El auge de la extrema derecha planea una amenaza real y muy seria para la clase trabajadora, la juventud y los pueblos oprimidos. Tras más de dos años de brutal genocidio sionista en Palestina, Donald Trump ha vuelto a utilizar la máquina de destrucción yanqui contra el pueblo de Venezuela. Controlar las mayores reservas mundiales de petróleo e imponer un protectorado colonial es el objetivo proclamado públicamente por Washington.
Oriente Medio, Venezuela, Groenlandia… son parte de la ofensiva imperialista de la Administración Trump en la batalla sin cuartel que libran contra China y Rusia por la supremacía mundial. Pero la política exterior es siempre la continuación de la política doméstica, y el Gobierno neofascista de Trump ha declarado la guerra al “enemigo interior”, a la clase trabajadora inmigrante y nativa, movilizando sus tropas de asalto de la ICE para sembrar el terror y amedrentar a millones.
La estrategia del trumpismo no es un hecho marginal, surge de la decadencia estadounidense, de la crisis del capitalismo global y de la descomposición de la democracia parlamentaria. Este representante consumado del gran capital recurre a una soflama típica del discurso fascista: nacionalismo supremacista, anticomunismo y racismo feroz, islamofobia, negacionismo climático, aderezados con un rabioso machismo y una hostilidad furibunda hacia el feminismo, la comunidad LGTBI y las personas trans…
Pero si observamos la deriva gubernamental en los grandes centros del capitalismo occidental, en EEUU, en Gran Bretaña, en Francia, Italia o Alemania, los mecanismos de la gobernanza son los mismos: una legislación autoritaria y represiva, el reforzamiento del aparato policial y la criminalización de la protesta social. No son elementos aislados, representan señales crecientes de que incluso la “democracia” burguesa estorba cada vez más para asegurar los beneficios capitalistas y los objetivos imperialistas. Estas tendencias bonapartistas y totalitarias también se sucedieron en los años treinta antes del triunfo de las dictaduras fascistas, a diferente ritmo.

Movimientos de extrema derecha están intentando tomar las calles y han obtenido triunfos electorales sonados. El Frente Nacional en Francia, Reform UK, Fratelli de Italia, AfD en Alemania, Chega en Portugal, Milei… son una verdadera mancha parda, y en el Estado español el avance de Vox no tiene nada que envidiar a sus homólogos internacionales.
Los progresos de la reacción a escala mundial responden a factores objetivos relacionados con la crisis general del capitalismo y la lucha interimperialista, pero existen también otros elementos, por así decirlo subjetivos, que animan este avance. Y entre ellos, las políticas de la socialdemocracia no son secundarias.
Ya sea el laborista Starmer en Gran Bretaña, los dirigentes del SPD en Alemania o, en el Estado español Pedro Sánchez a pesar de su verborrea “antifascista”, las políticas de todos ellos se caracterizan por enriquecer a la banca y las grandes corporaciones, aplicar constantes recortes que degradan la enseñanza y la sanidad pública, utilizar la paz social para dar todo el poder a la patronal, o capitular ante los especuladores inmobiliarios y los fondos buitre.
Ningún Gobierno socialdemócrata ha dejado de respaldar la legislación racista de la UE contra la inmigración, ni de defender el rearme imperialista que dicta la OTAN, manteniendo una complicidad con el régimen sionista de Tel Aviv imposible de ocultar. Esto también es válido para muchos de sus aliados parlamentarios de la nueva izquierda reformista.
La socialdemocracia ha sido un actor muy activo a la hora de crear y apoyar leyes de excepción contra los derechos democráticos. La criminalización de las movilizaciones pro palestina ha sido constante bajo Gobiernos de este signo en Gran Bretaña y en Alemania. Se ha llegado a acusar de terroristas a organizaciones, detenido a miles de personas que portan banderas palestinas, encarcelado a cientos de activistas —como a los compañeros y compañeras de Gran Bretaña que están protagonizando una heroica huelga de hambre— e incluso cerrado medios de comunicación.
En el Estado español, el Gobierno de coalición del PSOE y de Sumar no ha querido derogar la ley Mordaza, pero tampoco se hizo nada al respecto cuando participaban las ministras de Podemos y Pablo Iglesias era vicepresidente. Bajo los Ejecutivos de Pedro Sánchez se ha producido una durísima persecución contra la izquierda militante. Los montajes policiales y judiciales contra los jóvenes de Altsasu, el encarcelamiento del rapero Pablo Hasél, que lleva más de cuatro años entre rejas, las duras condenas a prisión a los seis jóvenes antifascistas de Zaragoza, a las seis sindicalistas asturianas de la Suiza, o el procesamiento de las siete jóvenes estudiantes de Somosaguas, por poner solo algunos casos, muestran la hipocresía gubernamental.
Gobierne la derecha o la socialdemocracia asistimos a un fortalecimiento de todos los cuerpos policiales que tienen vía libre para reprimir con violencia a la izquierda combativa, y manifiestan una pública complicidad con las bandas fascistas y las organizaciones de extrema derecha. Las fuerzas policiales del Estado “democrático” están saturadas de fascistas con placa, y se lanzan contra el movimiento obrero, como en la última huelga del metal en Cádiz, contra los activistas que impiden los desahucios o de cualquier causa justa.

La violencia de extrema derecha crece con impunidad, sin que el Estado “democrático”, ni el Parlamento, ni las leyes, ni los tribunales digan ni hagan nada. Lo vimos en los pogromos racistas de Torre Pacheco, en las acciones de Desokupa, y en Euskal Herria lo hemos comprobado en nuestras carnes durante las violentas cargas que la Ertzaintza realizó, mano a mano con los falangistas, contra la juventud antifascista de Gasteiz.
La experiencia histórica, y la más reciente, demuestra que para la clase dominante estas organizaciones se han convertido en una palanca muy útil para sus intereses. El Estado las protege, y los capitalistas las financian. Por eso mismo dejar la lucha contra la extrema derecha en manos del Estado capitalista, de sus instituciones, de su policía o su poder judicial es un engaño manifiesto.
En este combate la clase obrera y la juventud solo podemos confiar en nuestras propias fuerzas. Y tenemos mucha para derrotarlos. Las impresionantes movilizaciones en EEUU contra Trump del No Kings, con más de siete millones de participantes, y la rebelión que se extiende en cientos de ciudades contra las fuerzas nazis del ICE, son la mejor prueba de lo que decimos. Lo mismo que el gran movimiento de masas contra el genocidio palestino, o las huelgas generales que se han realizado en Francia, Italia, Portugal, Bélgica y otros países desde septiembre pasado, y la que se vivirá en Euskal Herria el próximo 17 de marzo.
Pero debemos ser claros: el empobrecimiento, los salarios miserables, la destrucción de los servicios públicos, la especulación inmobiliaria que hace imposible que millones de jóvenes puedan acceder a un techo digno y la independencia familiar…todos estos factores que provocan una furia social creciente son aprovechados por la extrema derecha para esparcir su demagogia. Por eso el antifascismo solo es consecuente si se une a la defensa de un programa socialista que ponga en primer plano la lucha de clases, y que abogue sin complejos por la expropiación de la banca y los grandes monopolios para solucionar los graves problemas sociales que nos aplastan.
No hay salidas intermedias: el capitalismo es irreformable, como también lo es el PNV, el representante político del gran capital vasco. Pensar que se puede combatir a la extrema derecha llegando a acuerdos de “Gobierno” con los mismos burgueses que están permitiendo la fascistización de la Ertzaintza y que son maestros en privatizaciones y recortes sociales, es un grave error.
Desde Ezker Iraultzailea nos tomamos muy en serio esta batalla. Por eso hay que levantar un frente único, huyendo de cualquier actitud sectaria, con todas las organizaciones, sindicatos y movimientos sociales dispuestos a luchar contra el fascismo y articular una amplia respuesta de la clase obrera y la juventud. No se trata de confundir banderas, ni de disolverse políticamente renunciando al programa que tiene cada organización. Se trata de golpear juntos por objetivos comunes, y los hay.
Por todas estas razones apoyamos y llamamos a participar en las manifestaciones convocadas por GKS en Bilbo e Iruña el próximo 31 de enero.
¡Únete a Ezker Iraultzailea para construir las fuerzas de la revolución socialista!
¡Por el frente único antifascista!



















