Tras su sangrienta intervención en Venezuela el pasado 3 de enero, el imperialismo estadounidense ha declarado la guerra total contra Cuba. Después de casi seis décadas de bloqueo criminal, de intentar sabotear por todos los medios las conquistas de la Revolución cubana alentando intervenciones militares, atentados y asesinatos, Donald Trump está decidido a hundir al pueblo cubano privándole del petróleo venezolano y amenazando con duras sanciones a cualquier país que comercie con Cuba. 

El presidente estadounidense lo dejó muy claro nada más secuestrar a Maduro e imponer una Administración neocolonial en Venezuela: América Latina es nuestro “espacio vital”, “nuestro hemisferio”, reproduciendo, casi con las mismas palabras, los discursos imperialistas y anexionistas de Hitler con Europa central.

Tras atacar Venezuela, el imperialismo estadounidense ha declarado la guerra total contra Cuba. Después de casi seis décadas de bloqueo criminal, de alentar intervenciones militares, atentados y asesinatos, ahora Donald Trump quiere hundir al pueblo cubano.  

Viendo la extraordinaria oportunidad que abría el golpe descargado sobre Caracas, Trump firmaba el pasado 30 de enero una orden ejecutiva prohibiendo el suministro de petróleo a Cuba y anunciaba que perseguiría a cualquier país que intentase sortear este chantaje. El objetivo de Washington es más que cristalino: provocar el caos económico hasta llevar a la Isla a una situación límite, fomentar el descontento social con la esperanza de que se produzca un levantamiento que derroque al régimen, o cuando menos divisiones agudas dentro del Ejército y del aparato estatal que les permita operar un golpe de timón decisivo como el que están desarrollando en Venezuela.

En definitiva, Trump y su camarilla ultraderechista están convencidos de que pueden coronar el objetivo de la burguesía estadounidense desde que las masas cubanas, con Fidel Castro y el Che a la cabeza, lograran derrocar el capitalismo podrido de Batista en enero de 1959, y asestar un golpe brutal a la idea del socialismo en la conciencia de millones de trabajadores y jóvenes.

Por estas razones es fundamental promover una movilización internacionalista masiva contra esta agresión imperialista, absolutamente reaccionaria, y que solo pretende esclavizar nuevamente al pueblo cubano. Lo que se decide aquí no es la “democracia” ni la “libertad” de Cuba, sino el sometimiento colonial al Imperio, de un pueblo que decidió luchar y emanciparse del yugo de Washington.

Cercar y hundir la Isla

No solo la actividad productiva de Cuba está amenazada por la falta de combustible, la actividad cotidiana de millones de ciudadanos se ve duramente alterada, los servicios públicos como la recogida de basura están bloqueados, igual que la importación de alimentos, o el suministro de materias primas esenciales. Sectores como la salud pueden sufrir un deterioro de tal magnitud que ponga en riesgo la vida de muchos cubanos y cubanas. Según el Ministerio de Salud Pública “más de 32.880 mujeres embarazadas afrontarán riesgos adicionales, amenazas y limitaciones como consecuencia del bloqueo energético del Gobierno de Estados Unidos”. Además, “se afectarán seriamente otros servicios vitales para pacientes recién nacidos, menores de edad, diabéticos, con tratamientos oncológicos o que requieren intervenciones quirúrgicas o urgencias[1].

Este testimonio de un ingeniero responsable de la organización comunitaria Centro Luther King, dedicada a distribuir bienes de primera necesidad entre la población de La Habana, muestra las consecuencias dramáticas de este asedio: “Padecemos un estrangulamiento energético dramático, que afecta muchos órdenes en la vida nacional. No es sólo la energía eléctrica en los hogares. Se han tenido que paralizar actividades para destinar el poco combustible al que podemos acceder a centros vitales. Se mantienen niveles muy escasos de distribución eléctrica a las casas. Se nos impide elaborar el gas licuado con el que cocinamos. Los apagones impiden el funcionamiento de las hornillas eléctricas. Cocinamos con carbón y leña (…) lo que hace Trump es profundizar una política de genocidio, contraria a todo derecho internacional. Utiliza el hambre y la crisis energética como instrumentos de guerra”[2].

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Desde las primeras sanciones de 1960 de Eisenhower, ampliadas al embargo total en 1962 de Kennedy, los dos grandes partidos de la clase dominante yanqui han coincidido en aplastar la Revolución cubana al precio que fuera. 

Los datos dan la medida de la catástrofe que se persigue: “En febrero de 2026 el 60% del territorio cubano experimenta apagones simultáneos que duran entre 8 y 14 horas diarias (…). La dimensión estratégica de esta asfixia energética se revela en números crudos: Cuba necesita importar aproximadamente 80.000 barriles diarios de petróleo para funcionar mínimamente, pues su producción nacional apenas alcanza los 32.000 barriles diarios de crudo extrapesado -inadecuado para la mayoría de usos y dañino para las ya deterioradas infraestructuras-. El consumo total de la isla es de 120.000 barriles diarios”[3].

La Revolución cubana y el asedio imperialista  

Desde las primeras sanciones decretadas en 1960 por el Gobierno republicano de Eisenhower, ampliadas al embargo total en febrero de 1962 de la Administración demócrata de Kennedy tras su derrota en Bahía Cochinos en abril de 1961, los dos grandes partidos de la clase dominante yanqui han coincidido en aplastar la Revolución cubana al precio que fuera.

El bloqueo criminal de Washington ha generado daños cuantificables en 2,1 billones de dólaresdurante seis décadas. ¡Una cifra que equivale a varias veces el Plan Marshall que reconstruyó Europa tras la Segunda Guerra Mundial!

La Revolución cubana acabó con la dictadura sangrienta del títere de Washington, Batista, y liberó al país del dominio de su podrida burguesía nativa y de los monopolios estadounidenses, incluidas las mafias de la prostitución, el juego y la droga que habían hecho de la Isla su club privado.

La expropiación y nacionalización de los ingenios azucareros, la banca y grandes empresas permitió a una pequeña nación, con apenas siete millones de habitantes en ese momento, convertirse en punto de referencia para millones de oprimidas y oprimidos de Latinoamérica y del mundo: erradicando el analfabetismo, dando trabajo, comida y techo dignos al conjunto de la población y consiguiendo los mejores niveles en educación y sanidad de Latinoamérica.

Durante las últimas seis décadas la resistencia del pueblo cubano frente al criminal bloqueo imperialista y los diferentes intentos de invasión, magnicidio y actos de sabotaje de Washington han sido un ejemplo vivo de que el poder militar, político y económico de la potencia imperialista más criminal y destructiva de la historia pueden ser derrotados. Esa es la causa del odio y la saña de Trump y de la clase dominante estadounidense.

El papel de China y Rusia

Si Trump avanza en su intervención criminal contra Cuba, es por las mismas razones que le hemos visto imponer su agenda en Gaza, en Venezuela, en Siria y en otros escenarios: porque está contando con la actitud pasiva, y en muchos casos colaboracionista, del imperialismo chino y ruso.

Beijing y Moscú han sido presentados por muchos actores de la izquierda como aliados seguros de los pueblos oprimidos, como un baluarte contra los planes criminales de Washington. Pero en la práctica, ambas potencias están dejando muy claro que los beneficios económicos de sus grandes monopolios, y sus intereses geoestratégicos, están por encima de cualquier consideración.

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El imperialismo chino y el ruso, como hicieron con los palestinos en Gaza, o los venezolanos, que fueron abandonados a su suerte, ahora con Cuba, vuelven a limitarse a declaraciones vacías y a adoptar medidas cosméticas ridículas ante la dimensión de la agresión. 

Por supuesto, la pugna por la supremacía mundial tiene muchos frentes abiertos y nadie puede discutir el antagonismo entre los dos bloques imperialistas. Dicho esto, la idea de que China y Rusia no pueden hacer nada para romper este bloqueo criminal no se sostiene desde ningún punto de vista.

Igual que hicieron con el pueblo palestino en Gaza, que fue abandonado a su suerte mientras el régimen de Beijing fortalecía sus lazos comerciales con el sionismo, y ya cuando la masacre había alcanzado unos niveles trágicos dando luz verde en la ONU a la farsa del plan de paz neocolonial de Trump y Netanyahu, ahora vuelven a limitarse a adoptar medidas cosméticas que son ridículas ante las dimensiones de la agresión.

China ha prometido reforzar la ayuda humanitaria a Cuba con… ¡90.000 toneladas de arroz! y una “línea de asistencia financiera” de... ¡80 millones de dólares! Esto representa exactamente un 0,000047% del PIB de China. Y comparado con el PIB cubano solo un 0,074%. Una burla que contrasta con las inversiones multimillonarias de Beijing desembolsadas a favor de diferentes regímenes reaccionarios, incluido el régimen nazisionista de Israel, con el que esperan llegar a 30.000 millones de dólares en intercambios comerciales este año. 

La estrategia china con Cuba y Venezuela está desvelándose con toda crudeza. En estos momentos sus prioridades geopolíticas no pasan por América Latina, y por el momento no han demostrado ninguna intención de frenar el intervencionismo político, económico y militar de Washington. Por supuesto, eso no quiere decir que renuncien a las esferas de influencia que han conquistado, pero es evidente que sus intereses más inmediatos se desplazan hacia Europa, África y Asía Central y el área comprendida entre el Mar de China y el Índico.

Analistas de la burguesía también inciden en la irritación del Gobierno chino “con sus aliados cubanos por haber retrasado hasta la saciedad la aplicación de las reformas y apertura económica anunciadas durante la presidencia de Raúl Castro hace más de una década. Esta demora, indicaron fuentes diplomáticas latinoamericanas a EFE, resulta inexplicable para Pekín, que al no ver visos de cambio de rumbo económico en Cuba se ha mostrado reticente a otorgarle préstamos elevados o realizar inversiones de gran calado como las que sí ha llevado a cabo en otros países latinoamericanos.”[4].

Toda una declaración del carácter reaccionario de los planes del régimen chino, que lleva tiempo presionando para una aceleración de las medidas restauracionistas del capitalismo en Cuba.

La lucha entre revolución y contrarrevolución en Cuba, Venezuela y todo el continente

Como explicamos anteriormente, lo que posibilitó a Cuba resistir el bloqueo durante más de 60 años fueron las conquistas sociales de la economía nacionalizada y planificada, que la convirtieron en ejemplo y punto de referencia para las masas de toda Latinoamérica y el mundo, y frustraron una y otra vez los planes de Washington.

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Cuba ha resistido el bloqueo durante más de 60 años gracias a las conquistas sociales de la economía nacionalizada y planificada, que la convirtieron en ejemplo para las masas de toda Latinoamérica y el mundo, y frustraron una y otra vez los planes de Washington. 

En diferentes declaraciones hemos analizado las grandes dificultades a las que tuvo que hacer frente la Isla tras el impacto que supuso el colapso de la URSS y la restauración del capitalismo en Rusia, en los países del Este europeo y en China. En los años noventa del siglo pasado, Cuba sufrió una crisis económica muy dura, conocida como “periodo especial”, que socavó aún más la participación de las masas en la gestión y el control de las estructuras del Estado. Las conquistas de la revolución se vieron mermadas y erosionadas sin el apoyo que proporcionaba la URSS.

A pesar de todo, Fidel Castro y sectores importantes de la dirección del PCC resistieron políticamente las presiones imperialistas y las de sus antiguos aliados del bloque soviético, ya entregados abiertamente a la liquidación de la economía planificada y la reconstrucción capitalista. Pero tras la muerte de Fidel, las tendencias restauracionistas se abrieron paso en numerosos debates internos y en las altas esferas del partido comunista, como una opción frente a la persistencia de la crisis y la escasez derivados de un bloqueo que no remitía.

La Revolución cubana se ha encontrado acogotada por estos problemas objetivos, y sometida a contradicciones de muy difícil solución recurriendo solo a sus fuerzas internas. La posibilidad de construir el socialismo en una Isla o en un solo país, rodeado de un mar de relaciones capitalistas, está descartada. El futuro de la Revolución cubana, y la lucha contra las tendencias capitalistas y burocráticas que se han desarrollado dentro del partido y del Estado, estaban completamente ligadas a la lucha por la democracia obrera en el plano interior, y al triunfo y la extensión de la revolución socialista en América Latina.

La revolución bolivariana fue una esperanza concreta, una posibilidad real de acabar con el aislamiento y proporcionar los medios para restaurar los niveles de vida y las conquistas sociales tras el colapso de la URSS. Con el apoyo de Hugo Chávez, Cuba vivió una fase de cierta estabilización. Venezuela llegó a enviar hasta 100.000 barriles diarios (de los 120.000 que necesitaba Cuba) a precios solidarios. A cambio Cuba aportaba miles de médicos para la atención sanitaria y miles de profesionales para otros planes sociales de la revolución venezolana.

Esta coyuntura también alimentó la creencia de que las posibilidades para el socialismo en Venezuela serían mucho mayores gracias al ingreso petrolero. También fue la posición de la dirigencia cubana, que en lugar de ayudar y animar a completar el proceso revolucionario expropiando a los capitalistas venezolanos, recomendaron a los dirigentes chavistas “prudencia” y “moderación”, como antes hicieran con los dirigentes del FSLN en Nicaragua tras la toma del poder en 1979.

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El desmantelamiento de la economía planificada y la apuesta por “reformas y privatizaciones”, teorizado también por el PCC, ha aumentado sustancialmente las desigualdades, la corrupción institucional, el mercado negro y la escasez de productos básicos. 

De hecho, uno de los mayores errores estratégicos cometidos fue no haber impulsado una Federación Socialista de Cuba y Venezuela. Por supuesto, esto no habría significado que una democracia obrera sana se abriera paso automáticamente en los dos países, pero el golpe a la contrarrevolución interna y externa habría sido muy importante, y el estímulo a la revolución socialista en Latinoamérica también.

Después del fallecimiento de Hugo Chávez, la orientación de los aparatos del PCC y del PSUV fue clara: poner todas las esperanzas en el imperialismo chino y ruso como tabla de salvación económica y política, y acelerar las reformas de mercado y la privatización de sectores estratégicos. Los resultados cosechados por esta estrategia están a la vista de todo el mundo: un fracaso rotundo.

En el caso venezolano, esta política facilitó el avance de un vasto aparato burocrático que, como un organismo parasitario, desarrolló sus propios intereses materiales y privilegios, y acabó fundiéndose con sectores de la “boliburguesía”. Ese sector, que ha monopolizado el poder en la última década traicionando el legado de Chávez, hoy asume de manera servil todas las imposiciones que le marca Trump, empezando por la privatización del petróleo en beneficio de los monopolios gringos.

El desmantelamiento de la economía planificada y la apuesta por “reformas y privatizaciones”, teorizado también desde el aparato del PCC, no ha reactivado la economía, pero si ha aumentado sustancialmente las desigualdades, la corrupción institucional, el mercado negro y la escasez de productos básicos. En este contexto, el descontento y la desmoralización han crecido exponencialmente entre la población, y especialmente entre la juventud, que es lo peor que puede ocurrir cuando la ofensiva imperialista se recrudece.

¡Por un movimiento de solidaridad internacionalista masivo contra el bloqueo imperialista!

Como parte de su sometimiento escandaloso a Washington, el nuevo Gobierno venezolano ha cortado totalmente el suministro de petróleo a Cuba, lo mismo que están haciendo Claudia Sheinbaum en México, Petro en Colombia y Lula en Brasil. Muchas declaraciones de solidaridad vacías y anuncios simbólicos de ayuda alimenticia para cubrir el expediente, pero ni una gota de petróleo.

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Con su política la socialdemocracia y la izquierda reformista, latinoamericana y mundial, pretenden disimular su seguidismo y renuncia a enfrentarse al imperialismo del único modo que es posible hacerlo: impulsando políticas revolucionarias consecuentes. 

Una vez más, como está ocurriendo con el genocidio sionista, los discursos sobre el multilateralismo y la defensa de la legalidad internacional de la socialdemocracia y la izquierda reformista, latinoamericana y mundial son la hoja de parra que disimula su seguidismo y renuncia a enfrentarse al imperialismo del único modo que es posible hacerlo: impulsando políticas revolucionarias consecuentes que rompan con la opresión capitalista, y la movilización de masas para imponerlas.

Frente a esta impostura diplomática e hipócrita, la izquierda militante, el sindicalismo combativo y todos los movimientos sociales antiimperialistas debemos levantar la solidaridad internacionalista con Cuba de la forma más contundente, y luchar con todas las fuerzas por impulsar huelgas obreras en todos los países contra el bloqueo trumpista y contra la extrema derecha latinoamericana que lo secunda. La huelga general en Minnesota, las movilizaciones del No Kings Day, la rebelión contra el ICE que recorre todo el territorio estadounidense muestra el camino y las fuerzas para hacerlo posible.

 

 Notas:

[1]Cuba, cada vez más ahogada por la falta de combustible y la escasez

[2]Trump asfixia a cubanos En marcha, montaje mediático para difundir noticias falsas sobre la isla

[3]Asfixia calculada, el bloqueo como arquitectura del sufrimiento

[4]Pekín expresa su apoyo a Cuba en medio de cautela estratégica ante la crisis en la isla

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