La crisis de la zona euro suma y sigue. Después de los rescates de Grecia, Irlanda, Portugal, y de la banca española, ahora se ha sumado el de Chipre. Ciertamente, el peso de Chipre en la economía europea es muy pequeño (0,2% del PIB), sin embargo, sobre una Unión Europea con tensiones internas cada vez más fuertes, en recesión, y con una crisis bancaria sin resolver, el colapso financiero de la isla mediterránea podía haber derivado en un terremoto de consecuencias imprevisibles. Los medios de comunicación burgueses han repetido hasta la saciedad que el problema de la banca chipriota era un “caso excepcional” y que el “peligro de contagio” ha desaparecido. Pero… ¿cuál será el siguiente “caso excepcional” en estallar? ¿De nuevo Grecia? ¿Portugal? ¿Quizás Italia o el Estado español? Incluso puede que algún banco de la “Europa sana”. Quién sabe si, de nuevo, Chipre, porque el problema sigue abierto a pesar del rescate y la sensación de “calma en los mercados” los días posteriores.

La crisis de la zona euro suma y sigue. Después de los rescates de Grecia, Irlanda, Portugal, y de la banca española, ahora se ha sumado el de Chipre. Ciertamente, el peso de Chipre en la economía europea es muy pequeño (0,2% del PIB), sin embargo, sobre una Unión Europea con tensiones internas cada vez más fuertes, en recesión, y con una crisis bancaria sin resolver, el colapso financiero de la isla mediterránea podía haber derivado en un terremoto de consecuencias imprevisibles. Los medios de comunicación burgueses han repetido hasta la saciedad que el problema de la banca chipriota era un “caso excepcional” y que el “peligro de contagio” ha desaparecido. Pero… ¿cuál será el siguiente “caso excepcional” en estallar? ¿De nuevo Grecia? ¿Portugal? ¿Quizás Italia o el Estado español? Incluso puede que algún banco de la “Europa sana”. Quién sabe si, de nuevo, Chipre, porque el problema sigue abierto a pesar del rescate y la sensación de “calma en los mercados” los días posteriores.

Entre la quiebra desordenada y el patadón hacia delante

El detonante de la crisis financiera de la banca chipriota fue la quita sobre la deuda griega, acordada en octubre de 2011, cuando la banca alemana ya se había desprendido de una buena parte de ella. Los bancos chipriotas estaban en posesión de una gran cantidad de bonos griegos (por un valor equivalente al 60% del PIB de Chipre) siendo una parte decisiva de su negocio. Con la reestructuración, que redujo el valor de los bonos de deuda griega a la mitad, las pérdidas de la banca chipriota fueron brutales, agravando una situación ya muy delicada por el pinchazo del boom especulativo inmobiliario, en un proceso muy similar al que ocurrió con la banca española. El valor del Banco de Chipre, de 7.500 millones en diciembre de 2007, se redujo un 95%, pasando a 300 millones a principios de marzo de 2013. Laiki, el otro gran banco, pasó de 8.100 millones a 170 millones en el mismo periodo, una pérdida del 98%.
El negocio bancario era la principal actividad económica de la isla, que actuaba de paraíso fiscal, sobre todo para los capitales rusos evadidos, que constituían una parte importante de sus depósitos (se calcula que un 40% de los 70.000 millones en ese concepto). El sector financiero chipriota alcanzó una dimensión extraordinaria, con un peso de 7,5 veces el PIB del país. Pero ese crecimiento del negocio financiero también estuvo acompañado de un apalancamiento brutal. Por cada euro de fondos propios la banca chipriota jugaba con 14 euros de fondos ajenos, fueran depósitos o préstamos. La deuda privada chipriota equivale a más del 250% del PIB, una de las desproporciones más altas del mundo, por encima de Irlanda, Gran Bretaña y el Estado español.

El agujero dejado por la banca chipriota, como consecuencia de la crisis general del sistema capitalista y de su vínculo especial con la economía griega, era imposible de asumir por las arcas públicas del país. Así que la disyuntiva fundamental para los sectores decisivos de la burguesía europea, ante el importante vencimiento de bonos de deuda de la banca previstos para junio, era la siguiente: cortar el grifo y dejar que la banca chipriota quebrara de forma desordenada, con el consiguiente colapso de su economía y una huida en estampida de los euros de la isla (lo que significaba, de facto, su salida abrupta de la zona euro) o un nuevo rescate. Después de dos semanas de negociaciones enormemente tensas se optó por un nuevo rescate que, de todas maneras no deja de ser un parche temporal. Como todos los anteriores rescates, no evitará nuevos rebrotes, y más virulentos, en Chipre y en otros países, de la peculiar crisis financiera instalada dentro de la zona euro. Efectivamente, si hay algo que pone de relieve la forma en que los sectores decisivos de la burguesía europea han abordado este último rescate es precisamente que se están preparando para un escenario de más tensión e inestabilidad, y no para lo contrario.

¿Un rescate más ‘justo’?

En un aspecto fundamental el “rescate” de Chipre es idéntico a los anteriores. Su función no es ayudar a la población chipriota, cuyo nivel de vida retrocederá brutalmente, sino salvaguardar los intereses generales de la burguesía europea, que entiende perfectamente que una crisis descontrolada en Chipre arrastraría a España e Italia, países cuya situación económica, financiera y política es extremadamente crítica e inestable y donde realmente se concentran ahora los problemas más graves de la zona euro. Es también un golpe a los intereses de la burguesía rusa (por la quita que se aplicará a los depósitos) en una zona de Europa de gran importancia estratégica y también económica, por el descubrimiento reciente de grandes reservas de gas en las costas chipriotas. Posiblemente, tampoco sea un factor nimio el hecho de que la banca chipriota deba 25.700 millones de euros (dato de septiembre de 2012) casi en su totalidad a la banca europea. La banca griega es la más expuesta, con 8.400 millones de euros, con el consiguiente peligro de precipitar un tercer rescate, seguida de la alemana, con 5.900 millones de euros.
El primer plan de rescate contemplaba una quita sobre todos los depósitos, incluidos los de menos de 100.000 euros. Esto provocó los primeros indicios de una rebelión social que podía llevarse por delante al recién elegido presidente de Chipre, de derechas y “amigo” de Merkel, con efectos políticos en toda Europa. Como consecuencia de la presión social, ni un solo parlamentario votó a favor del plan acordado por el presidente del país con la Troika, ni siquiera los partidos de derechas que forman parte del gobierno. A pesar de que finalmente el rescate no contempla la quita sobre los depósitos de menos de 100.000 euros, la movilización no se ha detenido. De hecho, el 26 de marzo se produjo la mayor manifestación desde el inicio de la crisis, protagonizada por la juventud, sobre todo de los institutos, bajo el lema “vuestros errores, nuestro futuro”. También están movilizados los trabajadores de la banca, en protesta por la oleada de despidos prevista. La tensión social aumenta día a día.

Es absolutamente falsa la consideración de que este rescate sea “más justo” socialmente que los anteriores por el hecho de que se vaya a aplicar una quita sobre los depósitos de más de 100.000 euros. Esa es una cara del rescate. La otra es que las familias trabajadoras (como ha ocurrido en todos los anteriores) van a pagar las consecuencias del rescate de forma dramática y por diferentes vías. Primero con un incremento masivo del paro como consecuencia de la entrada de la economía chipriota en una profunda depresión. El propio gobierno prevé una caída del PIB del -9% para este año y otros estudios la sitúan en un -13%. Habrá un importante incremento del IRPF, del IVA y otro tipo de impuestos directos y tasas. Se pondrá en marcha un brutal plan de privatizaciones, que empezará por la compañía eléctrica nacional, las comunicaciones y los puertos. En el sector bancario se producirán despidos masivos. Igualmente en el sector público. Se impondrá una reducción salarial entre el 6% y el 12% y de un 3% de las pensiones. La “ayuda” de la Troika elevará la deuda pública chipriota al 130% de su PIB, una carga que se incrementará en proporción al declive económico de la isla. Con el fin de devolver el préstamo de la UE y los intereses, los ajustes y recortes del gasto público también serán brutales. Se habla mucho del corralito bancario, pero el corralito social será mucho más salvaje y dramático y afectará a más personas aunque esté interesadamente silenciado por los medios.

De los aproximadamente 15.000 millones del rescate, 10.000 provendrán de los mecanismos de la UE y del FMI (dinero que, en último término, saldrá de los bolsillos de los trabajadores europeos, mediante recortes de los gastos sociales); el resto, y esta es la novedad respecto a los rescates anteriores, vendrá de la liquidación del banco Laiki y, sobre todo, de las cuentas de más de 100.000 euros de los dos principales bancos, que sufrirán quitas de entre el 60% y el 80%. La exigencia alemana de que parte del rescate corriera a cargo de los depósitos bancarios tenía un sentido evidente: no estaba dispuesta asumir la parte principal del coste de un rescate del que en buena medida saldrían beneficiados los fondos de la burguesía rusa en Chipre. Como escribía un articulista de un medio burgués, el rescate era “una patada a la mafia rusa en el culo de los chipriotas”. De ahí no se puede deducir que este rescate lo vayan a pagar las grandes fortunas, rusas o chipriotas. Las grandes fortunas han hecho negocios multimillonarios en Chipre durante años pero es que, además, fueron advertidas del corralito con antelación, al igual que las grandes fortunas autóctonas. De hecho, algunas noticias apuntan a que la huida de grandes inversores rusos fue otro de los detonantes de la quiebra bancaria chipriota. Unos 4.500 millones desaparecieron de los bancos días previos al corralito. Así, serán las capas medias, además de los trabajadores, los que acaben pagando los platos rotos de la especulación financiera y de la crisis.

Es poco probable que el rescate estabilice la situación financiera de la isla. Los 15.000 euros del rescate representan una parte pequeña de los pasivos de la banca. La atracción de depósitos, por las altas rentabilidades y la baja fiscalidad, era la principal vía de financiación de la banca chipriota. Pese a los límites impuestos a la retirada de dinero de los bancos para impedir que salgan los euros que quedan en el país, es inevitable que la fuga de capitales continúe y el boquete se vaya haciendo cada vez mayor. Es muy probable que la UE no pueda recuperar el préstamo sin tomar más medidas, además de explotar a la población chipriota hasta la extenuación. Una de ellas será el control sobre el gas de sus costas, recientemente descubierto, pendiente de explotar, y valorados en 80.000 millones de euros. El control de este botín ha sido otro factor que ha empujado a la burguesía alemana a marcar los límites a la burguesía rusa.

Punto de inflexión en la crisis de la zona euro

El rescate chipriota marca un punto de inflexión en la crisis de la zona euro. Por primera vez se ha aplicado un corralito bancario y el control de capitales. De algún modo, existe una suerte de “euro chipriota” distinto al euro, toda vez que la posesión de euros en Chipre implica la dificultad de sacarlo del banco y del país, lo que le resta valor.

Todos los esfuerzos por justificar estas medidas exclusivamente como consecuencia de las peculiaridades de Chipre quedaron rotundamente desmentidas por las declaraciones de Dijsselbloem, el nuevo presidente del Eurogrupo, que afirmó justamente lo contrario: que el modelo de rescate chipriota se podría usar de “modelo para otros rescates futuros”. De hecho, se está impulsando una directiva europea en ese sentido, cuya entrada en vigor se prevé adelantar. Wolfgang Schaüble, ministro de Economía alemán, recordó que los depósitos sólo están a salvo si el Estado que los avala es solvente. Además de alentar la fuga de depósitos de los bancos de la periferia a los bancos centrales, que también afrontan graves problemas financieros, la “solución” a la crisis chipriota está sirviendo a la burguesía alemana para lanzar el siguiente mensaje a todos las burguesías del sur de Europa: que cada palo aguante su vela, que cada burguesía nacional haga frente, en mucha mayor medida que hasta ahora, a las consecuencias económicas, sociales y políticas, de las quiebras bancarias, en un contexto en el que éstas van a seguir en el orden del día, con más virulencia si cabe, debido a la caída de la zona euro en una nueva recesión.

El rescate a Chipre ha supuesto un golpe de gracia al tan cacareado proceso de unión bancaria europea, sobre todo de creación de un seguro europeo de depósitos, siendo este uno de los aspectos clave para resolver los “fallos de arquitectura” de la zona euro. Lo mismo se puede decir respecto a la “mutualización” de la deuda pública o de los eurobonos, de los que ya ni siquiera se habla. La crisis económica y financiera está agrandando las diferencias económicas dentro de la UE, fortaleciendo tendencias objetivas a la desintegración, aunque todos quieran evitar que ésta se produzca. En general, el problema de la deuda ha tendido a agravarse, pasando de los bancos a los Estados sin que las perspectivas de nuevas quiebras bancarias se hayan disipado. De hecho, se ha formado una especie de equilibrio extremadamente inestable entre la banca y el Estado de cada país. En el caso del Estado español, por ejemplo, la banca está en posesión de 200.000 millones de euros en bonos del Estado. Una crisis de la deuda española, algo totalmente previsible, implicaría una devaluación del valor de estos bonos, con efectos devastadores sobre los activos del sistema financiero privado. Por otro lado, una nueva quiebra de cualquier banco, como ha ocurrido con Bankia el pasado verano, abriría un nuevo boquete en las finanzas públicas de dimensiones gigantescas, empujando la deuda española hacia abajo al incrementar las posibilidades de default.

La banca-bomba española sigue sin desactivarse

Efectivamente, la crisis financiera europea sigue teniendo como uno de los principales epicentros la economía española. La ingente cantidad de dinero público inyectado a la banca ha llevado la deuda y el déficit a niveles históricos e insostenibles, sobre todo teniendo en cuenta que la economía se encuentra en una profunda recesión. Cada año el dinero de los Presupuestos Generales del Estado destinado a pago de intereses es mayor. Este año rozará los 40.000 millones, un crecimiento del 30% respecto al año pasado. La creación del banco malo, Sareb, ha sido una auténtica estafa y constituye una bomba con efecto retardado sobre la economía. El Estado, endeudándose con el dinero del rescate bancario procedente de la UE (40.000 millones de momento) ha comprado una parte de los bonos tóxicos de la banca. El gobierno del PP tiene el tremendo cinismo de decir que la operación será rentable para el Estado ya que Sareb venderá sus terrenos e inmuebles a buen precio a lo largo de los próximos 15 años y así recuperará el dinero con beneficios y saldará su deuda con la UE. Es un cuento de hadas bastante malo. La realidad, si no lo impedimos con una revolución social, es que el dinero saldrá de más y más recortes sociales, de las actuales y futuras generaciones. Pero es que además los problemas de la supuesta “banca sana”, la que se supone que hasta ahora no estaba en peligro, se están agravando. En 2012 los “activos inmobiliarios problemáticos” de los cinco principales bancos (La Caixa, Santander, BBVA, Banco Popular y Banco Sabadell) han pasado de 72.000 a 113.000 millones. Según El País (10 de marzo) los activos tóxicos del ladrillo han pasado de suponer más del 10% a casi el 15% de la cartera crediticia de estos cinco grandes bancos. Un nuevo rebrote de la crisis bancaria o de la deuda pública en el Estado español, que abocaría a la necesidad de un nuevo rescate de consecuencias imprevisibles en la Unión Europea, está completamente implícito en la situación.

En el caso del Estado español, aunque formalmente todavía no se ha producido un corralito, en la práctica sí ha sucedido. De entrada con la gigantesca estafa de las preferentes, con la que los bancos se quedan con los ahorros de millones de personas, muchos de ellos jubilados, aplicando quitas de entre el 38 y el 61%. Pero además, por la vía de los recortes de las prestaciones, de la reducción salarial y de la inflación, de los impuestos y las tasas, también se ha producido una “quita” social muy importante, que se calcula en más de 2.000 euros por familia y año. Dicho esto, la crisis de Chipre señala que el estallido de una crisis bancaria en el Estado español puede acabar en una situación aún peor, con un corralito semejante al argentino de 2001.

Portugal, hacia un nuevo abril revolucionario

No sólo la economía europea, sino toda la economía mundial se sostienen sobre desequilibrios cada vez mayores. Si han evitado entrar de nuevo en depresión es porque todos los bancos centrales de todos los países del mundo, empezando por EEUU, Japón y la propia UE han aplicado una política de expansión monetaria que no tiene precedentes históricos. Según cálculos oficiales, el arsenal total de los bancos centrales de los países desarrollados y emergentes se ha duplicado desde 2007. La masa monetaria puesta en circulación por el BCE alcanzó máximos históricos en enero de 2013. El BCE ha multiplicado por tres su balance desde el inicio de la crisis, absorbiendo una cantidad ingente de activos tóxicos de la banca a cambio de liquidez. Japón acaba de anunciar que duplicará el dinero en circulación en los próximos dos años. Sin embargo, la gigantesca inyección de dinero a bajos tipos de interés al sistema financiero no ha servido para reactivar la economía real, que sigue inmersa en una profunda crisis de sobreproducción.

Lo que sí se ha conseguido es alimentar una nueva burbuja especulativa en la bolsa que, como todas las burbujas, acabará estallando, agravando todavía más la crisis capitalista. Tarde o temprano toda esta inyección de papel moneda sin correspondencia con un incremento de la producción real se convertirá en inflación. La expansión monetaria tiene una vertiente aún más grave: azuzar la guerra comercial entre las diferentes potencias mediante la devaluación de las monedas, fracturando todavía más el comercio mundial.

La crisis capitalista más grave desde los años 30 dista mucho de haber tocado fondo y ya se ha trasladado de forma irreversible a la lucha de clases. Hay una cosa en la que están de acuerdo las burguesías de todo el mundo: la factura de la crisis la tiene que pagar la clase obrera, mediante la demolición de todas sus conquistas históricas. Es una realidad no sólo en la zona euro sino en todos los países capitalistas: lo estamos viendo en los brutales recortes sociales aprobados recientemente en Gran Bretaña y EEUU. Aunque los ataques han sido hasta ahora mucho más profundos en los países “periféricos” del capitalismo desarrollado, la ofensiva de la burguesía se está extendiendo al mismo corazón del sistema. Este recrudecimiento de la guerra de clases, que marcará todo un periodo histórico, acaba de empezar; en absoluto está dicha la última palabra.

La crisis capitalista, con la virulencia añadida que le da su vertiente financiera, ha encendido definitivamente la llama de la revolución. Lo estamos viendo ya en Grecia y ahora se está sumando Portugal. La decisión del Tribunal Constitucional luso de anular una parte de los recortes del gobierno de derechas de Coelho es un reflejo de la tremenda polarización social y política alcanzada en el país y del tremendo impacto de las recientes movilizaciones de protesta. Es una clara victoria del movimiento obrero y de la juventud portuguesa. El empecinamiento del gobierno portugués de compensar de forma inmediata este brutal revés político con más recortes en sanidad, educación y pensiones puede ser la llama que encienda un nuevo abril revolucionario en Portugal. En el Estado español, con un gobierno del PP suspendido en el aire, desacreditado por los recortes y por la corrupción, y con un ambiente de rebelión creciente en la calle, todos los factores empujan hacia una situación prerrevolucionaria. Más que en ningún otro momento de la historia en las últimas décadas la necesidad de la lucha por la transformación socialista de la sociedad emerge como la única alternativa a la catástrofe social que implica el sostenimiento del capitalismo, un sistema completamente decadente y que sólo sirve a los intereses de una ínfima minoría.

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