"No hay práctica revolucionaria, sin teoría revolucionaria".
V. I. Lenin

La necesidad de una teoría, un programa y unos métodos marxistas

Como ya hemos visto, una parte significativa de los errores de los dirigentes sandinistas fueron consecuencia de que carecían de una teoría correcta que guiase su acción política. La “revolución por etapas”, la idea de que era posible una evolución gradual hacia el socialismo mediante la economía mixta, la falta de confianza en la capacidad de la clase obrera para ponerse al frente de la revolución y, como consecuencia de todo ello, la renuncia a desarrollar el control y poder obrero resultaron decisivos para la derrota de la revolución.
Estas desviaciones teóricas permitieron desaprovechar la oportunidad de establecer un Estado obrero y expropiar al conjunto de la burguesía primero y, a partir de ahí, les obligó a ceder en un aspecto tras otro a las presiones ideológicas, políticas y económicas de la burguesía y la burocracia estalinista.

Como también hemos visto, de un modo intuitivo y casi desesperado, las bases sandinistas, en especial las bases obreras de la CST y la ATC, intentaron una y otra vez buscar unas ideas alternativas, que permitiesen enderezar el rumbo de la revolución y llevarla hasta el final. Una de las lecciones de la revolución sandinista, que confirma todas las demás revoluciones, es que cuando las masas despiertan a la vida política a través de un líder, partido o movimiento revolucionario no abandonan a éste fácilmente. Si ven errores en su dirección harán todo lo posible por intentar corregirlos antes de mirar hacia otro partido o movimiento nuevo. Las masas ponen una y otra vez a prueba a sus dirigentes. Como explicaba Trotsky en su escrito Clase, partido y dirección, incluso una dirección que haya mostrado su incapacidad para dirigir a las masas hacia la victoria puede seguir manteniéndose al frente si, previamente, dentro del mismo movimiento de masas, no se han formado cuadros que con una teoría, política y métodos correctos se hayan ganado el derecho a ser reconocidos por las masas como dirigentes.

La ausencia de una corriente marxista de masas organizada y con un programa auténticamente socialista dentro del sandinismo impidió ofrecer un cauce al descontento de las bases y vincular las críticas de los sectores más avanzados con las aspiraciones del resto del movimiento, así como la lucha por las reivindicaciones inmediatas con la necesidad de culminar la revolución con la expropiación de la burguesía y desarrollando un Estado obrero. Hubo numerosas oportunidades para que este desarrollo hubiese podido darse pero el problema fue que no existió un núcleo de cuadros marxistas organizado dentro del movimiento obrero sandinista con una caracterización teórica correcta de la revolución y, como resultado de ello, con un programa y un trabajo práctico que les permitiese ganar a los activistas más avanzados del sandinismo primero y, a través de ellos, a las masas.

Aquellos que estaban mejor situados para hacerlo eran grupos estalinistas y maoístas influidos por las mismas ideas etapistas que hemos criticado y, además, tenían un método sectario que los enfrentaba a las organizaciones sandinistas. Estos grupos oscilaron entre políticas oportunistas y seguidistas respecto a la dirección sandinista (o, peor aún, hacia la burguesía) y posiciones sectarias estériles. Algunos empezaron a denunciar histéricamente al FSLN como burgués. Esto les separó definitivamente tanto de los activistas sandinistas más conscientes como de las masas. Los dirigentes maoístas y estalinistas de sectas como el PC de N y PSN terminaron uniéndose a finales de los años 80 a la oposición contrarrevolucionaria burguesa contra el FSLN.

La única alternativa a las posiciones etapistas de estos grupos y a sus métodos sectarios era la teoría de la revolución permanente de León Trotsky que, como hemos visto, se había visto confirmada por todo el desarrollo de la revolución sandinista. Pero las auténticas ideas de Lenin y Trotsky no aparecían en ese momento como una alternativa a los ojos de miles de los mejores activistas revolucionarios nicaragüenses porque habían sido enterradas bajo toneladas de calumnias y basura por el estalinismo. Por si fuera poco, los grupos que se declaraban seguidores de Trotsky —y que tuvieron la oportunidad de intervenir directamente en Nicaragua— en lugar de aplicar las ideas del genuino marxismo, a causa de diferentes errores teóricos y prácticos, desarrollaron una política que oscilaba también entre el oportunismo y el ultraizquierdismo, contribuyendo a confundir y alejar de cualquier referencia “trotskista” a toda una capa de activistas valiosos.

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El estalinismo, en sus distintas formas y versiones, demostró en Nicaragua su absoluta incapacidad para dirigir al triunfo al movimiento revolucionario. 

 

La Brigada Simón Bolívar y la bancarrota de la Cuarta Internacional

Para cualquier tendencia política revolucionaria la intervención en la revolución es la prueba suprema que confirma la validez de su programa, métodos e ideas. El estalinismo, en sus distintas formas y versiones, demostró en Nicaragua su absoluta incapacidad para dirigir al triunfo al movimiento revolucionario. Para los grupos que se reclamaban herederos de León Trotsky esto representaba una oportunidad y un reto. Sin embargo, el mayor de estos grupos en aquel momento —el que utilizaba además el nombre de la Cuarta Internacional fundada en 1938 por Trotsky— no solo no logró establecerse como un punto de referencia para las masas y los activistas en Nicaragua sino que terminó escindido en varias fracciones hostiles entre sí. Una de las causas de esta división fue precisamente la incapacidad de los dirigentes de cada una de aquellas fracciones para analizar dialécticamente el carácter y perspectivas para la revolución sandinista e intervenir correctamente en su desarrollo.

La intervención de la Cuarta Internacional en Nicaragua empezó con el llamamiento de la que en aquel momento era su sección colombiana —el Partido Socialista de los Trabajadores (PST), bajo la dirección teórica de la fracción denominada “morenista”— a conformar una brigada internacionalista, siguiendo el ejemplo de las creadas en los años 30 en la propia Nicaragua en apoyo al ejército de Sandino o de las Brigadas Internacionales en España en 1936. El objetivo de la Brigada Simón Bolívar, que fue el nombre elegido, era viajar a Nicaragua para ponerse a las órdenes del FSLN y apoyar la insurrección armada contra Somoza, que en esos momentos se extendía ya por todo el país. Esta iniciativa, reflejando el entusiasmo que suscitaba entre los trabajadores, jóvenes y campesinos de todo el mundo la revolución sandinista, fue apoyada por varios sindicatos colombianos. Incluso, el periodista Daniel Samper llamó desde su columna en el diario más leído del país, El Tiempo, a inscribirse en la misma. En pocos días, más de mil revolucionarios respondieron a la llamada.

Como un primer intento de apoyar la revolución en Nicaragua e intervenir en ella, y en el contexto insurreccional que se vivía en el país centroamericano, la iniciativa de la Brigada Simón Bolívar, además de mostrar el heroísmo y abnegación de sus miembros, tenía un potencial considerable como instrumento para llegar a las masas nicaragüenses en lucha. Sin embargo, para que ese potencial pudiese ser aprovechado, era fundamental que esta propuesta no se orientase hacia la construcción de una especie de “foco guerrillero trotskista” (un contrasentido en sí mismo) sino orientarla hacia el movimiento obrero y las organizaciones de masas, con una caracterización y método correcto tanto hacia las bases como hacia la dirección del FSLN.

¿Trabajar en las organizaciones de masas o criticar desde fuera?

La clave para que una iniciativa como la Brigada Simón Bolívar se hubiese podido extender, ampliar y masificar, convirtiéndose en una llave para dar a conocer las ideas de Trotsky, del marxismo revolucionario, a los trabajadores y campesinos de Nicaragua, era que, tanto en el país centroamericano como internacionalmente, sus impulsores fuesen vistos como una tendencia reconocida del movimiento obrero. Esto solo podía conseguirse orientándose hacia las organizaciones tradicionales de la clase obrera en cada país y participando en ellas. Estas, en su mayoría, estaban dirigidas por reformistas o estalinistas pero era donde participaban, o hacia donde miraban, las masas.
Sin embargo, la mayoría de pequeños grupos que integraban la autodenominada IV Internacional, tras años de mantenerse separados de las organizaciones obreras de masas (a las que constantemente denunciaban como traidoras, reformistas, etc.) no eran vistos por la inmensa mayoría de los activistas obreros como tendencias reconocidas del movimiento sino como sectas que criticaban desde la barrera. Para las direcciones reformistas y estalinistas era mucho más fácil derrotar o aislar cualquier propuesta o crítica que viniese de estos pequeños grupos.

Si los autodenominados trotskistas, aplicando las auténticas ideas de Trotsky, se hubiesen orientado hacia los partidos y sindicatos tradicionales de los trabajadores con un método compañero y hubiesen lanzado una campaña de solidaridad con la revolución nicaragüense dentro de esos partidos y sindicatos, en el contexto político internacional que existía habrían tenido un impacto enorme. A los socialdemócratas y estalinistas les habría sido más difícil poder aparecer ante las masas y los activistas revolucionarios de Nicaragua como los únicos que organizaban el apoyo internacional a la revolución.

Un movimiento internacional de apoyo a la revolución sandinista enraizado en los sindicatos y partidos de masas de la clase obrera y con una orientación y propuestas genuinamente marxistas, si bien obviamente no hubiese impedido a los estalinistas y socialdemócratas tener influencia en Nicaragua, habría permitido, como mínimo, ganar el oído para las ideas de Marx, Engels, Lenin y Trotsky de centenares de miles de activistas fuera y dentro de Nicaragua.
En la propia Nicaragua, tras el buen recibimiento inicial que tuvo entre los militantes y simpatizantes sandinistas la llegada de los casi cien brigadistas que finalmente logró movilizar la Brigada Simón Bolívar, la política correcta hubiese sido entrar al FSLN, a la CST y a la ATC para construir una corriente marxista en su interior, dirigiéndose tanto a las bases como a los dirigentes sandinistas con un método muy compañero. No obstante, los dirigentes de la tendencia morenista en Colombia que orientaban dicha brigada caracterizaban a la dirigencia sandinista como pequeñoburguesa y denunciaban su “apoyo al Gobierno burgués” de la Junta de Gobierno. Esto, al igual que ocurriera con los estalinistas del PC de N, les separó totalmente de las masas. Cuando la Junta de Gobierno ordenó la expulsión de la brigada del país solo una reducida capa de activistas les apoyó.

La importancia de una caracterización teórica correcta

Estos errores eran resultado de unos métodos, orientación y caracterización teóricas incorrectos. El dirigente de la fracción de la Cuarta Internacional que orientaba la Brigada Simón Bolívar, Nahuel Moreno, tenía una concepción rígida, formalista y esquemática. Moreno tendía a intentar encajonar procesos inacabados, contradictorios y todavía en definición como la revolución sandinista en definiciones acabadas y un esquema prefijado más propio de la lógica formal que de un pensamiento dialéctico.

“Contra los sectarios diremos que ellos [los sandinistas] son los más grandes luchadores democráticos de los últimos tiempos en América Latina combinándolo con la denuncia de que ahora están apoyando a un Gobierno burgués (...) Hoy día nuestro enemigo principal es el Gobierno de Reconstrucción Nacional. No nos engañemos por alguna nacionalización mientras el enemigo está pensando en el problema del armamento (...) El FSLN es un movimiento pequeñoburgués, sumamente progresivo en la era de Somoza pero (…) los pequeñoburgueses colaboracionistas siempre se transforman en agentes del Gobierno burgués y de la contrarrevolución democrático burguesa (...) Así como vamos a denunciar al GRN como al enemigo frontal en todo el país, tenemos que denunciar al FSLN, todos los días, hora a hora, dentro del movimiento de masas” (extractos de Las perspectivas y la política revolucionaria después del triunfo de la revolución nicaragüense de N. Moreno).

Aunque los seguidores de Moreno en Nicaragua nunca pasaron de ser un pequeño grupo que criticaba desde fuera al FSLN, nos detenemos a analizar estas ideas porque las mismas, sin ninguna autocrítica ni corrección, han sido aplicadas durante los últimos años en Venezuela. Allí, la tendencia morenista sí llegó a tener una posición significativa en la dirección del movimiento sindical revolucionario con uno de sus principales dirigentes, Orlando Chirinos, dirigente nacional de la central sindical revolucionaria UNT, y con la dirección política de la corriente C-CURA, que durante el II Congreso de la UNT llegó a ser posiblemente la corriente más influyente de esta central.

Los partidarios de Moreno en Venezuela, aplicando las mismas ideas y métodos que ya les habían aislado de las masas en Nicaragua, desaprovecharon una oportunidad histórica y separaron a los activistas obreros que, cada vez en menor número, les seguían de la corriente fundamental de las masas obreras y campesinas. La caracterización del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) como burgués y la negativa a vincular las reivindicaciones inmediatas de las masas con el combate por defender y completar la revolución bolivariana, les llevó primero a contribuir a la escisión y paralización de la UNT, posteriormente a separarse totalmente de la izquierda bolivariana y, en los últimos tiempos a colaborar incluso con sectores de la oposición contrarrevolucionaria en contra del chavismo.

La separación que establece Moreno entre un luchador democrático o antiimperialista honesto y un pequeñoburgués que siempre e inevitablemente solo puede traicionar y aplastar la revolución resulta completamente formalista y, por tanto, antimarxista. Lo mismo ocurre con la categoría teórica que se saca de la manga: la “revolución democrático burguesa triunfante”, que opone y separa de una genuina revolución socialista. De esta forma, Moreno se desviaba totalmente de la teoría de la revolución permanente de Trotsky y regresaba, por la puerta de atrás, a una nueva versión del esquema menchevique y estalinista de la teoría de las dos etapas.

Lo cierto es que en distintas revoluciones que se han desarrollado en países coloniales o semicoloniales hemos visto cómo dirigentes de origen burgués y pequeñoburgués como Alí Bhutto en Pakistán, Nasser en Egipto y otros, fueron más allá de los límites (abstractos y formales) que teóricamente establecía su origen de clase. Sometidos a la presión de las masas y a la decadencia del capitalismo en sus países, llevaron a cabo nacionalizaciones en contra de la voluntad de la propia burguesía e incluso en varios casos llegaron a enfrentarse abiertamente a esta y hablar de socialismo.
No solo eso, militares de países como Afganistán o Siria en situaciones de descomposición extrema del capitalismo procedieron incluso a expropiar a los capitalistas y establecer una economía estatizada y planificada. Pero el caso más claro es el que ya comentamos de Fidel Castro y el Che Guevara. Ambos eran guerrilleros de origen pequeñoburgués (como los sandinistas) y, sin embargo, llegaron a expropiar totalmente a la burguesía, instauraron una economía estatizada y planificada e incluso intentaron extender la revolución a otros países.

Como explicó Ted Grant, fundador de la Corriente Marxista Internacional, en distintos artículos y documentos, estos acontecimientos solo se podían entender analizando de un modo dialéctico y no esquemático el contexto internacional de la lucha de clases. Las políticas socialdemócratas y estalinistas bloqueaban al movimiento obrero y le impedían cumplir sus tareas históricas y ponerse al frente de todos los oprimidos para llevar a cabo la revolución socialista. Pero, al mismo tiempo, las masas obreras y campesinas (especialmente en los países atrasados) no podían esperar más. Sometidas a la decadencia senil del capitalismo intentaban, una y otra vez, transformar sus condiciones de vida.
El resultado era que dirigentes antiimperialistas procedentes de otras clases sociales o estratos de otras clases (como militares, intelectuales o guerrilleros de origen pequeñoburgués, y en algunos casos incluso burgués) se veían empujados a ponerse al frente del movimiento revolucionario de las masas. Sin embargo, enfrentados a la presión de los obreros y campesinos —y, como explicaba la teoría de la revolución permanente de Trotsky, a la incapacidad del capitalismo para desarrollar las fuerzas productivas y garantizar el cumplimiento incluso de las tareas democráticas y de liberación nacional— en muchos casos debían ir más lejos de sus intenciones iniciales y enfrentarse a la burguesía.

Esto no podía ser definido como ninguna revolución democrática triunfante sino como una confirmación de la revolución permanente en la que esta, a causa de la falta de una dirección marxista consciente, se prolonga en el tiempo y se desarrolla de un modo contradictorio y distorsionado. De hecho, si estos dirigentes antiimperialistas no se dotan de un programa socialista y abordan de forma inmediata la expropiación de la burguesía, el resultado no es la consolidación o triunfo de la revolución democrática sino que de manera inevitable, incluso desde el punto de vista del cumplimiento de los objetivos antiimperialistas, empieza a retroceder y finalmente es derrotada.
Esto es lo que ocurrió en Nicaragua y otros países donde la revolución llegó incluso a tomar el control del Gobierno y del Estado pero no completó la revolución desarrollando las tareas socialistas de expropiar a los capitalistas y forjar el poder obrero y popular. Una vez más, no es posible hacer la revolución a medias. Esta es la esencia de la revolución permanente: la total interdependencia e inseparabilidad de las tareas democráticas y antiimperialistas con respecto a las tareas socialistas.

Por supuesto, como explicaba Ted Grant, para que la revolución permanente pueda culminar con éxito es imprescindible una dirección, un programa y una organización de cuadros marxistas al frente de la misma. Pero el único modo de conseguir este objetivo es intervenir en el movimiento de las masas tal como es, y no respondiendo a normas abstractas de cómo debe ser; comprendiéndolo como un proceso vivo, contradictorio y abierto para intervenir en el mismo con el objetivo de impulsarlo hacia adelante, fermentarlo con las ideas marxistas y ganar la mayoría.

Dialéctica contra formalismo

Ni el desenlace de la revolución sandinista —como hoy el de la bolivariana—, ni el carácter del FSLN, ni el Estado o la economía nicaragüense estaban decididos de antemano. Eran el resultado de una lucha abierta entre las clases que se prolongaría más de una década. La tarea de los revolucionarios era intervenir en esa lucha apoyándose en los elementos más favorables: la movilización de las bases de los sindicatos y organizaciones campesinas sandinistas, los intentos de desarrollar el control obrero, el deseo de las masas de defender su revolución, etc., e intentar empujar estos hacia adelante, ganando un audiencia de masas para las propuestas marxistas en el sandinismo y luchando por llevar hasta el final la revolución.

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La política sectaria de los dirigentes de Las Brigadas Simón Bolivar, las aisló de las masas. Cuando la Junta de Gobierno ordenó su expulsión del país solo una reducida capa de activistas les apoyó. 


Partir de categorías y definiciones acabadas tales como “el FSLN es pequeñoburgués”, “el Estado y el Gobierno son burgueses”, etc., llevó a los dirigentes de la Brigada Simón Bolívar —y hoy a sus sucesores venezolanos— a dar por finalizados procesos que aún estaban en desarrollo. De ese modo estaban ayudando a que evolucionasen en el peor sentido posible, en lugar de intervenir en ellos para hacerlos avanzar. Los dirigentes ultraizquierdistas desenfocaron las tareas inmediatas y eligieron ejes equivocados para la agitación, planteando las cosas de un modo que en lugar de acercarles a las bases sandinistas les separó totalmente de ellas.

Como explicaba León Trotsky: “El pensamiento marxista es dialéctico: considera todos los fenómenos en su desarrollo, en su paso de un estado a otro. El pensamiento del pequeñoburgués conservador es metafísico: sus concepciones son inmóviles e inmutables; entre los fenómenos hay tabiques impermeables. La oposición absoluta entre una situación revolucionaria y una situación no revolucionaria es un ejemplo clásico de pensamiento metafísico. En el proceso histórico, se encuentran situaciones estables, absolutamente no revolucionarias. Se encuentran también situaciones notoriamente revolucionarias. Hay también situaciones contrarrevolucionarias (¡no hay que olvidarlo!). Pero lo que existe sobre todo, en nuestra época de capitalismo en putrefacción son situaciones intermedias, transitorias: entre una situación no revolucionaria y una situación prerrevolucionaria, entre una situación prerrevolucionaria y una situación revolucionaria o... contrarrevolucionaria. Son precisamente estos estados transitorios los que tienen una importancia decisiva desde el punto de vista de la estrategia política. (…)
“Qué diríamos de un artista que no distinguiera más que los dos colores extremos en el espectro. (…) ¿Qué decir de un político que no fuese capaz de distinguir más que dos Estados: “revolucionario” y “no revolucionario”? (…) Una situación revolucionaria se forma por la acción recíproca de factores objetivos y subjetivos. Si el partido del proletariado se muestra incapaz de analizar a tiempo las tendencias de la situación prerrevolucionaria y de intervenir activamente en su desarrollo, en lugar de una situación revolucionaria surgirá inevitablemente una situación contrarrevolucionaria” (León Trotsky, ¿Adónde va Francia?).

Del ultraizquierdismo al oportunismo... y vuelta a empezar

Frente a los errores teóricos de Moreno, los dirigentes de la mayoría del Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional, Ernest Mandel y los líderes del SWP estadounidense, que acabarían rompiendo con él, cometen errores similares pero en lugar de conclusiones ultraizquierdistas sacan de ellos conclusiones oportunistas. También ellos intentaban encajonar un régimen cuyo carácter final no había sido resuelto por la historia, en una definición acabada: en este caso “el Gobierno obrero-campesino”. Sin embargo, esta no era tampoco una categoría marxista aplicable a Nicaragua sino, como explica Trotsky, una fórmula con la que en un determinado momento Lenin quería subrayar la necesidad de que el partido marxista, para tomar el poder en un país campesino como Rusia y construir un Estado revolucionario, debía lograr el apoyo masivo de los campesinos y sellar una alianza con ellos.

En otros momentos la consigna Gobierno obrero y campesino hacía referencia a la posibilidad concreta de formar un Gobierno de frente único entre el partido revolucionario y dirigentes centristas o reformistas de izquierda. Pero este término nunca significó, como parecen concebirlo los dirigentes del SWP, un estadio intermedio y separado —que, además, pudiera prolongarse durante todo un periodo histórico— entre el régimen de dominación burguesa y un gobierno obrero socialista en el que los dirigentes del movimiento revolucionario de las masas no expropian a los capitalistas pero tampoco son un instrumento de su dominación. Esta definición, como la revolución democrática triunfante de Moreno, era un intento de definir como una etapa cerrada lo que estaba en plena lucha y definición entre las clases. Además de una aproximación mecanicista, no dialéctica, a la revolución, llevaba inevitablemente a tener (se quisiese o no) una concepción etapista de la misma.

Como consecuencia de haberse sacado el conejo del “Gobierno obrero-campesino” de la chistera teórica, los dirigentes del SWP plantearon la necesidad de apoyar, de un modo prácticamente acrítico, al Gobierno sandinista. Ernest Mandel, como máximo dirigente de la Cuarta Internacional, llega a entrevistarse con dirigentes sandinistas y animarles a seguir avanzando (lo cual era completamente correcto) pero, junto al apoyo incondicional a la revolución —un deber para cualquier revolucionario— y el apoyo al FSLN frente al imperialismo (que también era correcto) resultaba imprescindible señalar a los dirigentes y bases del sandinismo los peligros que existían si la revolución no expropiaba a los capitalistas y no construía un régimen de democracia obrera. En los principales textos públicos que Mandel y el SWP americano hicieron apoyando la revolución sandinista estas propuestas, sin embargo, tienden a ser obviadas.

En cualquier caso, el error más grave de todos fue que, para no molestar a los dirigentes del FSLN, renunciaron a construir una corriente marxista dentro del sandinismo. Para ellos bastaba con asesorar y aconsejar a los dirigentes sandinistas para culminar con éxito la revolución. Como hemos explicado, el papel que iba a desempeñar en la revolución el Frente Sandinista, incluidos sus comandantes dirigentes, no estaba determinado de antemano. Como posibilidad teórica, era correcto decir que una tendencia marxista fuerte internacionalmente y en Nicaragua podía ganar a los dirigentes sandinistas para las ideas de Marx, Engels, Lenin y Trotsky o al menos a un sector de ellos. Pero eso no se podía lograr sobre la base de consejos al oído o palmaditas en la espalda.

Era necesario combinar la defensa internacional de la revolución y un método compañero y constructivo, con la firmeza en la defensa de los principios, la crítica compañera de los errores y la defensa de propuestas programáticas que hiciesen avanzar la revolución. Por encima de todo, era imprescindible desarrollar un trabajo político revolucionario en el seno de las bases sandinistas luchando por construir una corriente marxista de masas dentro del FSLN, la CST, la ATC y los CDS, defendiendo en su seno el programa de Marx, Lenin y Trotsky. Esta era tanto la mejor garantía de defensa y victoria de la revolución como la única posibilidad de ganar a los mejores activistas y dirigentes sandinistas para el marxismo y, con ellos, a las masas.

La solidaridad acrítica desarrollada por los dirigentes mandelistas y del SWP y la renuncia a construir una corriente marxista de masas en el seno del movimiento sandinista les llevó a perder cualquier posibilidad de intervenir en el desarrollo de los acontecimientos en Nicaragua. No solo eso: también hizo que, cuando la revolución finalmente fue derrotada, cayese como un mazazo no solo para miles de militantes y simpatizantes sandinistas o estalinistas en Nicaragua y en todo el mundo sino también para los propios militantes de estas organizaciones autodenominadas “trotskistas”. La consecuencia fue amplificar los efectos de la derrota y sembrar entre toda una capa de cuadros y militantes la perplejidad y la desmoralización.

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Ernest Mandel y el SWP americano renunciaron a construir una corriente marxista dentro del sandinismo, para no molestar a los dirigentes del FSLN. 


Lecciones de Nicaragua para Venezuela, Ecuador, Bolivia...

Los efectos desmoralizadores de la derrota sandinista se sumaron a los de la campaña contra las ideas comunistas desencadenada tras el desplome del Muro de Berlín. El movimiento revolucionario mundial no empezaría a recuperarse plenamente de estos efectos hasta el desarrollo de las revoluciones actualmente en marcha en varios países latinoamericanos y particularmente en Venezuela, donde —tras derrotar el movimiento revolucionario varias tentativas contrarrevolucionarias del imperialismo y la oligarquía— Hugo Chávez planteó en 2005 la necesidad de que la revolución bolivariana se transformase también en socialista. Esto representó un enorme paso adelante al volver a poner el socialismo en el mapa para millones de personas. Sin embargo, la revolución en Venezuela, Bolivia o Ecuador enfrenta hoy el mismo dilema que hubo de abordar hace treinta años en Nicaragua. O llegar hasta el final expropiando política y económicamente a la burguesía, o sucumbir.

La revolución sandinista contiene numerosas lecciones para las revoluciones hoy en pleno desarrollo en varios países latinoamericanos. La primera es que es imposible hacer la mitad de la revolución. Como ocurrió en Nicaragua, si las revoluciones que hoy vivimos en los países anteriormente citados no terminan el trabajo: expropiando la banca, las empresas básicas y la tierra bajo control obrero y sustituyendo el aparato estatal por un genuino Estado revolucionario; serán inevitablemente derrotadas.

La contrarrevolución —como hizo en Nicaragua— mantiene todas las opciones abiertas y trabaja con distintos escenarios. Hoy por hoy no tienen fuerza suficiente para intentar una solución a la chilena. Ya lo intentaron en 2002 en Venezuela y estaban a punto de intentarlo en Bolivia en 2007, y fueron derrotados en ambos casos. Pero, como demuestra el reciente golpe de Estado hondureño, esto no significa que no lo vuelvan a intentar. La burguesía necesita infligir una derrota al movimiento revolucionario en ascenso en algún país para retomar la iniciativa y frenar el giro a la izquierda que vemos en prácticamente todo el subcontinente.

Mientras no lo consigue su táctica es sabotear la economía y esperar que el cansancio de las masas, como ocurrió en Nicaragua en 1990, le permita recuperar el Gobierno por la vía electoral. Pero esto solo sería el primer capítulo de una contrarrevolución contra las condiciones de vida de las masas. En las actuales circunstancias esta contrarrevolución además sería aún más salvaje y violenta que en Nicaragua. La experiencia de la derrota de la reforma constitucional en Venezuela, en diciembre de 2007, y el acortamiento de la diferencia entre chavismo y oposición en las últimas convocatorias electorales, son una advertencia clara de que, si no son resueltos los problemas inmediatos de las masas, nuevas derrotas electorales son posibles. Mientras no se dé el salto cualitativo que supone estatizar los medios de producción y planificar democráticamente la economía para resolver los problemas más urgentes de las masas la revolución no será irreversible.

No obstante, incluso en el caso de que los contrarrevolucionarios (aprovechándose de las fallas internas de la revolución) llegasen en algún momento a obtener una victoria electoral en Venezuela, o cualquiera de los otros países que hoy viven situaciones revolucionarias, esto no sería el final de la historia. La revolución es tan profunda, la lucha de clases ha llegado tan lejos que —como ocurrió en Nicaragua en la primera mitad de los 90— las masas lucharían hasta el último aliento por defender y completar su revolución.

Algunos sectores de la izquierda, basándose en algunas similitudes que hemos visto entre estos procesos revolucionarios y el nicaragüense (economía mixta, falta de organismos y mecanismos de control que garanticen el desarrollo del poder obrero y popular, presión de los sectores reformistas y de la burguesía a favor del “diálogo”, etc.) trazan un paralelismo absoluto y consideran prácticamente inevitable que las revoluciones venezolana, boliviana o ecuatoriana tengan un desenlace similar al de Nicaragua. Esto es un gravísimo error, porque lo que tenemos en estos países es una lucha viva, un proceso en pleno desarrollo. La resolución definitiva del mismo será resultado de la lucha entre revolución y contrarrevolución en cada país y a escala internacional.

Un contexto internacional muy favorable

La actuación que tengamos los revolucionarios, nuestra capacidad para vincularnos a las bases del movimiento revolucionario, trabajar dentro de las organizaciones de masas en todos estos países en revolución y ganar a la mayoría para el programa y métodos del marxismo puede ser un factor en la ecuación. Desde ese punto de vista, junto a las similitudes ya comentadas, existen diferencias importantes entre la Nicaragua de los 80 y Venezuela, Bolivia y Ecuador hoy que resulta necesario reseñar y que hacen que la correlación de fuerzas actual sea, en nuestra opinión, más favorable para los revolucionarios.

En primer lugar, tanto la contrarrevolución burguesa como la quinta columna de la burocracia reformista tienen hoy una base social más endeble y están encontrando más obstáculos para avanzar. Esto es resultado, entre otras cosas, de la decadencia senil del capitalismo y la tendencia a la proletarización de la sociedad, que son procesos de carácter mundial del capitalismo que han continuado desarrollándose con alzas y bajas pero de manera inexorable durante las últimas décadas.

El contexto político internacional actual también nos favorece. A finales de los años 80, Nicaragua, como vimos, estaba prácticamente aislada, aunque la solidaridad y simpatía de los activistas obreros y estudiantiles de todo el mundo seguía siendo grande, se trataba prácticamente de la única revolución en marcha. En particular en Latinoamérica, durante los años 70 habíamos visto situaciones revolucionarias en prácticamente todos los países pero las políticas erradas de las dirigencias estalinistas, reformistas y nacionalistas burguesas o pequeñoburgueses no habían sido capaces de asegurar una victoria revolucionaria. Nicaragua era, por así decirlo, la última réplica de un movimiento sísmico que iniciado en los años 70 había sacudido todo el mundo pero no había logrado derribar el capitalismo en ningún país.

Por contra, la revolución bolivariana en Venezuela representó la primera oleada de una nueva marea revolucionaria que ya se ha extendido a Bolivia y Ecuador, tuvo un primer impacto sobre México con el gigantesco movimiento de masas en respuesta al fraude electoral contra López Obrador y el desarrollo de la Comuna de Oaxaca, inunda ahora Honduras y empuja a la elección de Gobiernos de izquierda y el desarrollo de grandes movimiento de masas en prácticamente todo el continente. La revolución hoy es cada vez menos venezolana, boliviana o ecuatoriana y más latinoamericana, e incluso mundial.

Otro factor a considerar es que Nicaragua en 1989 se enfrentaba al inicio de la contrarrevolución capitalista en la URSS y esto coincidió además con un periodo de estabilización política y recuperación económica en el mundo capitalista avanzado. El ascenso revolucionario actualmente en desarrollo en América Latina se combina con la peor crisis capitalista desde 1929. Lejos de un giro a la derecha en las organizaciones de masas como el que produjo la ofensiva contra las ideas del socialismo desatada tras el derrumbe estalinista hoy lo que vemos es que, pese al papel de freno que siguen jugando la mayoría de las direcciones políticas y sindicales de la clase obrera, los efectos del colapso estalinista y la ofensiva ideológica de la burguesía tienden a disiparse. El socialismo vuelve a estar sobre el tapete y sus características y el modo de conquistarlo son debatidos no ya por pequeños círculos de revolucionarios sino por millones de jóvenes, campesinos y trabajadores.

El marxismo es la única alternativa

Estos factores internacionales condicionan a su vez el ánimo y confianza de las bases revolucionarias en cada país. En Nicaragua el aislamiento de la revolución actuaba como un jarro de agua fría sobre muchos activistas. La influencia ideológica del estalinismo primero, y los efectos ideológicos de su colapso posteriormente impidieron a toda una generación conocer las auténticas ideas de Marx, Engels, Lenin y Trotsky y encontrar en ellas inspiración y un programa, métodos y estrategia alternativos para luchar contra la burocracia y el reformismo.

Con las revoluciones hoy en marcha ocurre lo contrario. La crisis capitalista global “llueve sobre mojado”. Cae sobre el terreno fértil de un malestar acumulado durante los pasados años de boom. Como siempre ha explicado el marxismo, no es la crisis o el auge por sí solo lo que empuja a las masas a sacar conclusiones revolucionarias sino la sucesión de ambos y la evidencia de que, tanto en uno como en otro, los capitalistas son los que siempre ganan y los trabajadores los que pagamos los platos rotos. la revolución en Venezuela, Bolivia o Ecuador enfrenta hoy el mismo dilema que hubo de abordar hace treinta años en Nicaragua. O llegar hasta el final expropiando política y económicamente a la burguesía, o sucumbir.

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La revolución en Venezuela, Bolivia o Ecuador enfrenta hoy el mismo dilema que hubo de abordar hace treinta años en Nicaragua. O llegar hasta el final expropiando política y económicamente a la burguesía, o sucumbir.


La clara conciencia que existe entre los trabajadores de todos los países de que la crisis es internacional y de que sus culpables son los capitalistas es otro elemento que incrementa el cuestionamiento al sistema y el descontento social. La extensión internacional tanto de este creciente cuestionamiento al sistema como de la lucha de masas contra el mismo representan un estímulo para los militantes revolucionarios en Venezuela, Bolivia, etc. en su lucha contra el reformismo y tiende a echar más combustible a la llama de la revolución.

El propio colapso del estalinismo, que tanto utilizó la burguesía para reforzar su propaganda anticomunista durante los últimos 20 años, ahora se transforma en su contrario. Despierta interés entre miles de activistas en todo el mundo que se preguntan qué ocurrió realmente y buscan explicaciones y alternativas. El resultado de todo ello es que, hoy más que nunca, las ideas de Marx, Engels, Lenin y Trotsky se ven reivindicadas por la historia y cada vez más jóvenes y trabajadores buscan en ellas una salida al abismo de miseria, destrucción y barbarie en el que nos hunde el capitalismo.
En esa búsqueda, la experiencia de los errores cometidos ayer en Chile, Nicaragua y otras revoluciones derrotadas nos ayuda a forjar hoy el programa que necesitamos para, ahora que la lucha de clases empieza a reatar el hilo de la historia, poder —esta vez sí— encontrar el camino de la victoria.

Armadas con el programa, métodos e ideas del marxismo las masas obreras y campesinas de Venezuela, Bolivia, Ecuador, Honduras, Nicaragua y el resto de Latinoamérica podríamos acabar de una vez por todas con la explotación capitalista y empezar a resolver problemas que sufrimos desde hace siglos. La victoria de la revolución socialista en un país latinoamericano significaría hoy su extensión inmediata al conjunto del subcontinente y prendería la llama revolucionaria en el resto del mundo. Por primera vez en la historia, las ideas de Morazán, Bolívar, Martí o Artigas podrían hacerse realidad, complementándolas y enriqueciéndolas con el programa y métodos del socialismo científico desarrollados por Marx, Engels, Lenin y Trotsky. Una Federación Socialista de las Repúblicas de Centro y Suramérica y el Caribe sería el primer paso hacia una Federación Socialista Mundial en la que cualquier forma de opresión y explotación sería ya solamente una reliquia histórica.

 

Bibliografía:

·Cagina, J., Nicaragua: Transición política, democracia y reconversión del sector defensa. ·Cortázar, Julio, Nicaragua violentamente dulce. ·Grant, Ted, Obras, volumen I, Fundación Federico Engels ·Grigsby, W., Nicaragua 26 años después, ¿dónde está el movimiento popular?, Rebelión y Envío Digital. ·Invernizzi, G., Pisani, F., Ceberio, J., Sandinistas, Ed. Vanguardia. ·Lenin, Trotsky, Preobrazhenski, Bujarin. El debate sobre la economía de transición en la URSS, Ed. Grijalbo. ·Ortega, Marvin, La reforma agraria sandinista, Revista Nueva Sociedad. ·Perales, Iosu, Los buenos años. Nicaragua en la memoria, Rebelión. ·Petras, James, Capitalismo, socialismo y crisis mundial. ·Ramírez, Sergio, Adiós, Muchachos. Una memoria de la revolución, Ed. Aguilar. ·Trotsky, L., Clase, partido y dirección, Marxismo Hoy nº 3, Fundación F. Engels. — ¿Adónde va Francia?, Fundación F. Engels. ·Vig, Carlos, Nicaragua: ¿Reforma o revolución? (recopilación). Vilas, Carlos M., Perfiles de la revolución sandinista, Ed. Nueva Nicaragua. — Nicaragua tras las elecciones: los primeros sesenta días. ·Villas, Claudio, Nicaragua, Lecciones de un país que no completó la revolución, Cuadernos de Formación Política de la CMR. ·Woods, A., Reformismo o revolución, Fundación F. Engels ·El ascenso y el ocaso de la revolución nicaragüense, Revista Nueva Internacional. ·Envío Digital. ·El Nuevo Diario.

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Este artículo ha sido publicado en la revista Marxismo Hoy número 18. Puedes acceder aquí a todo el contenido de esta revista. 

 

 

 

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