La madrugada del 12 de abril amerizaba frente a las costas del Pacífico de Estados Unidos la cápsula Orión con los 4 tripulantes de la nave Artemis II, después de orbitar La Luna durante 10 días. Este hito en la carrera espacial muestra el potencial para el desarrollo humano pero también representa una condena al sistema capitalista. Mientras existe la capacidad tecnológica y productiva para enviar astronautas a la Luna, 2.300 millones de personas carecen de acceso a comida suficiente y la cuarta parte de la población mundial no tiene agua corriente. Estos y otros muchos problemas pueden ser resueltos pero la existencia del capitalismo y el imperialismo lo impide.
Incluso el potencial enorme de explorar el espacio, con todos sus avances técnicos y descubrimientos científicos, se ve mermado por el control de la economía por un puñado de grandes empresas y la existencia de los Estados nacionales. La pugna entre las dos grandes potencias se convierte en una rémora, imprimiendo un carácter más lento, sinuoso y contradictorio a este proceso, retardando su desarrollo y despilfarrando recursos y oportunidades. Esto se manifiesta agudamente en el caso estadounidense.

Trump se estrella con la realidad también en la Luna
La Misión Artemis II fue presentada en un gran show destinado a mostrar al mundo el “liderazgo estadounidense”[1]. En su discurso del Estado de la Unión del 24 de febrero Donald Trump, eufórico tras atacar Venezuela y mientras preparaba la guerra contra Irán, sacaba pecho con la Fuerza Espacial, área militar de la NASA creada en 2019 por él: “La Fuerza Espacial es mi creación (…) Mi creación se está volviendo muy importante (…) dominamos las industrias más poderosas del mundo, destrozamos las monstruosas tiranías de la historia y liberamos a millones de personas de las cadenas del fascismo, el comunismo, la opresión y el terror (…) Los estadounidenses elevamos a la humanidad hacia el cielo con las alas del aluminio y el acero, y luego la lanzamos a las estrellas en cohetes impulsados por la pura voluntad y el inquebrantable orgullo estadounidenses[2]”.
Este delirio, mezcla de fanfarronería hueca y chovinismo imperialista, también se está estrellando con la cruda realidad en la carrera por pisar nuevamente la Luna y establecer una base permanente en ella.
El Premio Nobel de Economía de 2025, el estadounidense-israelí Joel Mokyr, denunciaba en enero los recortes y "embestida total contra la investigación científica de vanguardia” de la Administración Trump, “creando un vacío que China no solo está dispuesta a llenar, sino que ya está capitalizando activamente” en prácticamente todos los campos: robótica, tecnologías de la información, comunicaciones…[3].
Golpes de efecto como la campaña mediática de los últimos días sobre Artemis II no pueden tapar este declive. Al contrario. El fin de esta misión ha dejado a la NASA en una situación muy delicada para lanzar Artemis III y Artemis IV. El Wall Street Journal titulaba: “Artemis II ha sido un blockbuster. Aterrizar en la luna será mucho más difícil”, citando informes internos de la propia NASA que, repasando las dificultades, fallas y problemas constantes del programa, consideran el objetivo anunciado de alcanzar la Luna en 2028 “probablemente inalcanzable”[4].
La enorme deuda estadounidense y la política de recortes de Trump golpea especialmente a la NASA. Los presupuestos para 2027 recortan el 25% de la financiación total y reducen a casi la mitad sus programas científicos. Aunque mantienen el apoyo a los vuelos tripulados, la exploración espacial corre el riesgo de quedar incompleta sin la investigación científica que la sustente.
El presupuesto arranca con el objetivo de “vencer a China en la conquista de la Luna y poner al primer ser humano en Marte”. Sin embargo, esta meta es inverosímil con el menor presupuesto desde 1961, cuando empezaba la carrera espacial. Mientras en 1969 la agencia recibía el 5% del PIB hoy no supera el 0,35%.

La NASA en manos de Musk, Bezos y Wall Street
Los costes del programa Artemis II superaron los 93.000 millones de dólares para 2025, con un gasto adicional de 4.000 millones por cada misión debido al carácter no reutilizable del cohete SLS y la nave Orión.
Estos sobrecostes han ido a engordar los resultados de las 2700 empresas privadas que colaboran en el proyecto. El Space Launch System (SLS) es fabricado por Boeing, la cápsula tripulada Orión por Lockheed Martin, los motores para abortar de Orión y elementos de propulsión por Northrop Grumman. Estas empresas han sido premiadas en bolsa con la revalorización de sus acciones desde principios de año: el 29% Lockheed y el 22% Northrop. ¡Un negocio redondo!
Otro ejemplo de sobrecostes lo vimos cuando el baño de la nave falló, debiendo ser reparado por los propios astronautas. Solo ese baño había costado entre 23 y 30 millones de dólares.
Artemis III, que debería seguir a Artemis II, está lejos de ser un proyecto consolidado, básicamente porque no será una repetición sino un nuevo cohete. Otro factor paralizante es que está en manos privadas, particularmente de Elon Musk y Jeff Bezos, propietario de Amazon. La NASA había planeado originalmente regresar a la Luna en 2024. La misión se retrasó porque el equipo —como el módulo de aterrizaje, tanto la nave Starship de SpaceX como la Blue Moon de Blue Origin— no estaba listo. Ambos se encuentran todavía en desarrollo, ralentizando el ritmo de todo el programa espacial estadounidense. Y para futuros lanzamientos espaciales, depende por completo de las naves de SpaceX, la compañía que recibió el contrato. Romperlo podría costar 22.000 millones a la Administración.
La NASA no tiene alternativa —ni viable ni inmediata— a los contratos con Musk en acceso orbital para Defensa, rotación de astronautas en la ISS, planes para llegar a la Luna o lanzamiento de satélites científicos y misiones planetarias. Es tal la dependencia que nadie se cree que puedan romper. Demagógicamente algunos influencer MAGA incluso plantearon a Trump expropiar Space X. Si alguien duda del peso de Musk, este fanfarronea diciendo que los ingresos de SpaceX ya superan al presupuesto total de la agencia. Musk y el resto de oligarcas parasitan la exploración espacial, inflando costos y con una posición de privilegio en la que deciden cómo se orienta la exploración para llenar sus cuentas corrientes.

La agencia espacial china: un modelo estatal centralizado
El espacio se ha convertido en uno de los grandes campos de batalla donde no solo se miden las capacidades científicas y tecnológicas, también las esferas de influencia de las dos grandes potencias.
China ha fijado como objetivo que sus astronautas pisen la Luna antes de 2030, pretendiendo establecer, a lo largo de la próxima década, en colaboración con Rusia, una base permanente. Los logros de Beijing se basan en un esquema organizativo completamente distinto al estadounidense: nada de subcontratar servicios a empresas privadas, la agencia estatal China centraliza y unifica todo el esfuerzo, a diferencia de su homóloga estadounidense. Y está cumpliendo los plazos con un presupuesto estimado en la mitad pero mucho más eficiente.
El gigante asiático ha logrado hitos significativos: posó un robot en la cara oculta de la Luna, regresó con muestras y envió una sonda a Marte, planeta que también figura en el horizonte de sus misiones tripuladas para 2040. En su último plan quinquenal, aprobado en marzo, el PCCH incluye al sector espacial entre las industrias estratégicas del futuro. Todos los obstáculos con que EEUU ha pretendido detener a China han sido sorteados. Beijing cuenta con una estación espacial independiente desde 2011, cuando Washington le vetó el acceso a la Estación Espacial Internacional (ISS). Su primer módulo fue puesto en órbita en 2021, entrando en fase operativa en 2022, y actualmente sus tripulantes rotan cada tres meses.
Antes de que Artemis II sobrevolara el lado oculto de la Luna, China ya logró enviar dos sondas a esa región: la Chang'e 4 en 2019 y la Chang'e 6 en 2024. Esta última recogió muestras y las trajo de vuelta a la Tierra para su estudio.
Carrera espacial, planificación y desarrollo de las fuerzas productivas
Por el enorme esfuerzo económico y tecnológico que supone la carrera espacial tiende a reflejar el desarrollo de las fuerzas productivas y el ascenso o declive de las potencias.
El espectacular crecimiento económico del capitalismo tras la II Guerra Mundial permitió desplegar una enorme cantidad de recursos y aplicar descubrimientos tecnológicos empleados con fines militares durante la guerra a la exploración de la galaxia. Esto conquistó la imaginación de millones de personas.

En plena “guerra fría”, el capitalismo estadounidense vivía un periodo de expansión de las fuerzas productivas, con un Estado del bienestar y un grado de intervención estatal en la economía significativos, y pudo dedicar recursos enormes a crear una Agencia Espacial estatal muy potente: la NASA, y un programa centralizado como el Apolo que le permitió pisar la Luna en 1969.
Por su parte, la economía estatizada y planificada permitió a la URSS desarrollar un programa espacial que asombró al mundo. En poco más de una década, uno de los países más devastados por la guerra ponía en órbita al primer astronauta de la historia, Yuri Gagarin, y de la mano de Serguei Koroliov, ingeniero de gran talento purgado por Stalin en 1938 y rehabilitado en 1946, adelantaba a EEUU con los programas Sputnik y Soyuz. Todo pese al terror estalinista y el control del Estado en manos de la burocracia.
Desde los años 70, a medida que la investigación se hacía más compleja y exigía coordinar esfuerzos de más sectores y centros de producción, la falta de participación democrática de la clase obrera en la planificación y la imposibilidad de mantener los niveles de inversión en una economía cada vez más lastrada por la corrupción y el parasitismo burocráticos, acabaron hundiendo el programa espacial soviético y permitiendo a EEUU imponerse.
La NASA entró en crisis precisamente en los noventa, con el cambio de ciclo y el proceso de desmantelamiento y deslocalización industrial del capitalismo estadounidense, acelerado tras el colapso del estalinismo, que ha desembocado en su decadencia actual. Gracias al auge formidable de su economía, sus logros tecnológicos y los elementos de planificación y centralización que existen en su sistema de capitalismo de Estado, China se está imponiendo en la competencia industrial, científica y espacial.
Los intereses capitalistas y la pugna imperialista limitan las posibilidades de explorar el espacio
El interés actual por la Luna de ambas potencias se centra en el Polo Sur lunar, donde existen regiones de sombra permanente y cráteres profundos con depósitos de hielo de agua, vitales para obtener oxígeno, agua potable y combustible. Además, el lado oculto de la Luna permitiría explotar helio-3, un isótopo que podría resolver los problemas energéticos de la Tierra durante los próximos 10.000 años.
Llegar primero es estratégico debido al vacío legal sobre la propiedad de estos recursos. Aunque el Tratado del Espacio Exterior prohíbe la "apropiación nacional" de la Luna, no clarifica la normativa sobre explotación de recursos. Isaacman, el nuevo presidente de la NASA (un multimillonario astronauta amigo de Musk) ha declarado que Artemis III ya no tendrá como objetivo aterrizar en la Luna, sino que se lanzará a mediados de 2027 en una órbita baja terrestre para probar tecnologías esenciales. Esto supone posponer el primer alunizaje tripulado, Artemis IV, al menos a 2028, aunque -como señalamos- ni la misma NASA se lo cree.

Mientras esta, bajo control de empresas como SpaceX y Blue Origin introduce retrasos constantes, la agencia estatal china avanza sin fisuras ejecutando con precisión los planes trazados en 2019. Tiene el cohete Long March 10, que llevará sus astronautas a la Luna, prácticamente concluido. Por contra, los tres últimos lanzamientos del Space X han estallado en el aire y requieren nuevas pruebas. Analistas señalan que el plan chino es más sencillo y directo: requiere solo dos lanzamientos frente a los 15 o 20 que necesita la arquitectura de Artemis. El 11 de febrero China probó con éxito un sistema de aborto en vuelo y un amerizaje controlado del Long March 10, una hazaña que el actual sistema SLS de la NASA no puede igualar.
El afán del imperialismo norteamericano de cortar el desarrollo de China como competidor está fracasando en este campo, como en otros muchos. China toma ventaja y los planes estadounidenses acaban volviéndose en su contra, como en la guerra comercial o las guerras de Ucrania o Irán.
El exministro de ciencia y astronauta Pedro Duque se lamentaba de que EEUU no hubiera utilizado los satélites que China tiene orbitando en la Luna para que los astronautas de la cápsula Orión del Artemis II no tuvieran 34 minutos de desconexión durante el paso por la cara oculta de la Luna. Este es un pequeño ejemplo de la ineficiencia y sinsentido que significa la existencia de dos programas espaciales enfrentados y dos presupuestos diferentes para un mismo propósito: llegar a la Luna.
Sobre la base de una economía planificada y nacionalizada a nivel mundial bajo control de los trabajadores, la exploración del espacio tomaría una velocidad extraordinaria soltando el lastre del dominio apabullante en la esfera productiva del capital financiero y la lucha entre potencias imperialistas que la atenaza.
Notas:
[1] Moon fever hits DC as Artemis 2 rocket 'candle' lights up Washington Monument just 1 month before launch (photos)
[2] 'The Space Force is my baby': Trump lauds military space in State of the Union but skips Artemis 2 moon crew namedrop
[3] "Trump destruye el futuro tecnológico de EEUU, beneficia a China", dice un Nobel de Economía
[4] Artemis II Was a Blockbuster. Landing on the Moon Will Be a Lot Harder.



















