El pasado 3 de octubre, Pablo Casado clausuraba en la plaza de toros de Valencia la convención nacional del Partido Popular, ante 12.000 asistentes procedentes de todo el Estado. 

Con la celebración de este acto el PP pretendía reafirmarse y reivindicarse como la única alternativa de toda la derecha española frente al PSOE y sus socios de gobierno y transmitir una imagen de firme unidad en torno a la actual dirección nacional y su presidente, Casado.

El resultado final, condensado en el discurso de clausura de Pablo Casado, ha sido el despliegue de un amplio catálogo de planteamientos ultraderechistas en todos los frentes y el intento de escenificar una unidad interna que dista mucho de ser real y sólida.

Nuevo giro a la derecha en la dirección nacional del PP

En su intervención Casado ha enarbolado con furia la bandera de la lucha contra el feminismo, la inmigración, la memoria histórica, la ley de eutanasia, la actual ley del aborto y por supuesto, contra el movimiento independentista catalán prometiendo traer del extranjero a Carles Puigdemont “para que sea juzgado” y “perseguirle por el último rincón de Europa”.

Este nuevo giro del discurso del PP hacia la extrema derecha ha frustrado a aquellos periodistas, comentaristas e incluso dirigentes de partidos de izquierda que, a raíz de las duras críticas de Casado a Abascal tras la fallida moción de censura de Vox, confiaban en el PP para la formación de un “cinturón sanitario” frente a la extrema derecha. Algunos de ellos hoy se preguntan amargamente en sus foros de opinión ¿qué ha pasado con el talante “democrático” del líder del PP? [1] [2]  

El hecho de que uno de los invitados de honor fuese Alejo Vidal-Quadras, antiguo dirigente del PP y uno de los fundadores de VOX, ha sido toda una declaración de intenciones.

Los guiños a la extrema derecha fueron constantes durante la convención, con la inmensa mayoría de los dirigentes del partido mostrándose favorables a pactar con VOX, allí donde fuese necesario para gobernar.

Los bandazos de la dirección nacional del PP, con Casado a la cabeza, son la expresión de las presiones a las que el principal partido de la derecha española está sometido.

De una parte, en un clima de creciente polarización social, un sector importante de la pequeña burguesía, esos cientos de miles de pequeños empresarios, propietarios, hosteleros, comerciantes, base electoral tradicional del PP, han girado, y siguen haciéndolo, hacia la extrema derecha. Desgajándose del PP y dando expresión a ese giro surgió Vox, arrastrando con él a una parte nada desdeñable del tradicional votante del PP. Desde Génova batallan de forma constante por reconquistar a ese electorado más reaccionario, el mismo que le disputa la formación de Abascal.

Además desde dentro del PP, haciéndose también eco del sector tradicionalmente más reaccionario de la propia burguesía española, esa parte de la clase dominante que ve con nostalgia los “buenos tiempos” de la dictadura franquista, también se empuja con fuerza para que el partido abrace sin complejos el ideario de la extrema derecha. José María Aznar e Isabel Díaz Ayuso, son destacados referentes de esa corriente interna en el seno del PP que se mantiene en constante ofensiva para conquistar la dirección nacional e imponer la línea política ultraderechista.

Por otro lado, una parte determinante de los capitalistas españoles, considera muy prematura una ofensiva abierta contra el Gobierno del PSOE y Unidas Podemos. Estos  tienen muchos motivos para estar muy satisfechos con las políticas en materia económica que está llevando a cabo este Gobierno, que no ponen en peligro ni en lo más mínimo sus intereses, sino que, al contrario, les garantizan suculentos beneficios y a la vez son un maravilloso amortiguador social.

En esta situación Casado se ve obligado a dar una de cal y otra de arena. Quiere mantener la confianza plena del poder financiero, y al mismo tiempo quiere defender su liderazgo al frente del PP, y mantener al partido como el principal y decisivo referente de la derecha española, posición hoy amenazada, con Ciudadanos fuera de juego y en proceso de descomposición, por el ascenso electoral de Vox. Para sustentar ese inestable equilibrio se ve obligado a continuos cambios de posición que irritan y disgustan al sector más reaccionario del PP.

La otra cara de la moneda de las políticas procapitalistas aplicadas por el Gobierno PSOE-UP es que ante el deterioro de las condiciones de vida de la clase trabajadora y ante la ausencia de avances sociales lo que se está consiguiendo es que en los últimos meses se agudice el descontento entre la propia base social del actual Ejecutivo.

La plutocracia española hoy sigue apostando por la vía del Gobierno de coalición, pero tiene muy claro que, si este deja de serles útil, si no es capaz de contener el descontento social, optarán abiertamente por la vía dura de las políticas de la extrema derecha. Con la recuperación del discurso más reaccionario, Pablo Casado también pretende asegurarse una posición de liderazgo ante esta eventualidad.

Un partido solo aparentemente unido y con un líder debilitado

El partido llegaba a esta convención con unos sondeos electorales que en su gran mayoría anticipan que de celebrarse hoy unas elecciones generales el PP las ganaría y, junto a VOX, obtendrían mayoría absoluta para gobernar.[3]

La perspectiva de la victoria electoral actúa como un fuerte cemento en las filas de cualquier partido, y el PP no es una excepción. Pero tras los gestos de unidad y la escenificación de la aparente reconciliación de Pablo Casado con su principal adversaria, la presidente de la Comunidad de Madrid Isabel Díaz Ayuso, las espadas siguen en alto.

La lucha interna en el seno del PP de Madrid continua. La corriente ayusista gana cada vez más posiciones en el aparato regional y quiere completar su control lo antes posible. La dirección estatal del PP se opone porque ven que el ascenso de Ayuso abre las puertas al retorno triunfal de José María Aznar y su camarilla, lo que supondría una amenaza directa a su posición. De momento, parece que la opción de Casado es intentar que el alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, le dispute -previsiblemente con escaso apoyo- la presidencia del partido a Ayuso.

Pablo Casado tiene un problema, y es que, como refleja el resultado de las elecciones madrileñas, si hay alguien que representa el trumpismo español y que tiene capacidad de reunificar a la derecha bajo ese mensaje es Isabel Díaz Ayuso que, además, tiene el apoyo de José María Aznar y del sector más reaccionario del PP. El giro reaccionario que Pablo Casado ha querido imprimir a la Convención del PP solo puede tener como resultado el fortalecimiento del ayusismo y el debilitamiento de su propia posición.

Los próximos meses van a ser decisivos para Casado. Después de esta aparente calma llegará el congreso madrileño y la correlación de fuerzas internas volverá a pasar por un test crucial. Nada está decidido todavía.

 

[1]   El Partido Popular rumbo a Vox, El País.

[2]   Derechistas, El País. 

[3]   El PP ganaría las elecciones con 130 escaños si se celebrasen hoy, según la última encuesta de Sigma 2, Antena 3.

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