zp1El 22 de mayo el PSOE perdió un millón y medio de votos y su apoyo descendió al 27,8%, el peor resultado de su historia en unas elecciones municipales. Ha perdido la alcaldía de Barcelona y Sevilla, la comunidad de Castilla La Mancha, Aragón y Asturias, además de haber sido derrotado por el PP en todas las capitales de provincia andaluzas. En la Comunidad de Madrid el PSOE acumula el 18% de la pérdida total de votos en las elecciones municipales, con 250.000 menos.

En la Comunidad Valenciana pierde más de 150.000, también en las municipales. Son dos comunidades donde el PP gobierna y además lo hace su sector más duro, sin que el PSOE haya sido capaz de rentabilizar el descontento con la política de la derecha. Pero allí donde gobierna o ha gobernado hasta hace poco, la debacle no es menor. En Andalucía se traduce en 243.000 votos menos (un 15% de la caída total), en Catalunya 200.000 (14% del total de la caída), en Asturias pierde 50.000 votos, produciéndose una de las caídas más pronunciadas de todo el Estado en términos porcentuales respecto a las municipales de 2007, un 23%. Este resultado revela, ante todo y en primer lugar, la bancarrota política de la socialdemocracia. Es el precio a pagar cuando se gobierna a favor de los banqueros y las grandes empresas.

 

Derechización no, polarización

Un análisis superficial de estas elecciones, que han supuesto una clara victoria para el PP, podría llevar a pensar que se ha producido una “derechización” de la sociedad pero a lo que estamos asistiendo en los últimos años es a una tremenda polarización política a derecha y a izquierda, aunque con una particularidad: mientras que el polo de la derecha está perfectamente representado por el PP, como cauce de movilización y expresión electoral de su base social, la izquierda, cuya base de apoyo social natural es mucho más amplia que la de la derecha, no tiene una dirección a la altura de las circunstancias y consecuente con estas aspiraciones.
Una de las expresiones de esta situación es el elevado grado de abstención (en total ha sido de 11.710.762 de personas, el 33,77% del censo) que, aunque es verdad que ha disminuido ligeramente respecto a las elecciones de 2007, sigue siendo muy alta en los barrios obreros. La abstención que se produce en la base social de la izquierda es una tendencia de fondo y que viene de largo, que revela un distanciamiento muy grande entre la política oficial y el sentir de la mayoría de la población y tiene un componente de protesta y rechazo hacia el sistema. También ha sido sintomático el incremento del voto en blanco y el voto nulo. El primero ha alcanzado 584.012 sufragios, obteniendo el porcentaje (2,54%) más alto de las elecciones que se han celebrado desde la caída de la dictadura. Respecto a las elecciones de 2007 el voto en blanco se ha incrementado en 156.991, experimentando una subida del 26,8%. El voto nulo ha subido hasta 389.506 votos (1,7%), 127.153 más, y con un incremento del 32,6% respecto a 2007. Entre el voto en blanco y el voto nulo se llega a casi un millón votos, lo que equivaldría a la cuarta fuerza política.
Izquierda Unida ha incrementado su apoyo en 207.089 votos, llegando a un total de 1.424.119. Este incremento no marca ni mucho menos, el límite de apoyo que una opción política a la izquierda del PSOE puede tener. Sin embargo, la experiencia del tripartit en Catalunya o de coaliciones con la derecha, como ocurrió en Euskadi durante años, hace que muchos trabajadores y jóvenes vean a IU como parte de la misma política oficial que tanto se ha distanciado del sentir de la mayoría de los trabajadores y de la juventud. Por eso, a pesar del incremento general del voto (de un punto porcentual), hay que señalar que los resultados han sido desiguales, con la pérdida de Córdoba, la bajada en Sevilla y otras plazas andaluzas, la pérdida de Seseña en Toledo y el retroceso en Euskadi. Para que IU pueda crecer en influencia, militancia y apoyo electoral tiene que apoyarse en el movimiento real de la juventud, y sobre todo, de los trabajadores y ello implica, inevitablemente, luchar contra la política de paz social impuesta por la dirección de CCOO y UGT. La experiencia de la arrolladora victoria por mayoría absoluta de IU de Villaverde del Río es un ejemplo claro de que un programa claramente marxista y un vínculo total con el movimiento obrero y vecinal es la clave para que la izquierda avance en todos los terrenos, incluido el electoral (leer entrevista al alcalde electo, Santiago Jiménez, en contraportada y página 5 de este periódico).
Es falso que exista pasividad y apoliticismo entre los trabajadores y los jóvenes, y más falso todavía que ésta sea la causa de la victoria del PP. La gran oleada de protesta social desencadenada por el movimiento 15-M (ver artículo de fondo en las páginas centrales), por su composición y por sus reivindicaciones, tiene un carácter claramente de izquierdas. Sin embargo, con un gobierno del PSOE llevando a cabo una política salvaje de ataques a su propia base social y con unos dirigentes sindicales apostando decididamente por la desmovilización de la clase obrera, la derecha ha tenido el mejor caldo de cultivo para una victoria electoral. Lo que falla no es el ambiente y la voluntad de lucha de los trabajadores y de la juventud sino la dirección de las organizaciones de la izquierda.

La socialdemocracia, incapaz de hacer frente a la ofensiva política e ideológica del PP

El PP sube 558.000 votos y obtiene casi 8,5 millones, un 37,5% del total, sus mejores resultados en unas elecciones municipales. En un contexto de crisis profunda, inestabilidad e incertidumbre, y en ausencia de una alternativa consistente por la izquierda, la derecha conecta con sectores de la pequeña burguesía que anhelan orden y seguridad y que siguen muy movilizados electoralmente. La táctica del PP desde que empezó la crisis ha consistido en utilizar el malestar social “oponiéndose” demagógicamente a la política de recortes de Zapatero y aderezando su discurso con un fuerte mensaje racista y españolista. Frente a esta ofensiva, los dirigentes del PSOE, totalmente entregados a los dictados de la banca, no podían más que balbucear patéticamente; por un lado apelaban a que el PP actuara “a la altura de las circunstancias” haciéndose corresponsable de los ataques sociales y compartiendo el desgaste político, petición a la que la derecha no se ha prestado; por otro, trataron de movilizar su voto apelando al peligro que la vuelta de la derecha al gobierno tendría para las conquistas sociales, conquistas sociales que ellos mismos están destruyendo. Lógicamente, en estas circunstancias, el recurso al miedo a la derecha no ha tenido ninguna coherencia ni efecto. Los dirigentes del PSOE no sólo no se han diferenciado de la derecha en su política económica sino que han sido completamente incapaces de contestarles en el plano ideológico, cuando la reacción también en este punto está en plena ofensiva.
Esto se ha visto de forma meridiana en la cuestión nacional, con los intentos de ilegalizar las candidaturas de la izquierda abertzale, donde el PSOE se ha colocado a rebufo del PP. Si Rubalcaba, en la práctica y en los momentos clave, impulsa y legitima la política represiva contra cualquier expresión política del nacionalismo de izquierdas en Euskadi, tampoco es extraño que algunos sectores políticamente más confusos que antes votaban el PSOE ahora hayan votado al PP o a UPyD, ya que siempre es mejor el original que la fotocopia. En general, es obvio que el PP puede haber arrancado un porcentaje de votos que en anteriores elecciones iba al PSOE: capas medias urbanas que han sufrido duramente el efecto de la crisis y también franjas de la clase obrera más atrasada y desesperada que son presa de la demagogia reaccionaria de la derecha. En Andalucía, Madrid o Catalunya este fenómeno parece claro.
Lo más significativo en relación con la cuestión nacional ha sido el apoyo electoral histórico que ha tenido Bildu, convirtiéndose en la primera fuerza en Euskadi en número de concejales y la segunda, prácticamente empatada con el PNV, en número de votos, por delante del PSE y del PP. Ahí sí hemos tenido una expresión electoral del profundo descontento social existente. La amplitud del voto a Bildu (313.000 votos en la Comunidad Autónoma Vasca y Navarra) ha sido una respuesta a la bestial campaña de criminalización contra la izquierda abertzale de los últimos años, pero también expresa la voluntad de cambios profundos, no sólo en el sentido de la conquista de derechos democráticos sino también de cambios sociales. Y, por supuesto, es un espaldarazo a la vía política adoptada por la dirección de la izquierda abertzale y un rechazo masivo a los métodos del terrorismo individual que refuerza, sin duda, el fin de ETA (en las páginas 6, 7, 10 y 11 se desarrolla el análisis sobre los resultados electorales en Euskadi, Navarra, Catalunya, Andalucía, Asturias y Castilla-La Mancha).

La crisis en el PSOE

Es evidente que Zapatero no ha sacado las conclusiones necesarias de este batacazo y de las implicaciones que tiene de cara a las elecciones generales de 2012. La misma noche electoral se reafirmó en continuar con su política de recortes sociales y ataques a los derechos históricos conquistados por la clase obrera, afirmando que agotará la legislatura con este objetivo.
El comité confederal del partido celebrado el fin de semana siguiente a los comicios se saldó con la coronación de Rubalcaba como candidato oficial para las próximas elecciones y la eliminación, en la práctica, del proceso de primarias, con la renuncia forzada de Carme Chacón. Durante una semana, hubo una situación de extremo nerviosismo en la dirección del partido, que temía que abriendo el más mínimo resquicio de debate la situación se le pudiera escapar de las manos. Hay una situación de conmoción e insatisfacción en la base del PSOE, también hay malestar en sectores del aparato y una gran pérdida de autoridad de la dirección. En estas circunstancias, unas primarias o un congreso anticipado, a pesar del control desde arriba, implicaba un riesgo de inestabilidad interna que podría complicar  el objetivo central de seguir con las contrarreformas. Optaron por el cierre de filas en torno a Rubalcaba, que ha prometido el milagro de encabezar, simultáneamente, la “renovación ideológica del partido” y completar la política de ataques del gobierno contra la clase obrera, que ha llevado el PSOE al desastre. Se ha abierto una verdadera crisis en el PSOE y veremos si el precario parche construido a contrarreloj y a la desesperada por la dirección del partido servirá para aguantar lo que queda de legislatura.
El declive electoral del PSOE no es una tendencia superficial y difícilmente puede ser contrarrestada mientras esté en el gobierno y aplicando una salvaje política de ataques sociales. La contradicción entre su política y su base de apoyo social ha llegado al extremo. No hay que olvidar que el vuelco electoral que se produjo en 2004, cuando el PSOE ganó las elecciones generales, fue producto directo de las movilizaciones de la clase obrera y de la juventud contra el gobierno del PP de Aznar, movilizaciones que revelaban una aspiración de las masas a que el PSOE llevase a cabo cambios mucho más profundos. El PSOE ganó a pesar de la tibieza de su programa y a pesar de la amarga escuela que supuso la política anti obrera de los gobiernos del PSOE en los años 80 y 90. Fue muy significativo el grito unánime de “no nos falles” en la calle Ferraz, la noche del 14 de marzo de 2004. Aquella advertencia no era producto de un calentón coyuntural, reflejaba una larga acumulación de experiencias por parte de millones de personas que sintieron como una y otra vez los cambios hacia la izquierda en el terreno electoral no tenían luego una correspondencia con cambios sociales y políticos profundos.

Los ataques continúan

En las próximas semanas los ataques contra la clase obrera van a continuar. Uno de los más graves e inmediatos será la reforma de la negociación colectiva. Mientras se escribe este editorial parece que la ruptura de las negociaciones entre los sindicatos y la patronal es un hecho y no ha sido por falta de voluntad los dirigentes sindicales, que siguen dispuestos a avalar otro retroceso salvaje, sino por iniciativa de la CEOE. La patronal, envalentonada por los resultados electorales y por la debilidad de los sindicatos, debido a su propia táctica desmovilizadora, ha endurecido aún más su posición. Ahora el gobierno decretará, quemándose todavía más ante su base social, allanando aún más el camino al PP de cara a las elecciones generales (ver artículo sobre este tema en la página 15).
Desde el punto de vista de los intereses de los capitalistas el ajuste no ha hecho más que empezar. La crisis no ha tocado fondo y las contradicciones acumuladas durante los últimos años, sobre todo en forma de grandes deudas financieras de las administraciones y bancos, no se han resuelto en absoluto, se han ido aplazando y agravando. La burguesía quiere cargar los desequilibrios de la crisis en la cuenta de la clase obrera. Como muchos “expertos” apuntan, apenas se ha avanzado en las “reformas estructurales”. Espoleados por la presión de los “mercados” se va a producir una nueva ronda de recortes presupuestarios en las diferentes comunidades autónomas, afectando entre otras cosas tanto a la sanidad como a la educación. El sistema financiero español sigue siendo una bomba de relojería y el plan de los banqueros es que el Estado se haga cargo de los agujeros dejados por el estallido de la burbuja inmobiliaria, que todavía no ha tocado fondo. Se está produciendo un verdadero saqueo de la riqueza social y de los salarios para beneficiar a una ínfima minoría.
Las condiciones para un estallido social van a continuar acumulándose. Lógicamente, no se trata de subestimar los efectos negativos de las victorias de la derecha; pero también es importante comprender sus causas y señalar que éstas no significan el fin de la lucha de clases: al contrario, la va a agudizar todavía más. La antes mencionada movilización del 15-M, es sólo un anticipo. Como también lo están siendo las movilizaciones en Catalunya contra los recortes en sanidad y educación pública. Una eventual y probable victoria del PP en las elecciones generales introducirá todavía más leña al fuego, empujando a más trabajadores y jóvenes a la conclusión de que es necesario buscar una alternativa a la crisis capitalista y a la ofensiva de la reacción tras comprobar como la política de claudicaciones de los dirigentes socialdemócratas es totalmente incapaz de hacerles frente.
La clase obrera no va a permanecer pasiva, por más que los dirigentes reformistas hayan secuestrado sus organizaciones. Eso sí, la tarea de librar a las organizaciones de la clase obrera de este secuestro es fundamental para que esta pueda desplegar todo su potencial de lucha y todo su poder sobre la sociedad. La tarea de construir una alternativa marxista y revolucionaria en nuestras organizaciones de clase y en el movimiento que lucha en las calles, se hace más necesaria que nunca


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