Estas declaraciones del vicepresidente de los Estados Unidos, J.D. Vance, en The Joe Rogan Experience[1] —el podcast de mayor audiencia a nivel mundial— son una clara síntesis del momento de crisis que atraviesa el sistema de dominación capitalista.
“No va a ser fácil revertir algunas de estas tendencias económicas, pero ¡vaya!, hicimos el experimento. Hicimos el experimento de deslocalizar todos nuestros empleos industriales, de convertirnos en una economía de servicios y finanzas y permitir que Wall Street entrara y comprara todos los activos de la vida moderna y los convirtiera en un activo de inversión, ya saben, un activo que «sube»”.
Una vez más nos encontramos en el mismo punto del camino. El desarrollo capitalista socava inevitablemente sus propias fuentes de riqueza, la naturaleza y el trabajo humano, hasta que llega a ese momento de pánico en que se descubre que el suelo bajo sus pies ha desaparecido.
“¿Y qué se ha conseguido con eso? Ha creado una generación de jóvenes que se sienten atraídos por el socialismo. Hay que solucionar ese problema”.
Lo cierto es que el vicepresidente Vance no está haciendo especulaciones fantasiosas: según encuestas recientes, el 62 % de los jóvenes estadounidenses entre 18 y 29 años tiene una opinión favorable al socialismo[2]. Poco hay que añadir al análisis de Vance sobre esta cuestión. Toda una generación está abriendo los ojos a la vida adulta y su choque con la realidad no puede ser más traumático: salarios miserables, décadas de endeudamiento para pagar unos estudios superiores, imposibilidad de acceso a la vivienda, la amenaza de una sanidad privatizada, empobrecimiento constante y un sistema voraz y demencial que solo ofrece un horizonte de guerra y colapso ambiental.

"Revertir esas tendencias económicas" a las que se refiere Vance es sencillamente imposible. La absurda fantasía capitalista de obtener un beneficio ilimitado a costa del empobrecimiento de millones de trabajadores choca inevitablemente con la realidad.
La deslocalización de la producción industrial, el establecimiento de una economía especulativa y la mercantilización de todos los ámbitos de la vida no son "experimentos", sino decisiones tomadas con pleno conocimiento de sus consecuencias. Sencillamente, en una economía capitalista dominada por un puñado de oligarcas con un poder abrumador para controlar nuestras vidas, no hay tiempo que perder: solo importa enriquecerse hoy. Mañana ya se verá. Las tempestades que amenazan al sistema nacen de aquellos vientos, y una vez más, la clase explotadora aplica la vieja receta: que los trabajadores paguemos la guerra, la miseria y la barbarie que ella necesita para mantener su dominio y sus privilegios.
Para J.D. Vance el problema no son las condiciones indignas en las que se desarrolla la vida de los trabajadores bajo el imperio, sino el hecho de que estos empiezan a inquietarse; empiezan a levantar la cabeza y preguntarse: "¿No podemos hacerlo mejor?", "¿es esto todo lo que el sistema me ofrece?". A estas preguntas, el marxismo ofrece respuestas con brutal honestidad, y esa claridad y contundencia tiene un gran impacto en la conciencia de quienes abren los ojos a la realidad de la lucha de clases y a su posición dentro del orden capitalista.
La causa del florecimiento de la conciencia de clase en las generaciones jóvenes no se debe, como dicen desde el Departamento de Estado de Marco Rubio a una secreta "red transnacional conectada de militantes de Antifa" que "viajan para participar en ataques conjuntos, canalizar propaganda y material de captación, e intercambiar información sobre objetivos", sino que es el resultado de la continua y creciente explotación de una clase por otra.
El sistema funciona tal y como está diseñado y una vez más la clase trabajadora se encuentra con el agua al cuello, exprimida hasta la última gota por sus empleadores, monopolistas y rentistas. Los beneficios de las grandes corporaciones son el único motor de esta locura. Las banderas ya no bastan para tapar la obscena desigualdad.

No hay otro camino para la clase capitalista —la clase más consciente—: es el momento de ceñir la correa. Las viejas recetas que servían para mantener la paz social —las políticas públicas, la ilusión de funcionamiento democrático, los derechos sociales— ya no apaciguan la convivencia entre explotados y explotadores. La clase dominante es muy consciente de que este cóctel explosivo de militarismo, represión, empobrecimiento y barbarie puede saltar por los aires en cualquier momento, poniendo en peligro sus privilegios.
La conciencia de los trabajadores avanza y la Administración Trump —herramienta clave de la clase capitalista occidental— está desempolvando las viejas herramientas que históricamente han servido para proteger a la élite: el racismo, el nacionalismo, el militarismo, el integrismo supersticioso y la deshumanización de sus oponentes, en otras palabras: la herramienta del fascismo.
Guerra al socialismo
Y para impulsar decididamente esta estrategia, y desviar la atención de sus sonoros fracasos en la guerra contra Irán y del descontento hacia sus políticas reaccionarias que bulle en todos los rincones de EEUU, Trump y sus colaboradores han revivido la caza de brujas del senador McCarthy en su versión más salvaje.
El pasado 16 de julio el Departamento de Estado de los Estados Unidos celebró una cumbre internacional con representantes de 66 países bajo la consigna de combatir a "los extremistas de izquierda" en todo el mundo. A esta cumbre han asistido también dos consejeros de la Embajada Española en Washington, uno de la sección Política y otro de Interior.
Las declaraciones del subdirector del Gabinete de Políticas de la Casa Blanca, Stephen Miller, no dejan lugar a dudas de la agenda que plantean para el futuro más inmediato: "Este es un cáncer mortal para la civilización. Y el mayor riesgo que corremos es que nuestras instituciones se hayan vuelto demasiado débiles y cobardes para defenderse de una amenaza mortal. Si tu civilización es tu hogar, debes defenderla con la misma pasión y fuerza que si un intruso enemigo estuviera dentro de tu propia casa, donde vive tu familia. Ese es el nivel de dedicación y urgencia que se requiere"[3].
Dando muestra de su desprecio visceral, Miller criminalizaba así a los activistas y gentes de izquierda que han llenado por millones las calles de Estados Unidos en el último periodo: "¿Por qué no hay ni una sola persona de aspecto normal entre ellos? Cada uno de ellos, durante el curso de su vida y sus decisiones, ha llenado su cuerpo y su apariencia de cicatrices de distintas maneras hasta el punto en que su apariencia exterior se convierte en una manifestación de su odio interior".
Para allanar el camino de la represión de los movimientos de izquierda a escala internacional, el Departamento de Estado dirigido por Marco Rubio anunció dos días antes de la celebración de esta cumbre subvenciones de entre uno y tres millones de dólares a grupos europeos que comulguen con los ideales trumpistas del movimiento MAGA, y que estén alineadas en la defensa de la soberanía nacional, la promoción de políticas antiinmigración, y que se opongan a la "persecución judicial" y la "censura".

No es difícil adivinar qué programa concreto está financiando el aparato estatal estadounidense: las políticas ultranacionalistas identitarias, el militarismo, la xenofobia, la islamofobia, la criminalización y deshumanización de los extranjeros pobres y la legitimación del discurso supremacista de ultraderecha como antídoto para esa "amenaza persistente transnacional que ha existido durante décadas" y que "ahora experimenta un resurgimiento": la toma de conciencia de la clase trabajadora y su inminente organización.
En palabras de Marco Rubio, la nueva amenaza terrorista de izquierdas puede encontrarse bajo el nombre de "anticapitalistas, antiimperialistas, comunistas, anarquistas o marxistas. Pero su naturaleza fundamental es siempre la misma: un resentimiento ponzoñoso, disfrazado con el lenguaje de la igualdad, la justicia y la liberación".
Apenas doce días antes de esta cumbre, el grupo supremacista blanco Patriot Front marchó con 400 miembros enmascarados por las calles Washington con banderas confederadas y nazis, sin que la Administración Trump haya realizado el menor comentario. También conviene recordar que es la misma Administración que amnistió a todos los condenados por el asalto violento al Capitolio del 6 de enero de 2023, y que hace pocos meses señalaba al movimiento Antifascista como "organización terrorista doméstica"[4], dando una vez más una muestra de sus ansias por poner en el punto de mira a cualquier organización combativa de izquierdas que pretenda oponerse a su agenda reaccionaria.
A esta cumbre han seguido nuevos movimientos. El lunes 20 de julio, el mismo departamento que dirige Marco Rubio publicó un informe titulado: Cuba, la capital del terrorismo del siglo XXI.
No solo se trata de un ataque visceral contra la Isla y contra la Revolución cubana, cubriéndola de las mentiras ponzoñosas que tradicionalmente ha fabricado la propaganda imperialista, sino que acusa al régimen cubano de: “reclutar, cultivar y movilizar a una coalición mundial de activistas, intelectuales y grupos políticos en torno a su causa (…) construyendo una vasta red revolucionaria que influyó de manera desproporcionada en algunos de los movimientos extremistas más famosos e influyentes de Estados Unidos, desde los Panteras Negras y el Weather Underground hasta Antifa (…) Hoy en día, esa red sigue manteniendo vínculos con poderosas organizaciones izquierdistas sin fines de lucro, colectivos contrarios al ICE, grupos socialistas y organizaciones militantes marxistas en todo Estados Unidos”[5].
El texto es una declaración de guerra contra la izquierda estadounidense, señalada de forma pormenorizada por su actuación en los últimos meses, y contra toda la izquierda internacional que se han manifestado contra el bloqueo criminal que EEUU está sometiendo a la población cubana.
El “enemigo interior” se ha convertido en el gran objetivo a batir por Trump y su Administración, y en esta batalla la histeria anticomunista no es casual.
La experiencia de los últimos años ha demostrado a la clase dominante que no basta con controlar las instituciones ni con recrudecer la violencia represiva. La acción directa del ICE ha despertado una potente respuesta en las calles tras los asesinatos de Renée Good o Alex Pretti, tal y como ya sucedió tras la muerte de George Floyd a manos de la policía de Minneapolis con la activación del movimiento de masas Black Lives Matter.
La respuesta de la clase trabajadora está siendo evaluada día tras día frente a los intentos de imponer disciplina y sumisión. La única fuerza capaz de frenar la maquinaria violenta del aparato capitalista en todo el mundo ha sido la movilización masiva y organizada, tal y como ha demostrado la huelga histórica de Minneapolis este mismo año, que forzó la retirada del ICE de la ciudad, o la creciente ola de movilizaciones internacionales, huelgas y boicot que forzaron a Trump y Netanyahu a pisar el freno en el genocidio sionista —que no detenerlo— y presentar la farsa del Plan de Paz para Gaza, con el único propósito de apaciguar la respuesta social.

La lucha de clases entra en un nuevo ciclo cualitativamente distinto, de enfrentamiento agudo entre una clase trabajadora más consciente y organizada y una clase dominante que busca fortalecer sus fuerzas represivas para someter definitivamente al movimiento obrero.
En los próximos meses, el Gobierno de Trump va a afrontar unas elecciones de medio mandato en las que quedará patente el rechazo creciente a sus políticas racistas, sus constantes y erráticas acciones de guerra, y el duro deterioro de las condiciones de vida de los trabajadores estadounidenses, que perciben a Trump de forma cada vez más mayoritaria como un símbolo de un capitalismo senil y desesperado; pero la clase dominante no va renunciar a la imposición de su agenda, digan lo que digan las urnas.
La celebración de esta cumbre internacional reaccionaria, y los documentos del Departamento de Estado, son un síntoma inequívoco. De la mano de esta amenaza, a quienes luchamos conscientemente por la emancipación de nuestra clase, también se nos presenta una oportunidad histórica. La sociedad no puede seguir avanzando bajo el obsoleto régimen capitalista, estancado y asfixiado bajo sus propias contradicciones.
El desarrollo de los acontecimientos de esta nueva fase de la confrontación de clases aún no está escrito, pero lo que sí es seguro es la necesidad de construir una organización revolucionaria internacional, que sea capaz de orientar y coordinar la lucha de masas ante una ofensiva reaccionaria que se prepara para golpear al movimiento de izquierdas con toda su fuerza.
Notas:
[1] Joe Rogan Experience #2526 - JD Vance
[2] El 62% de la juventud estadounidense tiene una visión positiva del socialismo
[3] Rubio y Miller advierten sobre la ‘amenaza mortal’ del ‘terror de extrema izquierda’ en un discurso ante 67 países
[4] Trump anuncia la designación de Antifa como “organización terrorista”, sin dar más detalles
[5] Washington acusa a Cuba de “respaldar una ola sin precedentes de terrorismo de izquierda en Estados Unidos”




















