Tras 16 años seguidos en el Gobierno, el presidente Orbán, referencia de la ultraderecha y del sionismo mundial, ha sufrido una contundente derrota. Su rival, Péter Magyar, de Tisza, ha arrasado en las elecciones del pasado 12 de abril con 3.112.064 votos, el 52,44%, y 136 escaños, lo que le otorga una mayoría holgada para llevar a cabo reformas constitucionales. Fidesz, el partido de Orbán, se queda con el 30,15%, 2.323.718 papeletas, y tan solo 56 diputados, perdiendo 79 escaños y 733.477 votos respecto a 2022.
A pesar de que el candidato opositor es también un reaccionario que hizo su carrera política al abrigo de Orbán y en las filas de su partido, la población húngara ha castigado duramente al candidato ultraderechista utilizando la única opción electoral a su alcance, y que ha sido apoyada por todas las formaciones burguesas del país, incluida la socialdemocracia.
La derrota electoral de Orbán supone también un mazazo para la internacional neofascista encabezada por Trump. A lo largo de la campaña electoral numerosos líderes de esta internacional se han volcado en darle su apoyo, participando directamente en actos junto a Orbán, como hizo Meloni, Alice Weidel de AfD, Abascal, o el propio vicepresidente de EEUU, J.D. Vance, que acudió al cierre electoral en Budapest afirmando querer “ayudar a Orbán todo lo que pueda” y acusando a la UE de “la peor injerencia extranjera en unas elecciones”.
Aunque los medios de comunicación destacan sobre todo la estrecha relación de Orbán con Putin para explicar su derrota, la realidad es que el candidato opositor mantiene una posición no muy diferente a este respecto, reflejando la enorme dependencia energética que Hungría tiene de Rusia y el rechazo que sigue existiendo entre la mayoría de la población a apoyar financiera y militarmente a Ucrania.

La derrota de Orbán tiene mucho menos que ver con un supuesto giro “europeísta” de la población que con el estancamiento económico, la inflación galopante, el empobrecimiento y la corrupción generalizada que ha generado su modelo despótico. Por supuesto, sus furiosos ataques contra la comunidad LGTBI, su apoyo incondicional al genocidio sionista en Gaza, su racismo despreciable contra las minorías nacionales y los inmigrantes, también han generado un descontento que se ha expresado con fuerza.
Con todos estos factores, la campaña electoral de Péter Magyar, con sólidos respaldos de la clase dominante húngara y europea, y una abundante financiación de las formaciones conservadoras, especialmente de la CDU alemana, contaba con una base muy favorable.
Péter Magyar, un reaccionario en sintonía con la UE
Pero Magyar no representa ni mucho menos una alternativa progresista, ni hablar. Es un reaccionario que solo abandonó el partido de Orbán, Fidesz, en 2024 ante el estallido de todo tipo de escándalos, y se ha declarado inequívocamente conservador, de derechas y nacionalista, haciendo de la familia tradicional una de sus banderas políticas. Con esta trayectoria y estas posiciones, es altamente improbable que elimine la legislación represiva y discriminatoria contra la comunidad LGTBI, más allá de algunos cambios cosméticos.
Utilizando una verborrea proeuropea, el candidato de la oposición se ha centrado en denunciar a bombo y platillo los casos de “corrupción” y señalar el enriquecimiento de Orbán y su entorno gracias a las palancas de poder absoluto que han controlado. No debemos olvidar que Péter Magyar es un candidato del capital europeo y de un sector importantísimo de los capitalistas húngaros: entre sus principales colaboradores se encuentran pesos pesados de la industria de combustibles fósiles como István Kapitány, exalto cargo de la petrolera Shell, y Anita Orbán, exasesora de la exportadora de gas fósil estadounidense Cheniere y exembajadora especial de Fidesz para la seguridad energética, y que ahora aspira a ser ministra de Exteriores.
Estos sectores consideran amortizado el modelo de Orbán y no quieren que las cosas se salgan de madre. Además, hay otra importante motivación para el “cambio”: recuperar los fondos europeos congelados como represalia a Orbán, más de 18.000 millones de euros, y que pueden llenar generosamente los bolsillos de los empresarios húngaros y ayudar a reactivar una economía estancada.
En cuanto a la política migratoria de Magyar, defiende en esencia las posiciones racistas y xenófobas de Orbán, pero está abierto a flexibilizarlas de cara a encajarlas en el “marco acordado” por la UE. Un marco que defiende sin tapujos la expulsión sin ninguna garantía a campos de concentración fuera de la UE —como está ya haciendo Meloni— y que está urdiendo la aprobación de un reglamento de seguridad que facilitará la creación de fuerzas policiales similares al ICE.

A pesar de la palabrería sobre los derechos humanos, la UE es parte de la deriva reaccionaria y autoritaria internacional, y este candidato se adapta a la perfección en dichos postulados, pero con la ventaja de que no es un agente directo de EEUU. Por eso, el resultado electoral en Hungría hay que situarlo en el contexto de la lucha por la hegemonía mundial en el que el continente europeo tiene asignado un papel relevante. La derrota de Orbán afecta directamente a Trump, que ha convertido la voladura de la UE en uno de sus principales objetivos políticos, y que tenía en Hungría a un fiel aliado para impulsarla. Un golpe que se produce justo en el momento en que su fracaso en la guerra imperialista contra Irán se hace más evidente.
Ninguna confianza en Péter Magyar
La izquierda reformista, en Hungría y en el resto de Europa, ha dado la bienvenida a Péter Magyar con entusiasmo. En estas elecciones, no solo el partido socialdemócrata también los liberales retiraron sus candidaturas para apoyarlo y aprovechar así la ola de descontento. Obviamente no vamos a llorar por la derrota de Orbán, sería incongruente no ver el golpe que esto representa para la extrema derecha internacional, pero sería igual de estúpido creer que el ganador supone una esperanza para el pueblo húngaro. Este es el problema del “mal menorismo” como estrategia política: es como considerar que para frenar a Vox el triunfo del PP de Ayuso y Feijóo supone la mejor opción, y encima nos alegremos por ello.
Estos resultados no pueden ocultar que Hungría está sacudida por una intensa lucha de clases. Un 73% de los jóvenes han votado por Magyar y su partido Tisza porque lo único que han conocido hasta ahora ha sido a Orbán, su Gobierno reaccionario y políticas autoritarias, y una creciente crisis económica que les hace emigrar en busca de un futuro mejor. Hungría no deja de perder población a pesar de las medidas pronatalidad aprobadas por el Gobierno.
A pesar de la represión y el autoritarismo, en 2025 Budapest vivió la mayor marcha del orgullo LGTBI de su historia. También se han producido manifestaciones de masas en defensa de la libertad de expresión o contra los escándalos de pederastia encubiertos por el Gobierno de Orbán. Todo esto ha marcado el resultado electoral, y también determinará la suerte futura de Péter Magyar.

Hungría ha entrado en una fase turbulenta como el resto de Europa. La agenda de recortes sociales y ataques a los derechos democráticos, de rearme y guerras imperialistas, de ascenso de la extrema derecha no se combatirá por los medios del parlamentarismo burgués. Por eso, en la agenda de los oprimidos, la tarea de reconstruir una izquierda revolucionaria que enfrente el capital con un programa socialista sigue siendo la tarea más importante de todas.



















