Pedro Sánchez se queda. Qué burda maniobra de propaganda para no tocar al régimen del 78
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El periodo de “reflexión” que Pedro Sánchez anunció a la ciudadanía ha terminado. Finalmente no ha habido dimisión, como la entrevista previa con el rey parecía sugerir, y tampoco moción de confianza, para revalidar en el Parlamento su exigua mayoría. Pedro Sánchez continúa como si nada hubiera pasado, y supuestamente con fuerzas renovadas gracias a una “movilización de la mayoría social” según planteó en su comparecencia ante la prensa.

Para completar la salida a este docudrama, el CIS publicó inmediatamente los resultados de una encuesta de urgencia que mostraba un giro súbito en las perspectivas electorales. Nada menos que 10 puntos de ventaja para el PSOE y un retroceso claro del PP. El otro socio de la coalición gubernamental, Sumar, también cae ante el empuje de Pedro Sánchez.

Un guión cocinado a conciencia pero que muy probablemente no ha salido del todo como se esperaba. Por mucho que los muñidores de la maniobra se esfuercen en resaltar, la movilización en las calles ha sido muy limitada. Apenas 12.000 personas el sábado en la sede de Ferraz y un poco menos el domingo ante el Parlamento, fundamentalmente militantes socialistas, veteranos en su mayoría, muchos de ellos venidos de otros territorios, junto a miembros de los aparatos de CCOO, UGT, IU, PCE y Sumar.

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Sánchez se da cuenta de que sus políticas capitalistas, que están llenando los bolsillos de las grandes empresas también carcomen el apoyo de la base electoral de la izquierda, de millones de familias trabajadoras cuya vida cotidiana es cada día más insoportable. 

El PSOE y las cloacas del Estado

En el Comité Federal celebrado el sábado era llamativo ver cantar La Internacional y escuchar gritar “No pasarán” a enfervorecidos cargos públicos y ministros socialistas. También el diario El País dedicó decenas de artículos a glosar el gesto épico de Sánchez. E incluso la cúpula de CCOO y UGT, la misma que con tanto ahínco se niega a convocar huelgas y es garante celosa de la paz social, llenó el Auditorio Marcelino Camacho de Madrid para escuchar a algunos representantes de la música o el cine y llamar a participar este Primero de Mayo en defensa de la “democracia”.

Por supuesto, ninguna consideración seria y reflexionada de las razones que han dado a la derecha y la extrema derecha esta confianza para utilizar el aparato del Estado, la Judicatura, los medios de comunicación, o la policía a su antojo. Y esta reflexión no se ha producido, ni se producirá, porque significaría atacar de raíz al régimen del 78 y a todos aquellos que lo han sostenido. Y entre los actores fundamentales que han hecho posible descender al fango ponzoñoso adonde hemos llegado, el PSOE ha sido fundamental.

La cuestión es concreta. La dirección del PSOE se ha apoyado en ese mismo aparato judicial que hoy denuncia, en esos mismos medios de comunicación que hoy denigran a su secretario general, en esas mismas cloacas del Estado desde hace décadas. Y lo ha hecho buscando objetivos nada de izquierdas y nada democráticos: para salvar la cara a Juan Carlos I y apuntalar a la monarquía franquista, o para negar reconocimiento y reparación a las víctimas de la dictadura, blindando impunidad a los torturadores y asesinos de un régimen que nos oprimió durante cuarenta años.

Un partido que recurrió a sicarios de extrema derecha para crear una organización terrorista, los GAL, que cometieron decenas de asesinatos. Que combatió a sangre y fuego a la izquierda abertzale, encarcelando a sus dirigentes con burdos montajes policiales, y aprobando leyes de excepción antidemocrática. Que clausuró periódicos y encerró en la cárcel a periodistas.

Que estuvo al lado del PP y respaldó el envío de miles de antidisturbios para que a porrazo limpio impidieran el derecho a decidir del pueblo catalán. Que aplaudió el proceso y encarcelamiento de los dirigentes independentistas y el 155.

Y ya entrando a los bulos y montajes recientes, un partido y un presidente que no movió un dedo contra la jauría mediática y judicial de la derecha y la extrema derecha en su cacería contra Pablo Iglesias, Irene Montero y Podemos, que votó junto con el PP para dar la razón a los jueces fascistas en su ofensiva contra la ley del Solo Sí es Sí. Que ve con buenos ojos y justifica a la policía y la guardia civil que apalea a la juventud y se calla la boca y mira a otro lado ante la actuación de los tribunales contra los jóvenes de Altsasu, los seis de Zaragoza o Pablo Hasél que están en la cárcel. En la cárcel sin que este presidente diga ni haga nada por evitarlo.

Con este espectáculo de patas muy cortas, Sánchez no responde a la pregunta esencial, ¿cuál es la responsabilidad de su partido en lo que el mismo denuncia? En nuestra humilde opinión muchísima. Porque ha mimado y consentido todo a la derecha judicial y se ha apoyado en ella siempre que lo ha necesitado para combatir a su izquierda y destruirla siempre que ha podido.

Pedro Sánchez recurre a la memoria antifascista para reagrupar fuerzas

El discurso de Pedro Sánchez ha sido un ejemplo de vacuidad y frivolidad, una tomadura de pelo que manipula un sentimiento honesto de millones de trabajadores que están hartos de ver a la derecha y la extrema derecha envalentonada. Sánchez ha retorcido este sentimiento en una burda maniobra de propaganda que lejos de debilitar a la reacción le da alas y le confirma que está en el camino correcto para seguir golpeando.

De tomar en serio sus palabras, el problema del ascenso de la extrema derecha se limita a que él y su cónyuge son el blanco de una campaña de desprestigio y calumnias. Todo empieza ahora, parece ser. Antes no había nada, todo estaba correcto.

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Si Sánchez sigue aplicando las mismas políticas capitalistas y militaristas, y enriqueciendo a los de siempre, es inevitable que la desmoralización cunda, y la demagogia de la extrema derecha gane más posiciones. 

Y frente a esa campaña Pedro Sánchez alza una bandera, la de la “regeneración pendiente de nuestra democracia”, y propone conseguir tan loable objetivo “mediante el rechazo colectivo, sereno, democrático, más allá de las siglas y de las ideologías, que yo me comprometo a liderar con firmeza como presidente del Gobierno de España”.

Pedro Sánchez cree que puede manejar a voluntad el sentimiento antifascista, profundamente arraigado en una parte muy importante de la población que sigue teniendo muy presente lo que significaron los 40 años de dictadura franquista, para realzar su imagen de estadista y de heroico baluarte contra la reacción y la extrema derecha. Y se burla de nosotros cuando en su discurso pone por las nubes la gestión de su Gobierno que ha conseguido que la sociedad española “pese al difícil contexto geopolítico que sufrimos con guerras en Oriente Medio y en Ucrania, vive un muy buen momento económico y respira paz social”.

Sánchez pone los años de la Transición como un ejemplo a seguir en los tiempos presentes. Según él, hay que recuperar “una sociedad que asombró al mundo por su aceptación entusiasta de los derechos y las libertades, pasando de ser un país oscuro a un referente internacional de libertades y de democracia, de progreso y de convivencia”.

Precisamente fueron los Acuerdos de la Transición los que permitieron que el aparato del Estado franquista sobreviviera completamente intacto a las grandes movilizaciones de los años 70. Gracias a esos acuerdos heredamos un ejército repleto de fascistas, añorantes del poder y los privilegios que los mandos militares acumulaban durante la dictadura; una policía repleta de torturadores y una amplia nómina de sicarios a sueldo, como los que integraban el Batallón Vasco Español y otros grupos de asesinos, cuyos crímenes quedaron impunes gracias a la Ley de Amnistía; unos medios de comunicación, manejados desde grandes grupos empresariales, que actuaban como mercenarios al servicio de quién pagase mejor sus servicios; una casta de altos funcionarios del Estado que dedicaron las cuatro décadas de dictadura a tejer una provechosa red de vínculos corruptos con el mundo de los negocios, especialmente el inmobiliario; y, muy relevante a la vista del panorama actual, heredamos una judicatura rabiosamente fascista, machista, ultracatólica y reaccionaria, a la que la Transición blanqueó rebautizando como Audiencia Nacional al principal tribunal político del franquismo, el Tribunal de Orden Público, a su vez heredero de las funciones del Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo, establecido por Franco en 1940 para dar una apariencia de “legalidad” a sus espantosos crímenes.

Es en estas instituciones de la Transición donde se orquestan las campañas de la extrema derecha que Pedro Sánchez simula denunciar. Si Sánchez tuviese una genuina preocupación y voluntad de cambiar las cosas, promovería la expulsión y depuración de todos los elementos fascistas del aparato del estado apoyándose en la movilización popular, en lugar de divagar sobre lugares comunes e impartir moralina barata.

La realidad es que la herencia del franquismo no es un problema para Sánchez. Todo lo contrario. Para desarrollar una política que en el terreno doméstico está al servicio de la banca, las empresas del Ibex y el rentismo inmobiliario, y en el terreno internacional sigue con entusiasmo la senda militarista marcada por el imperialismo norteamericano y por la OTAN, el arsenal represivo heredado de la Transición es muy adecuado. Y allí donde se queda corto, se completa con la Ley Mordaza, que el PSOE se empeña a toda costa en mantener, pese a que su único objetivo es facilitar la persecución legal y el encarcelamiento de cualquiera que ose protestar contra las instituciones del Estado y el poder establecido.

Sánchez no es tonto, se da cuenta de que sus políticas capitalistas, que están llenando los bolsillos de los banqueros, las grandes empresas eléctricas, las multinacionales agroalimentarias, o los fondos de especulación inmobiliaria también carcomen el apoyo de la base electoral de la izquierda, de millones de familias trabajadoras y de jóvenes cada día más descontentos con los gestos vacíos y los brindis al sol, mientras nuestra realidad cotidiana es insoportable.

Y desde Moncloa también saben que es improbable que vuelva a repetirse la reacción de última hora de cientos de miles de personas que, ante la amenaza de la entrada de Vox en el Gobierno, decidieron votar al PSOE el pasado julio. En estas circunstancias ¿qué mejor que una buena representación política, bien escenificada, para intentar recuperar algo de iniciativa política n los medios de comunicación a pesar de su carácter cesarista y vacuo?

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El único camino para cambiar radicalmente esta situación y derrotar a la extrema derecha es la defensa y aplicación intransigente de políticas de Izquierda, que confronten con valentía y decisión a la reacción y a los grandes poderes económicos y mediáticos. 

De momento todo indica que Pedro Sánchez seguirá gobernando. Ni uno solo de sus aliados tiene el más mínimo interés en provocar su caída y precipitar unas elecciones generales de resultado más que incierto y que podría abrir la Moncloa al PP y Vox. El PSOE gana así un respiro. Pero no hay que equivocarse.

Si Sánchez sigue aplicando las mismas políticas capitalistas y militaristas, y enriqueciendo a los de siempre, es inevitable que la desmoralización cunda, y la demagogia de la extrema derecha gane más posiciones.

Las políticas del Gobierno no están resolviendo los acuciantes problemas que soportamos millones de trabajadores y jóvenes, los salarios miserables, la precariedad crónica, la falta escandalosa de vivienda pública digna, los recortes en sanidad y educación. Y esto es lo que alimenta la amenaza de la extrema derecha.

Las maniobras de propaganda burda, la autovictimización ladina mientras a las auténticas víctimas de este sistema, que se cuentan por millones, se las ignora, no sirven para luchar contra la derecha y la extrema derecha. Eso es tacticismo del peor, sin sustancia, débil y marrullero.

El único camino para cambiar radicalmente esta situación y derrotar a la extrema derecha es la defensa y aplicación intransigente de políticas de Izquierda, que confronten con valentía y decisión a la reacción y a los grandes poderes económicos y mediáticos.

Y eso es absolutamente incompatible con la charlatanería.


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