El pasado 19 de junio, una coalición de izquierdas logró por primera vez hacerse con la presidencia de Colombia. Gustavo Petro se convirtió en el candidato más apoyado de la historia con 11.281.013 millones de votos, el 50,4%, superando en tres puntos al reaccionario Rodolfo Hernández, el candidato apoyado por el uribismo, la patronal y la abrumadora mayoría de los medios de comunicación, que alcanzó los 10.580.412 millones de papeletas, un 47,3%.

Inmediatamente se conocieron los resultados, millones de personas, especialmente jóvenes, llenaron las calles en concentraciones y manifestaciones espontáneas para celebrar el triunfo de Petro y de Francia Márquez, que será la primera vicepresidenta negra del país. En Soacha, una de las zonas más pobres de Bogotá, una marea inundó su arteria principal al grito de “lo logramos”, y lo mismo ocurrió en Cali y en ciudades y pueblos por todo el país.

Este triunfo histórico, con una participación récord del 58%, supone un nuevo punto de inflexión en la lucha de clases en Colombia y refleja el salto en la conciencia de millones de jóvenes, trabajadores y campesinos, fruto de la creciente lucha social de estos últimos años, y sobre todo, de los levantamientos revolucionarios vividos en los años 2019 y 2021 contra el Gobierno de Duque y la élite capitalista y terrateniente.

Durante meses la clase trabajadora y la juventud demostraron su determinación para llegar hasta el final. Este ardiente deseo de cambio es el que ha impulsado a Gustavo Petro hasta la presidencia.

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Tras conocerse los resultados, millones de personas, especialmente jóvenes, llenaron las calles en concentraciones y manifestaciones espontáneas para celebrar el triunfo de Petro. 


Los oprimidos se movilizan contra fraude y la reacción

La primera vuelta de las elecciones presidenciales tuvo un sabor agridulce. Aunque Petro ganó holgadamente pasando a la segunda vuelta, la suma de los candidatos de la derecha superó el 52% de los votos. Esto, unido a la posibilidad de un fraude masivo si los resultados finales eran ajustados, ponía en peligro su victoria.

La posibilidad de que un reaccionario y misógino ultraderechista como Rodolfo Hernández ganara las elecciones espoleó a las masas. Ante los ojos de millones, la única garantía para vencer era extender activamente la movilización electoral y organizarse de forma militante para impedir el fraude. Por toda la geografía colombiana se crearon comités para vigilar las mesas electorales y evitar presiones, y para trasladar a los electores hasta los centros de votación.

Se han publicado numerosas imágenes de campesinos e indígenas en grupos desplazándose durante horas a pie o con canoas para llegar a sus colegios electorales, y también se han reactivado la movilización de las Primeras Líneas, nutridas por la juventud, de cara a defender los resultados electorales en los barrios. Una movilización que ha llevado a la clase dominante a descartar el fraude ante el miedo a provocar un nuevo levantamiento revolucionario.

Ahora, tras esta inapelable victoria, los medios de comunicación burgueses tratan de distorsionarla señalando que ha sido consecuencia del discurso moderado de Petro y del Pacto Histórico, que le ha permitido recibir el apoyo de sectores de las capas medias conservadoras. Pero ha sido precisamente en las zonas más golpeadas y radicalizadas donde el crecimiento del voto ha resultado decisivo.

Es el caso, por ejemplo, del Chocó, Nariño o Cauca. En estas regiones, donde el apoyo a Petro superó el 80%, la participación se incrementó en 10 puntos. En grandes ciudades como Cartagena y Barranquilla donde la participación subió 5 puntos, el voto a Petro se incrementó un 34% y un 40% respectivamente, y en Bogota y Calí, donde la participación aumento entre 2 y 3 puntos, Petro incrementó sus votos en un 24% y un 27%, superando en todas ellas el 60% de los votos.

En todas estas ciudades el Paro Nacional y los levantamientos revolucionarios tuvieron una enorme potencia. Por otra parte, en un bastión tradicional del uribismo: Antioquia y su capital Medellín, segunda ciudad del país, la movilización de unas capas medias tradicionalmente muy conservadoras, unido al clientelismo, amenazas y control territorial del narcoparamilitarismo, permitieron a Hernández imponerse recogiendo la práctica totalidad del voto del uribista Fico Gutierrez. Aún así, la polarización política se reflejó en un incremento del 35% de votos a Petro en Medellín entre sectores que se abstuvieron en primera vuelta y su victoria aplastante en el norte del estado (más oprimido y golpeada por la violencia). Esto muestra que es posible derrotar a la derecha, incluso en sus feudos tradicionales, pero para ello es imprescindible ilusionar y movilizar a las masas con una política revolucionaria.

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Ha sido precisamente en las zonas en las que el Paro Nacional y los levantamientos revolucionarios tuvieron una enorme potencia, donde el crecimiento del voto ha resultado decisivo. 


Un triunfo a pesar de las vacilaciones de Petro y del Pacto Histórico

Como ya señalamos en nuestro análisis de la primera vuelta, este triunfo popular y de clase tiene aún más importancia atendiendo a las vacilaciones de Petro y su renuncia a las reivindicaciones más radicales del movimiento del Paro Nacional. De cara a aparecer como un dirigente aceptable para las élites empresariales, su defensa de la paz social y del capitalismo, y sus declaraciones blanqueando a Rodolfo Hernández, mermaron su apoyo electoral en la primera vuelta. Algo que se vio especialmente en zonas periféricas abandonadas, donde la izquierda es fuerte pero donde la participación estuvo por debajo del 45%.

Durante la campaña de la segunda vuelta, tanto Petro como los principales dirigentes del Pacto Histórico han insistido en esta línea, suavizando aún más sus propuestas, tejiendo pactos con políticos tradicionales de la derecha, y tendiendo puentes hacia su rival, Rodolfo Hernández, planteándole incluso un “Gran Acuerdo Nacional”.

A pesar de todo, la virulenta campaña contra Petro y el Pacto Histórico no ha cesado, demostrando que la burguesía colombiana, la oligarquía terrateniente, el ejército y el aparato del Estado no se podrán conciliar nunca con la izquierda, y sobre todo con las masas en lucha que han hecho posible este triunfo. Son muy conscientes de que el problema no es el programa de Petro, sino las aspiraciones irrenunciables de los millones que le han apoyado.

El planteamiento de Petro refleja la ausencia de una visión cabal de la situación. Durante la recta final de la campaña, él y Francia Márquez se comprometieron ante notario a no realizar ninguna expropiación. Un compromiso, que si se mantiene, le impedirá llevar adelante una de sus propuestas más populares, la de la reforma agraria, en un país donde el 1% de la población acumula la propiedad del 81% de la tierra. Petro plantea que quiere democratizar, ¡no expropiar!, pero ¿cómo será posible repartir democráticamente la tierra sin expropiar a ese 1% de grandes terratenientes, multinacionales y especuladores?

Y lo mismo ocurre con la reforma de las pensiones en un país dominado por  los fondos privados donde solo el 28% de los mayores de 60 años puede jubilarse. Por no hablar de cómo acabar con los salarios de hambre y la informalidad laboral, con el narcotráfico y el crimen organizado, la falta de educación y sanidad pública, sin tocar el poder de la banca y los grandes monopolios, o del ejército y los paramilitares.

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El 1% de la población acumula la propiedad del 81% de la tierra. No será posible repartir democráticamente la tierra sin expropiar a ese 1% de grandes terratenientes, multinacionales y especuladores. 


La actitud de Petro y sus colaboradores ante la seria amenaza de fraude fue toda una declaración de principios. En lugar de llamar a defender el voto con la movilización, los dirigentes del Pacto Histórico renunciaron de antemano a dar la batalla que sí estaban organizando numerosos activistas y comités desde abajo. Así lo señaló en una entrevista en El País Francia Márquez, tres días antes de las elecciones: “tenemos preocupaciones de que nos hagan fraude. Tristemente, eso no lo podemos cambiar, y nos tocará aceptar el resultado que salga así no nos guste”.

¿Capitalismo democrático o luchar por el socialismo?

La tremenda ilusión generada por esta victoria y las expectativas de millones trabajadores y jóvenes chocarán con el programa de mínimos planteado por Petro y el Pacto Histórico. Algo que se vio en la propia noche electoral.

Ante un auditorio abarrotado de jóvenes y activistas bogotanos, Petro hizo un llamamiento a la paz social y la conciliación con la derecha. El punto álgido llegó cuando el presidente electo dijo “vamos a desarrollar el capitalismo en Colombia”, que fue respondido con un sonoro y unánime “¡NOOOO!”. El rechazo fue tan evidente, que el propio Petro inició una justificación teórica muy poco convincente: “no porque lo adoremos, sino porque tenemos que superar el feudalismo en Colombia. [...] Saldrán formas del capitalismo democrático”.

Pero Colombia es hoy un país con un capitalismo desarrollado, cuya burguesía está plenamente vinculada al gran capital financiero internacional. La economía está manejada por un conglomerado de grandes bancos y monopolios capitalistas. Los latifundistas y las multinacionales poseen el grueso de la tierra, explotan brutalmente a los campesinos, y arruinan a los pequeños productores. A su vez, el narco se ha convertido en otro sector más de la burguesía colombiana totalmente fusionado con el capital financiero, que lava su dinero, y con el aparato del Estado.

La naturaleza improductiva, parasitaria y especulativa de la burguesía colombiana no se debe a un supuesto atraso del capitalismo ni mucho menos a un inexistente feudalismo. Es la consecuencia de su encaje en la división internacional del trabajo y de su dependencia del imperialismo. Cualquier medida para desarrollar la producción o repartir la tierra y la riqueza chocará directamente con la naturaleza reaccionaria y parasitaria de la clase dominante. En la fase imperialista y reaccionaria del capitalismo, solo la clase trabajadora con un programa socialista puede llevar adelante reformas democrático-burguesas como el reparto de la tierra*. O los trabajadores toman el poder y llevan a cabo la expropiación de los capitalistas y los terratenientes, o cualquier reforma social progresiva es imposible.

El deseo de Petro de mejorar las condiciones de vida de las masas sin tocar los intereses de los capitalistas es un intento imposible de cuadrar el círculo, tal y como estamos viendo en Chile con Boric o como hemos visto con UP en el Estado español.

En un contexto de recesión capitalista mundial, cualquier mínima reforma se enfrentará a la resistencia activa de los oligarcas y del aparato del Estado. Por esta vía, Petro se verá enormemente condicionado para cumplir su programa de mínimos, y más aún si implementa un Gran Acuerdo Nacional o si incorpora a su Gobierno a ministros de la derecha.

Esta victoria electoral supone un paso adelante y aumenta la confianza de los oprimidos en sus propias fuerzas, pero los capitalistas, la reacción y la ultraderecha no han sido derrotados, ni mucho menos. Una de las medidas que ya está exigiendo el movimiento es la libertad de los presos políticos, muchos de ellos jóvenes que organizaron las Primeras Líneas durante las jornadas revolucionarias de 2021 y que Petro se ha comprometido a liberar, así como la disolución de los violentos cuerpos antidisturbios y la persecución de los grupos paramilitares, que reaparecieron en 2021 para enfrentar la insurrección popular.

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El deseo de Petro de mejorar las condiciones de vida de las masas sin tocar los intereses de los capitalistas es un intento imposible de cuadrar el círculo. Lo estamos viendo en Chile con Boric o con UP en el Estado español. 


Pero junto a estas medidas, es necesario implementar un programa que pueda resolver los gravísimos problemas que padecen los colombianos, comenzando por el hambre, que afecta a la mitad de la población, y continuando por la necesidad de una educación y sanidad públicas, de salarios dignos y empleos estables, etc... Si Petro y el Pacto Histórico optan por administrar la miseria capitalista no podrán resolver ninguno de estos problemas y sembrarán grandes decepciones.

Por eso mismo, y más allá de la victoria electoral de Petro, es necesario aumentar la capacidad de organización y de movilización para exigir al Gobierno que cumpla con las reivindicaciones del Paro Nacional y de todos aquellos que se enfrentaron en las calles a Duque y a la represión. Y cumplir significa aplicar medidas socialistas enérgicas que incluyan la expropiación de la banca, las grandes empresas y los latifundios bajo control democrático de los trabajadores y campesinos. Solo así podremos vencer definitivamente al uribismo y a la reacción, y solo así podremos conquistar una sociedad socialista, justa, democrática e igualitaria.

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* Para profundizar en este aspecto, recomendamos nuestra reseña sobre La Revolución Permanente de León Trotsky así como la lectura del libro, disponible en el catálogo de la Fundación Federico Engels.

León Trotsky. La revolución permanente


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