Casi un mes después de anunciarse el acuerdo entre Delcy Rodríguez y Donald Trump para explotar las reservas petroleras de Venezuela, su contenido íntegro sigue sin ser publicado. Sin embargo, los detalles difundidos por la Casa Blanca —que el Gobierno venezolano no ha negado— dejan pocas dudas sobre el significado político y los objetivos de este pacto.

Al robo, el colonialismo y la humillación lo llaman colaboración

“El presidente Donald J. Trump ha asegurado el control mayoritario de más de 65.000 millones de barriles de reservas probadas de petróleo en Venezuela, ampliando enormemente nuestras actuales reservas territoriales probadas de EEUU que rondan los 46.000 millones de barriles. Este acuerdo asegura nuestro dominio energético para el próximo siglo, todo ello sin coste para Estados Unidos (…) El presidente ha restablecido la Doctrina Monroe, purgando la influencia extranjera maligna de nuestro patio trasero y asegurando que el dominio estadounidense en nuestro hemisferio nunca vuelva a ser cuestionado”[1].

Así resume la web oficial de la Casa Blanca este acuerdo mediante el cual el Estado venezolano concedería la explotación de 17 yacimientos petrolíferos —nueve activos pero con problemas de desinversión y ocho sin explotar— a la petrolera North American Blue Energy Partners (NABEP). Por su parte, esta compañía se compromete a invertir 100.000 millones de dólares para producir esos 65.000 millones de barriles, que representan la quinta parte de las reservas totales de petróleo de Venezuela, las mayores comprobadas del planeta.

Casi un mes después de anunciarse el acuerdo entre Delcy Rodríguez y Trump para explotar las reservas petroleras de Venezuela, su contenido íntegro sigue sin ser publicado. Pero no hay duda de lo que significa, más con Trump hablando de "botín".

La realidad es que Alejandro Betancourt, el empresario venezolano propietario oficial de NABEP, será un testaferro de Trump. El acuerdo “otorga al Gobierno estadounidense poderosos derechos de gobernanza, propiedad económica y una garantía de bajo coste” sobre NABEP[2]. El 35% de la “petrolera privada venezolana” pertenecerá a la Oficina de Capital Estratégico del Pentágono, dedicada a financiar proyectos “estratégicos para la seguridad nacional”[3]. Su Consejo de Administración estará integrado mayoritariamente por estadounidenses sobre los que tendrá derecho a veto la Casa Blanca.

El 20% del petróleo extraído llegará a precio de coste a EEUU, que también tendrá prioridad y poder de decisión sobre el 80% restante. Además, el acuerdo estará “regulado por la ley estadounidense y sujeto a los tribunales estadounidenses”, señalaba el secretario de Energía, Chris Wright[4].

Según Donald Trump el pacto tendrá una vigencia de 100 años. Delcy Rodríguez ha dicho que serán 25, porque la legislación venezolana no permite más. Sin embargo, desde la invasión yanqui del 3 de enero, su Gobierno títere ha modificado leyes y normativas cada vez que Trump lo ha ordenado.

Un acuerdo que corona la contrarrevolución y liquida definitivamente el legado de Chávez

No estamos ante un “plan para explotar yacimientos vírgenes y desarrollar la economía venezolana”, como afirman el Gobierno, la dirección del PSUV y la cúpula militar venezolana. Mucho menos ante una hábil maniobra para “engañar al imperialismo”, como repiten sectores de la izquierda reformista y estalinista empecinados en justificar lo injustificable.

Este acuerdo representa un salto cualitativo en la privatización y entrega del petróleo venezolano al Gobierno y multinacionales estadounidenses que ya inició la reforma de la Ley de Hidrocarburos, aprobada pocas semanas después de la invasión del 3 de enero[5]. Así, el Gobierno de Delcy Rodríguez arrasa lo poco que quedaba en pie de las políticas antiimperialistas de Hugo Chávez, después de doce años de contrarrevolución burocrática que han desmantelado todos los avances conquistados por el pueblo durante la revolución bolivariana, de 1998 a 2013.

Pero va más allá. Las autoridades venezolanas aceptan convertir el país, en los hechos, en un protectorado estadounidense, poniéndose a las órdenes de la estrategia colonialista de Trump, que pretende utilizar el petróleo como arma para golpear y chantajear a otros países y avanzar en sus planes para dominar el continente.

Un primer ejemplo lo tuvimos con la escandalosa decisión del Gobierno venezolano de cortar el suministro de petróleo a Cuba siguiendo las instrucciones de Trump. Esta medida ha desempeñado un papel determinante en los planes de Washington de asfixiar al pueblo cubano y retomar el control de la isla.

Que opositores de extrema derecha como María Corina Machado o Edmundo González critiquen el acuerdo entre Trump y Delcy Rodríguez no cambia la naturaleza del mismo. Machado ha dejado clarísimo que apoya entregar las riquezas de Venezuela a EEUU. Lo que quiere esta fascista es ser ella quien pilote el saqueo y participar en el reparto del botín[6].

Este acuerdo representa un salto cualitativo en la privatización y entrega del petróleo venezolano al Gobierno y multinacionales estadounidenses que ya inició la reforma de la Ley de Hidrocarburos, aprobada poco después de la invasión de enero.

Por su parte, Betancourt es un representante típico de la clase dominante venezolana, solo piensa en saquear la renta petrolera en complicidad con las multinacionales imperialistas. En concreto, procede de esa clase de nuevos ricos surgida de la burocracia estatal y de la cúpula militar que las propias bases chavistas llaman, con indignación y rabia, “boliburguesía”.

Estos sectores empezaron elevándose por encima de las masas durante el proceso revolucionario, acumulando privilegios y corruptelas, adueñándose del aparato estatal y de las empresas públicas y nacionalizadas, aplastando todos los intentos de la clase obrera y del pueblo de desarrollar el poder obrero para, finalmente, fusionarse con la vieja oligarquía procedente de la IV República.

Este mafioso empezó su carrera empresarial vendiendo equipos inservibles al Estado con sobreprecio durante la primera gran crisis del sector eléctrico, aumentó su fortuna con los acuerdos opacos que promovió el Gobierno de Nicolás Maduro desde 2016 con empresas rusas, chinas y de otros países para esquivar las sanciones norteamericanas, y ha sido procesado varias veces por corrupción y blanqueo de capitales. Si se ha librado de la cárcel ha sido gracias a sus contactos dentro del aparato del Estado en Venezuela y en EEUU.

En 2019, cuando Trump apostó por imponer a Juan Guaidó como presidente, fue mediador ante diferentes Gobiernos para que reconociesen a este títere. Tras fracasar aquella ofensiva golpista buscó acomodo nuevamente dentro del régimen de Maduro jugando a varias bandas mientras hacía negocios con petroleras rusas y estadounidenses.

La apuesta del imperialismo USA por los combustibles fósiles

Durante los últimos años las instalaciones petroleras venezolanas han sufrido un deterioro y caída de la productividad muy importante. A ello se suma la crisis del sector eléctrico, cuyos cortes constantes afectan a la producción petrolera. Además, el 85% del petróleo venezolano es pesado y con alto contenido de azufre, lo que exige una inversión añadida para diluirlo con petróleos ligeros y procesarlo en refinerías especializadas. Para superar estos obstáculos se necesita una inyección de capital muy importante.

La posibilidad de que este acuerdo petrolero acabe en pura propaganda —como otros planes anunciados por Trump— no puede ser descartada.

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Alejandro Betancourt, el empresario venezolano propietario oficial de NABEP, será un testaferro de Trump. Este mafioso empezó su carrera empresarial vendiendo equipos inservibles al Estado con sobreprecio durante la primera gran crisis del sector eléctrico.

Al mismo tiempo, hay factores que actúan como contrapeso de los problemas mencionados. La cercanía geográfica a EEUU y la existencia de refinerías especializadas en petróleo pesado en la costa del Golfo estadounidense, la eliminación paulatina de sanciones, el coste más bajo de la mano de obra y la reducción de impuestos a las petroleras que las contrarreformas del Gobierno de Caracas está realizando reducen el precio de coste del petróleo venezolano en comparación con otros crudos pesados que importa EEUU. A ello se une la posibilidad de mejorar la rentabilidad del petróleo pesado venezolano acumulando grandes reservas de ambos tipos de crudo para mezclarlos, como ya está haciendo Chevron.

Desde el 3 de enero Venezuela ha pasado de producir un millón de barriles diarios a 1,2 millones. El objetivo es llegar a 1,5 millones en 2027-2028 y superar los dos millones en 2030. Sigue estando lejos de los más de 3 millones diarios alcanzados bajo el Gobierno de Chávez. Al plan de Chevron (pasar de 300.000 barriles a 600.000 en cinco años) se sumaría la producción de PDVSA en alianza con Repsol, ENI y otras multinacionales, además del objetivo de que NABEP produzca 500.000 barriles diarios en 2028.

El secretario de Energía de Trump explicaba que precisamente uno de los objetivos de poner esta empresa bajo control del Gobierno y los tribunales estadounidenses es ofrecer a gigantes como Exxon y Conoco las garantías jurídicas que llevan meses pidiendo, y sumarlos al proyecto. A estas garantías se suma otra aún más convincente: buena parte de las tropas desplegadas para el ataque del 3 de enero siguen en el Caribe, listas para actuar.[7]

Como señalaba la revista Forbes: “el acuerdo petrolero entre EEUU y Venezuela es una apuesta a largo plazo. El objetivo es reemplazar parte de la producción local y de las importaciones provenientes de gobiernos poco amistosos con Washington por volúmenes extraídos de un activo de gran importancia geopolítica ubicado en otro país que, según trascendió, permanecerá bajo control estadounidense durante 100 años”.[8]

Paralelamente, las multinacionales Shell, BP y Slumberger firmaban contratos con el Gobierno venezolano para desarrollar la producción de gas.[9] Venezuela tiene reservas gasísticas abundantes  sin explotar debido al bloqueo estadounidense y a la necesidad de altas inversiones en plantas de procesamiento. Estos contratos planean desarrollar la producción de Gas Natural Licuado (GNL) en cooperación con Trinidad y Tobago, aliado y proveedor tradicional de Washington, que tiene las plantas necesarias.

Venezuela, piedra de toque en los planes de Washington para América Latina

Un eje de la estrategia del imperialismo estadounidense para enfrentar el ascenso imparable de China, junto al poder militar y financiero —a través de la capacidad de presión que todavía le concede el dólar como divisa de referencia, aunque cada vez más debilitada—, es acumular la mayor producción y reservas de gas y petróleo posibles y utilizar una posición dominante en este terreno como mecanismo de chantaje y coacción.

No solo Trump, la burguesía estadounidense en su conjunto lleva años planificando la recuperación de los hidrocarburos venezolanos para usarlos como parte de sus planes coloniales en el continente.[10] En enero de 2023, la jefa del Comando Sur con Joe Biden ya planteó, como parte de ese objetivo estratégico, la necesidad de controlar el petróleo pesado, gas y recursos minerales de Venezuela, junto al petróleo ligero de Guyana y otros países latinoamericanos; el triángulo del litio (Chile, Argentina y Bolivia); la biodiversidad y el agua del Amazonas, etc.[11]

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No solo Trump, la burguesía estadounidense en su conjunto lleva años planificando la recuperación de los hidrocarburos venezolanos para usarlos como parte de sus planes coloniales en el continente.

Latinoamérica es la región del planeta donde está creciendo la producción de gas y petróleo más rápido y en mayor medida. Junto a Brasil, cuyos hidrocarburos van mayoritariamente a China, el motor de esta expansión son Gobiernos afines a Washington como Argentina o Guyana, que posee los mayores yacimientos mundiales de petróleo ligero descubiertos en la última década. El acuerdo con Venezuela, de cumplirse, representaría un gran salto adelante en esa estrategia.

Hasta dónde pueda avanzar el imperialismo estadounidense en estos planes dependerá del desarrollo de la pugna interimperialista con China durante los próximos años y las perspectivas para la economía mundial y estadounidense, que en estos momentos vuelve a ver la amenaza de una profunda recesión en el horizonte.

El imperialismo USA ha mordido el polvo en las guerras de Ucrania e Irán y en su intento de desafiar a China en los terrenos tecnológico, productivo y comercial. Pero no ha sido derrotado definitivamente. Y si algo ha dejado claro es que está dispuesto a las acciones más brutales antes que ceder pacíficamente su hegemonía y perder posiciones que considera claves.

Otro factor determinante en esa batalla será la lucha de clases, en EEUU y a escala global. El fracaso de las políticas de los diferentes gobiernos reformistas en América Latina ha permitido a Trump avanzar y establecer gobiernos afines de derecha y ultraderecha en numerosos países que están aplicando una agenda salvaje de concesiones a las multinacionales estadounidenses y los grandes grupos oligárquicos nacionales.

Pero la Casa Blanca y sus peones de derecha y ultraderecha no han podido aplastar a las masas en ninguna parte. Al contrario: están provocando una polarización política tremenda a derecha e izquierda —como reflejan las recientes elecciones en Perú y Colombia— que agudizará la lucha de clases en todo el continente. La crisis revolucionaria boliviana en mayo y junio de este año, o la indignación masiva contra Milei y el crecimiento de la izquierda revolucionaria en Argentina, muestran el camino para enfrentar al imperialismo yanqui y sus lacayos.

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EE.UU. ha mordido el polvo en las guerras de Ucrania e Irán y en su desafío a China en los terrenos tecnológico, productivo y comercial. Pero no ha sido derrotado definitivamente y está dispuesto a las acciones más brutales antes que ceder su hegemonía.

Al trumpismo se le combate con la organización y la lucha por la revolución socialista

Como explicamos en nuestra declaración sobre la invasión estadounidense del 3 de enero[12], la clase obrera y el pueblo de Venezuela, que fueron la línea más avanzada de lucha contra el imperialismo y por el socialismo durante la primera década del siglo XX, están golpeados por más de diez años de contrarrevolución burocrática; engaños, decepciones, retrocesos y un colapso económico sin precedentes que obliga a la inmensa mayoría de la población a luchar por sobrevivir.

Para enfrentar la agenda de dominación colonialista de Trump y luchar contra los burócratas, burgueses y boliburgueses es fundamental entender cómo hemos llegado a esta situación y sacar conclusiones que permitan levantar una alternativa revolucionaria.

Hugo Chávez despertó el entusiasmo de millones de oprimidas y oprimidos, que le llevaron al poder en 1998, planteando una revolución democrática y antiimperialista. Un objetivo central de la revolución bolivariana era precisamente acabar con el dominio de Venezuela por la oligarquía y las multinacionales y el Gobierno estadounidense.

El intento de llevar adelante medidas antiimperialistas y distribuir más justamente la riqueza fue contestado por los capitalistas venezolanos y por Washington con el sabotaje económico, cierres de empresas, golpes de estado, intentos de magnicidio y acciones violentas como las “guarimbas”, que costaron decenas de muertes.

Para responder a esos ataques y mantenerse firme en su compromiso con el pueblo, Chávez llamó a organizarse y movilizarse, nacionalizó decenas de empresas, utilizó el ingreso petrolero que antes iba solo a los más ricos para desarrollar planes educativos y sanitarios (misiones), construir viviendas, subir el salario mínimo (que durante su Gobierno fue el más alto de Latinoamérica y hoy es el más bajo)…

Todo esto, junto a su llamamiento a acabar con el capitalismo y construir el socialismo, le dio el mayor apoyo de masas que haya tenido nunca un presidente de Venezuela.

Pero Chávez no era marxista y cometió el grave error de no basarse en la clase trabajadora para llevar la revolución hasta el final, acabando con el poder de los capitalistas y burócratas. Confió en quienes le decían que era posible transformar gradualmente la sociedad sin expropiar al conjunto de la clase capitalista, utilizando el ingreso petrolero y los acuerdos con China y Rusia para mejorar las condiciones de vida del pueblo.

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Hugo Chávez despertó el entusiasmo de millones de oprimidas y oprimidos, que le llevaron al poder en 1998. Pero Chávez no era marxista y cometió el grave error de no basarse en la clase trabajadora para llevar la revolución hasta el final.

La teoría de la revolución permanente de Trotsky se vio confirmada una vez más. Si la revolución democrática y antiimperialista no se transforma inmediatamente en socialista, expropiando a los capitalistas, destruyendo su estado y levantando un estado de la clase trabajadora mediante delegados elegidos y revocables, el resultado no es la prolongación de una fase democrática y antiimperialista que avance gradualmente hacia el socialismo. El resultado es que la revolución será derrotada. Y esa derrota puede acabar en una pesadilla trágica, como está viviendo hoy el pueblo venezolano.

Por eso, cuando algunos dirigentes y exdirigentes del PSUV critican el acuerdo petrolero, señalando correctamente la contradicción flagrante con las políticas de Chávez, carecen de credibilidad ante millones de trabajadoras y trabajadores que les ven con desconfianza. Durante los últimos doce años de contrarrevolución muchos de esos dirigentes justificaron el desmantelamiento de derechos y conquistas sociales por los Gobiernos de Nicolás Maduro y callaron cuando reprimió a las propias bases chavistas críticas, al sindicalismo de base y a la izquierda combativa.

Pero, como le gustaba decir a Marx, el viejo topo de la lucha de clases no para. Millones de oprimidas y oprimidos sienten indignación ante todo lo que está pasando. Una vanguardia de trabajadoras y trabajadores se está organizando y luchando para levantar una alternativa contra el imperialismo, la burocracia y la derecha, construyendo una izquierda revolucionaria clasista y antiburocrática, comunista.

Las luchas de masas en otros países del continente contribuirán a disipar la niebla de frustración y desánimo y recuperar el combate por las genuinas ideas del socialismo. Ese es el único camino. Al imperialismo y al trumpismo solo se le derrota con la organización y la lucha para llevar adelante una verdadera revolución socialista.

 

Notas:

[1] Hoja informativa: Presidente Donald J. Trump anuncia un histórico acuerdo petrolero para asegurar el dominio energético estadounidense e impulsar la recuperación económica de Venezuela

[2] Ibid.

[3] Days after Trump announces Venezuela oil deal, White House fills in some of the details

[4] US confident Venezuela oil deal will attract investors: Wright 

[5]   Washington privatiza y pone bajo su control directo el petróleo venezolano

[6]  María Corina Machado cuestiona el acuerdo petrolero de Delcy Rodríguez con Trump

[7] Los funcionarios brindan información actualizada sobre el progreso de la operación principal un año después de su lanzamiento

[8] El verdadero objetivo detrás del acuerdo petrolero entre Estados Unidos y Venezuela por 65.000 millones de barriles

[9] Las multinacionales energéticas regresan a Venezuela

[10] What More Venezuelan Crude Imports Could Mean for the U.S. Crude Slate

[11]  Laura Richardson reafirma el interés de EE.UU. en los recursos de su «patio trasero»

[12] Trump decidido a ir hasta el final ¡Venezuela y el hemisferio son míos!

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