El domingo 19 de junio se celebró la segunda vuelta de las elecciones legislativas en Francia. El resultado ha sido un durísimo varapalo para la lista de Macron, que pierde la mayoría absoluta en la Asamblea Nacional.

Por primera vez en seis décadas ningún partido tendrá una mayoría parlamentaria clara, abriéndose para la burguesía francesa un escenario de mayor inestabilidad precisamente en un momento crítico: una crisis económica en ciernes y un malestar en la calle que puede saltar en cualquier momento.

Estos comicios también han reflejado la creciente polarización política a derecha e izquierda que se ha venido manifestando en anteriores citas electorales. La coalición de izquierdas encabezada por Jean Luc Mélenchon (NUPES) se convierte en la primera fuerza de la oposición, habiendo logrado un fuerte aumento respecto a las legislativas de 2017, aunque no ha conseguido su propósito declarado de ser la candidatura más votada y obligar a Macron a nombrarlo primer ministro. En el otro polo, Marine Le Pen y su Reagrupamiento Nacional (RN) consigue el mayor número de votos en unas legislativas y entrar —por primera vez desde 1986— con grupo propio en la Asamblea. Pero a pesar de estos buenos resultados, hay que señalar que la derecha en su conjunto pierde en estas elecciones prácticamente dos millones de votos respecto a 2017, mientras que la izquierda aumenta en casi 4,5 millones su apoyo electoral.

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Por primera vez en seis décadas ningún partido tendrá una mayoría parlamentaria clara. Para la burguesía francesa se abre un escenario de mayor inestabilidad en un momento crítico. 


Otro factor a destacar es el 53,7% de abstención que se registró. Aunque cinco puntos menor que en 2017, sigue mostrando el descrédito y la crisis del parlamentarismo. Según una encuesta realizada en noviembre 2021 por la Asamblea Nacional, el 40% de la población francesa considera que esta institución no es útil, 27 puntos más que en 1995.

Macron pierde la mayoría absoluta

Al igual que en las presidenciales de abril[1], el desgaste de las políticas antiobreras y reaccionarias de Macron es más que palpable. La coalición de la primera ministra Élisabeth Borne (en la que se encuadra En Marcha!, el partido de Macron) ha obtenido  8.927.222 votos, el 39% del total, perdiendo 835.170 papeletas respecto a la segunda vuelta de 2017 y diez puntos porcentuales menos que entonces, lo que se traduce en una caída de 101 diputados que les deja a falta de 40 para la mayoría absoluta. El revés sufrido por Macron es histórico. Desde la introducción de las elecciones presidenciales quinquenales en el año 2000 es la primera vez que el candidato de la mayoría presidencial no consigue esa mayoría en las legislativas inmediatamente posteriores. La debacle ha sido tan dura que el propio Macron no ha aceptado la dimisión de su primera ministra.

A esto se suma el batacazo de la derecha tradicional —agrupada en torno a la coalición Unión de la Derecha y el Centro—, que se deja casi un 65% de su apoyo electoral de hace cinco años, perdiendo 3.154.664 sufragios y 63 diputados. Una posición muy comprometida (incluso desde el punto de vista del sostenimiento económico de su partido), quedándose como la cuarta fuerza en la Asamblea, con solo 74 diputados.

Crisis de la derecha tradicional y grupo parlamentario para Marine Le Pen

La derecha republicana gaullista, sustento central durante décadas del régimen político francés ha dejado de serlo, y encara una profundización de su crisis. Por un lado, la clase dominante francesa necesita continuar los ataques contra la clase trabajadora y eso solo puede asegurarlo si Los Republicanos (LR) ensanchan la frágil mayoría macronista. De hecho, la burguesía europea ya ha señalado ese camino y ha apremiado tanto a LR como a los diputados socialistas (31) de NUPES a apoyar a Macron en los “temas de calado”. El presidente de Los Republicanos, Christian Jacob, de momento ha afirmado que “no entraremos en una lógica de pactos y coaliciones”; sabe que ligarse a un Macron en horas bajas puede terminar de poner el RIP de sus siglas. Pero la presión de la burguesía será fuerte en ese sentido. Por otro, el ascenso de la extrema derecha podría terminar por fagocitar todo el electorado de Los Republicanos.

La realidad es que el ascenso de la extrema derecha es una advertencia muy seria para los trabajadores y la juventud. Reagrupamiento Nacional de Le Pen obtuvo 3.589.460 votos, el 17,34% del total, lo que significa 1.998.602 papeletas más que en 2017, llegando a doblar su apoyo electoral y aumentando el número de diputados de 8 a 89. Por su parte el ultrarreaccionario Zemmour, que no pasó a la segunda ronda, obtuvo otros 964.868 votos en la primera vuelta. 

El trasvase de votos y escaños de Los Republicanos a la extrema derecha es claro. Al igual que estamos viendo en el resto del planeta, la falta de alternativa de la izquierda y el hundimiento de las condiciones de vida de la mayoría está empujando a sectores que antiguamente votaban a la derecha o al centro a virar de forma violenta a la extrema derecha. Este ascenso de la extrema derecha refleja la polarización social existente y la escisión que se ha producido en la base de la derecha clásica.

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El ascenso de la extrema derecha refleja la polarización social existente y la escisión que se ha producido en la base de la derecha clásica.


La izquierda de Mélenchon, la fuerza que más avanza. ¡Derrocar las políticas de la derecha con la movilización y un programa socialista!

Sin embargo, si el quinquenio de Macron ha estado marcado por algo, eso ha sido la lucha social en las calles. El fuerte ascenso de la candidatura de Mélenchon en las presidenciales demostró precisamente cómo los trabajadores y la juventud no están dispuestos a aceptar el programa de ataques de Macron, ni tampoco el discurso racista y reaccionario de la extrema derecha.

En estas legislativas, la candidatura liderada por Mélenchon con el nombre de NUPES e integrada por la Francia Insumisa, el PS, el PCF y Los Verdes, ha tenido un ascenso fulgurante. Ha conseguido 6.537676 votos, el 31,58% del total, pasando de 72 diputados a 131, con 4.051.000 votos más que en 2017. Sin duda, la fuerza política que avanza con más contundencia, consolida el avance que ya mostró en las presidenciales y se convierte en la principal fuerza de oposición a Macron. Al igual que en abril, los cinturones rojos de las grandes ciudades se han convertido en el principal feudo de Mélenchon. Por ejemplo, en el departamento de Seine-Saint Denis (en el extrarradio de París), la izquierda ha conseguido los 12 diputados en juego.

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El quinquenio de Macron ha estado marcado por la lucha social en las calles. Los trabajadores y la juventud no están dispuestos a aceptar los ataques de Macron, ni el discurso racista y reaccionario de la extrema derecha. 


En 2012, la mayoría absoluta del PS fue recibida con buenos ojos por parte de una mayoría de trabajadores y jóvenes, tras más de una década de Gobiernos de pesadilla de la derecha. Sin embargo, la socialdemocracia dio paso rápidamente a un programa de austeridad, privatizaciones, medidas antiobreras y destrucción de los servicios públicos.

El programa de Mélenchon plantea muchos aspectos que son progresistas como la reducción de la edad de jubilación a los 60 años, que ninguna pensión esté por debajo del SMIC, la garantía de un salario mínimo mensual de 1.400 euros netos, un decreto de congelación de precios de los productos básicos… Desde la victoria de Macron en las presidenciales, toda su campaña ha tenido un único objetivo: convertir a Mélenchon en el nuevo primer ministro y utilizar esa posición para llevar a cabo esas propuestas. Es decir, poner todo el énfasis en que desde el Parlamento y sin confrontar con los grandes poderes fácticos se pueden cambiar las cosas, y dejando en un segundo plano la organización desde abajo y la lucha en las calles. Sin embargo, la experiencia nos ha enseñado que ganar las elecciones no es suficiente. Los trabajadores y jóvenes en el Estado español hemos tenido que sufrir esta amarga lección en los últimos tiempos, al igual que ya ocurrió en Grecia, tras la rotunda victoria de Syriza en 2015 y el triunfo del OXI en el referéndum antiausteridad.

En el próximo periodo la lucha y la movilización social no se harán esperar. Macron ya ha anunciado los próximos ataques, empezando por una reforma de las pensiones que pretende retrasar la edad de jubilación de los 62 actuales a los 65 años. Como ya han demostrado en el pasado, los trabajadores y pensionistas volverán a dar la batalla contra este tipo de medidas. Si la Francia Insumisa quiere servir como una palanca para hacer avanzar estas luchas no puede plegarse a los intereses de la dirección reformista del PS, sino que tiene que utilizar sus posiciones parlamentarias y sus diputados como altavoz de las reivindicaciones de los trabajadores, los jóvenes y los pensionistas. Esta estrategia es la única que puede doblegar a Macron y sus políticas. Estas elecciones también lo han puesto de manifiesto: en la 7ª circunscripción del Val-de-Marne, una de las dirigentes de la lucha de las camareras de piso del hotel Ibis en Batignolles (París) ha vencido a la anterior ministra de deportes de Macron.

Intentar reformar el sistema desde dentro, negociando con los capitalistas, es una vía muerta. Si de verdad queremos transformar la sociedad y lograr unas condiciones de vida dignas para la mayoría de la población, tenemos que apostar por una política que rompa definitivamente con el sistema capitalista, que confronte contra los capitalistas con un programa socialista y que se apoye en la fuerza de la movilización social en la calle y no en la aritmética parlamentaria.

 Notas:

[1] Ver el análisis en Francia. Macron reelegido con abstención récord y tras un gran resultado de Mélenchon en la primera vuelta

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