La clase obrera tumbó a la dictadura con su lucha y con su sangre
Se cumplen 50 años de la terrible matanza que ensangrentó las calles de Gasteiz el 3 de marzo de 1976. Cinco trabajadores fueron asesinados a tiros por la policía mientras participaban en una asamblea en la iglesia de San Francisco del barrio obrero de Zaramaga.
Pedro María Martínez Ocio, trabajador de Forjas Alavesas, de 27 años; Francisco Aznar Clemente, obrero de panaderías y estudiante, de 17 años; Romualdo Barroso Chaparro, de 19 años; José Castillo, empleado del Grupo Arregui, de 32 años, y Bienvenido Pereda, trabajador de grupos Diferenciales, con 30 años, fueron asesinados a tiros por la policía mientras participaban en una asamblea de 4.000 trabajadores en la iglesia de San Francisco del barrio obrero de Zaramaga.
La policía disparó más de 2.000 balas, dejando más de 150 heridos, y decenas de detenidos, un testimonio del salvajismo de la agresión policial bajo el mando del ministro de Gobernación franquista, Manuel Fraga Iribarne, fundador del Partido Popular.
Levantamiento obrero en Gasteiz
La descomposición del franquismo se desarrolló en paralelo a la crisis económica capitalista y un ascenso de la lucha de clases. Los datos son elocuentes.

Entre enero y mayo de 1976 salieron del país 60.000 millones de pesetas evadidos por los capitalistas, y la inflación llegó al 20% (el pan subió cerca del 40% en el primer trimestre del año). El desempleo, que afectaba apenas a 300.000 personas en 1973, superaba el millón tres años más tarde. En este contexto, el proceso de toma de conciencia de los trabajadores, su creciente fortaleza y su oposición abierta a la dictadura franquista se reflejaba en el auge de la acción huelguística: en 1970-72 se registraron 846.000 jornadas perdidas en huelgas, en 1973-75 un millón y medio, y en 1976 más de doce millones.
En enero de 1976 se vivía en un estado de efervescencia: Madrid, Barcelona, Bilbo, y el resto de grandes centros industriales del Estado se encontraban en pie de guerra. Fue entonces cuando el Gobierno de Arias Navarro decidió que era necesario dar un escarmiento y hacer una rotunda demostración de fuerza.
En Gasteiz, el 9 de enero Forjas Alavesas se declaró en huelga, inmediatamente Mevosa, Aranzabal, Gabilondo, Ugo, Orbegozo y otras muchas siguieron su ejemplo. Más de 30 empresas y más de 6.000 trabajadores coordinaron sus acciones, promovieron la elección democrática en asamblea de sus delegados —las Comisiones Representativas— y aprobaron plataformas reivindicativas unitarias. Aquella demostración de democracia obrera supuso un salto cualitativo en el enfrentamiento contra los capitalistas y el régimen.
Rechazando frontalmente el aparato sindical franquista, las Comisiones Representativas electas se convirtieron en un auténtico embrión de poder obrero, y plantearon un desafío extraordinario no solo al Gobierno, también a los dirigentes de la izquierda reformista cuya estrategia era la de una reforma pactada con los herederos del franquismo y no la de una ruptura revolucionaria que preparara la derrota del régimen y la transformación socialista del Estado español.
El poder de la clase obrera se demostró en la acción, en las discusiones y en las medidas adoptadas gracias a los activistas obreros que iban mucho más allá de los límites que la burocracia sindical, ya en aquellos momentos, quería imponer.
Las reivindicaciones unitarias de los trabajadores dejaron las cosas claras desde el primer momento:
•Un aumento salarial igual para todos. Este punto era fundamental, pues en lugar de plantear subidas porcentuales hacía de las subidas lineales un eje de la huelga.
•100% del salario real en caso de enfermedad o accidente.
•Jubilación a los 60 años con el salario real.
•Reducción de la jornada laboral.
A los días, nuevos puntos se fueron sumando, partiendo de la experiencia acumulada, de la represión y de las acciones provocadoras de la patronal:
•Ninguna empresa negocia si hay un solo detenido en Gasteiz.
•Ninguna empresa entra a trabajar si hay un solo despedido en Gasteiz.
•No se negocia si no es con los representantes elegidos en asamblea y directamente con la patronal.

Los despidos y las detenciones radicalizaron más el movimiento, y tras dos meses de lucha se decidió que era necesaria una gran huelga general que se fijó para el día 3 de marzo. Ese día, toda la clase obrera de Vitoria se puso en marcha tras las Comisiones Representativas: la práctica totalidad de trabajadores de fábricas, del comercio, de servicios, los estudiantes, las amas de casa… detuvieron la ciudad. Desde la mañana, la policía intentó frenar la movilización y comenzaron las primeras descargas de fuego real contra huelguistas y manifestantes.
La masacre
El éxito de la jornada fue abrumador. A las 5 de la tarde en la Iglesia de San Francisco se convocó asamblea general. Una hora antes la iglesia estaba ya repleta, la ciudad absolutamente paralizada y recorrida por barricadas. Desde todos los barrios obreros miles de jóvenes, mujeres y trabajadores abandonan sus casas para acudir a la cita común.
La policía, siguiendo las órdenes de los mandos del Ministerio del Interior, pronto irrumpiría rompiendo los cristales y disparando al interior botes de humo. La gente se echó al suelo e intentó protegerse, los que ya no podían más salían extenuados y medio asfixiados a la calle. La policía organizó pasillos para recibir a los obreros a porrazos, culatazos y finalmente organizó una masacre disparando indiscriminadamente e hiriendo mortalmente a cinco trabajadores.
Las declaraciones de los testigos y las transmisiones por radio de la misma policía son concluyentes. El diálogo policial que reproducimos a continuación no ofrece lugar a la duda:
“— Vamos a ver, J-2 haga lo que le había dicho. Cambio.
—...Me han puesto aquí cuatro coches en medio; los tendré que quitar, pero de todos modos si nos marchamos de aquí se nos van a escapar de la iglesia. Cambio.
— J-1. No interesa que Charli se marche del sitio donde está porque entonces se nos escapan de la Iglesia. Cambio.
—...Hemos entrado dentro, pero esto está muy mal. Si no, si no, vamos a tener que emplear armas de fuego. Cambio.
— Vamos a ver; Charli 0 para Charli, entonces el Charli que está ahí, J2, J3 desalojen la iglesia y como sea. Cambio.
— Pero no podemos desalojar porque entonces está repleta de tíos, repleta de tíos, entonces por las afueras estamos rodeados de personal. Vamos a tener que emplear las armas de fuego. Cambio.
— Gasead la iglesia. Cambio.
— Date prisa. Que vengan los Charlis porque estamos rodeados de personal; al salir de la iglesia aquí va a haber un pataleo. Vamos a tener que usar las armas de fuego. Seguro además, eh?
— Intervenid los tres juntos J-2, J3 y Charli 3 sacarlos como sea. Cambio.
— ....
— Qué tal está el asunto ahora por ahí? Cambio.
— Te puedes imaginar; después de tirar igual mil, mil tiros pues y romper toda la iglesia de San Francisco, pues ya me contarás como está toda la calle y está todo. Cambio.
— Muchas gracias ¿eh? Y buen servicio, Bueno espera un momentito por ahí a ver si os podéis dirigir de un momento al punto cero. Cambio
—... en la plaza de Salinas y hemos contribuido a la paliza más grande de la historia. Cambio.
— Por cierto, aquí ha habido una masacre. Cambio.
— De acuerdo, de acuerdo. Cambio.
— Oye, pero de verdad, una masacre, eh?
—... Ya tenemos, ya tenemos munición; ya tenemos dos camiones de munición, eh? O sea que a mansalva... a por ellos, sin tregua de ninguna clase. Cambio”.
La matanza supuso un punto de inflexión y una conmoción difícil de imaginar. Mientras en el Gobierno, el ejército y la policía se felicitaban por el desenlace, pensando que habían logrado una sonora vitoria, la clase trabajadora mostró todo el coraje del que era capaz. Más de cien mil personas asistieron al funeral y recorrieron las calles de Gasteiz desde el Gobierno Civil hasta el hospital donde estaban los heridos, homenajeando a los obreros muertos.

Inmediatamente se desató una oleada de solidaridad obrera con huelgas y manifestaciones en todos los territorios del Estado, y Euskal Herria se paralizó el día 8 de marzo por la mayor huelga general desde los años treinta, secundada por más de medio millón de obreros en paro. La represión siguió siendo brutal, y dos trabajadores, uno en Basauri y otro en Tarragona, fueron asesinados a tiros por las fuerzas represivas, pero lejos de amilanar a los que luchaban, la represión incrementó su rabia y su combatividad.
Los pactos de la Transición para evitar una revolución
Finalmente, la clase obrera de Gasteiz logró arrancar prácticamente todas las reivindicaciones que habían motivado la lucha, y la patronal no tuvo más remedio que hacer numerosas e importantes concesiones, en Gasteiz, en Euskal Herria y en el conjunto del Estado. El poder de la clase obrera logró lo que parecía imposible.
Pero las concesiones no calmaron el ambiente. La movilización elevó su tono político. La amnistía, la plena recuperación de todas las libertades y derechos democráticos aplastados por el franquismo, con la reivindicación del derecho a la autodeterminación de las naciones oprimidas del Estado español en un lugar destacado, se convirtieron en la bandera de un movimiento que sacó a las calles a millones de trabajadores y jóvenes. La perspectiva de un levantamiento revolucionario, que la matanza de Gasteiz intentó frustrar, estaba ahora mucho más cerca.
El resultado fue la dimisión de Arias Navarro y la designación por Juan Carlos I, en julio de 1976, de un nuevo Gobierno encabezado por Adolfo Suárez. En ese momento ya se estaban urdiendo desde los despachos de Madrid y de Washington la estrategia que culminaría en los Pactos de la Transición con el apoyo activo de Santiago Carrillo y Felipe González.
La matanza del 3 de marzo no hizo que los dirigentes del PCE ni de CCOO, que eran las fuerzas mayoritarias de la clase obrera, llamaran a la huelga general unificada en todo el país contra el Gobierno de Arias. Evitar una huelga general que pudiera transformarse en una movilización de carácter insurreccional se convirtió en el objetivo de los sectores decisivos de la burguesía española y de sus estrategas a escala internacional. No se podía permitir que el Estado español encarara el camino de la revolución socialista, y los acontecimientos de Gasteiz, como la oleada de luchas y huelgas que se desarrollaron en los meses siguientes, probaban que la correlación de fuerzas era muy favorable.
Tampoco se convocó a la huelga general tras los asesinatos de Arturo Ruíz, Marí Luz Najera y la masacre de los abogados laboralistas de Atocha en aquella semana negra de enero de 1977. Al contrario, la dirección del PCE y de CCOO hicieron una gran demostración de contención, y probaron su determinación en llevar al movimiento a las aguas de la nueva institucionalidad burguesa que se fraguaba.
La ley de amnistía, que dejó impunes los crímenes de la dictadura, la Constitución que consagró la monarquía de Juan Carlos designada por Franco, los Pactos de la Moncloa… fueron la estrategia del capital, con la colaboración de la izquierda reformista, para evitar que el poder pasara a manos de la clase obrera.

Cincuenta años después, ninguno de los responsables políticos y policiales de los crímenes contra los obreros de Gasteiz ha pagado. No ha habido justicia alguna bajo el régimen del 78. Por eso, la mayor reivindicación y el mejor tributo que podemos rendir al maravilloso movimiento obrero de 1976, a los que cayeron bajo las balas de la policía asesina y del terrorismo de Estado, a todos los que con su sangre, con sus años de cárcel, con su valentía frente a la represión, las torturas, los despidos y el exilio hicieron realidad los derechos democráticos que hoy están bajo amenaza, es continuar el combate hasta la completa liberación de la clase obrera, por el socialismo y el derecho de autodeterminación de pueblos y naciones oprimidas.



















