El 2 de abril de 2025, Donald Trump proclamó el “Día de la Liberación”[i] en el jardín de rosas de la Casa Blanca. Un gran cartel con países y porcentajes anunciaba los aranceles que devolverían las fábricas a Estados Unidos y reconstruirían la base industrial destruida por décadas de deslocalización hacia Asia.
Sin embargo, los primeros resultados no muestran los cambios de tendencia prometidos. China terminó 2025 con un superávit comercial récord de casi 1,2 billones de dólares, pese al desplome de sus exportaciones directas hacia EEUU, con los flujos ya redirigidos hacia Europa, el sudeste asiático, África y América Latina.[ii] Mientras tanto, Estados Unidos elevó su déficit comercial de bienes hasta 1,24 billones de dólares[iii] y durante 2025 perdió 113.000 empleos manufactureros.[iv]
Por cierto, cuando las estadísticas oficiales mostraron un mercado laboral mucho más débil de lo anunciado, Trump despidió a Erika McEntarfer, responsable de la Oficina de Estadísticas Laborales, acusándola sin pruebas de manipular los datos.[v] En lugar de analizar el porqué de esos datos, decidió fusilar a la mensajera.
Apenas 15 meses después, el 17 de julio de 2026, representantes de 29 países han firmado en Shanghái el acuerdo de creación de la Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial.[vi] China ya no aparece ante el mundo como la gran fábrica subordinada a las empresas occidentales, sino como la potencia que reúne a otros Estados a su alrededor para disputar la hegemonía tecnológica a Estados Unidos.

Una deslocalización masiva de fábricas… y ecosistemas
Desde los años ochenta y noventa del siglo XX, las grandes empresas occidentales trasladaron una parte creciente de la producción hacia China y otros países asiáticos. Buscaban salarios más bajos, regulaciones más débiles, nuevos mercados y mayores beneficios. La deslocalización fue también un arma para debilitar a los sindicatos y convertir la amenaza de cierre en un mecanismo permanente de disciplina salarial.
El reparto parecía perfecto. Occidente se quedaba con el diseño, las patentes, las marcas, la financiación y el control comercial. Con las posiciones que permiten cobrar un peaje. Asia recibía las actividades maduras, contaminantes, intensivas en trabajo y de poco margen. Durante treinta años los balances parecían dar la razón a esta estrategia. Menos fábricas, mayores márgenes y Wall Street eufórico. Pero había una letra pequeña: solo puedes cobrar peaje mientras el productor no pueda prescindir de ti.
Cada empresa actuó racionalmente al comprar fuera el componente más barato, cerrar el taller menos rentable o abandonar la línea más madura. Colectivamente, sin embargo, aquellas decisiones destruyeron las capacidades que sostenían su propia superioridad. El capital contabiliza empresas, costes y beneficios particulares; no registra el tejido industrial que desaparece cuando cierran una tras otra. Y ese tejido emigró a Asia junto a las fábricas que los capitalistas occidentales tanto despreciaban.
Y es que el Pacífico no lo cruzaron solamente fábricas, fueron ecosistemas completos: proveedores capaces de entregar una pieza en horas; talleres de moldes y utillaje; fabricantes de materiales y componentes; técnicos que circulan entre empresas llevando un saber que no figura en los manuales y se transmite de veterano a aprendiz durante años. Emigró el aprendizaje colectivo de territorios enteros.
Los ecosistemas funcionan además como escaleras. Cada capacidad productiva, por modesta que parezca, es el peldaño desde el que se aprende la siguiente. Ensamblar enseña organización industrial; fabricar componentes obliga a dominar materiales, precisión y automatización; quien domina los componentes tiene cerca todo lo necesario para rediseñar el producto completo.
Pero una escalera no se sube sola. China combinó la inversión extranjera con infraestructuras, formación técnica, crédito dirigido y una política industrial sostenida durante décadas. Otros países recibieron fábricas de bajos salarios sin salir nunca de los peldaños inferiores. China, en cambio, utilizó la producción extranjera para acumular capacidades propias. Pero las baterías y el automóvil muestran que el proceso ha llegado mucho más lejos.

De las baterías al dominio del coche eléctrico
En los años noventa, la batería de litio era todavía un componente asociado principalmente a teléfonos, ordenadores y reproductores de música. Su producción creció en Asia porque allí se ensamblaban los aparatos. ATL se desarrolló en ese mercado y de ella surgió en 2011 CATL, orientada a las baterías para automóviles.
Aquel componente secundario terminó convertido en el verdadero corazón del coche del siglo XXI. Quien dominara las baterías dominaría su componente más caro, tecnológicamente más complejo y decisivo para determinar su autonomía, sus prestaciones y su coste final.
China aprovechó aquella posición inicial para extenderse progresivamente por toda la cadena. En 2025 produjo cerca del 75% de los automóviles eléctricos del mundo, y más del 80% de las celdas de batería,[vii] con una concentración todavía mayor en algunos materiales activos de cátodos y ánodos. Ha reunido el refinado de minerales, la química de los materiales, la fabricación de celdas, la electrónica de potencia, los motores, los proveedores de componentes y los fabricantes de automóviles dentro de un ecosistema industrial extraordinariamente integrado.
Su ventaja no consiste únicamente en producir a menor coste ni puede explicarse solo por los salarios. Consiste en desarrollar el producto junto a quienes fabrican sus componentes, corregir errores con rapidez, probar nuevas soluciones y acumular experiencia sobre millones de unidades. Cada batería producida abarata y mejora la siguiente, cada automóvil fabricado proporciona información para rediseñar el próximo. La escala alimenta el aprendizaje, y el aprendizaje amplía nuevamente la escala.
Tesla expresa las consecuencias de esta dinámica con una claridad extraordinaria. La empresa estadounidense que revolucionó el vehículo eléctrico, lo convirtió en un producto de masas y encabezó el sector durante más de una década ha sido desbordada en pocos años por la industria china. BYD la superó en 2025 como mayor vendedor mundial de eléctricos puros.[viii] Pero esto es solo la manifestación más visible de una dependencia industrial mucho más profunda.
La fábrica de Tesla en Shanghái suministró en 2025 el 52% de sus entregas mundiales.[ix] Para producir esos vehículos se apoya en más de 400 proveedores chinos y obtiene localmente más del 95% de sus componentes,[x] mientras CATL continúa siendo uno de sus principales suministradores de baterías.[xi] La empresa que simbolizaba la superioridad tecnológica estadounidense depende materialmente del mismo ecosistema industrial que Washington trata ahora de contener.
Incluso los intentos de trasladar a Estados Unidos la producción de baterías revelan la profundidad del problema. Tesla levantó en Nevada una fábrica de celdas LFP destinadas a sus baterías Megapack (sistemas de almacenamiento estacionario, no baterías para automóviles) utilizando maquinaria inactiva comprada a CATL y recurriendo a técnicos de la empresa china para instalarla y ponerla en funcionamiento. Así, una parte decisiva de los equipos y del conocimiento necesario continuó viniendo de China.[xii]

El automóvil no es una industria cualquiera. Durante más de un siglo ha articulado enormes cadenas de suministro, concentrado algunas de las mayores empresas del planeta y constituido uno de los pilares industriales de las principales potencias capitalistas. No es casualidad que Estados Unidos, Alemania, Francia, Italia, Japón o Corea del Sur levantaran sus propios grandes fabricantes: dominar el automóvil significaba controlar tecnología, mercados, empleo cualificado y capacidad productiva.
Por eso, el ascenso chino en el vehículo eléctrico no amenaza únicamente a Tesla o a algunos fabricantes occidentales, sino a uno de los núcleos históricos del poder industrial de Europa, Estados Unidos y Japón. Además, la tendencia no se detiene, sino que se acelera: mientras China amplía su ventaja en baterías, costes, escala e innovación, Occidente responde defensivamente con aranceles, subvenciones y restricciones tecnológicas. La crisis abierta por el vehículo eléctrico chino revela así algo más profundo que una competencia entre empresas: el centro de gravedad de una industria fundamental para el capitalismo mundial se está desplazando hacia el país cuyo ascenso las potencias occidentales pretendían contener.
Los chips: el frente decisivo de la guerra tecnológica
El semiconductor muestra la misma contradicción, llevada al frente de la guerra tecnológica: un chip avanzado no lo fabrica una empresa ni un país, lo produce una red mundial de especializaciones acumuladas durante medio siglo.
Estados Unidos domina el diseño —Nvidia, AMD, Apple, Qualcomm— y controla parte de la maquinaria, pero varias de sus empresas más valiosas no tienen fábrica. Nvidia diseña algunos de los procesadores más avanzados del planeta y se apropia de una parte enorme del beneficio. No puede fabricar ni uno solo de sus chips.
Japón y Corea del Sur controlan buena parte de las obleas, las memorias y la química fina. Las máquinas de litografía ultravioleta extrema necesarias para grabar los circuitos más pequeños solo las fabrica ASML, en Holanda. Cada equipo integra alrededor de cien mil piezas, es el resultado de dos décadas de desarrollo y necesita cuarenta contenedores, tres aviones de carga y veinte camiones para ser transportado.
ASML tampoco produce sola esa máquina: depende de una red internacional de proveedores y de los espejos de precisión de la alemana Zeiss. Uno de esos espejos, ampliado al tamaño de Alemania, no tendría una irregularidad mayor de una décima de milímetro.
No se trata de copiar una máquina: habría que reproducir a la vez la óptica, los láseres, el vacío, los materiales, la metrología, el software y una red de empresas coordinada durante décadas.
Las tierras raras muestran otra dependencia. El problema no es hallar yacimientos —Estados Unidos tiene algunos—, sino reconstruir una química de separación y refinado contaminante e intensiva en capital, sin escala, frente a una industria china que concentra el 91% del refinado mundial y puede hundir el precio a cualquier competidor.[xiii]

Y al final de la cadena está la fabricación en volumen. TSMC inició en Taiwán la producción masiva de 2 nanómetros a finales de 2025 y prepara ya su siguiente salto, los 1,4 nanómetros (A14), previstos en masa para 2028.[xiv] En los semiconductores no basta con que un chip funcione una vez: hay que producir millones con suficientes unidades válidas, y esa experiencia solo se obtiene fabricando, equivocándose y corrigiendo durante años, dentro de un tejido de proveedores, universidades y técnicos. Algo que solo Taiwán posee para chips de vanguardia.
¿Y qué hay de Arizona? La gran apuesta estadounidense para recuperar la fabricación de semiconductores avanzados es el complejo de TSMC en ese estado. Su primera planta produce obleas de 4 nanómetros desde finales de 2024 y, el 16 de julio de 2026, la empresa elevó hasta 265.000 millones de dólares su inversión prevista en EEUU.[xv] Así que relocalizar no es técnicamente imposible. Pero, para reconstruir la fabricación de chips dos generaciones por detrás de la vanguardia, Estados Unidos necesita ofrecer a TSMC ayudas públicas gigantescas, traer de Taiwán a los técnicos más cualificados (en 2024, más de la mitad de los 2.200 trabajadores),[xvi] enviar las obleas a la isla para completar las fases finales (como el encapsulado avanzado),[xvii] aceptar años de dependencia de proveedores asiáticos e incrementar exponencialmente las inversiones.
La experiencia anterior tampoco invita a la épica. TSMC comenzó a construir en 1996 su primera fábrica estadounidense en Camas, junto a Portland. Un cuarto de siglo después, su fundador, Morris Chang, reconoció que fabricar allí el mismo producto costaba un 50% más que en Taiwán y que, tras años intentándolo, la empresa había renunciado a ampliarla.[xviii] TSMC lleva veinticinco años sin igualar los costes de un producto mucho menos exigente que un chip de última generación. Y aun así se promete reconstruir, en unos años, el objeto más complejo jamás fabricado por la humanidad.
El bloqueo sí construye ecosistemas… en China
Washington, consciente de sus debilidades y del potencial chino, castigó a Huawei en 2019 y, desde 2022, endureció los controles para impedir que China accediera a los chips más avanzados y a las máquinas para fabricarlos, pensando que, sin litografía de vanguardia, su industria quedaría congelada.
Pero en 2023, Huawei y SMIC sorprendieron a Washington con un procesador de 7 nanómetros fabricado en China,[xix] el umbral que las sanciones debían impedirles alcanzar. En los dos años siguientes, la industria china mejoró sus chips y puso en marcha sistemas de inteligencia artificial con procesadores propios, capaces de competir en algunas tareas con los de Nvidia, aunque con menor eficiencia.[xx] En enero de 2025, DeepSeek-R1 demostró además que una empresa china podía acercarse al rendimiento de los principales modelos estadounidenses con un diseño mucho más eficiente y procesadores menos potentes. El anuncio volatilizó 593.000 millones de dólares de la capitalización de Nvidia en una sola sesión, la mayor pérdida diaria sufrida hasta entonces por una empresa.[xxi]
El avance alcanzó también el eslabón más difícil de reproducir. A finales de 2025, Reuters reveló que un programa coordinado por Huawei y organismos públicos, con miles de ingenieros, había construido en Shenzhen un prototipo de máquina de litografía ultravioleta extrema. Ya genera la luz requerida, aunque no ha producido chips funcionales y sigue lejos de la fiabilidad industrial de ASML. El objetivo es fabricar los primeros en 2028.[xxii] Huawei anuncia además que espera alcanzar en 2031 una densidad equivalente a los procesos más avanzados previstos para entonces.[xxiii]
Las sanciones retrasaron el avance chino y lo obligaron a producir con mayores costes y peores rendimientos. Pero Washington pretendía utilizar ese tiempo para reconstruir sus propias capacidades y no lo hizo: en 2026, su Gobierno reconocía que Estados Unidos solo fabricaba íntegramente alrededor del 10% de los chips que consumía.[xxiv] Y lo que es peor, sigue dependiendo del exterior —muy especialmente de China— para tierras raras procesadas, materiales críticos, eslabones esenciales de la cadena y los chips más avanzados. Beijing, en cambio, convirtió cada dependencia en una prioridad de Estado y empleó el bloqueo para levantar el ecosistema tecnológico que Washington quería impedir.

El balance estratégico es demoledor: Estados Unidos continúa dependiendo de China, mientras China avanza hacia la independencia de Estados Unidos. Un dato: Nvidia, que llegó a controlar cerca del 95% del mercado chino de aceleradores avanzados, ha quedado prácticamente fuera de él.[xxv]
Las ruinas de la desindustrialización
Después de todo lo dicho, la pregunta es inevitable: ¿pueden los aranceles invertir dos inercias históricas construidas durante cuarenta años? Estados Unidos conserva una enorme capacidad financiera y empresarial, pero unas medidas puntuales no pueden reconstruir los ecosistemas industriales que desmanteló ni detener las capacidades que China ha acumulado durante esas mismas décadas.
Pero existe un obstáculo todavía más profundo. La desindustrialización no fue un accidente ajeno al funcionamiento del sistema, sino el resultado acumulado de decisiones extraordinariamente rentables para cada gran corporación. El capital estadounidense ganó cerrando fábricas, desplazando la producción y debilitando al movimiento obrero, aunque con ello desmantelara capacidades esenciales para su propio poder industrial. ¿Es creíble que una clase dominante cada vez más especulativa y parasitaria vaya a pilotar con éxito la reconstrucción de aquello con que se enriqueció destruyendo?
Esa degeneración parasitaria y decadente adquiere una forma caricaturesca en la clase dirigente encargada de pilotar la supuesta reindustrialización. Mientras Trump prometía devolver las fábricas al país, declaraba más de 1.400 millones de dólares en ingresos por criptomonedas durante 2025.[xxvi] Así, la demagogia trumpista que pretende utilizar la reivindicación legítima de millones de trabajadores golpeados por la desindustrialización se convierte en una nueva oportunidad para el enriquecimiento más obsceno. No van a reconstruir el mundo industrial que destruyeron, se van a enriquecer con sus ruinas.
Las mismas corporaciones que deslocalizaron la producción para abaratar salarios y elevar beneficios reclaman ahora subvenciones, aranceles y contratos públicos para regresar. Mientras, la clase trabajadora que pagó la desindustrialización con cierres, desempleo, empobrecimiento y pérdida de derechos; ahora se pretende que pague también la relocalización con dinero público, precios más altos y recortes sociales. Lo de siempre, se privatizaron los beneficios de la desindustrialización y ahora quieren socializar los costes de una supuesta reindustrialización.
Nada de esto convierte, por supuesto, al capitalismo de Estado chino en una alternativa emancipadora. Su expansión industrial descansa también en la explotación de su clase trabajadora, la sobrecapacidad, la deuda y la disputa por los mercados. Precisamente por eso, la Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial creada en Shanghái[xxvii] no es una internacional solidaria, sino la traducción política de las capacidades industriales acumuladas durante décadas: un instrumento para difundir tecnologías propias, formar cuadros técnicos, fijar estándares y articular alrededor de China un bloque tecnológico propio cada vez más independiente de Occidente.

Pero reconocer su carácter capitalista no altera el hecho histórico que hemos tratado de explicar: China pasó de recibir las producciones que el capital occidental despreciaba a dominar componentes, fabricar productos completos, disputar la frontera tecnológica y convertir finalmente esa superioridad productiva en capacidad para convocar a otros Estados y escribir las reglas del futuro.
El cartel del jardín de rosas y la mesa de Shanghái componen una misma imagen histórica: una potencia decreta recuperar lo que su capital desmanteló mientras la otra convierte lo construido en hegemonía mundial.
Notas:
[i]Video oficial de la Casa Blanca con el acto de anuncio de los aranceles recíprocos, 2 de abril de 2025.
President Trump Participates in the Make America Wealthy Again Event
[ii]Datos de la Administración General de Aduanas de China, recogidos por Reuters, 14 de enero de 2026.
China's trade ends 2025 with record $1.2 trillion surplus despite Trump tariff jolt
[iii]U.S. Bureau of Economic Analysis / Census Bureau: el déficit de bienes de 2025 fue el mayor de toda la serie histórica, 19 de febrero de 2026.
U.S. International Trade in Goods and Services, December and Annual 2025
[iv]Bureau of Labor Statistics, serie “All Employees, Manufacturing” [MANEMP], vía FRED: 12.693.000 empleados en diciembre de 2024 frente a 12.580.000 en diciembre de 2025.
All Employees, Manufacturing (MANEMP)
[v]McEntarfer había sido confirmada por el Senado en 2024 por 86 votos contra 8. Reuters, 2 de agosto de 2025.
Trump fires US labor official over data and gets earlier than expected chance to reshape Fed
[vi]Ministerio de Asuntos Exteriores de China, comunicado sobre la constitución de la Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial por 29 países, Shanghái, 17 de julio de 2026.
Chair’s Statement of the 2026 World Artificial Intelligence Conference & High-Level Meeting on Global AI Governance
[vii]Agencia Internacional de la Energía, Global EV Outlook 2026. Global EV Outlook 2026 Executive summary
[viii]BYD superó a Tesla como mayor vendedor mundial de vehículos eléctricos puros en 2025.
China’s BYD overtakes Tesla as world’s biggest electric car seller
[ix]Tesla confirmó que el Gigafactory de Shanghái entregó 851.000 de sus 1.636.129 vehículos globales en 2025, el 52%.
La planta de Tesla en Shanghai abastece el 52% de las entregas globales del fabricante automotriz para 2025
[x]Tesla confirma que su planta de Shanghái se apoya en más de 400 proveedores chinos, de los que obtiene más del 95% de sus componentes.
Tesla says it values China suppliers, does not exclude any by origin
[xi]CATL es proveedor de referencia de Tesla en su planta de Shanghái desde 2020. How Washington's tag on China's CATL could affect Tesla
[xii]Tesla construyó su planta de baterías LFP en Nevada con maquinaria inactiva comprada a CATL y técnicos de esta instalándola.
Tesla to open new us battery plant with equipment from CATL
[xiii]Agencia Internacional de la Energía sobre tierras raras, y Reuters sobre su uso como arma comercial en las negociaciones EE.UU.-China.
Rare earth elements have rapidly moved to the forefront of the energy and economic policy agenda
China-US trade deal kicks the rare earths can down the road
[xiv]TSMC, ficha técnica del nodo A14 (1,4 nanómetros), con producción en masa prevista para 2028.
[xv]Reuters, sobre la ampliación de la inversión de TSMC en Arizona hasta 265.000 millones de dólares, anunciada el 16 de julio de 2026.
TSMC to invest another $100 billion in US as Q2 profit blows past forecasts
[xvi]Financial Times, «Chipmakers face a labour crisis», 12 de agosto de 2024. Según el diario, TSMC había trasladado desde Taiwán a aproximadamente la mitad de los 2.200 trabajadores de su planta de Arizona.
Chipmakers face a labour crisis
[xvii]Reuters, 22 de abril de 2026. Muchos de los chips fabricados por TSMC en Arizona todavía deben enviarse a Taiwán para su encapsulado avanzado; la capacidad estadounidense propia no está prevista hasta 2029.
TSMC plans to open chip packaging plant in Arizona by 2029, executive says
[xviii]Declaraciones de Morris Chang sobre la planta de Camas, recogidas por Taipei Times, 22 de abril de 2022.
TSMC Breaks Ground on First U.S. Wafer Foundry
US’ chip bid ‘futile,’ Morris Chang says
[xix]TechInsights, análisis del procesador Kirin de Huawei que reveló el nodo de 7 nanómetros de SMIC, septiembre de 2023.
SMIC N+2 7nm - Huawei Mate 60 Pro - We Found It
[xx]Reuters, sobre el sistema de cómputo de IA de Huawei presentado como rival de los productos de Nvidia, julio de 2025.
Huawei shows off AI computing system to rival Nvidia's top product
[xxi]Reuters, sobre el desplome bursátil de Nvidia tras la presentación de DeepSeek, 27 de enero de 2025.
DeepSeek sparks AI stock selloff; Nvidia posts record market-cap loss
[xxii]Reuters, investigación sobre el prototipo chino de litografía ultravioleta extrema liderado por Huawei y SiCarrier, diciembre de 2025.
How China built its ‘Manhattan Project’ to rival the West in AI chips
[xxiii]Huawei, anuncio de su hoja de ruta tecnológica hacia 2031.
HUAWEI presenta la Ley de Escala Tau (τ), que impulsa avances en la densidad de transistores y el rendimiento de los sistemas
[xxiv]Casa Blanca, orden ejecutiva sobre semiconductores, enero de 2026: reconoce que Estados Unidos solo fabrica el 10% de los chips que consume.
ADJUSTING IMPORTS OF SEMICONDUCTORS, SEMICONDUCTOR MANUFACTURING EQUIPMENT, AND THEIR DERIVATIVE PRODUCTS INTO THE UNITED STATES
[xxv]Jensen Huang, consejero delegado de Nvidia, reconociendo la caída de su cuota de mercado en China.
Jensen says Nvidia’s China AI GPU market share has plummeted from 95% to zero — the Chinese market previously amounted to 20% to 25% of the chipmaker's data center revenue
[xxvi]PolitiFact, verificación de las declaraciones patrimoniales de Trump sobre sus ingresos por criptomonedas en 2025. “You know why I’m profiting? Because the stock market’s going up. … I’m profiting because I have a lot of money and a lot of cash.”
[xxvii]El País, sobre la ambición china de liderar la gobernanza mundial de la inteligencia artificial, 17 de julio de 2026.
China busca encabezar un nuevo orden mundial de la Inteligencia Artificial



















