Los trabajadores británicos constituyeron, en palabras de Marx, “los hijos primogénitos de la historia moderna”. Debido a su posición, fueron pioneros en el sindicalismo. Desde las organizaciones ilegales, los fundadores del sindicalismo lucharon cada centímetro del camino para conseguir sus derechos democráticos y elevar a la clase obrera como una fuerza independiente.

Los sindicatos son las organizaciones más básicas de la clase obrera. Para los marxistas, los sindicatos son los elementos de la nueva sociedad dentro de la vieja. En palabras de Federico Engels, son “escuelas” de solidaridad y socialismo.

Los trabajadores británicos crearon el primer partido obrero de la historia, los Cartistas, y participaron en la I Internacional. Finalmente, fundaron un partido obrero de masas basado en los sindicatos: el Partido Laborista. En los años siguientes a la Revolución rusa protagonizaron extraordinarias batallas de clase, que culminarían con la huelga general de 1926.

Estas tradiciones heroicas imprimieron su carácter. La otra cara, una cara más servil, surge de la posición dominante del imperialismo británico, que permitió a la burguesía desarrollar una “aristocracia obrera” otorgando concesiones a los sectores más elevados de la clase. Esto creó una visión estrecha y conservadora de sindicalismo profesional. Sin embargo, esto cambió con la pérdida del monopolio industrial de la burguesía británica.

En cierta ocasión. Trotsky comparó las tradiciones de la clase obrera británica —que se caracterizaba por su movimiento lento y pesado, producto de su larga historia evolutiva durante generaciones— con las de la rusa —que, por el contrario, en una generación tuvo un crecimiento explosivo y desde el principio estuvo abierta a las ideas revolucionarias—.

Sin embargo, Trotsky reconoció el potencial revolucionario de la clase obrera británica, tal como planteó en su brillante obra ¿Adónde va Gran Bretaña?, escrita en 1925 y en la que pronosticó la huelga general del año siguiente. Aunque los trabajadores británicos tienden a moverse más lentamente que sus colegas europeos, que tienen un carácter más espontáneo, una vez entran en acción es difícil frenarles. En palabras de Federico Engels: “No hay poder en el mundo que pueda resistir durante un día a la clase obrera británica”.

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Los trabajadores británicos fundaron un partido obrero de masas basado en los sindicatos: el Partido Laborista. 


En ese libro, Trotsky también explica que los trabajadores británicos tienen la tendencia, cuando están desencantados con el frente político, a girar hacia el frente industrial, y viceversa. Esto ha sido una constante hasta el día de hoy. Sin embargo, en Gran Bretaña, a diferencia de otros países, siempre ha existido un fuerte vínculo orgánico entre la organización sindical, el TUC, y el principal partido obrero, el Partido Laborista. Durante los últimos cien años, esto ha influido sobremanera en la situación.

Blair cosecha derrotas en el movimiento sindical

Hoy nos enfrentamos al Gobierno laborista de derechas encabezado por Blair, que está aplicando una política burguesa. Blair pensaba que tenía todo el terreno libre y ha presidido un brutal giro a la derecha, socavando la democracia dentro del Partido Laborista, eliminando los objetivos socialistas del partido (la Cláusula IV) y consiguiendo la mayoría parlamentaria en las segundas elecciones. También logró meterse en el bolsillo a la mayoría de los dirigentes sindicales.

El filósofo alemán Hegel explicó que en muchas ocasiones lo racional se convierte en irracional y los hechos se transforman en su contrario; todo está en un proceso de constante flujo y la acumulación gradual de cambios provoca, tarde o temprano, un salto cualitativo.

¡Y cómo han cambiado las cosas en Gran Bretaña! El reciente avance de la izquierda en el movimiento sindical británico es una confirmación de este proceso dialéctico. Representa una ruptura fundamental de la situación. Es el principio del fin de Blair.

“La gente dice que el nuevo laborismo ha caído en desgracia —declaró el recién elegido secretario general de AMICUS (sindicato del metal y electricidad— pero la burbuja del nuevo laborismo estalló hace mucho y todavía está expulsando aire. Este Gobierno perdió su popularidad entre la clase obrera porque no hizo lo suficiente por ella. Alguien, en el futuro, podrá mirar hacia atrás, a este momento, y decir que fue cuando el nuevo laborismo comenzó su declive”.

El cambio profundo que está aconteciendo en los sindicatos británicos, aunque previsto por los marxistas aglutinados en torno a Socialist Appeal, ha cogido a mucha gente por sorpresa. El anterior secretario general de AMICUS, Sir Ken Jackson, un viejo derechista incondicional de Blair, lo comparó acertadamente con la película La tormenta perfecta: “Tenemos una cantidad determinada de lluvia y una cantidad determinada de viento, pero cuando se reúnen tienen un efecto que nadie podría prever”.

Auge en el movimiento huelguístico tras veinte años de grandes dificultades

Sin duda, el malestar sindical va en aumento. Las huelgas están en su nivel más alto en treinta años y su tendencia es ascendente. En la reciente huelga de trabajadores municipales participó un millón de personas, y constituyó la huelga de mujeres más grande jamás vista en este país. Los trabajadores del metro y los ferrocarriles tienen su propia batalla y han amenazado con negarse a ir al trabajo por motivos de seguridad si no hay cobertura de incendios. Una reciente encuesta indicaba que el 48% de los trabajadores creen que irán a la huelga en los próximos doce meses. Los días de mansedumbre en el centro de trabajo han llegado a su fin.

Esta situación no puede encontrar una ilustración más gráfica que en la actual lucha de los bomberos. ¡En su conferencia votaron por unanimidad ir a la huelga para conseguir un aumento salarial del 40%! Se trata de la primera huelga nacional en veinticinco años. Según las recientes encuestas, la opinión pública, a pesar de la campaña hostil de los medios de comunicación, respalda firmemente a los bomberos. Se han convertido en una causa célebre para el movimiento sindical en Gran Bretaña, y han recibido un apoyo total del TUC.

Blair y la prensa capitalista han atacado a los bomberos y a su sindicato. “El activismo sindical para conseguir fines políticos —lo que algunos llaman scargillismo [en referencia a Arthur Scargill, que dirigió la gran huelga minera de 1984-85]— ya no tiene sentido (...) No debemos regresar a esos días” fueron las palabras desafiantes de Blair. El Gobierno ha chocado frontalmente con este sector, que está respaldado por el movimiento obrero. Blair demanda “modernización”, una palabra con la que se disfraza la destrucción de empleo y servicios, para dejar escapar que van a reducir 11.000 puestos de trabajo en este sector.

La lucha ha sacudido toda la situación. El ambiente en las filas del partido es contrario a Blair y de apoyo a los huelguistas. La Conferencia del Partido Laborista de Londres dio su apoyo a los bomberos, con solo ocho votos en contra. Blair está claramente perdiendo el paso y cada vez está más desacreditado ante los ojos de los trabajadores.

Comparada con la combatividad de los años 70, durante la mayor parte de los últimos veinte años la curva de la lucha sindical fue descendente, sobre todo tras la derrota de la huelga minera de 1984-85. Si después de doce meses de huelga los mineros no pudieron ganar y tuvieron que retroceder, ¿cómo podían ganar otros sectores más débiles? Este fue el sentimiento de la mayor parte de los activistas sindicales, muchos de los cuales se desmoralizaron y cayeron por el camino. Incluso una capa de dirigentes de “izquierdas” se pasó a la burocracia de derechas y abrazó el sindicalismo empresarial.

Durante los últimos veinte años, el péndulo giró demasiado a la derecha. Ese periodo estuvo en gran parte dominado por el thatcherismo, que se sostuvo con el boom económico de los años 80. Los tories introdujeron toda una serie de leyes antisindicales, con la intención de paralizar el movimiento obrero e inclinar la correlación de fuerzas a favor de los empresarios. Combinado con un desempleo de masas, los sindicatos emprendieron la retirada. Hoy solo el 19% de los trabajadores del sector público están afiliados.

Muchos trabajadores intentaron resolver sus problemas dentro de los límites del capitalismo, a través de horas extras, pluriempleo y otros medios. Las organizaciones sindicales y el Partido Laborista se quedaron vacíos, permitiendo al aparato sindical elevarse por encima de los afiliados. La creciente presión del capitalismo sobre las capas superiores de los sindicatos los hizo girar a la derecha y aceptar el “nuevo realismo” y la “paz social”. El mismo proceso, pero a mayor escala, tuvo lugar tras la derrota de la huelga general de 1926 y la adopción del mondismo por los dirigentes sindicales. Walter Citrine, entonces secretario general del TUC, dijo que los sindicatos tenían como objetivo “una relación afectiva [con los empresarios], que asegurará la estabilidad y la armonía en la industria”. Hoy se puede escuchar el mismo tono en John Monks.

Con los cierres de la industria manufacturera de los años 80, la afiliación sindical declinó y el número de huelgas alcanzó mínimos históricos. Las voces combativas dentro de los sindicatos fueron en gran parte sofocadas. Cuando los empresarios emprendían una ofensiva frontal contra los trabajadores, el ala de derechas puso de moda los “acuerdos amables”. Las condiciones laborales empeoraban en una industria tras otra cuando se aceptaba la flexibilidad laboral. Se introdujeron los contratos temporales, el trabajo a tiempo parcial, el trabajo por cuenta propia, el trabajo eventual, las privatizaciones y todo lo demás. Los empresarios eran los amos de la situación. Exprimieron cada onza de beneficio a través del incremento de la explotación de la clase obrera, reembolsándose enormes dividendos y repartiendo grandes salarios a los altos ejecutivos. En contraste, el trabajo excesivo y los niveles de tensión entre los trabajadores británicos alcanzaron niveles históricamente altos, lo que provocó resentimiento, descontento y rabia en los centros de trabajo. Comparado con sus compañeros europeos, el trabajador británico trabaja más horas y tiene menos vacaciones y menos derechos. Gran Bretaña se ha convertido rápidamente en la mayor fábrica de explotar obreros de Europa.

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El ambiente en las filas del partido es contrario a Blair y de apoyo a los huelguistas. La Conferencia del Partido Laborista de Londres dio su apoyo a los bomberos. 


Los dirigentes sindicales miraron hacia el Gobierno laborista para resolver sus problemas. Deliberadamente, contuvieron el mar de fondo de rabia existente entre la base, con promesas de un nuevo Gobierno laborista y la amenaza de más leyes antisindicales. En nombre de “la unidad y la disciplina”, los dirigentes sindicales aceptaron soportar una suerte terrible con Blair. Se mordieron la lengua durante la campaña electoral de 1997, cuando Blair alardeó en las páginas del Daily Mail que, bajo el laborismo, “Gran Bretaña permanecerá con las leyes sindicales más restrictivas del mundo occidental”. Tragaron sin más el mantra de “justicia, no favores”. Sin embargo, cuando Blair llegó al poder en 1997, partió de donde se habían quedado los tories. La ley tory de despido forzoso fue sustituida por la blairista “El mejor valor” y por la Iniciativa Financiera Privada (IFP), una piedra angular del nuevo laborismo robada a los conservadores.

Mientras que sí han hecho algunas reformas relacionadas con el salario mínimo y los derechos laborales, no han ido lo suficientemente lejos como para satisfacer las aspiraciones de los trabajadores normales. En realidad, la situación ha empeorado, con promesas de “reforma” de los servicios públicos y de introducción de la disciplina del sector privado en el público. ¡Pero ya es suficiente! Los principales sindicatos se han opuesto a la IFP y al ataque al sector público. Lo cierto es que están en contra de Blair. La campaña del GMB contra la participación del sector privado en los servicios públicos le ha reportado 44.000 nuevos afiliados, el mayor aumento en dieciséis años. Esto llevó a Peter Hain, el ministro de la izquierda “suave”, a atacar al GMB, pidiendo una auditoria de sus gastos de campaña. Ni se había enterado de que para hacer un desembolso de 250.000 libras, el sindicato antes había recaudado 4,4 millones de cuotas de nuevos afiliados.

El aumento de la frustración y el descontento en los centros de trabajo ya no se puede contener más. Por eso un sector tras otro ha entrado en acción. El terreno también está empezando a moverse bajo los pies de los dirigentes sindicales, que están obligados a ser más críticos si no quieren perder sus puestos. La constante explotación de los trabajadores británicos está llegando a sus límites.

Sin embargo, Blair, que representa una tendencia procapitalista dentro del Partido Laborista, está decidido a ponerse del lado de los empresarios y continuar con su política de gran empresa. Como el rey Canuto, que le ordenó a la marea que dejase de subir, Blair quiere frenar la lucha de clases. “El Gobierno no puede hundirse ante la presión salarial del sector público, cuente o no con el apoyo popular”, dice el viejo amigo de Blair y creador del nuevo laborismo, Peter Mandelson. “Me resulta inimaginable que una Administración encabezada por Tony Blair tolere que los sindicatos digan al Gobierno lo que debe hacer”. Los ministros también tienen que enfrentarse a los sindicatos en las demandas de nuevos derechos laborales y su resistencia a la reforma del sector público, y Mandelson avisa: “La fuerza futura del vínculo laborista-sindical depende de si los sindicatos actúan partiendo de la comprensión de que no pueden abusar de la posición que le otorgan los estatutos del Laborismo, utilizando sus votos para coartar al Gobierno o manipular su política”, afirma.

Giro a la izquierda en los sindicatos

Las amenazas de los caudillos blairistas no han surtido efecto. El péndulo está comenzando a girar a la izquierda. En una elección sindical tras otra, la marea ha comenzado a cambiar. En un sindicato tras otro, los dirigentes más radicales han ganado a los seguidores derechistas de Tony Blair. Incluso aquellos candidatos habitualmente etiquetados como blairistas, como Jack Dromey, del TGWU (Sindicato General y del Transporte), han estado ocupados resituándose como críticos al Gobierno. A propósito, la razón para este torrente de elecciones sindicales es, curiosamente, producto de las leyes antisindicales introducidas por Thatcher en 1984, y mantenidas por Blair, que obligaban a los sindicatos a una votación secreta cada cinco años para elegir a su dirección. Esto supuestamente era para “devolver los sindicatos a las bases”, mantener fuera a los “militantes izquierdistas” y asegurar la elección de los sectores más “moderados”, con la ayuda de la prensa capitalista. Pero ahora les ha salido el tiro por la culata.

Hasta hace poco, esta tendencia hacia la izquierda se limitaba a los sindicatos pequeños y medianos. Mick Rix fue elegido secretario general del sindicato de conductores de tren (ASLEF); Bob Crow, del sindicato ferroviario (RMT); Andy Gilchrist, del de bomberos (FBU); Mark Serwotka, del de servicios públicos (PCS); Jeremy Dear, del de periodistas (NUJ); Billy Hayes, del de Comunicaciones (NCU); y Paul Mackney, del de profesores de colegio (NAFTHE). Pero ahora ya está afectando a los principales sindicatos: Tony Woodley salió elegido con facilidad como vicesecretario general del TGWU, y es probable que este año salga elegido secretario general.

El caso del sindicato del metal

Sin embargo, el mayor golpe para el Gobierno llegó con la derrota del dirigente sindical, y favorito de Blair, Sir Ken Jackson, a manos del sector de izquierdas encabezado por Derek Simpson en el sindicato del Metal (AEEU-Amicus),

¡La votación contra Jackson representó un terremoto político de intensidad 10 en la escala Richter! ¡Jackson no podía perder! “Cuando Sir Ken decidió presentarse a la reelección, la derrota parecía tan remota como que Saddam perdiera Bagdad”, dijo Patrick Winter en The Guardian. El AEEU ha sido el núcleo de la derecha en los sindicatos y el Partido Laborista durante más de dos décadas. El ala de derechas se hizo con la dirección del Metal en 1977-78, cuando resultó elegido Terry Duffy, al que siguieron Gavin Laird y Pat Jordan. Giraron tanto a la derecha con su sindicalismo empresarial, que a mediados de los años 80 incluso se les amenazó con la expulsión del TUC, por aceptar dinero del Gobierno conservador.

En 1992, la fusión del AEEU con el también derechista sindicato de electricistas, el EEPTU, supuso el atrincheramiento del ala de derechas. Con Les Cannon y Frank Chapple, el sindicato de electricistas estuvo dominado por la extrema derecha del movimiento obrero desde principios de los años 60, después de que ambos fueran expulsados de la dirección del Partido Comunista por amañar las votaciones. Cannon y Chapple usaron sus antiguos métodos de purga para aplastar la democracia interna en el sindicato. Se convirtieron en una célebre compañía sindical, haciendo de esquiroles con sus socios sindicalistas en la lucha de impresores de Wapping, entre otras. El EEPTU fue expulsado del TUC por su papel lamentable en los “acuerdos amables” y sus enfrentamientos con otros sindicatos. Junto con el AEEU, encabezó la caza de brujas contra los seguidores de Militant en el Partido Laborista y fue el instrumento de la derecha laborista para hacerse con el control del partido. Su fusión con el AEEU creó un nuevo bloque de extrema derecha dentro del TUC. En realidad, el EEPTU tomó el AEEU, acabó con su democracia interna, eliminó las elecciones de los cargos del partido, eliminó o fusionó federaciones, y creó un régimen policial dentro del sindicato. Esto llevó a muchos activistas a la desesperación. La izquierda, aglutinada en Flashlight, renunció desacertadamente a la lucha para transformar el sindicato y se escindió, dando lugar al EPIU. Esta aventura fracasó y acabó absorbido por el TGWU. Por supuesto, esa impaciencia fortaleció aún más al ala de derechas.

Solo los marxistas estuvimos en contra de la escisión. Es necesario permanecer y luchar, es necesario comprender que llegado un momento los acontecimientos acabarían con el dominio del ala de derechas e impulsarían a la izquierda a primera línea. Esto fue confirmado posteriormente con la elección de Derek Simpson, demostrándose que incluso los sindicatos más derechistas y burocráticos pueden girar a la izquierda cuando cambian las condiciones y hay un nuevo ambiente entre la base.

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Derek Simpson. 


Esto es una contundente respuesta a los ultraizquierdistas impacientes y sectarios que se mueven en las márgenes del movimiento obrero y que en el pasado descalificaron a estos sindicatos, y que hoy hacen lo mismo con el Partido Laborista. Son incapaces de pensar de una forma dialéctica y están totalmente hipnotizados por el poder del aparato. Los cambios moleculares en la mente de los trabajadores han provocado un cambio cualitativo en la situación y están sirviendo para minar el dominio del ala de derechas.

Mientras a otros, incluida la izquierda, les ha pillado completamente por sorpresa, los sindicalistas del AEEU seguidores de Socialist Appeal, que pudieron ver el mar de fondo contra Jackson, previeron lo que iba a ocurrir. Estos sindicalistas marxistas jugaron un papel importante a la hora de garantizar la derrota electoral de Jackson y la victoria de Derek Simpson.

Después de tres años de congelación salarial, en los que se perdieron 176.000 puestos de trabajo, llegaron las elecciones internas. Los sueños de “paz social” se derrumbaron y los afiliados del AEEU se rebelaron contra el régimen sindical. La cantidad se transformó en calidad, por citar de nuevo al viejo Hegel. Y aquí no acaba la cuestión, ¡ni mucho menos! Dentro de aproximadamente doce meses serán las elecciones para la Comisión Ejecutiva, actualmente controlada por la derecha del sindicato. Si Gazette (la corriente de izquierdas del AEEU) hace el trabajo de una forma seria, puede ganar la mayoría.

Las cosas están cambiando muy rápidamente. Cuando Simpson fue elegido, los empresarios estaban muy preocupados porque pudiera ser el final de los “acuerdos amables” pactados bajo Jackson. “La pérdida de Sir Ken Jackson como líder del sindicato más grande del sector privado de Gran Bretaña, Amicus AEEU, puede haber sido un golpe para Tony Blair, pero los empresarios están preocupados más por el significado simbólico y también por ellos mismos”, afirmaba el órgano del capital financiero británico. “Más que cualquier otro líder sindical del país, Sir Ken representaba la aproximación ‘amable’ a las relaciones laborales que han dominado el pensamiento sindical desde mediados de los años noventa. Cuando escribió en la revista de recursos humanos a principios de 2002, dijo que la paz social con los empresarios era ‘la forma preferida de vida industrial. La paz social promoverá la ayuda mutua, el respeto y el reparto de un trabajo mejor para las personas porque así se sentían importantes” (Financial Times, 6/8/2002).

La paz social de Jackson no es otra cosa que la colaboración de clases con los empresarios. Se firmaron “acuerdos amables” en toda una serie de empresas, incluida LG Philips, la planta electrónica del sur de Gales, y en el periódico Western Mail. En total, con Jackson se firmaron 30 acuerdos que incluían cláusula de paz social y afectaban a 30.000 trabajadores. Los activistas sindicales y los afiliados normales estaban poco dispuestos a esos acuerdos porque los consideraban, correctamente, como una carta en manos de los empresarios.

Con la derrota de Jackson, comenzaron a sonar las campanas de alarma en Downing Street y en los consejos de dirección de las grandes empresas. Jackson había convertido el AEEU en un agente del blairismo dentro de los sindicatos. Ahora todo ha terminado. A pesar de las elecciones, los dirigentes sindicales del ala de derechas se apresuraron a reafirmar públicamente a los empresarios que la paz social no había desaparecido. Sin embargo, el recién elegido secretario general, Simpson, ha lanzado una bomba al anunciar que todos los “acuerdos amables” serían revisados y si resultaba que eran incompatibles con los intereses de los afiliados, se romperían. A las pocas semanas estalló la huelga en la fábrica de coches Honda, en la que participaron 4.000 trabajadores.

Según The Times, “se esperaba que este tipo de acuerdos se extendieran a otras grandes empresas automovilísticas japonesas en Gran Bretaña y a otras muchas empresas; ahora se anuncia una época de relaciones laborales más difíciles en la industria”.

El sindicalismo británico ha entrado en una nueva y turbulenta fase. El revés sufrido por el ala de derechas ha alterado la correlación de fuerzas dentro del movimiento obrero. El grupo de secretarios generales de izquierda que acaban de salir elegidos se puede convertir en el eje de la oposición de izquierdas del Consejo General del TUC, como ya se pudo ver en el último congreso.

Presiones sobre el TUC

Después de un duro debate sobre los derechos laborales y la derogación de las leyes antisindicales, le llegó el turno a la guerra de Irak. El congreso se tuvo que definir sobre una enmienda contra la guerra presentada por el TSSA (ferroviarios), frente a la resolución “suave” del TGWU. La enmienda también sirvió para galvanizar a los contrarios a la postura pro ONU del Consejo General del TUC. El debate provocó una batalla entre la nueva izquierda y la vieja derecha. Los secretarios generales de izquierda (Crow, Rix, Hayes, Dear, Serwotka y otros) desafiaron la hipocresía de Blair/Bush y se opusieron a la guerra. Todos recibieron un estruendoso aplauso que reflejaba el ambiente del congreso.

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El primer ministro de Reino Unido, el laborista Toni Blair. 


Cuando hubo que votar, el presidente del TUC tuvo que admitir con un aplauso entusiasta que se votara la enmienda del TSSA. Pero el ala de derechas contaba con un voto por delegación. TGWU, GMB y AEEU-Amicus votaron en contra y la enmienda salió derrotada por un millón de votos. Los 2,4 millones de votos a favor de una oposición completa a cualquier ataque estadounidense representaron aproximadamente el 40%.

El hecho de que el AEEU-Amicus utilizara su veto contra la enmienda antiguerra fue decisivo. Su delegación fue elegida en una reunión de la Comisión Ejecutiva, dominada por el ala de derechas, que no se ha enfrentado a elecciones durante dos años. Si no hubieran tenido la representación de casi un millón de votos de más respecto a la izquierda, entonces la enmienda se habría aprobado por mayoría de un millón.

Sin embargo, este retraso en la cúpula de los sindicatos es solo temporal. Tenderá a ponerse al nivel del ambiente real de la base. En algunos casos, ocurrirá de golpe. El giro a la izquierda en el AEEU puede ser decisivo para romper décadas de dominio de la derecha sindical, abriendo un nuevo capítulo para el movimiento obrero organizado.

Las elecciones de 2002 para el Consejo General del TUC también representaron un giro significativo hacia la izquierda. Fueron elegidos Andy Gilchrist (FBU), Billy Hayes (CWU), Derek Simpson (AEEU Amicus) y Jeremy Dear (NUJ). Mick Rix (ASLEF) mantuvo su puesto. Y es probable que Mark Serwotka se una a la izquierda tan pronto como el ala de derechas del PCS acepté su inevitable derrota. Lo mismo ocurre con Bob Crow (RMT), que perdió por un estrecho margen de votos.

En realidad, este nuevo ambiente en el TUC es un paso para remover el ambiente amargo y de furia en los centros de trabajo. Sin embargo, la acumulación de presión desde abajo obligará al TUC a enfrentarse al Gobierno Blair. Esta situación tiene el potencial de arrastrar a otros sectores a la lucha y representa un importante desafío a la postura pro empresarial del Gobierno Blair.

Este año habrá elecciones a secretario general del TGWU. Lo más probable es que gane el candidato de la izquierda, lo que inclinaría aún más a la izquierda la balanza en el TUC. Bajo la presión de los trabajadores, la nueva izquierda servirá para alimentar la creciente oposición dentro del movimiento obrero. La etapa final de este proceso inevitablemente se reflejará en el seno del Partido Laborista, abriendo un nuevo capítulo en la transformación del movimiento obrero británico. Aquellos que descartan tal perspectiva son los mismos que descartaban la derrota de Ken Jackson o Barry Reamsbottom.

Repercusiones en el Partido Laborista

John Edmunds declaró que el Nuevo Laborismo está muerto, solo que no se han dado cuenta de ello. La clave para la transformación del Partido Laborista siempre fueron los sindicatos. Personas como Jackson son las que han mantenido a los laboristas en el poder. Cuando su posición se vea socavada y los nuevos dirigentes de izquierdas ocupen su lugar, habrá, como la noche sigue al día, repercusiones dentro del Partido. Cuando la crisis del capitalismo se profundice y sea evidente, cada vez serán más los trabajadores que se vean obligados a entrar en acción, reforzando con ello este giro general a la izquierda.

No es casualidad que los dirigentes sindicales de izquierdas planteen la idea de llevar la lucha al partido para derrotar al blairismo. Derek Simpson, secretario general de Amicus, pidió recientemente a los afiliados del sindicato que volvieran al Partido Laborista para arrebatárselo a los blairistas. “Me gustaría pedir a los grupos militantes que intensifiquen su trabajo dentro del partido”.

Los afiliados sindicales están llegando a las agrupaciones locales del partido para asegurar que en las elecciones ganen los candidatos respaldados por los sindicatos. Reclaman su partido.

“Queremos comprometernos más, no menos”, decía Simpson. “Si entramos en gran número, podemos devolvérselo al laborismo”.

Según algunos informes, es probable que esta llamada “revolución” dentro del Partido Laborista cuente con el apoyo de otros dirigentes sindicales y que formen una oposición cada vez más organizada. Mick Rix (ASLEF) y Bob Crow (RMT) también se han unido a esta campaña para “reclamar el Partido Laborista”.

La situación recuerda al preludio de la radicalización colosal de la clase obrera a principios de los años 70. La derecha laborista, esta vez en el poder, se enfrentará a una gran presión en el próximo periodo. En determinado momento se puede producir una división que conduzca a la expulsión de los blairistas. Blair podría emprender el mismo camino que Ramsay MacDonald, el primer ministro laborista que abandonó el Partido en 1931. Esto empujaría hacia la izquierda al movimiento obrero británico.

El reformismo de izquierdas inevitablemente se convertirá en la tendencia dominante dentro de los sindicatos y el Partido Laborista, reflejando la radicalización general de la sociedad británica. Mientras que el ala de derechas recibe el apoyo de la sociedad burguesa, los reformistas de izquierda no tienen las ideas claras, ni una teoría o perspectiva capaz de hacer avanzar el movimiento. Tienen ideas muy confusas y tienden a navegar según sople el viento. Sobre todo, carecen de la confianza necesaria en la clase obrera para cambiar la sociedad, una debilidad fundamental.

Las tareas de los marxistas, al tiempo que dan su apoyo a ese proceso, es intentar acabar con las vacilaciones de los reformistas de izquierdas. Los marxistas deben jugar un papel destacado en el desarrollo y la organización de la izquierda dentro de los sindicatos y el Partido Laborista y vincular las luchas cotidianas del proletariado con la transformación socialista de la sociedad, la única solución real a los problemas de la clase obrera.

“Los sindicatos se formaron durante el periodo de crecimiento y ascenso del capitalismo”, decía Trotsky. “Tenían como tarea elevar el nivel cultural y material del proletariado y la extensión de sus derechos políticos. Este trabajo (...) dio a los sindicatos una autoridad tremenda ante los trabajadores. La decadencia del capitalismo británico, en las condiciones de declive del capitalismo mundial, minó las bases para el trabajo reformista en los sindicatos. El capitalismo puede continuar manteniéndose solo a costa de reducir el nivel de vida de la clase obrera. En estas condiciones, los sindicatos se pueden trasformar en organizaciones revolucionarias, o en lugartenientes del capital para intensificar la explotación de los trabajadores. La burocracia sindical, que ha solucionado satisfactoriamente su propio problema social, toma el segundo camino. Vuelve toda la autoridad acumulada de los sindicatos contra la revolución socialista e incluso contra cualquier intento de los trabajadores de resistir los ataques del capital y la reacción. Desde este punto de vista, la tarea más importante del partido revolucionario es la liberación de los trabajadores de la influencia reaccionaria de la burocracia sindical” (Leon Trotsky, Los sindicatos en Gran Bretaña, septiembre 1933).

Esto no significa que los sindicatos deban asumir el papel de un partido político. Sin embargo, en sus tareas cotidianas deben elevar el nivel de la clase obrera, para que sea capaz de comprender las opciones y elecciones que se presentarán ante ella. Deben desafiar constantemente al capitalismo y señalar a los trabajadores la dirección política. Los sindicatos deben transformar el Partido Laborista, el partido que ellos crearon, para convertirlo en un arma del cambio revolucionario. Y al mismo tiempo, junto al partido, deben trabajar para conseguir la emancipación de la clase obrera. No hay término medio.

En palabras de Carlos Marx: “Además de sus tareas originales, los sindicatos deben aprender ahora a actuar conscientemente como punto central de la organización de la clase obrera en interés de su completa emancipación. Deben apoyar todo movimiento social y político dirigido hacia este objetivo. Al considerarse campeones y representantes de toda la clase obrera, y actuando de acuerdo a ello, los sindicatos deben conseguir aglutinar a su alrededor a todos los trabajadores, incluso a los que están fuera de sus filas. Deben salvaguardar cuidadosamente los intereses de los trabajadores en los sectores peor pagados, como por ejemplo, los asalariados agrícolas, que debido a unas circunstancias especialmente desfavorables han sido privados de su poder de resistencia. Deben convencer a todo el mundo que sus esfuerzos están lejos de ser estrechos y egoístas, sino todo lo contrario, están dirigidos hacia la emancipación de las masas oprimidas” (Resolución de la AIT sobre los sindicatos, Génova, 1866).

La recuperación de la clase obrera británica está ocurriendo ante nuestros ojos. La mole roja de la revolución, por usar las palabras de Marx, está preparándose bajo las estructuras de la sociedad británica. El péndulo está girando a la izquierda. En las luchas históricas que se avecinan, los trabajadores verán la necesidad no solo de elegir a dirigentes de izquierdas, sino también de participar directamente en las organizaciones de masas, en la lucha sindical y política, y convertir sus organizaciones en órganos de lucha y cambio social. La clase obrera británica se ha movido tradicionalmente de una forma lenta, pero cuando empieza a moverse, es una fuerza invencible. Armado con un programa socialista, el movimiento obrero hará todo lo necesario para transformar la sociedad y construir un nuevo futuro socialista libre de explotación.

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Este artículo ha sido publicado en la revista Marxismo Hoy número 11. Puedes acceder aquí a todo el contenido de esta revista. 

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