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Las elecciones del 4 de mayo en la Comunidad de Madrid han supuesto un terremoto político. La victoria contundente de Ayuso, que obtiene 1.620.213 votos, el 44,73% y 65 diputados —35 escaños y 900.361 papeletas más que en 2019—, es un obús en la línea de flotación del Gobierno de coalición.

El castigo a las políticas de Pedro Sánchez se ha concretado en el peor resultado de la historia para el PSOE en Madrid, que solo alcanza un 16,85% y 610.190 votos (pierde 274.028 respecto a 2019),  retrocediendo 13 diputados (pasa de 37 a 24). Un varapalo sin paliativos.

El PP es el partido más votado en todos los distritos de la capital y en la mayoría de las poblaciones de la Comunidad. Vox a su vez avanza en un escaño, de 12 a 13, y mejora sus resultados en algunas zonas obreras. La alta participación, del 76,25%, supone una movilización formidable pero no a favor del bloque de la izquierda, sino del discurso demagógico y reaccionario de Ayuso.

La subida de Más Madrid, que logra 24 diputados, 614.660 votos y un 16,97%, y sobrepasa por primera vez al PSOE, no consigue compensar lo que pierde Ángel Gabilondo.

La otra gran noticia está relacionada con la renuncia de Pablo Iglesias. Aunque Unidas Podemos aumenta de 7 a 10 diputados, obteniendo el 7,21% y 261.010 votos —un avance de 79.779 sufragios—, se trata de un resultado modesto que no colma las expectativas levantadas.

Lo que no estaba en el guion era que el histórico dirigente de Podemos, después de dimitir como vicepresidente del Gobierno para dar la batalla en Madrid y haber sido protagonista destacado de la campaña, anunciara de manera fulminante y sorpresiva el abandono de la política activa.

La retirada de Pablo Iglesias, con el argumento de dar paso a “nuevos liderazgos”, ha pillado por sorpresa a miles de activistas de la izquierda y a millones de votantes de UP. En nuestra opinión, la manera en que ha cerrado este capítulo es completamente errónea. Utilizar la rueda de prensa de balance electoral para transmitir una imagen de deserción, solo proporciona munición a la derecha que evidentemente la utilizará a fondo. Volveremos a esta importante cuestión más adelante.

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La retirada de Pablo Iglesias, con el argumento de dar paso a “nuevos liderazgos”, ha pillado por sorpresa a miles de activistas de la izquierda y a millones de votantes de UP

¿Cómo ha podido suceder?

Es imposible entender lo ocurrido en Madrid sin hacer referencia a una serie de hechos y acontecimientos que han tenido lugar a lo largo del último periodo, y especialmente durante la pandemia. Culpar a la clase trabajadora de ser de derechas es lo más fácil, y también la manera de emborronarlo todo ocultando la enorme responsabilidad que tiene la política de la socialdemocracia, la clásica y la 2.0, en estos resultados catastróficos.

A nadie se le escapa que la oposición de la izquierda parlamentaria al Gobierno de Ayuso y Ciudadanos ha sido nula. El PSOE, y más concretamente su portavoz Ángel Gabilondo, han reducido su labor a gestos titubeantes y constantes peticiones reclamando una “colaboración leal” del Gobierno de la Comunidad con el central. Tampoco Más Madrid y UP han destacado por su beligerancia, y mucho menos por apelar a la movilización social. Ninguna de las tres formaciones ha reclamado la dimisión de Ayuso por su infame gestión de la pandemia.

En los momentos más críticos de este último año el PSOE siempre tendió la mano a Ayuso. Cuando era evidente que el PP madrileño estaba consintiendo una masacre en las residencias de mayores privatizadas, y aprobaba circulares para impedir que nuestros abuelos y abuelas enfermas fuesen tratados en los hospitales, el Ministerio de Sanidad, encabezado por Salvador Illa, se negó a realizar ningún tipo de intervención para corregir esta deplorable situación.

El Gobierno de coalición renunció a obligarla a aumentar las plantillas y los recursos de los hospitales y ambulatorios públicos, pero la presidenta seguía firmando convenios con la sanidad privada que hicieron de oro a los empresarios del sector, o abría hospitales como el Zendal en condiciones precarias a pesar de que sus costes se habían disparado. Esta fue otra operación especulativa innecesaria, pero que vino muy bien al sabroso negocio de los empresarios del cemento y la construcción.

Cuando en el mes de mayo del año pasado, la reacción se manifestaba a pleno pulmón en Núñez de Balboa y Vox intentaba hacerse presente con caceroladas en los barrios obreros de la capital, fuimos muchos los antifascistas que les hicimos frente en las calles. Sin embargo, desde el PSOE y la dirección de UP se llamó a “no caer en provocaciones” y cederles la calle. Lo mismo se repitió en la precampaña electoral en Vallekas ante la provocación de Santiago Abascal y Rocío Monasterio.

El viernes 18 de septiembre, Díaz Ayuso decretó un confinamiento que afectaba exclusivamente a barrios como Vallekas, Carabanchel o Usera. La respuesta de la población no se hizo esperar, y más de 50.000 vecinos y vecinas salimos a las calles el domingo 20 para rechazar estas medidas clasistas. ¿Qué ocurrió? La dirección del PSOE salió al rescate del PP madrileño. El lunes 21 el presidente Sánchez se desplazó a la Puerta del Sol y ofreció su colaboración a Díaz Ayuso en una rueda de prensa rodeado por un bosque de banderas españolas. Pocos días después, la vicepresidenta Carmen Calvo afirmó que la política sanitaria de Ayuso era muy acertada. Mientras tanto, las ministras y ministros de UP permanecían en silencio.

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El 18 de septiembre, Díaz Ayuso decretó un confinamiento que afectaba exclusivamente a barrios como Vallekas, Carabanchel o Usera. La respuesta no se hizo esperar y más de 50.000 vecinos y vecinas salimos a las calles el 20 para rechazar estas medidas clasistas

Estas son las consecuencias de la política de “unidad nacional” de Pedro Sánchez avalada por Pablo Iglesias y los ministros de UP. ¿En qué consiste esta política? En que todos debemos remar en la misma dirección, o lo que es lo mismo, que en una crisis sanitaria, económica y social de este calibre, supuestamente los intereses de la oligarquía financiera, del IBEX 35, de la CEOE, son los mismos que los de la clase obrera, los desempleados o la juventud empobrecida. La política de unidad nacional es la continuación de la colaboración de clases en tiempos de crisis aguda.

El Gobierno de coalición no se ha diferenciado en asuntos fundamentales de la derecha madrileña: ¿Acaso han promovido la nacionalización de la sanidad privada para movilizar sus enormes recursos en la lucha contra la enfermedad? Por supuesto que no, han firmado los mismos convenios con las clínicas y hospitales privados que Ayuso.

¿Acaso el Gobierno de coalición ha intentado nacionalizar la banca y levantar un escudo social digno de tal nombre para acabar con el desempleo, la pobreza y las colas del hambre? No, nada de eso, ha aprobado un paquete de 200.000 millones de euros para el sector financiero y los grandes empresarios del IBEX 35. Es decir, la política de “unidad nacional” significa trasvases constante de recursos públicos para salvar a los grandes capitalistas, y migajas para la población trabajadora.

La banca fue rescatada después de la crisis de 2008 con más de 250.000 millones de euros de los que no ha devuelto nada, y se lleva la parte del león de los planes actuales del Gobierno y de las ayudas europeas. Pero justamente ahora, Caixabank, el Santander y el BBVA  anuncian el despido de decenas de miles de trabajadores, mientras los consejeros delegados, presidentes y altos ejecutivos se reparten bonus multimillonarios y salarios de más de 10 millones de euros anuales.

Esta política de unidad nacional tan lucrativa para la burguesía tiene otra cara: salvaguardar a cualquier precio la paz social. Pedro Sánchez, sin que los ministros de UP hayan hecho o dicho lo contrario, ha intentado evitar la lucha en las calles por todos los medios, saboteándola a través de la burocracia sindical o recurriendo directamente a la criminalización de la protesta y la represión policial.

Seamos concretos, desde La Moncloa no se han marcado diferencias sustanciales con la política de Ayuso en los temas de fondo. Tras casi un año y medio de Gobierno de coalición no se ha derogado la reforma laboral, una herramienta fundamental que abarata los despidos. Lo mismo ha ocurrido con la Ley Mordaza, utilizada para multar y criminalizar las luchas más combativas del sindicalismo y de los movimientos sociales.

La política de vivienda pública simplemente no existe. Los fondos buitre y los bancos controlan a su antojo el mercado inmobiliario, deciden los precios de los alquileres y desahucian a diestro y siniestro con el apoyo de los tribunales y de la policía. El PSOE ha incumplido sistemáticamente todos los acuerdos a los que había llegado en estas materias con UP.

Pedro Sánchez ha dejado muy claro de qué lado de la barricada está. Su defensa acérrima de la monarquía franquista, su negativa a investigar la fortuna corrupta del emérito y el plan de fuga urdido en colaboración con la Casa Real, lo han convertido por derecho propio en un sólido pilar del régimen del 78.

La cúpula del PSOE ha sido una garantía de tranquilidad para los poderes fácticos. Han ignorado los manifiestos golpistas de los militares y los chats de altos mandos llamando a fusilar a 26 millones de rojos; han justificado la brutalidad policial contra las movilizaciones juveniles; acatado el encarcelamiento de raperos por delitos de opinión; prohibido las movilizaciones del 8M en Madrid y de colectivos en defensa de los servicios públicos, a la vez que autorizaban manifestaciones nazis que ensalzan el holocausto contra los judíos... Todo ello ha generado un ambiente de completa impunidad para que Vox y Ayuso puedan desplegar su demagogia de extrema derecha sin ninguna cortapisa.

La presidenta madrileña se ha jactado de su permanente desafío al Gobierno estatal presumiendo de que Madrid tenía un modelo diferente al del Gobierno “socialcomunista”. En realidad, la diferencia fundamental de su gestión es que Ayuso ha dicho las cosas más claras y ha defendido de manera mucho más consecuente los intereses de clase de su base social.

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Ayuso se ha jactado de su desafío al Gobierno estatal. La diferencia fundamental es que Ayuso ha dicho las cosas más claras y ha defendido de manera mucho más consecuente los intereses de clase de su base social

Es evidente que Ayuso ha confrontado ideológicamente con la izquierda en el Gobierno a cada minuto. Ha sabido espolear con el discurso más clasista y trumpista a la pequeña burguesía madrileña, que tiene un peso muy importante en la capital y en las zonas residenciales de la sierra norte, a los sectores más acomodados y privilegiados de la administración estatal, autonómica y local, de la judicatura, de la policía y del ejército. A las decenas de miles de pequeños propietarios hosteleros, de comercios, agricultores, rentistas y especuladores que han amasado fortunas en los años pasados de bonanza explotando despiadadamente mano de obra barata y sin derechos compuesta esencialmente por la juventud y los trabajadores inmigrantes.

El PP ha arrasado con la educación pública, y lo ha hecho consciente y sistemáticamente para levantar el rentable negocio de la enseñanza privada concertada. Ha privatizado todos los servicios públicos de la Comunidad, limpieza, transporte, ayuda a la dependencia, infraestructuras públicas, centros culturales, etc. Y a todos estos sectores que mantienen un estilo de vida a la “madrileña”, es decir, que viven más que bien, Ayuso les ha garantizado que dará una batalla a muerte contra cualquiera que quiera tocar sus privilegios.

La lideresa le ha robado a Vox su discurso, se lo ha metido en el bolsillo y lo ha vomitado día tras día. Eso explica que el voto útil de la reacción se haya agrupado en torno a su figura, y Vox solo aumente un diputado. Pero no podemos menospreciar el progreso de Abascal aunque haya sido limitado: pasa de 280.667 votos y el 8,88% en 2019, a 330.000 y el 9,13% este 4 de mayo.

En estas elecciones, Pablo Iglesias ha lanzado con fuerza la consigna de parar al fascismo y defender la “democracia”. Lógicamente miles de luchadores que se revuelven contra las ideas que fueron políticas de Estado bajo la dictadura sangrienta del franquismo le han aplaudido y votado. Pero el problema está en que el avance de la ultraderecha se produce al amparo de la “democracia” del régimen del 78 —que mantiene intacto el aparato estatal heredado de Franco y que garantiza el poder a la oligarquía—, de la descomposición del capitalismo, la desigualdad galopante y el dominio absoluto del capital financiero.

Ayuso ha conquistado resultados extraordinarios en las zonas acomodadas de Salamanca, Chamartín, Chamberí, en localidades como Pozuelo, Majadahonda, Torrelodones… pero ha crecido considerablemente también en barrios obreros y las localidades del sur, y en algunos como Carabanchel, Parla, Móstoles o Alcorcón incluso se alza con la victoria.

En los distritos de clase trabajadora, el PP ha aumentado su apoyo, no solo porque ha recogido la totalidad de los sufragios que pierde Ciudadanos —que tras estas elecciones ha sido borrado del mapa político—, también porque se lleva muchos de los que provienen de la abstención y una parte nada desdeñable de los que pierde el PSOE. 

Las razones de esto no son difíciles de explicar. Cuando la crisis económica está golpeando de una manera dramática a cientos de miles de familias trabajadoras que se ven ante el abismo de perderlo todo y engrosar las colas del hambre; cuando el llamado “escudo social” ha demostrado ser una migaja incapaz de evitar el empobrecimiento; cuando cientos de miles de “jornaleros” urbanos, que trabajan en condiciones de precariedad en comercios y bares, limpiando las casas de las zonas ricas o en el sector de la dependencia, son abandonados a su suerte por unos sindicatos —CCOO y UGT—que renuncian a organizarlos y a luchar por mejorar sus condiciones laborales y salariales… cuando todos estos factores se producen y se combinan, y la posibilidad de agarrarse a una salida colectiva para enfrentar esta catástrofe no existe, lo que se impone son las soluciones individuales y la búsqueda desesperada de la supervivencia.

La política procapitalista de la socialdemocracia intenta aplastar la conciencia de clase. Es un factor disolvente, que introduce todo tipo de prejuicios y desarma ideológicamente a los trabajadores. Su propaganda, llena de ruido pero vacía de nueces, es impotente para resolver los problemas fundamentales de la población. En ese caldo de cultivo el discurso de Ayuso ha encontrado un terreno favorable.

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En los distritos de clase trabajadora, el PP ha aumentado su apoyo porque ha recogido los sufragios que pierde Ciudadanos, y porque se lleva muchos de los que provienen de la abstención y una parte nada desdeñable de los que pierde el PSOE

Tenemos que ser claros. Con el tipo de “democracia” capitalista que defiende la izquierda reformista, no se come, no se pagan las facturas, ni se llega a final de mes. Sí, la demagogia reaccionaria de la derecha ha conectado con un sector desesperado de la clase obrera que se ve abandonada por las organizaciones tradicionales de la izquierda y piensa, equivocadamente, que Ayuso puede activar la economía y mantener los empleos.

Estas son las razones que explican el giro a la derecha que hemos observado en los barrios y localidades obreras, y que el PP haya logrado más escaños y votos que toda la izquierda parlamentaria junta.

Asesorada y apoyada por el aguirrismo y el aznarismo, Ayuso y sus mentores han dado un paso al frente en la reorganización estratégica del bloque de derechas cimentada en una alianza con Vox. La lógica de este planteamiento es clara. Aznar la expuso con claridad hace unos meses en un acto público con Casado: hay que unir a la reacción cueste lo que cueste, dejarse de vacilaciones, medias tintas y concesiones a la galería. Si se quiere volver a la Moncloa no hay que temer una alianza con la extrema derecha. Defensa del sistema, del orden empresarial, de la familia, de la represión, de la monarquía, la bandera, la unidad sagrada de la patria, del machismo, la homofobia y el racismo.

Crisis en Podemos

Tal y como hemos señalado en numerosas ocasiones, la participación de Unidas Podemos en este Gobierno lejos de arrastrar al PSOE hacia la izquierda está sirviendo de “coartada progresista” a una estrategia que da la espalda a las aspiraciones por las que los trabajadores hemos luchado con tanto ahínco durante años.

Desde Izquierda Revolucionaria hemos defendido desde hace ya tiempo, cuando era evidente que el rumbo impuesto por el PSOE implicaba mantener las recetas de la austeridad, que UP debía salir del Consejo de Ministros y pasar a una oposición de izquierdas contundente.

Evidentemente esta no es la posición de Pablo Iglesias ni de los ministros de UP. Piensan que si abandonan el Gobierno todo será peor y que el PSOE se arrojará a los brazos del PP. Muchos militantes honestos de la izquierda creen este razonamiento. Pero debemos basarnos en la experiencia. Blanquear las políticas de la socialdemocracia está teniendo graves consecuencias: debilita a UP no solo electoralmente, también les aísla de amplios sectores de la clase trabajadora y de la juventud ante los que ya han quemado buena parte de su credibilidad.

La clase obrera es práctica y realista, así se lo imponen sus condiciones de vida. Cuando escucha de boca de Pablo Iglesias que lo abandona todo para dedicarse a dar clases en la universidad y ejercer un periodismo crítico, tras una victoria tan arrolladora de la derecha, no puede más que pensar que el líder de Podemos está diciendo ¡No se puede!

Muchos activistas de UP tratan de presentar la decisión como algo lógico, debido a las amenazas y las infamias que Iglesias, Irene Montero y su familia tienen que soportar cotidianamente de la reacción y sus medios de comunicación. Esta argumentación, aparentemente “razonable”, también sirvió para justificar que adquirieran un chalé en Galapagar, una zona de la sierra norte madrileña predominantemente de derechas y de extrema derecha. ¡Con su dinero pueden hacer lo que quieran! se afirmó. Pero en política, sobre todo si se pretende defender la causa de los oprimidos, no todo vale.

Las trabajadoras y los trabajadores con conciencia de clase no podemos permitirnos el lujo de renunciar a la lucha aun sabiendo los riesgos que corremos. Si lo hacemos, nos convertimos en mera materia prima para la explotación. Eso es lo que nos diferencia de la pequeña burguesía ilustrada que entra en la política con una pretensión redentora y filantrópica, pero le asusta cambiar de raíz el sistema de explotación que la mayoría de la población sufrimos. Ese temor es objetivo: al fin y al cabo no viven tan mal, y no van a comprometer un cómodo status que les exime de doblar la espalda como esclavos asalariados.

Los derechos que de verdad valen la pena se han arrancado a través de batallas muy duras. Los militantes antifranquistas se tuvieron que enfrentar a una represión despiadada, a la cárcel, a las torturas, al exilio, incluso a la muerte. Iglesias habla y agita contra la amenaza del fascismo. Y tiene razón al hacerlo, pero se equivoca completamente dejando el campo de batalla y, sobre todo, encubriendo con este abandono el ejercicio crítico de una reflexión profunda y honesta sobre los errores cometidos.

Podemos arrastra una crisis muy seria de credibilidad. Quedan muy lejos los inicios, cuando apoyados en el formidable impulso del 15M irrumpieron para hacer saltar el tablero político y el bipartidismo. Su discurso decidido contra la casta, contra el régimen del 78 se ha ido diluyendo hasta hacerse irreconocible. El planteamiento que ha desarrollado Pablo Iglesias durante la campaña electoral ha contrastado con la deriva de estos últimos años, pero en quince días es imposible recuperar todo el terreno perdido y mucho menos si la retórica no va acompañada de hechos.

La dirección de Podemos no quiere construir un partido de combate de la izquierda. Ha renunciado a tener fuertes raíces en el movimiento obrero y a dar la batalla contra la nefasta política de pacto social de la burocracia sindical. Lo ha apostado todo al trabajo institucional abrazando el cretinismo parlamentario, sin entender que los grandes cambios sociales en beneficio de la clase trabajadora son fruto de la lucha de masas y de la defensa de un programa socialista que confronte con el sistema capitalista.

Desligándose del marxismo, y tras convertir el partido en una maquinaria electoral, Pablo Iglesias abandona la política y designa a Yolanda Díaz como su sucesora. Nos presenta a la ministra de Trabajo como una garantía para el triunfo y como la próxima presidenta del Gobierno. Nos habla de su enorme liderazgo y de sus cualidades. Pero los hechos demuestran que Yolanda Díaz defiende con más ahínco aún las políticas de colaboración de clases, presumiendo de sus buenas relaciones con la CEOE y con los aparatos de CCOO y de UGT.

El problema no es solo de liderazgo, y es muy cuestionable que el de Yolanda Díaz sea mejor que el Pablo Iglesias. No se trata de personas, aunque las personas son importantes por supuesto, sino de la política, de la estrategia y del programa de la izquierda que se llama así misma transformadora.

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No se trata de personas, aunque las personas son importantes por supuesto, sino de la política, de la estrategia y del programa de la izquierda que se llama así misma transformadora

Por una izquierda que desafíe al sistema

Los resultados han supuesto un mazazo para la moral de muchos activistas, que ven con profunda preocupación el ascenso del PP y Vox, y la potencia de la que disponen ahora para asaltar el Gobierno en las próximas elecciones generales. Inevitablemente en los próximos días, semanas y meses sufriremos una bacanal de ideas reaccionarias amplificadas por los medios de comunicación, y los consabidos análisis desde el campo de la izquierda reformista, que culpabilizarán a la clase trabajadora y a la juventud de lo ocurrido en Madrid. No es la primera vez.

Durante esta campaña, los compañeros y compañeras de Izquierda Revolucionaria junto al Sindicato de Estudiantes hemos desplegado una intervención masiva en los barrios obreros y en las localidades del sur defendiendo un programa anticapitalista, antifascista y antirracista y, sin ocultar nuestras diferencias, hemos pedido el voto crítico a Unidas Podemos y Pablo Iglesias. Estamos convencidos de que nuestra posición ha sido correcta.

Mantenernos al margen de esta batalla electoral y renunciar en la práctica a combatir a la derecha exponiendo nuestros argumentos no tiene nada que ver con una política revolucionaria. Mucho menos todavía lo es pedir la abstención o el voto nulo, una postura que solo beneficia a la reacción y es la antítesis de la táctica marxista del frente único.

Los resultados de Madrid abren un nuevo ciclo político. Es fundamental asimilar las causas de lo ocurrido más allá del primer shock. Ni reír, ni llorar, comprender.

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Desde Izquierda Revolucionaria junto al Sindicato de Estudiantes hemos intervenido masivamente en los barrios obreros y en las localidades del sur defendiendo un programa anticapitalista, antifascista y antirracista

Necesitamos rearmar ideológicamente al movimiento obrero y juvenil para construir una izquierda combativa que defienda el programa del marxismo en los sindicatos de clase, en las fábricas y centros de trabajo, en los barrios, los institutos y universidades, en el feminismo y en los movimientos sociales.

Este es el único camino para derrotar a la ultraderecha y ofrecer una salida socialista frente a la crisis capitalista. 

¡Únete a Izquierda Revolucionaria!


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