contra población civil indefensa y que el brutal genocidio sionista en Gaza, que continúa en marcha a pesar de los supuestos “planes de paz”, no sería posible sin el apoyo abierto y entusiasta de Washington.

Pero Irán vuelve a demostrar que la decadencia industrial de EEUU y el agrietamiento de su cohesión social interna acaban minando su poderío militar. Esta derrota va a acelerar aún más la decadencia de EEUU como primera potencia mundial y empieza a echar el cierre a toda una época histórica.

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En las últimas dos décadas Estados Unidos se ha transformado en una economía cada vez más parasitaria, dominada por la especulación financiera. China se prepara para culminar su largo ascenso a la posición hegemónica en el capitalismo mundial. 

Frente a este declive, el capitalismo chino ofrece, al menos a corto plazo, una expectativa de estabilidad, previsibilidad y orden. En las dos últimas décadas China no solo se ha convertido en la mayor potencia industrial y exportadora del mundo, sino que ha sido capaz, gracias a su particular sistema de capitalismo de Estado, de convertir esa capacidad en una palanca para aspirar a una posición hegemónica entre las superpotencias. Es solo cuestión de tiempo que un número cada vez mayor de países se aproximen a Beijing en busca de una estabilidad comercial y financiera que les permita reestablecer el equilibrio social en el orden interno.

Por este motivo China no tiene ningún aliciente en ayudar a Trump a salir del atolladero en el que él mismo se ha metido en Irán, como pudimos comprobar en la cumbre Trump-Xi Jinping celebrada el 14 y 15 de mayo en Beijing.

Con calma y sin estridencias, el gigante asiático se prepara para culminar su largo ascenso a la posición hegemónica en el capitalismo mundial.

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