Solo con la lucha de clases derrotaremos la ofensiva imperialista
La brutal agresión del imperialismo estadounidense contra Venezuela, bombardeando impunemente el país, secuestrando y exhibiendo como un trofeo al jefe de Estado venezolano, Nicolás Maduro, y asesinando a 100 personas, civiles y militares, incluyendo la ejecución de 43 soldados cubanos que formaban parte del anillo de seguridad presidencial, ha provocado un shock entre millones de personas en todo el mundo y conmocionado a la izquierda combativa.
Donald Trump, su secretario de Estado, Marco Rubio, y el ministro de la Guerra, Pete Hegseth, han dejado claro, y sin disimulo alguno, que su objetivo no es otro que apoderarse del petróleo y reducir a Venezuela a la condición de una colonia. Pero lo ocurrido va mucho más allá. Confirma, para sorpresa de nadie, que la llamada “legalidad internacional” es una hoja de parra que esconde el orden imperialista del más fuerte, y que Washington, después de dar luz verde al sionismo para arrasar Gaza, tiene la certeza de que puede traspasar muchas líneas rojas.
Defender la hegemonía estadounidense a sangre y fuego
La intervención en Venezuela es un eslabón muy importante en la defensa de la supremacía norteamericana, amenazada por los avances colosales de China y por el triunfo de Rusia en la guerra de Ucrania. Trump se ha puesto a la cabeza de una ola imperialista dura y agresiva que amenaza a adversarios y a aliados, tal como señaló ya en su Estrategia de Seguridad presentada hace unas semanas.[1]
Sus planes están dinamitando la geopolítica conocida después de la Segunda Guerra Mundial, colocando las cosas en el sitio que Washington necesita en el momento actual. En tan solo un año han modificado el mapa de Oriente Medio infligiendo una masacre despiadada al pueblo palestino para luego sancionar una farsa de paz sionista aplaudida por todo el mundo, ha puesto de rodillas al Líbano, ocupado Siria y bombardeando a discreción Irán y los territorios que ha considerado necesario.

En lo que respecta su “patio trasero esencial”, Latinoamérica, la llamada “nueva política Monroe” no es tal, sino una continuación de lo que ha hecho siempre: regar el continente de sangre mediante intervenciones militares directas o apoyando golpes y dictaduras militares, para asegurar el saqueo de sus riquezas con la complicidad de unas burguesías lacayas. Ahora ha dado un golpe en la mesa para no retroceder más ante sus adversarios, desarrollando un cerco militar en el Caribe imprescindible para noquear al régimen de Maduro, descargar un diktat contra Petro en Colombia para ponerlo de rodillas, y lanzar una amenaza muy seria contra Cuba, asfixiarla económicamente y abrir el paso a la contrarrevolución.
En cuanto a sus aliados occidentales, Trump se mofa de cada uno de los líderes europeos, a los que exige un vasallaje incondicional, y trabaja abiertamente por la desintegración de la UE tal como la conocemos. La determinación por hacerse con el control de Groenlandia, de repartirse el botín ucraniano con Putin, o imponer una economía de guerra en el viejo continente llenando los bolsillos del complejo militar-industrial estadounidense, es parte de un todo.
Desde Hitler y Mussolini ningún Gobierno proclamaba sus objetivos imperialistas y supremacistas de forma tan descarada y desafiante, ni ese desafío iba acompañado de una sumisión tan servil por parte de la llamada comunidad internacional, empezando por la ONU.
Que el Departamento de Estado haya publicado hace unos días una imagen en la que se afirma que “El hemisferio occidental es nuestro”, lo dice todo. Y mientras todo esto sucede, los medios de comunicación autodenominados “independientes” y “progresistas”, o Gobiernos socialdemócratas como el de Pedro Sánchez que han estado apoyando a los títeres de la oposición ultraderechista como Juan Guaidó y María Corina Machado, o participando sin remilgos en la ofensiva mediática, política y económica que ha culminado en la intervención estadounidense, se echan las manos a la cabeza porque no se puede aceptar un “mundo sin reglas” y denuncian el “modelo colonialista de Trump”. ¡Qué hipocresía tan despreciable! ¿A quién pretenden engañar?
Pero ¿qué reglas internacionales respetó EEUU cuando intervino en Vietnam, o cuando planificó la Operación Yakarta junto a los militares indonesios para asesinar a más de un millón de militantes comunistas? ¿Y en los golpes militares y dictaduras que alentó en Brasil, Argentina, Chile o Uruguay, con su rastro sangriento de decenas de miles de torturados, asesinados y desparecidos? ¡Qué decir de la intervención de la contra organizada por Reagan contra la revolución nicaragüense en los 80! ¿Y acaso no es colonialismo, y del más sangriento, cuando arrasaron Iraq, Afganistán, Siria y Libia, y ahora Gaza?
Dirigentes como Sánchez, o como Macron, que encabeza una nación con un historial colonialista igual de espeluznante que el norteamericano, nos hablan de respetar las “reglas del juego”. No les cree nadie.
Cuando Trump llegó a la presidencia había quienes desde la izquierda se empeñaban en repetir la propaganda capitalista, presentándole como un outsider, un populista antiestablishment, afirmando que no representaba a la clase dominante estadounidense y esta le metería en vereda o lo sacaría del juego. ¡Vaya baño de realidad! Como hemos señalado desde el principio, el trumpismo es producto directo de la decadencia del imperialismo estadounidense y la violencia extrema de su discurso y acciones, en política interior y exterior, no son casualidad, cumplen una función económica y política fundamental.
Los actuales amos de la política en Washington han desechado cualquier forma de diplomacia. Y sectores muy amplios de la clase dominante estadounidense, aunque no estén completamente de acuerdo con el tono y las maneras, no tienen dudas en cuanto al fondo de la estrategia. Que Trump se despoje de la máscara democrática y actúe sin tapujos enviando un mensaje intimidatorio al mundo, es necesario. Las circunstancias mandan: “Antes que renunciar a nuestra supremacía, estamos dispuestos a hundir el planeta en la guerra y la barbarie”.

Venezuela: el proyecto colonial va muy en serio
“Cuando el presidente dijo que Estados Unidos va a estar dirigiendo Venezuela, significa que los nuevos líderes de Venezuela deben cumplir nuestras demandas”,[2] afirmó el presidente de la Comisión de Inteligencia del Senado, Tom Cotton. Por si hubiese dudas sobre cuáles son esas demandas, el propio Trump las desgranaba: “Me complace anunciar que las Autoridades Provisionales de Venezuela entregarán entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo de alta calidad a los Estados Unidos (…) Este petróleo se venderá a su precio de mercado, y yo, como presidente de Estados Unidos, controlaré ese dinero.” [3]
Las cosas no se detenían ahí, y voces autorizadas de la Administración Trump señalaban la hoja de ruta para los próximos meses: “En primer lugar, el país debe expulsar a China, Rusia, Irán y Cuba y romper sus lazos económicos con estos países (…) En segundo lugar, Venezuela debe aceptar asociarse exclusivamente con Estados Unidos en la producción petrolera y favorecer a Estados Unidos en la venta de crudo pesado.” [4]
Solo es posible entender que está pasando en Venezuela, trazar las perspectivas y definir cuáles son las tareas para la izquierda clasista, revolucionaria e internacionalista partiendo de que Venezuela ha sido la cabeza de playa del fulgurante avance chino en Latinoamérica, y su aliado político más sólido durante mucho tiempo. Y la razón de ello es evidente: posee las mayores reservas comprobadas de petróleo y otros minerales como oro, coltán, hierro, bauxita y cantidades por determinar de tierras raras.
Pero junto a estos factores económicos hay otro de no menor importancia: Venezuela fue el escenario de un proceso revolucionario que colocó a la burguesía en una posición de enorme debilidad y amenazó con barrer el capitalismo en el país. El impacto de la revolución bolivariana liderada por Hugo Chávez en el continente latinoamericano fue extraordinario, generando serias dificultades al imperialismo estadounidense.
Desde 1998, cuando Chávez ganó por primera vez las elecciones, Washington ha intentado una y otra vez retomar el control del país caribeño. Organizó el golpe de 2002, paros petroleros, guarimbas fascistas y atentados terroristas. Todo fue infructuoso: en el momento del auge revolucionario, de las nacionalizaciones petroleras y las expropiaciones, la movilización popular hizo añicos las intentonas golpistas de la derecha y del imperialismo estadounidense.
Pero el proceso revolucionario no se coronó con la expropiación decisiva de la burguesía, ni con el establecimiento de un régimen socialista basado en la economía planificada y el control obrero de la producción y de la gestión estatal. No se culminó el cambio, y tras la muerte de Chávez, los dirigentes del PSUV giraron hacia una política de pactos con sectores de la burguesía nacional y, sobre todo, de acuerdos con el bloque liderado por China y Rusia en busca de oxígeno. En la última década, el aparato estatal se reforzó extraordinariamente, y esa nueva casta funcionarial, nutrida por burócratas con mejores salarios y ventajas sociales, constituyó la base de una nueva boliburguesía que acumuló riquezas y se lanzó a socavar las conquistas revolucionarias del periodo anterior.

El Ejército ha jugado un papel crucial, tanto en la organización económica del régimen como en dotar de fuerza y estabilidad a este sector social privilegiado que, aunque siga utilizando una retórica “socialista” y reivindicando la figura de Chávez, ha roto con su legado revolucionario. El sector decisivo de este bloque de poder es el que ha permitido, desde dentro, el ataque fulgurante del imperialismo yanqui y se ha decidido a trazar una estrategia de colaboración para sobrevivir conservando su influencia, sus ingresos y sus ventajas sociales.
Maduro se encumbró como la cabeza política de este proceso termidoriano, y su acercamiento a Moscú y Beijing, junto a las inversiones y créditos consiguientes, actuó como el cemento que solidificó al aparato del Estado, y especialmente al Ejército, en torno a su figura. Como explicamos en nuestra declaración del 3 de enero,[5] sin la actuación pasiva de los imperialistas chinos y rusos, sin su renuncia a activar todas las posibilidades militares y económicas que tenían a su alcance, Washington nunca habría podido llegar tan lejos.
Trump dejó absolutamente claro que iba en serio, movilizando una flota de guerra y miles de marines para cercar Venezuela, actuando como dueño de la situación: impidiendo vuelos, destruyendo lanchas de pesca y asesinando salvaje e impunemente a sus tripulantes, desviando e incluso secuestrando buques petroleros que suministraban a China y Rusia. ¿Y cuál fue la respuesta de Xi Jinping y Putin? La misma que con Assad en Siria o con el pueblo palestino. ¡Retórica hipócrita pero ningún hecho serio!
Cada paso hacia la intervención fue respondido con declaraciones vagas de condena y llamamientos al diálogo que solo sirvieron para envalentonar más a la Administración trumpista y sembrar el pánico dentro del Estado mayor y la cúpula dirigente de Venezuela.
China y Rusia señaladas
En estos días hemos leído y escuchado argumentos alucinantes por parte de sectores de la izquierda para justificar la política china y rusa. “Caracas está muy lejos de Beijing y Moscú”, “China no puede verse arrastrada a una conflagración mundial” y otros por el estilo, que dejan en buen lugar la política de no intervención de Francia y Gran Bretaña en la guerra civil española, o la estrategia de apaciguamiento con Hitler.
Este tipo de excusas no resisten la menor crítica seria. ¿Acaso estaba más cerca La Habana en 1962, durante la crisis de los misiles, cuando Kennedy fue disuadido de intervenir por la movilización revolucionaria del pueblo cubano y la posibilidad de enfrentarse a las tropas y misiles soviéticos? ¿Acaso China y Rusia hoy, juntas, tienen menos medios militares, diplomáticos, no digamos ya económicos, para disuadir a Washington? Evidentemente no, como ha demostrado la guerra de Ucrania, o cuando Xi Jinping obligó a Trump a recular en su ofensiva arancelaria amenazando con cortar el suministro de tierras raras.
Sin ir más lejos, en la anterior ofensiva trumpista sobre Caracas, en 2019, cuando apoyó al golpista Juan Guaidó obligando a más de 60 países, incluida toda la UE, a reconocer a este títere como presidente encargado de Venezuela, Moscú envió asesores militares y dos bombarderos con capacidad nuclear que jugaron un papel disuasorio.
¿Qué hubiese ocurrido si China y Rusia hubiesen movilizado recursos económicos en apoyo a Venezuela, enviado sus petroleros protegidos por buques de guerra para romper el bloqueo ordenado por Trump y amenazando además con cortar el suministro de tierras raras y embargar a las empresas estadounidenses ante cualquier ataque?
Haber hecho esto justo cuando el presidente estadounidense está siendo enfrentado por un movimiento de masas que cuestiona sus políticas racistas y supremacistas, como reflejaron las manifestaciones del No Kings Day y las protestas de estos mismos días contra el asesinato brutal de una mujer por el ICE, y las encuestas señalaban un 70% de rechazo a una intervención militar en Venezuela, habría sido de una ayuda inestimable para frustrar los planes de Washington.
Pero nada de esto ha sucedido. Y lo que no quiere entender un sector de la izquierda que sigue cifrando todas sus esperanzas en Xi Jinping y Putin, es que China y Rusia son regímenes capitalistas e imperialistas a los que no mueve la defensa de ninguna causa socialista, internacionalista o de ningún pueblo oprimido sino sus propios intereses. Evidentemente es un imperialismo en ascenso, y no tienen el historial sangriento de los EEUU, pero esto último no modifica la naturaleza de clase de estos dos Estados.
China y Rusia detestan los movimientos de masas que puedan cuestionar el orden capitalista, como vimos con la rebelión global contra el genocidio sionista. Y no solo no los alientan, sino que los obstaculizan siempre que pueden.

Es cierto que del año 2000 a 2018 Venezuela concentró el 45% de la inversión china en América Latina. Pero de 2018 a 2025 las inversiones se han desplomado. Viendo la acometida estadounidense y la creciente debilidad del régimen de Maduro, y que otros países les proporcionan beneficios más rápidos y con menos riesgos, los imperialistas chinos han mantenido algunos acuerdos comerciales y la compra de petróleo y oro (en su mayoría incluyéndolos incluso como pago de lo que Caracas les debe), pero sin conceder nuevos créditos ni siquiera con el régimen de Maduro amenazado. Por lo que respecta a la inversión esta se ha ido reduciendo drásticamente, con muchos proyectos ya aprobados que finalmente han sido abandonados.
Muchos analistas se mostraban perplejos de que en plena ofensiva estadounidense, el régimen madurista recortase ayudas al suministro de bolsas de comida, decretase subidas en los precios del transporte y recortes de salarios y gastos sociales. La razón es obvia: sus supuestos aliados no estaban jugando el papel que les correspondía en los momentos de mayor asedio.
Lo mismo se puede decir de la “alianza militar estratégica” entre Moscú y Caracas. Según diferentes fuentes, de 2005 a 2020 Venezuela ha suscrito más de 300 contratos para comprar armas a Rusia por valor de 9.000 millones de euros, concentrando el 70% de las ventas rusas de armamento en el continente. Pero el grueso se produjo hasta 2016, cayendo posteriormente de forma significativa, y mucho de ese armamento presenta fallas u obsolescencia que contrastan con el poder militar mostrado por Rusia en Ucrania.
Es evidente que Trump se había asegurado de antemano la pasividad de China y de Rusia, a cambio de reconocer la victoria de esta última en Ucrania y empujar a las potencias europeas a tragar con el acuerdo. Una vez más el reparto del botín entre bandidos imperialistas, como los definía Lenin, se ha impuesto. Por el momento, por supuesto, pues la lucha por la hegemonía no solo no ha cesado, sino que se recrudecerá con la mayor violencia en un periodo muy corto de tiempo.
Pero el significado político de todo esto es evidente: el pueblo de Venezuela, como el palestino, ha sido abandonado a su suerte. El imperialismo estadounidense sale fortalecido y dispuesto a avanzar con fuerzas redobladas en América Latina y el resto del mundo.
El ataque imperialista y la contrarrevolución interior
Miles de personas en Venezuela y todo el mundo se hacen una pregunta. ¿Cómo es posible que los helicópteros y aviones yanquis sobrevolasen Caracas y otras ciudades venezolanas sin resistencia del ejército venezolano, inutilizando defensas aéreas, bombardeando cuarteles e instalaciones, y yendo a tiro fijo al lugar, teóricamente ultrasecreto, donde se refugiaba Maduro? Y ¿Cómo es posible que allí masacrasen por sorpresa a la Guardia de Honor y el cuerpo de militares cubanos, último anillo de seguridad del presidente venezolano?
Reducirlo a la traición del general Marcano, responsable de la inteligencia venezolana, independientemente de que lo hiciese, no explica que no se activase ninguno de los planes de contingencia existentes. Ni la movilización de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB), ni de los reservistas, ni de los “colectivos”, las bases del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). Nada funcionó. Tal parálisis y ausencia absoluta de llamamientos y planes de resistencia desde el alto mando solo puede explicarse porque sectores decisivos optaron por negociar con Washington.
Además, la intervención militar de Trump se produjo en el momento de mayor reflujo del movimiento popular chavista, cuando el apoyo social al régimen de Maduro se encuentra en sus horas más bajas. El deterioro en las condiciones de vida, unido a la corrupción que salpicó a destacados dirigentes, incluidos ministros y altos cargos de la petrolera estatal PDVSA, han sembrado la desmoralización, el escepticismo y la desconfianza. La lucha por la supervivencia ha reemplazado a la participación política, y cuando desde el Gobierno se ha reprimido duramente a las fuerzas de la izquierda clasista y del chavismo crítico, se explica el retroceso sustancial de la movilización popular.

Maduro se basó en la cúpula militar para gestionar los acuerdos y préstamos de China y Rusia. De 2018 a 2023, las empresas públicas dirigidas por militares pasaron de 60 a 103. Según diferentes estudios, un tercio de los generales están implicados directamente en actividades empresariales, y el Gobierno puso la industria relacionada con el sector militar en manos de los mandos del ejército y se crearon empresas como CAMIMPEG, dependiente directamente del Ministerio de Defensa, que permitía a la cúpula militar participar en “todo lo relativo a las actividades lícitas de servicios petroleros, de gas y explotación minera en general, sin que ello implique limitación alguna” incluyendo “la contratación de personal obrero calificado para la industria de minería e hidrocarburos.”[6]
Aunque medios de derechas han denunciado esta situación con fines propagandísticos, los primeros en plantearlas y avisar del riesgo que representaban para el medio ambiente, las condiciones laborales y el pueblo venezolano fueron organizaciones indígenas y populares que habían apoyado a Chávez e incluso dirigentes expulsados del PSUV por estas denuncias.
El creciente poder de la cúpula militar, su peso en la industria petrolera y la minería, clave para contrarrestar la caída de producción e ingresos de PDVSA, unido a la llamada ley antibloqueo que, con el argumento de luchar contra las sanciones estadounidenses, permitía suscribir acuerdos secretos sin pasar por el Parlamento ni instancia pública alguna con empresas y Gobiernos de terceros países, ha aumentado dramáticamente la fusión entre la burocracia estatal y los capitalistas con todo lo que esto implica: más corrupción, descomposición interna y formación de camarillas que pugnan por el poder político y económico.
Todos estos factores han sido claves para el desenlace actual. El imperialismo estadounidense tomó nota de la caída de inversiones y de la descomposición interna. Ya desde la formación del segundo Gobierno de Trump, incluso antes con Biden, las amenazas de Washington han sido respondidas por el Gobierno venezolano con diferentes concesiones: liberación de golpistas de extrema derecha y agentes de la CIA implicados en acciones terroristas, propuestas de abrir la explotación de los recursos petroleros y mineros venezolanos –actualmente exportados mayoritariamente a China- a empresas estadounidenses, etc. Esto se concretó en el regreso con condiciones muy favorables de la petrolera Chevron y de empresas mineras expulsadas por Chávez.
Y, tras repetidos fracasos intentando apoyarse en la ultraderecha venezolana para forzar un cambio de régimen, como ocurrió con Guaidó en 2019, han decidido cambiar de táctica.
Medios como The New York Times, informaron que la CIA y sectores con conocimiento de la situación interna del Estado venezolano como el mediador Richard Granell, vinculado a las petroleras texanas y en particular a la Chevron, advirtieron de que las posiciones ultimatistas de Machado, su repudio a negociar con ningún sector de la burocracia estatal y de la cúpula del ejército, obstaculizaban muy seriamente cualquier plan para abrir una brecha dentro del régimen. Sin apoyo de los militares, una intervención que pusiese al frente del país a Machado podía provocar una espiral de violencia y desestabilización como ocurrió en Afganistán e Iraq, en los que el imperialismo estadounidense enterró billones de dólares sin conseguir mucho a cambio. Algo que no podían permitirse, y menos con la contestación interna que tiene Trump actualmente.
No es la primera vez que el imperialismo norteamericano se basa en sectores de los propios regímenes que intenta desmantelar para avanzar en sus planes. El caso más claro fue la liquidación de la URSS apoyándose en la propia burocracia del PCUS liderada por Gorbachov y Yeltsin.
En la rueda de prensa del 3 de enero inmediatamente después de la agresión militar, Trump y Rubio se refirieron a Delcy Rodríguez como su candidata para pilotar la transición política, descartando a María Corina Machado. Fue una noticia que dejó a medio mundo descolocado, especialmente a los fanáticos de extrema derecha. La elección no es casual. La vicepresidenta controla PDVSA, tiene una larga experiencia en el aparato estatal y magníficas relaciones con la socialdemocracia internacional, especialmente con la española. Siguiendo lo señalado por Trump y Rubio, el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) de Venezuela se puso en marcha de manera inmediata para designarla presidenta encargada de Venezuela en ausencia de Maduro.
Las señales que ha emitido Delcy Rodríguez confunden a pocos. Obviamente ha tenido que hacer enérgicas declaraciones de condena a la intervención y secuestro de Maduro, pero acto seguido se ha mostrado dispuesta a colaborar y negociar con Washington.
Algunos ingenuos se quieren agarrar a un clavo ardiendo, y proclaman su confianza en el nuevo escenario argumentando que se trata de un movimiento táctico inteligente, una estratagema para engañar a Trump. Ocurrió lo mismo cuando una parte considerable de la izquierda mundial, sobre todo de corte estalinista, apoyó a Gorbachov como un reformador honrado que salvaría a la URSS.
La reacción de la Administración Trump respecto a las declaraciones de la presidenta venezolana condenando la intervención es significativa: “funcionarios estadounidenses consideraron que los comentarios estaban dirigidos a una audiencia interna y no parecieron inmutarse porque ella aparentemente rechazaba públicamente las afirmaciones de Trump de que ahora estaba a cargo. El domingo, Rubio dijo que EEUU juzgaría a Rodríguez por lo que haga en adelante, más que por sus declaraciones pasadas: ‘Vamos a hacer una evaluación en base a lo que hagan, no a lo que digan públicamente en el ínterin, no a lo que sabemos que han hecho en el pasado en muchos casos, sino a lo que hagan de ahora en adelante’…”[7]

Washington prefiere quedarse con el llamamiento de la presidenta venezolana a “trabajar conjuntamente en una agenda de cooperación, orientada al desarrollo compartido, en el marco de la legalidad internacional y (que) fortalezca una convivencia comunitaria duradera (…) presidente Donald Trump: nuestros pueblos y nuestra región merecen la paz y el diálogo, no la guerra (...). Mi sueño es que Venezuela sea una gran potencia donde todos los venezolanos y venezolanas de bien nos encontremos (…) Venezuela tiene derecho a la paz, al desarrollo, a su soberanía y al futuro”.[8]
Levantar un programa revolucionario para derrotar al imperialismo
Establecer una perspectiva acabada de lo que puede ocurrir en las próximas semanas y meses es imposible. Lo fundamental es analizar las tendencias de fondo que han abocado al momento actual, y no dejarse embaucar por los deseos. Trump ha dado un golpe muy serio en Venezuela, y tiene en mente establecer una Administración colonial subrogada, utilizando al régimen actual para sus objetivos.
No es casualidad la liberación de presos por parte del Gobierno venezolano, como gesto de conciliación, como tampoco que Trump haya ampliado el plazo para la celebración de unas nuevas elecciones, incluso afirmando que podrían tardar años, cuando juzguen que tienen condiciones para ganarlas y poner al frente del país a un dirigente que controlen directamente después de haber neutralizado cualquier resistencia en el aparato del Estado.
También es muy significativa la actitud de la patronal, Fedecámaras, que está manteniendo una “actitud de diálogo”, sin alentar a la movilización contra el Gobierno. Y lo mismo respecto a la oposición ultraderechista, que ha renunciado por el momento a la agitación callejera y está resituándose ante la nueva estrategia de sus amos de Washington.
A corto plazo, y apoyándose en los triunfos de la ultraderecha en el continente, en la ausencia de llamamientos serios a la lucha de masas y la huelga general por parte de los sindicatos latinoamericanos y la izquierda reformista, valiéndose de la desmoralización popular y de la pugna por la supervivencia que ha provocado el colapso económico en Venezuela, los planes de Washington pueden seguir avanzando. Pero no podemos descartar otros escenarios. Hasta qué punto todos los sectores del régimen de Maduro van a aceptar esta hoja de ruta es imposible de asegurar, teniendo en cuenta sus brutales implicaciones.
Todas estas razones no pueden nublar las tareas de los revolucionarios en estos momentos. Debemos hacer frente a la ofensiva del imperialismo estadounidense entendiendo porqué hemos llegado a este punto, pero pasando a la acción, impulsando la lucha de clases, levantando un movimiento de resistencia internacionalista contra el neofascismo trumpista y sus planes colonialistas, y defendiendo un programa socialista que rompa con cualquier ilusión en que bajo el capitalismo y el imperialismo, de la mano de la burocracia o mediante pactos con los capitalistas o la derecha, se puede resolver ninguno de los problemas del pueblo venezolano.

Desde Izquierda Revolucionaria Internacional exigimos:
-Liberación inmediata de Nicolás Maduro y Cilia Flores, secuestrados por el imperialismo trumpista y sometidos a un proceso judicial ilegal que puede acabar con largas condenas de cárcel. Como ha quedado ya resuelto, las acusaciones de su implicación en un supuesto Cártel de los Soles es una farsa.
-Retirada inmediata y total del ejército estadounidense del Caribe y de cualquier espacio utilizado para la intervención en Venezuela.
-No al despojo colonialista de la industria petrolera venezolana. Expropiación sin indemnización de todos los activos de las multinacionales estadounidenses en Venezuela.
-Nacionalización de los bancos y grandes empresas venezolanas y extranjeras bajo el control y la gestión socialista de la clase obrera para hacer frente a la crisis económica garantizando salarios, vivienda, pensiones, educación y sanidad públicas dignas.
-Fin de todas las medidas represivas y de la persecución contra la izquierda clasista, antiburocrática y del chavismo crítico. Liberación de todos los activistas y militantes de izquierda injustamente detenidos.
- Hacia una huelga general continental contra la intervención imperialista en Venezuela y los planes de la Administración Trump. Por la revolución socialista y la Federación Socialista de América Latina.
Notas:
[1] Para un análisis más en detalle consultar: La “Nueva Estrategia de Seguridad”: el imperialismo norteamericano declara la guerra al mundo
[2] Surge una imagen más clara de lo que Trump quiso decir cuando afirmó que EE.UU. “dirigirá” Venezuela
[3] Trump asegura que Venezuela le entregará hasta 50 millones de barriles de petróleo
[4] Trump exige que Venezuela expulse a China y Rusia y se asocie con Estados Unidos en materia de petróleo.
[5] ¡Abajo la agresión imperialista de EEUU contra Venezuela!
[6] 2016-02-10 Gaceta Oficial Venezuela #40845
[7] Surge una imagen más clara de lo que Trump quiso decir cuando afirmó que EE.UU. “dirigirá” Venezuela
[8] Delcy Rodríguez invita a EEUU "a trabajar conjuntamente en una agenda de cooperación" en Venezuela tras la detención de Maduro



















